martes, 23 de marzo de 2010

Antisemitismo, Marxismo y Talmud

Nadie puede negar o desconocerlos fuertes elementos de antisemitismo presentes en el pensamiento de la extrema izquierda, desde aquellos tiempos en que Marx asociaba al judío con el egoísmo y con el fetiche del dinero, pasando por los confinamientos forzados a Siberia en tiempos soviéticos, hasta la alianza estratégica con el islamismo radicalizado y militante. A la luz de estos antecedentes, iniciamos a escarbar el fecundo terreno de Internet, donde encontramos el artículo “Psicología de Masas del Sionismo”, escrito por Basem Tajeldine y publicado en el conocido sitio www.rebelion.org.
En esta ocasión, el autor intenta establecer un nexo entre “el comportamiento masivo facista” del sionismo judaíco con las enseñanzas del Talmud, es decir con la tradición oral de este pueblo en materias como la ética, normativismo religioso, folclore y jurisprudencia, la que se ha materializado en los volúmenes talmudistas a partir del estudio de la Torá (conocida también como la Ley de Moisés). Esto, en buen lenguaje marxista, no son más que componentes de la "superestructura" que se levanta de la matriz económica que determina la conciencia social de los hombres.
Sin embargo, Tajeldine pretende pasar a otro nivel de abstracción, proponiendo la vieja idea -que también comparte la extrema derecha- de que el núcleo de la economía, “el modo de producciòn” es hegemonizado por la corriente sionista del judaísmo, debido a la manipulación “superestructural” del Talmud.
“Dicen que “La historia laescriben los vencedores”, pero también quienes tienen el suficiente poder económico para reescribirla de acuerdo a sus intereses. El movimiento sionista, de la misma manera que los alemanes nazis, lograron infundir entre los europeos askenazis (judíos establecidos en la Europa central y del este) el auto convencimiento de su excepcionalidad como raza, fundamentada en el mito del “pueblo elegido” y sobre las enseñanzas más retrógradas, segregacionistas y racistas del Talmud ( obra que recoge las discusiones rabínicas sobre leyes judías, tradiciones,costumbres, leyendas e historias) por la cual explican la producción de genios cuyos aportes a la humanidad han sido incomparables”, afirma la pluma derebelion.org.
Posteriormente, el autor pretende mostrar, como un método explicativo, la supuesta maldad del pensamiento judaíco, relacionándola con las enseñanzas del Talmud y la maldad. Para ello, se basa en un artículo titulado “Como el Talmud y otros preceptos judios condicionan la mente del judio”. El contenido no puede ser más antisemita, pues sostiene que la única preocupación de las escuelas talmúdicas es implantar en la conciencia de los judíos una serie de aspectos negativos: sentimiento de superioridad hacia los gentiles (no judíos), racismo, orgullo, sed de dominio mundial, asesinatos, usuras, hipocresìa, y otros epítetos.
Los prejuicios de la ideología ortodoxa de izquierda tienden a seguir ciegamente los preceptos económico y antropológicos planteados por Marx en sus escritos de “La Cuestión Judìa”. La herencia de esta obra ha impregnado los ambientes del antisemitismo moderno desde entonces, profundizando la idea que el capitalismo no es más que una obra de los judìos “para dominar el mundo”.
El contenido de este ensayo ha sido tratado hasta la saciedad en los últimos 171 años, pero algunos puntos de este trabajo no serán soslayados fácilmente en la antología de los ideas propulsoras del antisemitismo moderno: "¿Cuál es el fundamento mundano del judaísmo? La necesidad práctica, el egoísmo. ¿Cuál es el culto mundano del judío? El tráfico. ¿Cuál es su Dios mundano? El dinero”. “El dinero es el Dios celoso de Israel, frente al cual ningún otro dios puede existir(...) la quimérica nacionalidad del judío es la nacionalidad del comerciante”.
Estas palabras han dado vida a un sinfín de interpretaciones entre los que dicen ser seguidores del marxismo , lo que ha dado pie a toda una literatura "anticapitalista" que busca identificar al pueblo judío como uno de los portadores de las condiciones reales del dominio mediante la mercantilización de las sociedades, según ha sido interpretado por miles de autodenominados marxistas.
Sin duda, el columnista de rebelion. Org aplica este tipo de interpretaciones: “Sobre los bienes de los no judíos hay varias prescripciones talmúdicas, pero baste citar algunas para formar idea clara de la falta de la más mínima consideración: “Las propiedadesde los goim (gentiles) son y tienen la reputación de un desierto o de las arenas del mar, quien las ocupare primero (entre los judíos), será su legítimo poseedor”.
Y agrega: Sobre la usura, el criterio lo tienen muy claro, apareciendo coincidente y reiterativo. En el libro Sanhedrín (fol. 16.2), se prescribe que: Está prohibido prestar sin usura a los no hebreos. A los judíos ni siquiera les está permitido enseñar ningún oficio a los akum (gentiles), ni hacerle regalos gratuitamente; sólo se permite a un judío hacer regalos a los gentiles que él conoce, y con la esperanza de obtener de ellos alguna recompensa. (Iore Dea, 151.11)...”.
Los principales extractos traídos a colación por el autor provienen del llamado Libro de Zohar. Lamentamos decirle al escritor de rebelion.org que esta obra no pertenece al Talmud. Contrariamente a lo que se piensa, el Talmud no es un libro hermético, no tiene secretos de carácter conspirativo. Su problema es de accesibilidad histórica, debido a la conjugación de dos factores: su redacción en arameo y, actualmente, en hebreo y la represión de la Iglesia Católica Romana que, de vez en cuando, ofrecía el libro al fuego. El carácter tendencioso del artículo es funcional a las invenciones del modelo de propaganda nazi de los anos treinta, donde se intentaba demonizar al pueblo judío frente a la opinión pública. Estos mismos elementos del manual de Goebbels son reciclados por la argumentación islámica-radicalizada, sobre la base del conflicto en medio oriente y que encuentran amplia recepción en los extremos del arco ideológico-político, tanto en la derecha como en la izquierda.
Los extractos utilizados porTajeldine tienen por objetivo dejar en los lectores la idea de que el sistema de pensamiento implícito en el Talmud es la causa del “desastre psicológico inculcado a todo un pueblo desde temprana edad”. Posteriormente, como conclusión, afirma que “el judaísmo deberá ser desionizado por su propio bien. Esta tarea sólo pueden realizarla ellos mismos. Pero el judaísmo también deberá marcar distancia de los aspectos más retrogrados, segregacionistas y racistas del Talmud. Podrían enmendar, o mejor, reformar el Talmud, es nuestro consejo. Nosotros, por nuestro lado, continuaremos construyendo el socialismo que bien,a decir de Marx: "es en la base económica, en ultima instancia, en donde descansa la conciencia de la nueva sociedad de iguales".
Nos centraremos en este último párrafo conclusivo para comenzar nuestro análisis. Uno de los principales voladores de luces del marxismo es su pretensión de ser una “teoría científica”. Este calificativo es mencionado por sus apologistas como una verdad única, por lo que se tiende a desechar a los demás sistemas de ideas. El modo de disfrazar esta interpretación de la realidad es catalogarla de científica. Sin embargo, pocos son los que se han detenido a pensar en la génesis del cuerpo de ideas elaboradas por Marx, sobretodo en su juventud, que encuentran un fuerte correlato con las ensenanzas del Talmud judío. Taljedine ignora que Marx proviene de una familia que presenta la no despreciable suma de catorce generaciones de talmudistas que, inevitablemente, dejaron un signo en la conciencia de Marx, en su infancia y prematura juventud. Ello, debido a que el Talmud implica un sistema paralelo al saber convencional que, según los entendidos, “educa el espíritu hacia una dialéctica que, a veces, puede tomar giros inesperados, desarrolla el espíritu del análisis y agudiza el sentido crítico”, entre otros aspectos.
Indudablemente, el joven Marx dió un giro inesperado al pasar del Talmud a una filosofìa autodenominada atea por excelencia, pero los elementos esquemáticos y lógicos del Talmud seguían presentes en el pensamiento de Marx, lo que dió origen a la teoría del “socialismo científico”. Podemos decir, comoTaljedine, que "es en la base espiritual del Talmud donde descansa la conciencia de la nueva sociedad de iguales".
Ya lo decía el periodista y escritor francés, Bernard Lazare, uno de los personajes del anarquismo a fines del siglo XIX: “Marx era un claro y lúcido talmudista , lleno de ese materialismo hebreo que siempre suena con un paraiso en la tierra y siempre rechaza la lejana y problemática esperanza de un paraíso luego de la muerte”.
Era el 1955 cuando otro pensador francès, el filósofo Raymond Aron, en su obra “El Opio de los Intelectuales”, relacionada la estructura del racionamiento de Marx, según la “superestructura” aportada por la cultura hebrea. “La escatología marxista le confiere al proletariado una función de salvación colectiva. Los términos usados por el joven Marx no dejan dudas en cuanto al orígen judeo-cristiano del mito de la clase elegida, a causa de sus sufrimientos, para rescatar a la humanidad. Misión del proletariado, fin de la historia gracias a la revolución, reino de la libertad. En todo esto es fácilmente reconocible los motivos principales del pensamiento milenarista: el Mesías, la ruptura, el reino de Dios. El marxismo no ha disminuido estos paralelos. La resurección de las creencias seculares bajo la forma aparentemente científica seduce a los espíritus necesitados de una fé. El mito puede parecer una prefiguración de la verdad, así como la idea moderna puede parecer la sobrevivencia de suenos metafísicos”.
