jueves, 30 de marzo de 2017

Derecha-izquierda: Conceptos espaciales con un contenido relativo que se tiende a desconocer

"El árbol de las ideologías está siempre reverdeciendo", dice la frase Norberto Bobbio en su obra "Derecha e Izquierda, razones y significados de una distinción política", con lo que se puede comenzar todo una crítica a las formas discursivas que circulan en el debate político acerca del carácter negativo que tendría la "ideología" para resolver problemas de la realidad social.
Bobbio plantea que las categorías de derecha e izquierda están dentro de las ADN del sentido común, universalizándose en el campo político, entrañando posiciones emotivas y morales detrás de la identificación de cada una de estas posiciones, las cuales también se caracterizan por tener diversos contenidos que van cambiando e interaccionando en el tiempo . Es así como en el binomio derecha-izquierda caben otros significados, tipos ideales de enfrentamiento o representaciones de otros binomios ouestos entre sí : libertarianismo-autoritarismo; conservadurismo-progresismo; liberalismo-socialismo; conservadurismo-liberalismo; fascismo-comunismo; tradición-emancipación; clericalismo- laicicismo; igualitarismo-desigualitarismo, entre otras identificaciones que han surgido en la dinámica histórica en torno a la política moderna.
Esta díada, como le llama Bobbio, se ha convertido en una totalidad dicotómica en el campo de las ideas políticas,  por cuanto -según el politólogo italiano- "nacen de la interpretación de un universo concebido como formado por entidades divergentes que se oponen las unas a las otras". Derecha e izquierda son conceptos espaciales, receptáculos de contenidos ontológicos, que están determinados y epecíficos.
"Como se sabe, el uso de estas dos palabras (derecha e izquierda) se remonta a la Revolución francesa, por lo menos, en lo que concierne a la política interior. Se trata de una metáfora espacial muy banal, cuyo origen es totalmente casual y cuya función, desde hace dos siglos, es sólo la de dar un nombre a la persistente, y persistente por esencial, composición dicotómica del universo político. El nombre puede cambiar. La estructura esencial y originariamente dicotómica del universo político permanece", detalla.
Entonces podemos identificar que lo realmente importante en el campo político e ideológico no es la existencia en sí de estas categorías, sino que es el contraste que plantean las diferentes visiones de mundo respecto a la toma de poder del Estado y al devenir de la sociedad en cuanto organización civil. El problema es que es la persistente tendencia a reducir toda la problemática que afecta a las sociedad bajo la díada derecha-izquierda, como si fuera algo absoluto, cuando se trata de todo lo contrario.
"Los dos conceptos «derecha» e «izquierda» no son conceptos absolutos. Son conceptos relativos. No son conceptos substantivos y ontológicos. No son calidades intrínsecas del universo político. Son lugares del «espacio político». Representan una determinada topología política, que no tiene nada que ver con la ontología política: «No se es de derecha o de izquierda, en el mismo sentido en que se dice que se es “comunista”, o “liberal” o “católico». En otros términos, derecha e izquierda no son palabras que designen contenidos fijados de una vez para siempre. Pueden designar diferentes contenidos según los tiempos y las situaciones", aclara Bobbio.
Esta dinámica histórica ha moldeado la cultura de la sociedad política y de la sociedad civil a través de los diferentes ciclos en que se desarrolla la relación dicotómica: "tanto en el caso del predominio de la Derecha sobre la Izquierda, como en el caso contrario, las dos partes siguen existiendo simultáneamente y extrayendo cada una su propia razón de ser de la existencia de la otra, incluso cuando una asciende más alto en la escena política y la otra baja".
Bobbio recuerda el trabajo de autores que distinguen los contextos en los que este binomio se utiliza, los cuales serían cuatro: el lenguaje ordinario, el de la ideología, el análisis histórico-sociológico, el estudio del imaginario social".
Siempre se deben considerar aspectos más sutiles detrás de esta distinción y que son en la mayoría de los casos los que se imponen a la hora de expresar las diferencias en torno a un objeto público de debate en torno a los asuntos de la sociedad: "En toda discrepancia política la opinión, entendida como expresión de un convencimiento, no importa si privado o público, individual o de grupo, tiene sus raíces en un estado de ánimo de simpatía o de antipatía, de atracción o de aversión, hacia una persona o hacia un acontecimiento".
