sábado, 12 de octubre de 2019

El dogma tecnocrático en el neoliberalismo según Ángel Flisfish

Escribir y hablar de los procesos que caracterizan el avance de una sociedad hacia la liberalización de la economía supone el reconocimiento de un conjunto de aspectos que se van agregando al proceso económico desde el ámbito político y sociocultural, lo que también implica identificar varios puntos que se alejan del llamado orden espontáneo del libre mercado, para acercarse más al concepto de constructivismo social, el cual se relaciona con un diseño institucional que permite guiar los principios de la liberalización.
Esta descripción de acerca al caso chileno desde 1975, cuando se inicia formalmente el cambio de rumbo de un modelo económico basado en el desarrollo endógeno, con la sustitución de importaciones controlado por la planificación estatal, hacia un modelo de economía abierta, caracterizado por una desregulación que fortalezca la propiedad privada y disminuya la intervención estatal en el aparato productivo y de distribución de bienes y servicios.
Tras esta sedimentación viene el levantamiento de un orden discursivo que cohesione el proceso de liberalización en el campo sociocultural y, de paso, posibilite el establecimiento de una hegemonía cultural en el dominio de las ideas que van permeando a una sociedad, como efectivamente ha ocurrido en la experiencia chilena.
Este proceso, contrariamente a lo que ha instalado la propia hegemonía de las ideas que sostienen el discurso del mercado libre, incorpora para su realización una serie de elementos que son renegados por el credo de la liberalización, como es la influencia de ideologías y el rol de una institucionalización que se inclina más por el constructivismo social por sobre el llamado orden espontáneo.
Dentro de los trabajos que han buscado sostener esta hipótesis se está el trabajo "El neoliberalismo chileno: las funciones del dogmatismo", de Ángel Flisfish, quien elabora su análisis en torno al dogmatismo doctrinario de la tecnocracia, que se relaciona con el proceso de hegemonía cultural para la implementación de economía abierta.
Como paréntesis es necesario aclarar el carácter polisémico que tiene el término neoliberalismo. Para la apologética liberal este concepto nace desde la órbita del ordoliberalismo alemán, como una alternativa a los postulados de la escuela económica neoclásica de los años treinta del siglo pasado. Sin embargo, también existe la vertiente que asocia este concepto con la conjunción de elementos liberales, conservadores y autoritarios para su manifestación en la sociedad.
Lo primero que plantea Flisfish es que la implementación del sistema de libre mercado en Chile contó con una alta dosis de dogmatismo en las decisiones de los grupos tecnócratas a cargo de implementar las medidas de liberalización, sin considerar "el sentido de la realidad".
"En términos del sentido común tecnocrático prevaleciente (a mediados de los años ochenta en Chile), se admite que, frente a un desarrollo teórico determinado, una de las preguntas que necesariamente hay que hacer es la de hasta qué punto este desarrollo es compatible con, o es aplicable, a la realidad nacional de que se trata. Esa pregunta el neoliberalismo no la hace. Para él, es garantía suficiente la validez formal de los teoremas y las proposiciones que pone en práctica", precisa.
El dogma se transforma en hegemonía social, en un dominio que se va internalizando y normalizando entre las personas. En el caso del neoliberalismo se toma la libertad de elegir como una filosofía de la naturaleza, algo inherente a la constitución del individuo, equivalente a un principio de dirección general de la sociedad.
A la matriz autoritaria de estos principios liberales se le agrega la necesidad de contar con una ideología que entregue cohesión a la sociedad, además de ser coherente con  los intereses del establishment que construye y aplica las interpretaciones de la realidad, en la cual se inscribe la historia y el orden sociopolítico y cultural, a lo cual se le asigna una pretensión de validez universalista.
Es así como, según Flisfish, "el neoliberalismo se percibe a sí mismo como una alternativa de dirección intelectual y moral para la sociedad en general. En el caso chileno, llena el vacío de hegemonía social, ya diagnosticado por el pensamiento y la historiografía conservadores". En la construcción de una verdad absoluta importa como eje central el pensamiento autorreferente respecto al papel que tiene el liberalismo, con la dosis de autoritarismo, en la historia.
"Para el tecnocratismo neoliberal, lo que está en juego es una concepción del mundo, y por eso su lógica y su psico-lógica están mucho más cerca a la del creyente auténtico (true believer) o a las del reformulador religioso, que a la de un ingeniero social", afirma el pensador.
La falta de pragmatismo y la aplicación de manuales para la aplicación de principios de economía política son elementos constitutivos de este dispositivo de saber del tecnocratismo, basado en una visión reduccionista de la razón, por lo que Flisfish asocia este postura férrea, en que la política económica es equiparada a una dirección moral, parecida a la de los "reformadores sociales o a la del revolucionario".
El levantamiento de este credo se relaciona directamente con un diseño institucional, el cual -a su vez- se asocia con un constructivismo social, algo alejado al concepto de Hayek sobre el orden espontáneo. Es así como dentro de la institucionalidad se integra el principio del respeto a la propiedad privada, pese a que llevada al un límite extremo esta pueda influir negativamente o perjudicar la propiedad privada de grupos que no cuentan con un poder de influencia recíproco para defenderse. Lo mismo ocurre con el otro pilar institucional del libre contrato en un marco de economía de mercado.
La explicación de este constructivismo social en torno a neoliberalismo chileno (mezcla de principios liberales con autoritarismo y conservadurismo) nos la entrega Flisfish: "Al heredar una sociedad (en 1973) cuya organización económica estaba muy distante del ideal de economía de mercado preconizada, tenía que se necesariamente constructivista. Su meta es la de una sociedad regida casi absolutamente por automatismos de mercado, pero el logro de esa meta -suponiendo que sea posible- pasa por un prolongado periodo de constructivismo social, que al fin de cuentas es lo históricamente vigente".
No se puede negar la relación clave entre la institucionalidad de un Estado portaliano, impersonal y autoritario, que sirve de base planificadora para el desarrollo del mercado, siendo la expresión del neoliberalismo chileno. Este armado es el que produce la hegemonía social de este tipo de ideas, las que se disfrazan de naturalismo, como si siempre hubiesen estado en una forma latente dentro de los individuos que conforman la sociedad chilena. Bajo este antecedente, según Flisfish se refuerza el dogmatismo de esta ideología, como fuente normativa, tanto a nivel institucional como sociocultural.
La obsesión por la propiedad privada es un punto de unión entre el autoritarismo y el liberalismo que se conjuga en el neoliberalismo. Flisfish plantea el componente defensivo y reactivo contra la expropiación y su amenaza potencial, siendo un principio identitario: en la iniciativa individual y la sociedad abierta existe un bien moral y se fortalecen las bases de la existencia social, siempre y cuando exista un Estado fuerte (autoritario) que garantice estas condiciones.
Dentro de sus conclusiones el autor menciona que el rasgo característico del dispositivo de saber tecnocrático supone una voluntad de transformación que nace busca una consecución institucional. No desdeña el constructivismo social, por mucho que lo rechace en pos de las doctrinas naturalistas, sino que es el resultado de un proceso que parte desde un planteamiento teórico: "Un proyecto tecnocrático es siempre una mixtura, en grados diversos, de racionalidad instrumental macroeconómica, de referencias políticas y de dimensiones ideológicas".