Son interesantes los planteamientos de Aron en el sentido de que, efectivamente, es posible encontrar ciertas analogías entre el sistema propuesto por Marx y el judaismo mosaico. No son pocos los análisis que advierten las similitudes estructurales en el marxismo y la religión, como un sistema de identificación de los individuos hacia el armado doctrinal. En cierto sentido, el marxismo, además de ser una corriente epistemológica, ha derivado en una escatología para muchos de sus seguidores: Para muchos, la heterodoxia marxista es una apostasía y herejía (los renovados de izquierda son considerados los protestantes de esta religión); el manifiesto comunista es paragonable a la Biblia como obra fundamental; el culto a la personalidad manifestado en las miles de imágenes y monumentos que existieron en la Unión Soviética, muestra alta coincidencia con las enseñanzas católicas; el capitalismo es identificado como la fuente de todos los problema y penurias de la humanidad, como satanás, y sus secuaces (los burgueses) son demonizados como “esbirros del capital”. Esta extrapolación nos lleva a pensar en la distorsión que tuvieron las ideas originales de Marx en sus seguidores, particularmente en el Leninismo, donde se terminó instaurando un sistema de dominio que utilizó la matriz marxista como una justificación para estar en el poder. Históricamente se produjo un proceso similar a lo ocurrido entre las enseñanzas primitivas del cristianismo y la posterior hegemonía de la Iglesia Católica.
Pero, si preguntamos a un autodenominado marxista el por qué de su adhesión a la ideología, nos encontramos con un fundamento más puro, desde el punto de vista ontológico: La mayoría responderá con un concepto clave: Justicia. En este sentido, no es raro comprender el rol de la Teología de la Liberación en América Latina, con dirigentes autoproclamados marxistas (Fidel Castro y Hugo Chávez) que apelan a la similitud del pensamiento de Marx con las enseñanzas de Jesucristo.
El trasfondo de esta dinámica lo encontramos en la Torá (la matriz del pensamiento judeo-cristiano) que, en términos simples, vendría a significar “guía para dar en el blanco”. Es la Justicia la fuerza motora que mueve a la mayoría de los individuos a abrazar el marxismo. En otras palabras, podemos decir que el adjetivo de científico,  dado a las leyes propuestas por Marx (que posteriormente fueron definidas por Engels como materialismo histórico y/o dialéctico), no son más que “la caricatura de la moralidad establecida en el aire”, tal como lo dijo el mismo filósofo alemán en“la Cuestión Judía”.
De hecho, las primeras palabras en el Estatuto de la Primera Internacional de Trabajadores son un “compromiso por la verdad, la justicia y la moral”. Dichas categorías han sido asociadas por los marxistas como parte de la superestructura, determinada por el modo de producción económica que condicionan los procesos políticos, sociales y culturales, como afirmó Marx en la introducción a la Crítica de la Economía Política. El punto es que, contradictoriamente, los conceptos de verdad, justicia y moral son uno de los tantos ejes levantados por el Talmud en su estudio sistemático de la Torá. Una idea similar planteó Umberto Eco en su novela investigativa “El Péndulo de Foucault”: “La historia del pensamiento y las ideas siempre nos lleva a volver a la Torá”.
Dentro de la vasta multiplicidad de temas desarrollados en el Talmud está la regulación de la vida social. Una parte no despreciable de la hermenéutica de la Torá apunta a la condena de la usura, donde se ha llegado a cuestionar el lugar de la propiedad privada, lo que viene ligado a otro punto cardinal en la historia talmudista: el mesianismo político que, sobre la base del capítulo del Levítico del Pentateuco (o el tercer capítulo de la Biblia), hace referencia a una perspectiva redencionista en Israel para los explotados y oprimidos (la viuda, el huérfano y el extranjero).
El mundo igualitario en el Talmud es conocido como el “Olam abà” y marca el fin de la historia. Si esto no puede definirse como una estructura análoga a la idea central de Marx respecto al comunismo que debía surgir, luego de la dictadura del proletariado, estaríamos tapando el sol con un dedo.
Otro correlato histórico concreto del judaismo y su correlación con las ideas de Marx fue el "kahal histórico", un sistema de vida comunal hebreo, donde las necesidades de la comunidad (comida, vivienda y ocupaciones) se asignaban de una manera colectiva. Algo que se acerca a la famosa frase de Marx: “A cada quien su necesidad, según su capacidad”.
Esta suerte de arqueología del saber, en palabras de Foucault, nos permite reconocer el rol del sistema de pensamiento judío en la obra de Marx, lo cual es algo concreto y que no supone un punto de ruptura con la propuesta elaborada por éste, pues sólo estamos hablando de la concatenación entre la ortodoxia talmudista, que Marx rechazó en su juventud, y el armado conceptual que desarrolló posteriormente.
El primero de junio de 1928, la“Reveu de Parìs” publicó el epistolario de Marx con el rabino Baruch Levi, donde el padre oficial del comunismo afirmaba: “En esta nueva organización de la Humanidad (el comunismo) los hijos de Israel esparcidos por todos los rincones de la tierra se convertirán en todas partes. Sin oposición alguna en la clase dirigente, sobretodo si consiguen colocar a las masas obreras bajo su control exclusivo ya que los gobiernos de las naciones integrantes de la futura República Universal caerán, sin esfuerzo, en las manos de los israelitas gracias a la victoria del proletariado. La propiedad privada podrá ser entonces suprimida por los gobernantes de raza judía que administrarán en todas partes los fondos públicos. De esta manera se realizará la promesa del Talmud, según la cuál, cuando llegue el tiempo del Mesías “los judíos poseeremos los bienes de todos los pueblos de la Tierra”.
Pero efectivamente, ¿dónde se pueden identificar estas raíces talmudistas en Marx, aparte de su entorno familiar? Una influencia duradera en su pensamiento y obra fue Moritz Hess. Al igual que Marx, Hess es considerado un “asimilacionista”, que pasó del Talmud de su infancia y prematura juventud al “socialismo científico”. La historia subterránea lo recuerda como el personaje que convirtió a Engels al comunismo y adentró a Marx en las problemáticas económicas y sociales. De hecho, Hess fue uno de los primeros autores del moderno sionismo (para sorpresa de Tajeldine) con su obra “Roma y Jerusalem”, donde sostiene un nacionalismo de tipo socialista en un futuro estado judío. Más allá de este importante paréntesis casi rupturista para la actual concepción del marxismo contemporáneo respecto a Israel. Otra obra de Hess con un largo alcance fue “La triarquía europea”, donde apela directamente a la abolición de la propiedad privada. El joven Marx fue uno de los hegelianos de izquierda que quedaron impresionados con las propuestas de Hess, quien fue uno de los mentores y creadores de la Gaceta Renana, fundada en 1840. Tres años más tarde Marx debuta en este medio escrito, del cual posteriormente sería su director. Entre 1843 y 1844 Hess publica el ensayo “La esencia del dinero”, donde se advierte la influencia a posteriori en Marx.
Algunas de las ideas impresas eran: “"El dinero es al mundo práctico loque Dios es al mundo teórico, que él constituye la alienación de la idea de valor social, en plata o en aleación desde el punto de vista católico o en papel moneda, desde el punto de vista protestante”. A Hess tambièn se le atribuye la célebre frase acuñada después por Marx, de que la religión no es más que “el opio del pueblo”, además de otros trabajos de crítica a Hegel, exigiendo una teoría de la acción mirando al futuro.
Ahora bien, lo anterior nos ignifica que Marx fuese sionista, ni un conspirador frío y calculador. Simplemente hemos querido demostrar que, frente al desdén de los marxistas contémporaneos en torno al pensamiento que identifican como “religioso”, se esconden dinámicas más complejas en la historia del pensamiento y los sistemas lógicos, especialmente si estos cuentan con una estructura cultural sólida como lo es el judaismo.
Lamentablemente, en los autodenominados marxistas, el dicho de que el “socialismo es científico” es utilizado más como un recurso retórico en vez de argumental. La falacia perfecta, en cuanto a que es una idea convincente pero falsa. El problema de caer en la ceguera del cientificismo, respecto al armado conceptual de Marx, es que la coexistencia entre la famosa “filosofìa de la praxis” y una construcción teórica que pregona la inminencia de una nueva evolución definitiva (la revolución comunista). Ello significa que, tarde o temprano, la dialéctica de Marx debería morir. ¿Cuando?, con el advenimiento del Mesías, aquél sujeto colectivo idealizado por Marx: el proletariado. Asì como no existen discrepancias en mencionar al idealismo alemán, el socialismo francés y el liberalismo y cooperativismo inglés como los grandes sistemas que influenciaron al marxismo, quizás es tiempo de incluir a los viejos esquemas y lógicas del Talmud, hechas a partir de la Torá.