El contenido de ambas categorías es dinámica, siempre está vaciando y reponiendo sus contenidos con elementos de distintas doctrinas. En la derecha coexisten componentes de autoritarismo, liberalismo, corporativismo, integralismo católico, conservadurismo, progresismo y nacionalismo, elementos que también se integran a la izquierda, a la cual se agregan el socialismo, receptor de varias de estas doctrinas y algunas expresiones de anarquismo.
"El árbol de las ideologías siempre está reverdeciendo. Además, no hay nada más ideológico, tal y como ha quedado demostrado muchas veces, que la afirmación de la crisis de las ideologías. Así como que «izquierda» y «derecha» no indican solamente ideologías. Reducirlas a la pura expresión de pensamiento ideológico sería una injusta simplificación: indican programas contrapuestos respecto a muchos problemas cuya solución pertenece habitualmente a la acción política, contrastes no sólo de ideas, sino también de intereses y de valoraciones sobre la dirección que habría que dar a la sociedad, contrastes que existen en toda sociedad, y que no parece que vayan a desaparecer", precisa Bobbio.
En su análisis del binomio, de esta díada, Norberto Bobbio toma el trabajo de su compatriota Dino Cofranceso, de donde rescata la distinción entre diferencias esenciales en ambas categorías, las cuales tienen que ver con "la inspiración ideal, la intención profunda, la mentalidad", mientras que también reconoce las "diferencias no esenciales o sólo presuntamente esenciales", las cuales se utilizan "como armas polémicas en la lucha política contingente, que, tomadas por esenciales, se utilizan para dar falsas respuestas a la pregunta sobre la naturaleza de la díada, y para negarla cuando parece momentáneamente fallar en una situación específica".
"Que la relación entre diferencia esencial y diferencias no esenciales pueda solventarse en la distinción entre un valor final constante y valores instrumentales variables, y por lo tanto intercambiables, se puede deducir de la afirmación que «libertad y autoridad, bienestar y austeridad, individualismo y antiindividualismo, progreso técnico e ideal artesano, se consideran, en los dos casos, como valores instrumentales, o sea que hay que promover y rechazar según la contribución que ellos pueden dar, respectivamente, al fortalecimiento de la tradición y a la emancipación de algún privilegio", plantea Bobbio.
Otro hecho que demuestra la relatividad de los conceptos de derecha-izquierda es el llamado proceso de transferencia ideológica o de conversión, la cual puede tener distintos grados de desarrollo. "La relatividad de dos conceptos se demuestra también observando que la indeterminación de los contenidos, y por tanto su posible movilidad, hace que una cierta izquierda respecto a una derecha pueda convertirse, con un desplazamiento hacia el centro, en una derecha respecto a la izquierda que se ha quedado parada, y, simétricamente, una cierta derecha que se desplaza hacia el centro se convierte en una izquierda respecto a la derecha que no se ha movido. En la ciencia política se conoce el fenómeno del «izquierdismo», como el simétrico del «derechismo», según el cual la tendencia al desplazamiento hacia las posiciones extremas tiene como efecto, en circunstancias de especial tensión social, la formación de una izquierda más radical a la izquierda de la izquierda oficial, y de una derecha más radical a la derecha de la derecha oficial: el extremismo de izquierda traslada más a la derecha la izquierda, así como el extremismo de derecha traslada más a la izquierda la derecha".
Contenidos específicos y determinados que se instalan con mayor fuerza en la historia de la discusión políticas en las sociedades modernas. Un ejemplo es el binomio libertad-autoritarismo y del de igualdad-desigualdad.
En el primer caso Bobbio sostenía en los años noventa del siglo pasado que "una de las conquistas más clamorosas, aunque hoy empieza a ser discutida, de los movimientos socialistas que han sido identificados al menos hasta ahora con la izquierda, desde hace un siglo, es el reconocimiento de los derechos sociales al lado de los de libertad. Se trata de nuevos derechos que han hecho su aparición en las constituciones a partir de la primera posguerra y han sido consagrados también por la Declaración universal de los derechos del hombre y por otras sucesivas cartas internacionales. La razón de ser de los derechos sociales como el derecho a la educación, el derecho al trabajo, el derecho a la salud, es una razón igualitaria. Las tres tienden a hacer menos grande la desigualdad entre quien tiene y quien no tiene, o a poner un número de individuos siempre mayor en condiciones de ser menos desiguales respecto a individuos más afortunados por nacimiento y condición social".