lunes, 15 de marzo de 2010

El pésimo enfoque ontológico de la derecha chilena hacia la flexibilidad laboral

El acceso de la derecha al Estado plantea una serie de dudas respecto al debate entre competitividad y regulación laboral en Chile, particularmente en materia de protección social. Para todos aquellos que confían en el ancla conceptual del cambio pregonada por el Presidente electo, Sebastián Pinera, existe un punto de partida contradictorio: Su Gobierno supone un cambio dentro de la continuidad en torno al actual manejo del modelo económico implementado en los años setenta, cuyas condiciones de reproducción fueron profundizadas por la administración concertacionista en los últimos veinte años. En otras palabras, los anunciados vientos de cambios no implican una discontinuidad de la estrategia económica de apertura e integración en los mercados internacionales.
Si el motivo por haber votado por el candidato de la derecha era encontrar una mayor sintonía entre las políticas públicas y las aspiraciones del mundo laboral, un somero examen de la concepción de mundo que sostiene la derecha respecto a este tema, nos mostrará las dificultades de materializar este objetivo. Ello porque, a primera vista, este bloque político histórica y sistemáticamente asocia los mayores costos empresariales a la protección de los trabajadores. Este tipo de doctrina liberal ultra ortodoxa plantea la reducción de costos con el objetivo de aumentar la competitividad mediante la disminución de las prerrogativas de los recursos humanos, ya sea en términos salariales o en algunos instrumentos de protección como las indemnizaciones al momento del despido o cese del contrato.
En este sentido, existen varios puntos ambiguos y poco esclarecedores en el Programa de Gobierno del Presidente electo, Sebastián Pinera, respecto a este tema. El diagnóstico expuesto en este documento se basa en el monolítico juicio de que la pérdida de dinamismo en la economía nacional responde a las rigideces del mercado laboral introducidas por la burocracia del Estado, razón por la cual se desprende la conclusión de aumentar la competitividad de las empresas a través de la reducción de costos que, en la práctica, a menudo se dirigen al factor trabajo. En otras palabras, se apunta a una mayor desregulación para incrementar automáticamente las ventajas competitivas de la empresa o, como indica el Programa, “la capacidad de emprendimiento”.
Las propuestas del futuro Ejecutivo se manejan en un amplio nivel de abstracción sin precisiones en la materia. Por ejemplo, dentro del conjunto de ocho macro soluciones propuestas en el Programa para “aumentar las posibilidades de trabajo”, se plantea la posibilidad de que los trabajadores puedan optar por una indemnización a todo evento en vez de la actual cobertura en caso de despido. El octavo y último punto expresa el deseo de perfeccionar el seguro de cesantía simultáneamente con otorgar “la oportunidad a los trabajadores para sustituir una parte de las indemnizaciones que actualmente pueden recibir en caso de ser despedidos, por indemnizaciones a todo evento”. (Pág. 68).
La trampa es sutil y es casi imperceptible, pero al plantear la posibilidad de “otorgar una oportunidad para sustituir” se habla de darle un carácter opcional a este beneficio, lo que va en línea con la doctrina ortodoxa neoclásica de que los programas sociales obligatorios a los trabajadores redundan en ineficiencias y mayores costos. La idea de cambiar la indemnización por años de servicio, transfiriendo sus recursos a un seguro de desempleo más amplio y fuerte, es un punto cardinal en el debate entre la flexibilidad laboral y la protección social. Según la visión del extremismo ortodoxo de la derecha económica, los recursos liberados por el fin de la indemnización por despidos se podrían agregar a las cuentas del seguro de cesantía. Así lo sostiene el hermano del Presidente electo, José Pinera, “el Gurù” criollo de la política laboral ultra ortodoxa, pues el actual pago del empleador al trabajador por cese del contrato, a su juicio, impide una mayor crecimiento y la creación de más puestos de trabajo. Su idea es crear un seguro de desempleo “más fuerte”, como posteriormente ha proclamado Sebastián.
El establishment monolíticamente también apela a la “flexiseguridad” creada en Dinamarca, donde la indemnización por años de servicio pasó a engrosar las cuentas del seguro de desempleo. Hasta aquí va todo bien para los partidarios de acabar con las indemnizaciones, sobre la base de este modelo. Sin embargo, la ultra ortodoxia liberal omite una serie de aspectos del sistema escandinavo que contradicen sus postulados doctrinarios (Aquí podemos apreciar cómo los partidarios de la flexibilidad son bastante poco flexibles en su ideología).
Efectivamente, la experiencia danesa es paradigmática para la Unión Europea, pues plantea una suerte de puerta giratoria al interior del mercado laboral, donde se contrata y despide a los trabajadores sin restricciones. Este es el aspecto más destacado por la economía laissez-faire de la derecha: reducen el concepto sólo al rasgo de la flexibilidad y, de paso, omiten el sólido componente de seguridad social alcanzado en este país, donde el 80% de la fuerza de trabajo está sindicalizada, por lo que cada modificación a este modelo pasa por el diálogo y la concertación social a través de conductos institucionalizados con un carácter estratégico y no meramente funcional como ha sido visto en las famosas mesas de diálogo social en Chile.
La ortodoxia económica tampoco menciona que la gestión del seguro de desempleo está en manos de los sindicatos, al igual que las pensiones privadas de los trabajadores sindicalizados. La liberalización del despido ha incrementado el ritmo de movilidad laboral en el mercado danés y no ha traído consigo la precarización del empleo, como sucede en la mayoría de los países que adaptan ciegamente el dogmatismo anti regulatorio. De hecho, esta visión ideologizada de las relaciones productivas plantea que el fin de las indemnizaciones aumentará automáticamente la creación de nuevos puestos de trabajo, cuando en Dinamarca el objetivo principal de la flexiseguridad es darle dinamismo al mercado laboral: Cerca de 800 mil trabajadores cambian de empleo al ano y unos 250 mil puestos se destruyen y crean en el mismo lapso de tiempo, razón por la cual el cese de las indemnizaciones no ha producido un incremento en la creación de trabajo, sino que muestra un efecto neutro.
Este último punto es de vital importancia dentro del debate, pues el argumento de crear más empleo es demasiado influyente, aunque muchas veces se sustente en fundamentos falsos. Siempre se hace referencia a los “ruidos” o “distorsiones”, como el aumento de salarios mínimos, mayor libertad sindical, cambios en las jornadas de trabajo, para pedir mayor flexibilidad, impersonalizando los intereses de los trabajadores. Ello es reconocido por el ex decano de Economía de la Universidad de Chile, Joseph Ramos, en su obra “Flexibilidad y Empleo”, al indicar que las rigideces advertidas por el convencionalismo de la ortodoxia liberal también son compartidas por los trabajadores, los cuales “no valoran” este tipo de iniciativas descritas más arriba. Esta “filosofía de la ciencia” económica ortodoxa, en otras palabras pretende privilegiar los costos de los empleadores, desechando la percepción del costo por parte de los empleados. Es decir, el orden discursivo de este análisis es que toda restricción a la liberalización de las relaciones laborales implica un perjuicio para los trabajadores y no un beneficio. Esta es la libertad que auto adquieren los voceros de la ortodoxia y las autoridades: suplantan las percepciones reales de los trabajadores con sus diagnósticos, restándoles cualquier capacidad de decisión al factor trabajo. Bajo este tipo de concepción de la realidad, podemos entender el por qué la flexibilidad a secas nace coja.
Entre los impactos negativos que denuncia el establishment económico y la derecha respecto a la indemnización es limitar las capacidades de las empresas para adaptarse a las dinámicas condiciones tecnológicas y organizacionales del comercio internacional. Si embargo, el trabajo de Ramos (2007) muestra luces desconcertantes para la ecuación mayor flexibilidad/mayor competitividad. “De hecho, cuando se examina la relación entre flexibilidad laboral y competitividad se observa que hay una relación positiva entre ambas variables, pero es tenue y muy suave. Si uno compara USA con Alemania, la correlación parece fuertemente positiva. Sin embargo, si uno incluye a Suecia, Finlandia, Brasil y México la relación se diluye. En efecto, Suecia y Finlandia son entre las 5 economías más competitivas del mundo – mucho más que Chile, y, sin embargo, tanto Finlandia como Suecia tienen normas laborales significativamente más rígidas que las de Chile; y Brasil y México son más flexibles que Chile (al menos según el Fraser Institute) y sin embargo, son economías mucho menos competitivas. De ahí que si bien mayor flexibilidad sí está relacionada con mayor competitividad, al parecer a los valores de flexibilidad laboral de Chile una mayor flexibilidad eleva la competitividad sólo en forma marginal”.
No es un misterio que la rotación laboral del mercado chileno es bastante alta, incluso mayor que la de Estados Unidos, como explica Ramos: “En los primeros 21 meses del nuevo seguro de desempleo (octubre de 2002 a julio 2004), 1.000.000 personas fueron contratadas en trabajos nuevos por las empresas, pese a que el incremento en el empleo asalariado neto casi no subió en esos 21 meses! Es más, en el mismo período, 600.000 personas fueron contratadas en forma “indefinida”. Pese a ello, a los 6 meses menos de la mitad seguía contratada. En otras palabras, las rigideces en contratación no parecerían estar atentando significativamente contra la contratación”. ¿Qué podemos decir al respecto? Básicamente que el tipo de flexibilidad aplicada en Chile tiende a aumentar la precarización de la mano de obra (un millón de empleos en un contexto donde la ocupación asalariada no crece), en vez de incrementar las “rigideces” o “ruidos” que atentan contra la competitividad.
Si el nuevo gobierno desea conducir el debate acerca de la flexibilidad laboral para aumentar la productividad deberá reconocer que la aplicabilidad del modelo está sujeta a las características socio-culturales de cada mercado. Y aquí la realidad chilena ni siquiera se ha puesto los panales: baja tasa de sindicalización, falta de autonomía político-partidista del principal referente del sector (CUT); bajo nivel de salarios, tanto para ocupaciones calificadas como descalificadas; alta brecha de ingresos entre hombres y mujeres, así como para los jóvenes; empresas que basan sus estrategias de competitividad sobre el bajo costo laboral y no en la calidad de sus productos y servicios. El bajo nivel de salarios redunda en la pérdida de calidad de los empleos en el mediano y largo plazo.
Aunque el Programa de Gobierno de la derecha incluye una serie de propuestas para fortalecer la red de protección laboral, a través de la supuesta entrega de bonos por capacitación a los trabajadores, no se específica el carácter de tales programas ni la lógica subyacente para su funcionamientos. Hasta el momento, la única certeza es el apego a la visión doctrinaria de ver a los programas de protección social y laboral como un costo para las empresas que pueden reducir la competitividad internacional. Otro hecho omitido por la derecha es la actitud negativa de muchos empresarios en el campo microeconómico: El Programa de Piñera reconoce el bajo nivel de inversión en capital humano, achacando este problema a la escasa eficiencia del Estado en la focalización de los recursos, pero no se menciona al receptor de estos beneficios que son los empleadores. Al considerar la indemnización por anos de servicio como una carga negativa, no han visto los potenciales beneficios que entrega esta norma a las unidades productivas puesto que el costo de mantener a un trabajadores plantea la posibilidad de adiestrarlo en el tiempo en determinadas tareas, con lo cual la norma protectora sirve para la inversión en el largo plazo del capital humano. Es comprobado empíricamente que los trabajadores en condiciones estables de empleo en el largo plazo terminan identificándose con los objetivos de la empresa. En Chile esto no se ha masificado.
El mayor problema es la distorsión de la realidad que subyace en la doctrina ortodoxa del liberalismo económico. Se consideran las regulaciones laborales como un impedimento a la competitividad en el marco teórico de que el mercado funciona perfectamente, sin fallas. Este discurso incrustado en el zócalo mental del empresariado nacional deja como resultado que la capacidad de competir depende exclusivamente de la reducción de los costos laborales, es decir de los beneficios a los trabajadores. Poco se habla acerca de la necesidad de replantear las estrategias de crecimiento empresarial en los mercados externos a partir de la inversión en la calidad de los productos o en la reconversión hacia productos con mayor valor agregado. Algo sobre esta temática se ha comenzado a plantear en el sector frutícola que ha logrado catapultar a Chile como el primer productor del hemisferio sur, pero sobre la base de mínimas condiciones laborales, tanto en materia de salarios como de protección social a los trabajadores.
En este sentido, en el orden discursivo de la derecha, en general, y del Programa de Gobierno de Piñera, en particular, no se reconoce que la actual disminución en la productividad total de factores también responde a la deficitaria calidad de vida de los trabajadores menos calificados y al bajo nivel de salarios de la economía chilena, sobretodo en comparación con los demás países del OCDE. La idea de asociar el cese del pago de indemnizaciones al momento del despido con la disminución del desempleo es una falacia. Tanto los estudios de la OCDE, el Banco Mundial y la OIT, cuestionan el simplicismo de ligar la desregulación laboral con las ventajas comparativas. Entre 1990 y 1995, los salarios en el sector industrial de Chile obtuvieron un alza promedio de 29%, por lo que el aumento de los costos empresariales debido a la inclusión de normas protectoras al trabajo, generó un aumento de la productividad que se tradujo en mejores niveles salariales.

Una discusión adecuada en torno a la flexibilidad laboral y el derecho a la protección social de los trabajadores pasa inevitablemente por cambiar el swicht ontológico de la ortodoxia liberal que todavía pretende resolver los problemas económicos bajo una mirada aséptica lo social. Si en los países escandinavos el desarrollo de la flexiseguridad ha obtenido frutos adecuados se debe considerar el aspecto consuetudinario de las sociedades del norte de Europa: la flexibilidad laboral es vista como el elemento propiciador de un mayor dinamismo en el mercado laboral y, por ende, en la productividad. No está asociada a la disminución de las garantías sociales de los trabajadores, aspecto que la derecha económica chilena no puede superar y que no está zanjado ni especifìcado en su Programa de Gobierno.

El dispositivo discursivo de la eficiencia por parte de la derecha chilena a la luz de Michel Foucault

La hegemonía del pensamiento de la derecha en Chile, que en los últimos años se ha acentuado con mayor fuerza en los valores que pregona el modelo económico instaurado por la dictadura cívico militar, nos plantea la necesidad de examinar el sistema simbólico y cultural que genera en el imaginario colectivo el discurso de este sector.
Históricamente la derecha ha incorporado el dispositivo del terror en su orden discursivo, apuntando a los sectores populares que están más sujetos a la constante precariedad por los ciclos económicos y a la seguridad física. Y el otro dispositivo del discurso derechista es la eficiencia, en que la idea es que la opinión pública asocie la solución de problemas reales a este sector, específicamente en la vida económica y administrativa del país.
El antecedente histórico de este dispositivo discursivo se manifestó con el gobierno de Jorge Alessandri (1958-1964), llamado gobierno de los empresarios, donde se instaló un discurso de eficiencia de carácter técnico y alejado de criterios político-partidista. Algo similar de volvió a repetir en el discurso derechista en los año noventa del siglo pasado, luego de la dictadura cívico-militar que implantó la derecha entre 1973 y 1990. En este período surgió un tecno populismo, encarnado en la figura de Joaquín Lavín a fines de la década, quien captó el discurso del gremialismo de la UDI, desde donde el mensaje era que todo cambio a la institucionalidad dejada en dictadura era un tema que le interesaba a los políticos y que no solucionaba los problemas de las personas a nivel cotidiano.
Posteriormente a partir del año 2000 el dispositivo de la eficiencia en el discurso derechista cambia de manos, pasando a Sebastián Piñera bajo la misma premisa: establecer un "gobierno de los mejores", donde la eficiencia debe ser asociada con la visibilidad, con el estar en terreno, sin importar que la solución a los problemas estructurales nunca se realice.
La llamada eficiencia pregonada en el discurso piñerista desplazó al concepto de equidad que había sido instalado durante los diez años de los gobiernos Lagos y Bachelet entre 2000 y 2010. La dicotomía entre eficiencia y equidad económica todavía muestra un conflicto axiológico al interior de la sociedad chilena, donde aún no aprecian horizontes de dilucidación, pero que ahora está desequilibrando críticamente las relaciones de dominio que surgen en los espacios públicos y en la experiencia ciudadana, poniendo en un mismo plano el significado del concepto de eficiencia con la reducción del aparato estatal y la desregulación de algunas actividades del mercado.
La pretendida instalación del dispositivo de la eficiencia por parte de la derecha en la opinión pública local esta vez ha encontrado una mayor recepción por parte de la ciudadanía, razón por la cual propondremos la obra de Michel Foucault “El Orden del Discurso” (1970) como el punto de partida para intentar explicar las causas de su triunfo en función de la practica discursiva sobre la efectividad en la vida nacional. Según Foucault, las prácticas discursivas producen objetos u elementos constitutivos que buscan penetrar en las relaciones culturales a través de los denominados “objetos del discurso”. Estos objetos son aquellos elementos, ejes conceptuales, dispositivos o artificios, “de los que se habla a todas voces” en un determinado “régimen de existencia”. En el caso de Piñera, la circulación de su orden discursivo gira en torno al objeto de la eficiencia, en una dinámica reproductiva que ya encontró eco en el nivel ideológico del sentido común, específicamente en casos de catástrofes naturales que afectan a la población o a accidentes puntuales que impactan en la opinión pública.
De este proceso deriva una micro circulación que se materializa a través de los seguidores y partidarios de este sector político-ideológico, en sus relaciones cotidianas dentro del tejido social que tienden a relacionarse en las prácticas culturales o cotidianas de la ciudadanía, ya sea en apoyo o en oposición al nuevo gobierno. En otras palabras, la circulación del dispositivo de la eficiencia en el discurso de la derecha no debe interpretarse como “irrupción en la subjetividad pura” -como afirma Foucault-, sino que debe ser entendida como un espacio de posiciones y de funcionamientos diferenciados por los sujetos. Esta idea es esencial si deseamos comprender los alcances del nuevo eje conceptual en el discurso de la derecha chilena, bajo una construcción “Foucaultiana”.
Ahora bien, ¿cuál es el punto de partida de este nuevo dispositivo discursivo? Es desde la instancia del Estado donde se pretende transmitir el ordenamiento discursivo de la derecha, el cual es visto como “la madre de todas las eficiencias”, debido a los efectos reguladores que posee en relación a los demás espacios de la vida pública.
Desde la perspectiva de Foucault, podemos apreciar cómo la fuerza discurso de la derecha se enfoca en este dispositivo de la eficiencia que no debe ser entendido como un simple texto a enunciar, sino que debe ser visto como la aplicación de un ejercicio en todos los niveles de prácticas empíricas o culturales. Foucault afirma que la fuerza del discurso radica en la acción que este ejerce sobre otras acciones. En este sentido, el Estado –como una de las máximas instancias ordenadoras de las experiencias de los individuos- sería el punto donde se comienza a aplicar este ejercicio de la eficiencia hacia las demás instancias públicas. De hecho, el dispositivo de la eficiencia se transforma, como dice Foucault, en una madeja multilineal que inicia a extenderse y a captar hacia otros espacios. De aquí se entiende también las ideas de la derecha de darle mayor eficiencia energética al país. El dispositivo de la eficiencia, de este modo, viene a ser identificado como la panecea a las problemáticas empíricas con las cuales se enfrenta la ciudadanía.
Si consideramos la propuesta de la "Arqueología del Saber" foucaultiana, el dispositivo de la eficiencia propuesto por la derecha es abiertamente dinámico y no presenta una línea de correspondencia unilateral hacia la opinión pública, pues una de sus funciones es trazar distinciones binarias, ya sea en el bloque de gobierno que se prepara a administrar el Estado como aquél que volverá a sus funciones de oposición política. La eficiencia también deberá ser comprendida en la totalidad de las relaciones cotidianas, en los códigos culturales de la ciudadanía, ya que el discurso operan en un juego de fuerzas de “cosas dichas” que se desarrolla en la cancha de las “posibilidades de experiencia” o, mejor, dicho, a través de los códigos culturales. Ya hemos visto como estas fuerzas dentro del campo de juego se manifiestan en los roles de analistas políticos y economistas que han comenzado a circular el objeto o dispositivo de la eficiencia como un rasgo fundamental.
¿Acaso es negativo o poco recomendable que el concepto de eficiencia se instale con mayor fuerza en las prácticas discursivas de un país en vías de desarrollo? Absolutamente no. De hecho, el diagnóstico de agotamiento y desgaste en las prácticas de las tecnoestructuras de la centro izquierda que ha gobernado el país es un realidad aceptada transversalmente por parte de los actores públicos y la opinión surgida en los espacios de experiencia de la ciudadanía. El problema de fondo, sin embargo, es que el dispositivo de eficiencia esconde una estrategia argumental respecto a la preminencia del mercado por sobre la incidencia del Estado en la sociedad: El mercado es sinónimo de eficiencia por sobre el dispositivo de la equidad que planteaba el Estado.
Y es que la elevación del dispositivo de la eficiencia por sobre el concepto de equidad nos demuestra cómo la derecha pretende ejercer un giro a las condiciones de dominio que habían sido definidas desde 1990. Para entender esta nueva situación, debemos ver cuál es la función del discurso desde Foucault: “La formación de los discursos y la genealogía del saber deben ser analizadas no a partir de tipos de conciencia, modalidades de percepción o formas ideológicas, sino más bien como tácticas y estrategias de poder”.
La intencionalidad de hegemonizar el discurso de acción política con el eje central de la eficiencia responde a estas relaciones de juego, de dominio y disputa por la definición de lo real o la inducción a la verdad ideológica que la derecha pretende instalar como una centralidad a partir del dispositivo de la eficiencia. La carga hermenéutica de este concepto es la idea de que el mercado aumenta las ganancias de sus participantes sin perjuicio de nadie. De acuerdo a la lógica, todos los agentes económicos serían beneficiados gracias a la eficiencia que presupone la reducción del aparato estatal y sus funciones regulatorias. De este modo, la eficiencia es la catapulta para el desarrollo del emprendimiento y la innovación, dejando más espacio a la expansión de la actividad privadas sin la presencia de este elefante blanco encargado de poner barreras a la utilidad del capital.
En consecuencia, podemos decir que el tipo de discurso implantado por la derecha encuentra su fuerza y legitimidad en el tipo de direccionamiento estratégico que la ha otorgado al concepto de eficiencia, anteponiéndolo al dispositivo de equidad porque, a primera vista, son pocas los ciudadanos que se oponen al concepto general de la eficiencia como objetivo empírico, especialmente en una sociedad como la chilena que ha sido bombardeada simbólica y culturalmente por la oferta del mercado y sus dinámicas. Eficiencia es sinónimo de competitividad, de conquistar nuevas metas en la vida, algo completamente distinto a la carga hermenéutica que le asigna la derecha a la equidad, la cual es vista como la gran creadora del estancamiento de la vida económica, de acuerdo al discurso ideológico del sector.
El encadenamiento de las expectativas del mayor crecimiento económico y de la calidad de vida con el dispositivo de la eficiencia ha generado una inclinación sociocultural hacia la competitividad por encima de la cooperación económica. La hegemonía del individualismo estaba dando gritos de parto para el nacimiento del dispositivo de la eficiencia, ya sea desde la perspectiva de la psicología social como de la sociología del bienestar. Según Foucault, el sujeto o los individuos no son inmunes a la constitución de un determinado discurso ya que si este “consigue algún poder, es de nosotros de quien lo obtiene”. En otras palabras, el desplazamiento del eje desde la equidad hacia la eficiencia en el imaginario de la vida ciudadana responde a las dinámicas de retroalimentación creadas por el modelo de mercantilización en la estructuración de las necesidades de las personas.
Foucault explica que la construcción del dispositivo implica sobreponer una serie de prácticas en un mismo plano. La tríada eficiencia-reducción del Estado-desregulación del mercado ha sido planteada por la derecha desde el momento de instauración del meta relato del proyecto neoliberal de los años setenta. Si a fines de esta década, y durante toda la década del ochenta, el dispositivo utilizado por el discurso de la derecha fue la cientificidad de la economía y sus decisiones “neutras y racionales” para resolver los problemas del país, después de que la centro izquierda accediera a la administración del Estado, se inició una nueva relación de fuerza por el dominio discursivo entre la eficiencia y la equidad. Con ello se demuestra que cada discurso de poder implica una práctica histórica concreta que generan relaciones de fuerza y resistencia.
Si bien hasta el momento la derecha ha dado inicio a la capitalización social de este dispositivo, la perspectiva del post estructuralismo foucaultiano nos permite encontrar algunas luces al final del túnel, como el “principio de reinversión” de todo ordenamiento discursivo. Aquí entran en juego las operaciones de deconstrucción expuestas por G. Deleuze en el análisis de los esquemas foucaultianos. Esto significa que cada discurso enmarcado en un régimen de enunciación desde el Estado puede ser contrarrestado por otros actores en los espacios de circulación, oponiendo otros dispositivos en el campo de juego. Dichos actores presentan un carácter interdisciplinario que aprovechan “pragmática de lo múltiple” que entrega la epistemología de Foucault, por lo que nada está perdido en el juego de las relaciones discursivas. La tarea dependerá de la creación de otros dispositivos en los espacios empíricos de la ciudadanía, reinvirtiendo el alcance del concepto de la eficiencia para vincularlo con la cooperación en el ejercicio de las políticas públicas. Y, en este caso, las organizaciones ciudadanas de la sociedad civil deben ir a buscar la pelota al área rival.