"A través de estas referencias a situaciones históricas quiero simplemente recalcar mi tesis de que el elemento que mejor caracteriza las doctrinas y los movimientos que se han llamado «izquierda», y como tales además han sido reconocidos, es el igualitarismo, cuando esto sea entendido, lo repito, no como la utopía de una sociedad donde todos son iguales en todo sino como tendencia, por una parte,
a exaltar más lo que convierte a los hombres en iguales respecto a lo que los convierte en desiguales, por otra, en la práctica, a favorecer las políticas que tienden a convertir en más iguales a los desiguales", detalla el pensador.
Finalmente otro punto importante para las relaciones entre derecha e izquierda es la inclusión de una tercera fuerza que pueda tensionar el binomio o la díada. "La visión diádica de la política, según la cual el espacio político se concibe dividido en dos únicas partes, de las que una excluye a la otra, y nada entre ellas se interpone, puede ser definida como Tercero excluido, la visión triádica, que incluye entre derecha e izquierda un espacio intermedio, que no es ni de derecha ni de izquierda, sino que justamente está en el medio de la una y la otra, se puede definir como Tercero incluido", plantea.
El llamado "Tercero incluido" permite salir de la reducción dual del campo político, pero complejiza el tejido ideológico en cuanto a la emergencia de nuevos programas de acción para abordar la problemática de una sociedad.
"La definición de este espacio intermedio hace posible una comprensión más articulada del sistema, ya que permite distinguir entre un centro que está cercano a la izquierda o centro-izquierda, y un centro que está más cercano a la derecha o centro-derecha, y así, en el ámbito de la izquierda, una izquierda moderada que tiende hacia el centro y una izquierda extrema que se contrapone al centro, e igualmente, en el ámbito de la derecha, una derecha atraída hacia el centro, y una que se aleja de él, contraponiéndose en igual medida tanto al centro como a la izquierda. Teniendo en cuenta que, a pesar de las posibles divisiones dentro del espacio del centro, queda siempre un centro indiviso, que podría llamarse centro-centro, la tríada en realidad se convierte en una pentíada", dice Bobbio.
Surge así la denominada tercera vía, la cual puede tomar un contenido ideológico diverso: desde la moderación a la radicalización política en relación a la derecha-izquierda, como explica Bobbio: "En el debate político, el Tercero incluyente se presenta habitualmente como un intento de tercera vía, o sea, de una posición que, al contrario de la del centro, no está en medio de la derecha y de la izquierda, sino que pretende ir más allá de la una y de la otra. En la práctica, una política de Tercera vía es una política de centro, pero idealmente ésta se plantea no como una forma de compromiso entre dos extremos, sino como una superación contemporánea del uno y del otro y, por lo tanto, como una simultánea aceptación y supresión de éstos (en lugar de, como en la posición del Tercero incluido, rechazo y separación). No Tercero-entre, sino Tercero-más allá, donde al Primero y al Segundo, en lugar de estar separados el uno del otro y con la posibilidad de sobrevivir en su oposición, se les acerca en su interdependencia y se les suprime por su unilateralidad. Cada figura de Tercero presupone siempre los otros dos: mientras el Tercero incluido descubre su propia esencia expulsándolos, el Tercero incluyente se alimenta de ellos. El Tercero incluido se presenta sobre todo como praxis sin doctrina, el Tercero incluyente sobre todo como doctrina en busca de una praxis,que en el momento en que se pone en práctica, se realiza como posición centrista".

viernes, 24 de marzo de 2017

La imposición de lo verdadero y falso desde Nietzsche a Foucault en el campo político y económico

La razón moderna con fines universalistas se ha vuelto molesta para una no despreciabe cantidad de la población en estos tiempos de globalización, especialmente en el campo de las relaciones de dominio del orden poítico y económico, donde se ha instalado un tipo de esquema lógico en torno a lo verdadero y lo falso.
Estas dos categorías son claves en la relación entre sociedad política y sociedad civil, en el contrato o pacto social entre gobernantes y gobernados. Lo verdadero y lo falso, la verdad y la mentira como pregunta filosófica dentro de cada sociedad, estructurada a través de prácticas discursivas que se plantean como una permanente relación de poder siempre circulando y en constante adaptación.