La entronización del seudocarisma en Chile

No deja de llamar la atención el motivo por el cual en los últimos decenios la derecha chilena ha logrado construirse y refaccionarse a través de la personalización de su propuesta a la sociedad a través de la entronización de un seudocarisma, lo que nos lleva a preguntarnos de qué modo se trata y entiende el carisma del liderazgo político en el país, particularmente durante los periodos de elecciones presidenciales. Para reconocer el tipo de carisma que opera en el proceso político-electoral del país en las últimas décadas es necesario superar la banalización que ha sufrido el concepto por parte del tratamiento mediático.
De acuerdo a los significados producidos por la Prensa y los Mass Media, actualmente el carisma es interpretado como algo “popular”, “atractivo” o una simple “cuestión de chispa” o espontaneidad de un determinado personaje público.“. Así se han resumido las características de cada candidato en las coyunturas electorales desde los años noventa hasta la actualidad: sobre la base del carisma. Pero la verdad es que este concepto guarda un significado más profundo y complejo en el marco de los procesos electorales, el comportamiento de los votantes y la Comunicación Social.
¿Cómo debemos entender la relación entre el carisma y el liderazgo político? En primer lugar, ambos términos presentan una frontera bastante estrecha. El carisma político se entiende como aquel aspecto del liderazgo que apela a las emociones y sentimientos, cuyo principal producto es la valoración que ejercen los seguidores del líder, atributo que sintetizan en la idea de una “posesión de un aura”. Cuando hablamos del carisma como el resultado de un proceso racional elaborado por un grupo especializado con fines políticos-comunicativos, estamos en presencia del actual construcción carismática presente en Chile.
La teoría social reconoce a la obra de Max Weber como el punto de partida para comprender el carisma político en un sentido clásico. Esta cualidad encuentra sus raíces en lo religioso, por lo que Weber la define como “la cualidad extraordinaria de una personalidad “, con rasgos “extra cotidianos” que no son accesibles para el común de las personas y, así, pasa a ser un líder o un guía. La idea del dominio inherente a esta definición posteriormente fue ampliada, derivando hacia una nueva concepción en la modernidad avanzada: “la manufactura del carisma”, como lo sostiene Salvador Giner (1990-1992).
El concepto del carisma en la modernidad se identifica con la producción mediática, por lo que elimina su carácter genuino apuntado por Weber para transformarse en un montaje artificial. Ello se conoce como “seudocarisma”: En vez de los atributos personales innatos que el líder clásico compartía con sus seguidores, actualmente predomina la fabricación y la escenificación de los atributos por parte de un grupo de especialistas encargados de proyectar el carisma político a través de los Medios de Comunicación. La reconstrucción del liderazgo carismático por asesores de imágenes pretende limar los rasgos potencialmente negativos de cada candidato y, de paso, potenciar aquellos rasgos considerados extraordinarios y genuinos.
El impacto del seudocarisma moderno que se concentra en la fuente emisora y no un mensaje integral de mediano y largo plazo. El liderazgo carismático se establece mediante apelaciones al electorado, básicamente a partir de la exposición televisiva. En este marco, el candidato ofrece un set de consignas a su electorado para conseguir credibilidad política mediante un proceso de maquillaje, montaje y producción de la imagen. En su obra “los fabricantes de imagen y los Mass Media” (1976), Dan Nimmo explica el principal rol de los asesores de imagen: descubrir y agregar las cualidades del líder político que respondan a las expectativas de los electores.Aquí entra en operaciones el seudocarisma en función del liderazgo que se ofrece mediáticamente.
El moderno carisma político, por ende, se concentra en representar, canalizar y gestionar los intereses materiales, el acceso a los recursos, la consecución de posiciones de prestigio y la aceptación social que buscan individuos o y/o grupos en la sociedad. Esto permite que el líder carismático, para mantenerse como tal, deba mantener constantemente un discurso reivindicativo presentándose innovador y creativo, difundiendo la esperanza de cambio y de mejorías. En otras palabras, la ampliación del concepto weberiano del carisma se manifiesta en situaciones extremas (como son las elecciones presidenciales en un sistema democrático) que son planificadas y orientadas para generar un panorama de cambio social.
Estos antecedentes teóricos toman cuerpo en la figura de Sebastián Piñera, a partir de la entronización de un discurso reivindicacionista, manipulando discursivamente los intereses materiales y simbólicos del electorado, mediante la oferta de una mayor eficiencia en la administración del modelo de economía abierta. Para ello, la estrategia seudocarismática ha limado las asperezas doctrinarias de la derecha contra el Estado benefactor. Piñera ha dejado en un segundo plano su ideología de reducir la asistencia social pública, prometiendo mantener lo obrado por la Centro Izquierda en esta materia, pero dejando la puerta entre abierta: aún no específica de qué modo “dejará lo bueno y sacará lo malo” del anterior modelo. Se promete el panorama de cambio social, desatando una serie de conceptos simbólicos (libertad, creatividad, emprendimiento) con alta aceptación social.
Sin embargo, nuevamente la ideología subyacente al discurso es camuflada por el discurso reivindicacionista: La abstracción de desatar las fuerzas de la iniciativa privada esconde un elemento que, en esta etapa electoral, Piñera no menciona: “desatar” pasa por reducir las regulaciones del aparato público. Es decir, la función del carisma cumple su objetivo de manejarse como un agente simbólico de cambio. Considerando que los ciudadanos votantes juzgan a los candidatos de acuerdo al trabajo que han realizado previamente -ya sea en la empresa privado o en el sector público-, una de las claves del triunfo electoral pasa por posicionarse en una señal de identidad, un símbolo social. La idea detrás de la oferta simbólica piñerista es que el electorado se perciba representado, identificado con el líder y, por lo tanto, pueda confiar en él; éste debe poseer una imagen y actitudes con las que los votantes se identifiquen y cuyos actos puedan comprender. La comprensión de electorado hace necesaria la presentación dramatúrgica de los líderes, particularmente a través de sus éxitos o de los fracasos de sus contrincantes con el propósito de personificar el sistema. En el caso chileno, Sebastián Piñera enfatiza en mostrar el fracaso en la administración del modelo por parte de la centro-izquierda. Su presentación carismática es la más sujeta a la estrategia del heroísmo individualista: apelar a los intereses materiales e ideales del electorado (más riqueza, seguridad social y menos corrupción e ineficiencia en la administración pública). Estas ideas anclas son la plataforma del discurso electoral del candidato derechista que, de acuerdo a las intenciones de voto que exhibe, ha logrado depositar la simbología del Mesías civil en condiciones de mostrar un discernimiento superior a los demás candidatos en lo que se refiere a decisiones económicas y/o actitudes políticas.
Para que el líder político pueda desarrollar esta rol, a través de una metodología estándar -basada en el estudio de la opinión pública, prueba de audiencia y la producción de símbolos y eslogans-, es requisito que sus seguidores depositen en él su confianza. En este sentido, el carisma pasa a ser un sinónimo de confianza en el líder. El actuar del líder carismático moderno, de este modo, se concentra en la capacidad de ofrecer modernización y transformar el estado actual de la sociedad, aunque ésta se encuentre en mejores condiciones respecto al pasado. El andamiaje del seudocarisma pretende vincular el modelo de la organización racional de la empresa con la actividad política, y la comunicación mediática con el uso del marketing proselitista, tal como lo plantea Schumpeter en el sentido de que el político se comporta en la competición electoral igual que el empresario en el mercado. En este sentido, Piñera enfatiza su experiencia de emprendedor y, en más de una ocasión, ha establecido la analogía de que un país “es una gran empresa”.Aunque el seudocarisma es el resultado de una decisión tomada formalmente por la dirigencia político-partidista o por burócratas racionales del ámbito privado, la maquinaria de los partidos modernos ha llevado a revalorizar el carisma individual del líder, pese a que ello suponga una oposición con el aparataje de las colectividades. Ejemplo de ello ha sido la tensión creada por Piñera con sus socios políticos conservadores de la UDI, en su propuesta de legislar sobre el matrimonio homosexual. La evolución del concepto de carisma político moderno muestra un elemento relativamente estático que huye al encasillamiento: El hecho de contar con una estrategia cuidadosamente preparada no es sinónimo de que el seudocarisma sea planificable o previsible en el tiempo. Funciona como un petardo que se apaga al final de las elecciones, para ser nuevamente pensado y elaborado el día después. Es decir, el concepto se enmarca en las dinámicas producidas por las transformaciones culturales y socioeconómicas de la sociedad en la cual se presenta la figura pseudocarismática. La Derecha chilena todavía no muestra un desapego de fondo a su ADN doctrinario: menor participación del Estado en materia social, menor regulación del mercado y una mayor liberalización de las relaciones económicas a nivel microeconómico y laboral que no menciona los potenciales impactos de estas ideas sobre la sociedad civil.
Esto nos lleva a reflexionar acerca de la retroalimentación entre las transformaciones sociales y culturales vividas por el país y la emergencia de este seudocarimas en las presentes elecciones. Y es que se ha generado un desplazo desde los conceptos de igualdad y de equidad que determinaron los resultados de las anteriores confrontaciones político-electorales, hacia el nuevo eje de la racionalidad, la eficiencia y la libertad. ¿Será que la discusión valórica de la economía ciudadana ya ha pasado completamente a la hegemonía de la derecha?

La ensalada rusa de los nuevos centros sociales del fascismo en Italia

Fascismo y Comunismo. La eterna rivalidad entre dos hermanos que odian a su padre: El capitalismo liberal. Extrapolemos esta disputa con el relato bíblico de los hijos de Isaac: Jacob y Esaú. Si bien los dos no odiaban a su progenitor, ambos hermanos fueron marcados por la discordia, al igual que la ideología del comunismo, del cual nació el fascismo como una reacción respecto al marxismo. Jacob, el hermano menor fascista, nace agarrado de la pierna de su hermano mayor Esaú, el marxista. Es Jacob quien busca obtener la herencia como primogénito a costa de su hermano. ¿Cuál es esa herencia? el control del Estado para transformar la sociedad. Los tiempos cambian y las estrategias también. Y así lo ha comprendido Jacob que se ha definido una nueva identidad para estos tiempos: ser un fascista del tercer milenio. Este es el nuevo término que debería incluirse en el diccionario de Ciencias Políticas.
Su lugar de origen no es Israel, sino Italia, la tierra que vio nacer oficialmente al movimiento del fascismo en marzo de 1919, encabezada por un socialista revolucionario –en ese entonces- llamado Benito Mussolini. Casi un siglo después -en las mismas tierras- persiste como una propuesta político-cultural extravagante. Y no es el populismo mediático de Silvio Berlusconi que marcó la política italiana desde 1994 hasta ahora, sino que es una versión 2.0 de este movimiento ideológico que actualmente se restructura a través de las modalidades clásicas de la izquierda anti sistémica: ocupación ilegal de edificios abandonados como una plataforma de una serie de demandas para socializar los medios de producción; justicia social a través del acceso a la casa para todos (los italianos); exigir la emisión de acciones a los obreros, la distribución de productos de primera necesidad en las periferias urbanas, y una lucha cerrada contra el sistema financiero, la banca y las empresas multinacionales, entre otros planteamientos.“Una vez capturábamos a los brigadistas rojos en las casas ocupadas y a los brigadistas negros (fascistas) en los clubes de artes marciales, hoy podría suceder lo contrario. Vivimos en un mundo bizarro”, escribe Umberto Eco en su novela “El Péndulo de Foucault”.
Y bien, el oráculo se ha cumplido: En las actuales dinámicas políticas todo se confunde con todo, el pensamiento y la acción se encuentran en el mismo plano. Ahora, en Italia, observamos cómo los neo fascistas ejercen sus actividades en espacios ocupados, organizan conferencias sobre el Che Guevara tituladas “Aprendimos a Quererte” (¿?¡!!), exigen viviendas sociales para todos y muestran un decidido rechazo a los bancos.
¿Cuáles son las condiciones históricas que empujaron a esta nueva realidad al interior del fascismo?, ¿Es rigurosamente un elemento novedoso o es simplemente el uso de una estrategia que aún no muestra su verdadera esencia? El principal motivo por el cual se aprecian las reivindicaciones inherentes a la izquierda, lo debemos encontrar en el proceso histórico de gestación del fascismo. Cuando se habla del fascismo en Italia implícitamente entra en juego un “retroterra” o antecedente existencial y cultural: Se acepte o no, el movimiento del fascismo fue aquél “espíritu del tiempo” (Zeitgeist) -planteado por Hegel- encargado de modernizar la estructura social en Italia, particularmente en las relaciones sociales dentro de los marcos dejados por la hegemonía del catolicismo.
Históricamente, la doctrina fascista inició a tomar cuerpo a partir de obras como “La Filosofía de Marx” de Giovanni Gentile, donde se intenta cumplir la filosofía de la praxis de “cambiar el mundo en vez de interpretarlo”, tal como lo sostienen aún los auto catalogados marxistas. Para Gentile –y para los actuales fascistas del tercer milenio-, el fascismo “no es una negación” del marxismo, sino que se trataría de una “revisión, que interpreta la praxis como espiritualidad”. Ya también Lenin lo dijo en ese entonces: “En Italia sólo hay un socialista capaz de hacer la revolución: Benito Mussolini”.
Con la derrota y caída estrepitosa del fascismo en 1943 se inició un relativo éxodo de fascistas de izquierda a las filas del Partido Socialista y Partido Comunista italiano, tal como lo reafirmó el histórico dirigente de esta última colectividad, Palmiro Togliatti: “No escondemos nuestras simpatías por aquellos ex fascistas, jóvenes y adultos, que bajo el pasado régimen pertenecían a dicha corriente en la cual se sentía el ansía por el descubrimiento de nuevos horizontes sociales...reconocemos a los ex fascistas de izquierda el derecho de reunirse y de exprimirse libremente conservando la propia autonomía”. En su libro “Fascistas imaginarios”, Luciano Lanna y Filippo Rossi (2003) afirman que la última encarnación de una izquierda salida del universo neofascista se manifestó a fines de los años setenta “con presupuestos y referencias inéditas”, como la aspiración de sintonizar con la izquierda las temáticas de “la protesta anti-sistema de los jóvenes, desocupados y del sub proletariado”.Estas corrientes de “fascistas de izquierda” coexistieron al interior del post fascismo desde 1947 con diversos grados de materialización. En algunos casos se produjo un normal proceso de institucionalización de las demandas sociales del fascismo dentro del esquema tradicional del sistema de partidos, específicamente en el marco de la derecha tradicional. El principal representante en este caso fue el Movimiento Social Italiano (MSI) –que también significa “Mussolini Sei Inmortale” (Mussolini Eres Inmortal), que logró establecer algunos pactos con el comunismo en la administración comunal de algunas zonas. Por otro lado, tenemos la corriente autonomista que se enfocó por una línea más rupturista con el Estado y con la izquierda que se plasmó en organizaciones que terminaron practicando abiertamente el terrorismo en su guerra al Estado, contemporáneamente con las Brigadas Rojas comunistas en los años setenta.
En este contexto, debemos establecer una clasificación entre un neofascismo con una orientación más institucionalizada que proyecta su funcionalidad en las lógicas del Estado liberal-parlamentarista italiano, al cual confluyen Alleanza Nazionale -actualmente disuelta en el macro polo del “Popolo della Libertà” (Pueblo de la Libertad) de Silvio Berlusconi- durante la primera década del siglo XXI, La Destra y Alternativa Sociale. Estas agrupaciones no presentan complejos para fusionar los postulados doctrinarios del fascismo con los elementos constitutivos del liberalismo político y económico. Bajo el lenguaje político chileno pueden ser asimilados con la corriente autocomplaciente que surgió a fines del siglo XX. El segundo segmento es definido como la “Destra Antagonista” (Derecha Antagonista), con un carácter explícitamente más extra-parlamentario y anti-sistémico que privilegia la estrategia de la confrontación directa en las calles con los grupos organizados de izquierda.Ya en los años noventa, la presión a girar hacia la izquierda entró en una etapa de caldo de cultivo, en el marco de confusión que produjeron fenómenos como la caída del comunismo soviético, la disgregación ideológica, la inmigración masiva del “tercer mundo” a Europa y la hibridación de las identidades sociopolíticas generadas a partir del proceso de globalización. Tales condiciones externas fueron amalgamadas por el fenómeno socio-cultural del populismo mediático de Silvio Berlusconi, que terminó reconfigurando el sistema de partidos políticos y sus consecuentes representaciones para la opinión pública. Durante este período el neofascismo se expresó con mayor fuerza en otros espacios de participación social como son las hinchadas del fútbol. Poco a poco se inició un proceso de hegemonización de la extrema derecha en estas instancias, a tal punto que actualmente el 90% de los integrantes de las hinchadas en Italia se identifican con el sistema simbólico-cultural de la extrema derecha. La llegada del nuevo milenio marca un nuevo punto de inflexión en este universo, a través de un replanteamiento doctrinario que busca incorporar nuevos elementos a su campo de influencia, avanzando hacia posiciones más inclinadas a las tradiciones doctrinarias de la izquierda. Todo se inicia en el verano italiano del 2002, cuando en Roma se produce la primera ocupación ilegal de edificios abandonados por parte de agrupaciones identificadas con el fascismo. Este tipo de iniciativa permitió el nacimiento de tres centros sociales “atípicos”: Casa Montag, Foro 753 y Casapound. Según estos nuevos grupos, existen dos tipos de ocupaciones: un de carácter “no conforme” destinada a fines “sociales, educativos y culturales” y otra de índole “habitativo”, como una solución al problema de la casa propia que aún subsiste en Italia.
Estas nuevas instancias de agrupación parten del principio de la autogestión, puesto que plantean la “promoción de un espíritu comunitario”, sobre la base de slogans de batalla como “No al alto costo de la vida”, “el arriendo es una usura”, “derecho a la propiedad de la casa”. La organización que más destaca en este sentido es Casapound. Su nombre responde al reconocimiento que hacen los neofascistas al poeta estadounidense Ezra Pound, uno de los representantes de los movimientos culturales de inicios del noveciento como el imaginismo y el vorticismo, que también se dedicó a escribir ensayos económicos y políticos de apologización al régimen de Mussolini. El programa doctrinario y de acción de Casapound es una interpretación fascista del tejido conceptual marxista: En vez de apelarse a la batalla contra el capital, la burguesía y/o el imperialismo, se plantea la oposición a los “poderes fuertes de naturaleza nacional e internacional”, motivo por el cual también rechazan el proceso de globalización. En lo económico, se guían bajo la idea de nacionalizar las bancas, la emisión de la moneda, los recursos naturales y energéticos; una producción autárquica y la abolición de las empresas multinacionales; participación de los trabajadores en las gestión de la empresa, y la construcción de casas directamente por parte del Estado.
Para extender estas ideas Casapound utiliza una estrategia comunicacional que ha roto los esquemas de la dualidad derecha-izquierda: Organiza conferencias y debates acerca de las nuevos desafíos del fascismo en materia social, donde se destaca la figura del Che Guevara en el campo de la justicia social y la lucha contra los poderes establecidos. Además ha creado nuevas ramificaciones organizativas en distintos ámbitos: la primera es “Blocco Studendesco” (Bloque Estudiantil) dedicado a captar nuevos adeptos y militantes al interior de las escuelas de enseñanza media y universidades. La Segunda es en los estadios de fútbol, donde han creado grupúsculos -como, por ejemplo, los llamados “Padroni di Casa” (Dueños de casa) en la hinchada de la Roma- encargados de extender sus ideas más allá de los recintos deportivos para canalizarlas hacia posturas más sistematizadas. Las demás agrupaciones neo fascistas que han creado centros sociales de ocupación como Casa Montag y Foro 753 también se reconocen en esta vertiente del “tercer milenio”, donde el abanico de intereses y demandas sociales también se amplifica: Desde la lucha contra los Organismo Genéticamente Modificados (OMG), pasando por el rechazo a la privatización del agua, la lucha contra la precarización laboral, oposición a la Unión Europea, la OTAN y al G-8, hasta la distribución de productos básicos para los sectores de bajos recursos y el proteccionismo contra el actuar de las multinacionales.Todos los actores mencionados presentan dos ejes conceptuales insoslayables: Neofascismo y Derecha Social. Detrás del término Neofascismo se esconde el pilar ideológico de crítica al sistema democrático liberal, pues se considera que democracia y libertad no van de la mano. Para ello nos entregan una ejemplificación bastante anómala: “En un sistema puede ejercerse democracia sin libertad, y puede ejercerse libertad sin democracia. Por lo tanto, según los neo fascistas, dictaduras como aquella chilena de Augusto Pinochet, no son más que fases en las cuales, democráticamente, la mayoría de la población desea que el sistema de partidos sea suspendido (...) hasta cuando las mayorías desean volver a recuperar este sistema(...)Por este motivo, los neofascistas no ven un modelo fascista en las dictaduras sudamericanas o en la España franquista”. En otras palabras, el fascismo mantiene la auto convicción de mesianismo en el mundo del autoritarismo totalitario, puesto que las demás manifestaciones de autoridad son sólo etapas de disciplinamiento por un tiempo determinado que vuelven a pavimentar el camino al sistema liberal de partidos. En cambio, de acuerdo a la concepción de Mussolini, el fascismo es una forma práctica de gobierno, un “método”; la sistematización de una forma de ser, sin objetivos pre establecidos, sino que se construyen sobre la marcha.
Probablemente, sin saberlo, Mussolini apelaba a un orden sustentado en el estilo de vida italiano impregnado en la idea medieval del “Carpe Diem” (disfruta este día). La doctrina económica, en cambio, parte de esta raíz nostálgica de los años veinte, pero que tiene puntos de encuentro con la idea económica rupturista con el modelo capitalista liberal: “El neofascismo se basa en una concepción antimaterialista de la vida, partiendo con un cambio al sistema económico, a través de una clara oposición al capitalismo como al comunismo. La base de este punto de partida aspira a un sistema comunitario fundado en conceptos como la solidaridad de la estirpe (¡¡¡!!!) y sobre un ideal tendiente a crear un “hombre nuevo”. Para esta finalidad los principios cardinales del fascismo son la socialización, el corporativismo y la fiscalidad monetaria”. En cuanto al concepto aglutinador de Derecha Social, el “fascismo del tercer milenio” la define como un componente ideológico con una “visión participativa” de la política, cuyos contenidos programáticos están estrechamente ligados con el corporativismo, socialización, tradicionalismo, conservadurismo nacional, materialismo y liberalismo, “en antítesis al concepto clásico de la derecha”. Y aquí se advierten los primeros síntomas de contradicción en la concepción del actual fascismo, que más parece ser un conjunto de ideas atadas en un madejo de lana fabricado rápidamente. Lo primero es que sustentan una “comunidad de vínculos de sociedad y de espíritu (sin definir a qué tipología de espíritu se refieren), en vez que una mera asociación de personas con intereses comunes”, desconociendo que, en la práctica, dichos “vínculos de sociedad y espíritu” se estructuran en función de los intereses comunes entre los individuos. Un ejemplo de este proceso podría ser analizado bajo la perspectiva de la dialéctica hegeliana de tesis, antítesis y síntesis entre las relaciones sociales de una comunidad y los intereses en común, los cuales siempre estarán imbricados. La otra contradicción es que propugnan una “educación humanista que se contrapone a la educación materialista”, ¡cuando anteriormente afirman que uno de los ingredientes de la “Derecha Social” es el materialismo!, a menos que se refieran a la corriente filosófica. Dentro de esta galaxia contradictoria también resaltan los nuevos instrumentos de interpretación de la realidad. Examinando el caso de Casapound, podemos apreciar la emergencia de un particular instrumento de interpretación de la realidad: el imaginismo sustentado por Ezra Pound. Al expandir sus inquietudes de poeta al campo de los ensayos, Pound se enfocó a la economía y a la política, donde primero lanzó un libro llamado “el ABC de la economía”, donde se planteaba la simplificación del término “fiscalidad monetaria” que consiste en traspasar los impuestos desde la producción y el consumo hacia la posesión de la moneda nacional. Un sistema análogo se ejerce en Cuba. Su objetivo es eliminar el pago de impuestos y sustituir el financiamiento del gasto público a través de la emisión de moneda en efectivo para aumentar indirectamente su valor en los mercados internacionales.
Aquí, el imaginismo de Pound es forzado por los neofascistas de esta agrupación más allá de lo verosímil, pues plantean que inconscientemente el régimen de Castro aplica una política económica de raíz fascista. Pero más extravagante aún es la aplicación del imaginismo de Pound en el culto a la personalidad política. Otro ensayo del poeta buscó encontrar las similitudes en el pensar y el actuar entre Thomas Jefferson y Benito Mussolini (¿?). Así, no es raro ver presentaciones de libros en Casapound bajo el nombre de “El otro Che. Ernesto Guevara, mito y símbolo de la derecha militante”. Vemos como el método “imaginista” de Pound ha encontrado eco setenta años después. Ahora, bajo esta visión, resulta que el Che efectivamente “era de derecha”, ya que fue influenciado por el peronismo que, a su vez, tomó como referencia la política social del fascismo. Puede parecer absurdo, pero el sistema de pensamiento del fascismo, considerado como un método que se realiza sobre la marcha, permite estos puntos de fuga interpretativos. La confusión no puede ser mayor desde el punto ideológico. Pero, entonces, ¿por qué esta ideología se ha transformado en una tendencia mayoritaria (más 150 mil militantes) en el mundo juvenil de Italia? Podemos plantear dos someras aproximaciones para responder a esta problemática. La primera apunta a una responsabilidad indirecta que le compete a la cultura de la izquierda radical, nacida de la propaganda soviética, donde se forzó el concepto del fascismo a un límite que terminó simplificando en exceso el término. La universalización de la palabra afecta a doctrinas tan diversas como el conservadurismo, liberalismo, nacionalismo, neoliberalismo, socialdemocracia y neoliberales aún son catalogadas de “fascistas” por parte del conservadurismo de la izquierda radicalizada.
Esto último era considerado un insulto para la tradición de la “tercera vía” heredada del post fascismo, razón por la cual su versión del tercer milenio pretenden separar las aguas de la clásica línea programática de la derecha convencional que se desenvuelven en los marcos del Estado liberal, como una manera de reforzar su identidad. La segunda es la conjunción del proceso histórico de las corrientes izquierdizantes dentro del post fascismo -que hemos mencionado- con la nuevas condiciones establecidas por el proceso globalizador, en general, y el modelo de sociedad creado por el populismo berlusconiano, en particular.
Efectivamente, la disipación de las certezas ideológicas, la crisis del Estado benefactor europeo y la irrupción de nuevas demandas en el imaginario colectivo han dejado una fuerte percepción de inseguridad en una sociedad fuertemente tradicional como la italiana, por lo que el resurgimiento nostálgico de la obra de transformación social dejada por el fascismo de los años treinta ha encontrado un fuerte eco en un no despreciable segmento de la juventud itálica. La fragmentación social de las identidades en este contexto ha planteado nuevas estrategias en la doctrina del fascismo. Actualmente la constitución de centros sociales neofascistas pretende facilitar la inserción de sus ideas mediante una mayor apertura mediática hacia la sociedad civil. Ello explica el uso de la iconografía históricamente perteneciente a la cultura de la izquierda. El elemento novedoso es una fuerte influencia para acortar las diferencias en los ambientes culturales contestatarios. La presencia en el territorio también es un factor clave para comprender el avance estas formaciones en Italia. Las principales sedes de Casapound se encuentran en barrios con una alta presencia de inmigrantes, como una forma de remarcar la identidad italiana en una sociedad cada vez más multiétnica, que es rechazada por el fascismo del tercer milenio. Esta identidad se refuerza en las periferias de grandes ciudades como Roma, Milán, Florencia, Turín y Venecia, ocupando el vacío que han dejado los grupos extra parlamentarios de izquierda.
Sin embargo, la confusión y las contradicciones en este sentido también están a la orden del día: en cierta ocasión, analizando el fenómeno de los centros sociales fascistas, uno de sus jóvenes dirigentes manifestaba su respeto por Berlusconi, pues “terminó con la influencia del comunismo” y, al mismo tiempo, criticaba fuertemente a la sociedad italiana actual debido a su preferencia por los “realitys show”, sin saber que las televisiones privadas de Berlusconi fueron las que importaron el modelo del reality en Italia. Este es sólo un ejemplo de la falta de claridad doctrinaria de un movimiento que, desde su génesis, se considera “un método”, sin planificaciones pre establecidas. Aunque obtenga una considerable influencia en el mundo juvenil italiano, el “fascismo del tercer milenio” vive en una tensión no menor: una amalgama de diversas ideas como el panteísmo religioso europeo, conservadurismo católico, positivismo, neohegelianismo y neoidealismo, no pueden crear más que una confusa ensalada rusa. Otro ejemplo: En el aspecto religioso plantean que respetan al Dios de los santos, los mártires y de los ascéticos, pero también sostienen sus respetos para el Dios “visto y orado del corazón ingenuo y primitivo del pueblo”.Con estos antecedentes, podemos concluir que las nuevas formaciones que se apelan bajo el calificativo de “fascistas del tercer milenio” no son más que una expresión confusa en el contexto de disgregaciones ideológicas, en general, y de los problemas estructurales de la sociedad italiana, donde no se ha sabido dar una respuesta sistémica a todo el grupo etario que cae en la estrategia comunicacional contestataria de los centros sociales del neofascismo.

Cómo entender a los lanzas internacionales más allá de la crónica periodística

El siguiente análisis tiene un objetivo esencialmente monográfico y no pretender ser un punto de vista periodístico respecto al fenómeno de la delincuencia chilena en Europa, especialmente en la ciudad italiana de Roma.
Contrariamente a lo que creemos, el fenómeno de la delincuencia chilena en el exterior que se conoce a través de los lanzas internacionales o “choros” -como ellos prefieren autodenominarse y ser reconocidos- contempla una serie de complejidades que van más allá del mero hecho delictivo. Y es que, además de constituir un producto d exportación no tradicional, la actividad del lanza o choro en los mercados internacionales encierra varias premisas de la micro sociología como, en primer lugar, el interaccionismo simbólico en su vertiente clásica planteado por Herbert Blumer (1938): Las personas interactúan con los objetos de su mundo (en este caso es la actividad del ladrón internacional) y con otras personas (los colegas u otros sujetos que realizan las misma actividad) a partir de los significados que los objetos y las personas tienen para ellas. En otras palabras, si deseamos comprender adecuadamente la realidad de los lanzas internacionales debemos considerar toda la simbología que existe alrededor de dicha actividad. Como dicen los sociólogos respecto al tema, el símbolo permite ampliar la percepción del entorno, la capacidad de resolver problemas, facilitar la imaginación y la fantasía.
Pero en Chile, lamentablemente, esta realidad es abordada predominantemente bajo el formato periodístico, con lo cual el tema se simplifica al extremo, generando un distanciamieto entre estas dinámicas sociales y las investigaciones sistematizadas que buscan explicar lo que sucede de un modo más detalladamente. Hasta el momento este déficit investigativo ha sido cubierto por el trabajo de la socióloga Doris Cooper, “Delincuencia Común en Chile”, que principalmente propone la construcción de una tipología del ambiente delictivo, mediante la segmentación de sus dinámicas, con lo cual se ha logrado superar la visión “indiferenciada” que se le atribuía a la delincuencia en Chile hasta mediados de los años ochenta. Y es que la mayoría de estas obras no consideraban detalladamente los elementos constitutivos del ambiente delictivo como, por ejemplo- códigos lingüísticos, axiológicos y morales, además del imaginario de autoidentificación psicológica y de antropología social construido por los individuos que participan en estas dinámicas. Justamente las características del formato periodístico no logran establecer una idea más acabada de este tipo de delincuencia en el exterior y que supone toda una diferenciación de la delincuencia común pues en aquella existe toda una construcción simbólica y jerarquizada que ha sido construida por sus actores.
En este contexto intentaremos sintetizar la propuesta de Cooper (1990) quien plantea la llamada “Teoría del Continuo Subcultural de la Delincuencia”, donde se sostiene que la actividad delictual se “aprende en grupos sociales primarios (familia, escuela, amistades), con un aprendizaje incluye valores, motivaciones, formas de percepción social, actitudes, etc. E incluso una especialización laboral contracultural”. La teoría comprende la aplicación de tres paradigmas (funcionalismo, interaccionismo simbólico y Fenomenología, y Teorías Psicosociales) y un grupo de teorías sociales que se descuelgan de estos modelos, como la Anomía (Merton, 1964); Asociación Diferencial (Sutherland, 1947); Rotulación (Becker, 1964,1974 y Lemert,1972); Naturalista (Matza, 1961); la fenomenología (Schutz, 1974), y teorías psicosociales asociadas a Valores (Rockeach M.,1970,1971,1973; Matza D. 1961), Motivaciones (Lewin K.1958; Merton R.1964;), Actitudes, Atribuciones de Causalidad (Heider F.1958) y Percepciones Sociales. El arsenal teórico utilizado por Cooper se complementa con un trabajo metodológico basado en entrevistas directas a unos 900 detenidos (hombres y mujeres) por robo, con lo cual los “choros” o lanzas internacionales pueden ser clasificados desde la óptica de la continuidad subcultural de la delincuencia.
Dicha teoría nos permite comprender que este tipo de actividad es considerada normal por los sujetos que la realizan, como cualquier trabajo que desarrolla un individuo. De este modo, la reprobación social de sus actividades llega a ser considerada con una total indiferencia por parte de esta categoría de “choros”. Es más la reprobación social es un elemento que no contiene carga una carga moral: simplemente no es buena ni mala: es algo que simplemente se hace, como cualquier trabajo. Sin embargo, el modelo de contracultura cobra vida en el momento en que los delitos cometidos son autodefinidos como la consecución y/o reafirmación de un estatus al interior del campo referencial donde interaccionan estos sujetos. De ahí que, en este contexto sociocultural, entre los “colegas” la acción del robo es considerada moralmente “buena” con un connotación de alta aprobación entre sus pares, sobretodo si el lugar de trabajo son los países de Europa occidental, caracterizados por un alto desarrollo del mercado y del poder adquisitivo. Esto constituye un polo de atracción para los delincuentes que se encuentran en el país y también representan unos de los principales cuadros de referencia para la reproducción de estas prácticas entre los grupos familiares que se dedican a esta actividad.
Seguramente, para un autodenominado “choro” esta descripción no es más que “palabreo” o “gueas” que no se condicen con el verdadero rol que ellos perciben de desarrollar en la sociedad. Asimismo, investigaciones de este tipo son consideradas por ellos como un mero “sapeo”, fruto del espionaje que la máquina del poder pretender realizar sobre sus actividades. Este último es uno de los elementos constitutivos del “Código Ético Contracultural” de los ladrones que abordaremos más adelante para asociarlo con la realidad de los “choros” internacionales que operan en Europa con el objetivo de aportar nuevos elementos constitutivos de esta actividad.
La propuesta de Cooper plantea un conjunto de once elementos constituyentes de este “Código del Hampa”, cuya estructura responde a una escala de valores contraculturales que orientan la acción social de los individuos “en términos psicosociales y socio-interactivos”. Al momento de escuchar los testimonios de los llamados choros internacionales, estos entran en coherencia con el modelo axiológico del Código contracultural a través de algunos de los once elementos.
1.- Ser Ladrón-Ladrón: El robar se considera un trabajo y un modo de vida. Más que ladrón, el lanza internacional se considera un “choro”, pues ello implica un estatus más alto en el trabajo. Si la auto percepción del ladrón es aquella de ser “vivo” (astuto, inteligente y audaz), la del “choro” implica un mayor orgullo, ya que sus actividades son de primer mundo.
Con el proceso de globalización económica y comercial que implicó la apertura de nuevos mercados y fronteras en Europa, también se incrementó el interés de muchos delincuentes comunes de pasar a “otro nivel” en sus actividades, luego de ser testigos o escuchar los logros de sus conocidos o familiares que iniciaron esta carrera. Si los “choros” más veteranos iniciaron sus actividades en Buenos Aires a fines de los anos sesenta, en el actual período se identifica una oferta ilimitada de oportunidades en las tierras europeas. En parte esto también se debe a la mayor integración de Chile con el mundo a partir de los anos noventa y a las facilidades de acceso a los países de la Unión Europea, donde los ciudadanos chilenos no tienen la necesidad de presentar una visa turística, por lo que pueden girar en la zona sin inconvenientes por un plazo de tres meses. Puestas así las cosas, muchos advenedizos y neófitos de los clanes familiares de Santiago y Concepción preferentemente, se embarcan a Alemania, Suecia, España e Italia, sobretodo a estos dos últimos países que presentan menos problemas en el idioma.
En Italia los principales blancos son Roma, Milán y Venecia. En la llamada ciudad eterna, los choros chilenos tienen dos puntos de reunión: el primero es el barrio de San Giovanni, lugar donde se encuentra la Catedral del mismo nombre. Frente al templo se ubica un parque, en cuyas bancas se sientan los choros “más veteranos” en la materia con los advenedizos; juegan cartas y comparten algunas cervezas. La segunda zona de emplazamiento y operaciones es la ciudad balneario de Ostia, a media hora de Roma. Aquí la dinámica de los delincuentes chilenos cambia: surgen más asociaciones delictivas con sus “colegas” italianos, especialmente de la mala vida (malavita) romana y napoletana. De hecho, una serie de robos a negocios comerciales de la ciudad a través de túneles han sido realizados por bandas de italianos y chilenos, más conocidos como “la band del buco” (hoyo). En Italia, como en los demás países de Europa, el modus operantis de los “choros” se resumen en tres tipos de intervenciones:
a) Robo de cartereo: También llamado por descuido. Gran parte de los “choros” criollos están dando vueltas por los mayores lugares de atracción y concentración turística de Roma como la Plaza de San Pedro, la estación de trenes Termini, Fontana de Trevi, Coliseo y la zona del Panteón. Además se incluyen los “trabajos” que se realizan en los autobuses número 64 y 40 que parten de Termini al centro histórico de la ciudad y en los restorantes donde las víctimas dejan sus cosas a portada de manos de los “expertos”.
b) Robo de “mechero”: Muy utilizado en Chile, se exportó a las grandes tiendas por departamento en Europa, donde la diferencia se establece por la calidad de las marcas. Aquí nuestros “choros” pueden obtener accesorios Lacoste, Dolce & Gabbana, Gucci, Luois Vutton, entre otros. De hecho, en Ostia, a no ser por la delatadora cara de algunos, muchos lanzas pasan inadvertidos al utilizar la típica vestimenta italiana, hasta que abren la boca y comienzan a hablar, pues su italiano es demasiado defectuoso. Asimismo el inconfundible rostro chileno se reconoce cuando dan vueltas por los grandes malls en las afueras de las ciudad, especialmente en el Centro Comercial Leonardo Da Vinci.
c) Robo de Hoteles: Dentro de la estratificación de los lanzas, esta es la actividad más “elegante” para actuar y una de las más retributivas, de acuerdo al Hotel y a la habitación del huésped de turno. Los más antiguos se enfocan a esta actividad, pues entran relajadamente al lobby del albergo y se introducen en las habitaciones, ya sea con un set de llaves y desatornilladores maestros o, tarjetas de banda magnética para los más sofisticados. En Roma, un conocido ladrón de la VII Región se llevó un maletín con 100 mil dólares que, según él, debían haber pertenecido a un “sultán” (¡!!!!). Generalmente los sujetos que realizan esta especialización tienden a despreciar a los demás colegas a quienes consideran simples carteristas “muertos de hambre, piojentos y botaos a choro”.
2.- Robar sólo a los ricos: Este valor del Código contracultural responde más a la justificación de la actividad delictiva que a una definida conciencia de clase. Algunos de los ladrones con mayor antigüedad llegaron a Europa, escapando de persecusiones y hasta la tortura por motivos políticos durante la dictadura de Pinochet, por lo que también manejan una línea discursiva de crítica a los efectos del capitalismo. “Yo sólo robo a los ricos, porque ellos roban al pueblo”, es la resumida lógica que se escucha. En su percepción de la realidad el lanza internacional justifica su trabajo como un aporte a la justicia social, pues consideran que su trabajo se justifica plenamente ante los robos que ellos perciben por parte de los grupos sociales dominantes (Gobierno, Empresariado, Ejército, Iglesia). En este sentido, Europa también es vista como una amplificación del poder dominante del dinero, debido al lado desarrollo humano y social que muestra, por lo que para muchos lanzas, se aplica una lógica extensiva: “Si antes choreaba a la gente con plata en Chile, aquí hago lo mismo, pero a más personas”. El discurso de identificación ideológica-política determinada de los años setenta y ochenta ha dado paso a una visión de mundo anti capitalista de carácter nihilista, pues predomina la idea de que actualmente “Chile es un país de mierda, donde no hay nada. Prefiero robar aqui donde hay plata, allá hay puros piojentos”. Así, dentro del imaginario del “choro”, se ha acentuado la negación del país de origen con lo cual se refuerza la justificación del robo.
3.- No hacer daño innecesario: No cometer delitos sexuales-Tener corazón- Ser correcto: Estos tres elementos presentan una interacción en común. No se aplica violencia a las víctimas, ya que el trabajo que aquí radica gran parte del prestigio del “internacional”: aplicar la destreza y la sangre fría por sobre las reacciones violetas extremas de los delincuentes comunes. De hecho, los más veteranos perciben que este es el elemento diferenciador con la delincuencia común que piensan haber dejado atrás, pues todos coinciden en que ellos se rigen por un “código de honor” que implica no matar, ni violar. Esta regla actualmente está siendo cambiada por las nuevas generaciones de lanzas que llegan a Europa, quienes cometen delitos directos y violentos a las personas como, por ejemplo, en España donde se han producido atracos a bancos y joyerías con la intimidación de armas. Este tipo de “trabajo” es apreciado como poco correcto por parte de los veteranos, porque se pierde la dosis de precisión (“ser poco piola o muy atadoso”) que se requiere para robar sin ser visto.
4.- Ser fuerte y rápido de mente: Dos elementos del Código en uno. Según el estudio de Cooper, los ladrones se consideran a sí mismos “fuertes de mentes”, mientras que los demás son sólo “giles” o “longis” (gil al revés). “Es una psicología cotidiana asociada a su mundo”, dice el estudio de la socióloga. Efectivamente, en los lanzas internacionales, la auto identificación con ser “choro” implica una superioridad respecto a los demás delincuentes y eso también se aplica a los lanzas provenientes de otros países que operan en Roma. Por ejemplo, se han organizado partidos de baby fútbol entre “choros” chilenos y rumanos, no exentos de tensión dentro de la cancha, ante lo cual la reacción de un lanza chileno a su colega rumano ha sido: “Te creí choro, a ver!...vamos a trabajar juntos, no me durai ni cinco minutos”.
Este tipo de comentario muestra una reafirmación del Código simbólico construido por los lanzas internacionales respecto a su origen: la lógica del desafío es demostrar la supuesta superioridad en la precisión auto percibida por los “choros” chilenos. En otro caso, un conocido choro de la VIII Región ha encarado a un “colega” peruano de la siguiente manera: “Soy choro?, no!, ah!, porque yo soy choro-choro y no te metai conmigo conche...”. Como vemos, el ser “fuerte de mente” implica una auto percepción de dominio que se aplica a la persona con la cual se interactúa y que es frecuentemente utilizado en el momento en que los choros chilenos se relacionan con sus pares de otros países. Desde el punto de vista económico se genera también una situación de competitividad subjetiva que se acentúa en los puntos de operación de estos sujetos.

El reconocimiento de los elementos constitutivos del Código contracultural identificado por Cooper nos sirve como una brújula, una referencia para entender los aspectos motivacionales y ontológicos de los llamados lanzas internacionales, por lo cual nos permite salir del encuadramiento exclusivamente informativo del formato periodístico que no alcanza a explicar de modo más detallado este vergonzoso fenómeno en Europa.