Detrás de lo que conocemos como sistemas políticos con sus respectivos tipos de cultura política se ubica una plataforma de relaciones de dominio que establece una aproximación de verdad que tiende a disfrazarse de eterna, inherente a la naturaleza humana. Este ejercicio crea una superficie de relaciones cruzadas bajo el principio de lo que se conoce como "lo políticamente correcto", siendo el blanco de críticas de la llamada filosofía de la sospecha, cuyos máximos exponentes son Fiedrich Nietzsche, a partir de cuya obra surgió el análisis y la propuesta epistemológica de Michel Foucault.
Ambos filósofos toman la construcción de lo verdadero y de lo falso en las relaciones sociales.
En su trabajo "Sobre verdad y mentira en sentido extramoral", Nietzsche aborda la problemática que ha significado para el hombre lo que se interpreta como verdad, identificando el inicio de esta búsqueda en la necesidad del hombre de terminar con el conflicto mediante la paz social, algo que nos remite a la idea hobbesiana del pacto de sujeción social para poner atajo al "hombre lobo el hombre" y que más tarde sería también abordada por John Locke con el contrato civil y el contrato social de Rousseau en el periodo en que se cimienta la ilustración con su propuesta de razón universal.
Según Nietzsche "este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese enigmático impulso hacia la verdad. Porque en este momento se fija lo que desde entonces debe ser verdad, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de la verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira. El mentiroso utiliza las legislaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real".
Con el análisis del pensador alemán entran en juego las relaciones de poder, del lenguaje y del conocimiento, por ende, del discurso, a la hora de abordar la influencia de la esfera económica y política sobre la sociedad. En este sentido Nietzsche recuerda que el hombre quiere a la verdad siempre y cuando esta tenga impactos benéficos o "agradables" a la vida, por lo que no dudan en rechazar la verdad cuando esta es perjudicial o destructiva. De ahí que la filosofía de la sospecha tenga un campo de cultivo en el momento en que el dominio se perciba perjudicial en la vida cotidiana de los gobernados, quienes atribuyen como un fraude a la verdad construida a partir del "tratado de paz", mencionado por Nietzsche. La arbitrariedad del lenguaje y en la construcción de conceptos con pretensiones de instalarse como una verdad lleva a Nietzsche a definir esta última como "un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas, adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, a un pueblo le parecen fijas, canónicas, obligatorias: las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora consideradas como monedas, sino como metal".
Para Nietzsche en las palabras, entendidas como representaciones, hay una tendencia a estandarizar las diversidad de cosas. Las palabras agrupan las cosas dispersas y diferente, tienden a absolutizar lo particular, lo que lleva al filósofo alemán a sostener que son las acciones individuales las que dan a conocer realmente el sentido de las palabras. La honestidad, ejemplifica, se conoce realmente por las acciones honestas que por la palabra misma. Es decir, la palabra sin una manifestación práctica no es real, sino que es vacía, una mera representación. El concepto, según Nietzsche, es entregado por la "omisión de lo individual y de lo real".
Años más tarde Niezsche vuelve a la carga sobre la verdad y la mentira en su obras "Humano demasiado Humano", donde señala la necesidad de contar con una filosofía del coraje y de la audacia para desenmascarar a la mentira que se impone como la verdad. En el aforismo 30 plantea: "Las conclusiones erróneas más habituales del hombre son las siguientes: si una cosa existe, está legitimada. En este caso, la legitimidad se deduce de la capacidad de vivir, de la adaptación a un fin. Si una idea resulta beneficiosa, es verdadera; como su efecto es bueno, aquélla es buena y verdadera. En este caso, se aplica el efecto al predicado: beneficioso, bueno, en el sentido de útil, y se atribuye entonces a la causa el mismo predicado: bueno, pero aquí en el sentido de lógicamente válido. Las proposiciones recíprocas a éstas son: si una cosa no puede imponerse ni mantenerse, es incorrecta; si una idea atormenta y excita, es falsa. El espíritu libre, que aprende a conocer con harta frecuencia lo que tienen de vicioso esta forma de razonar y a sufrir sus consecuencias, cae a menudo en la seductora tentación de deducir generalmente lo contrario: si una cosa no puede imponerse, es buena; si una idea produce angustia e inquietud, es verdadera".
La critica nietzscheana se centra en la tendencia a considerar lo bueno, lo correcto sobre la base de los afectos que tienen los hombres, en circunstancias de que no todo lo que es útil afectivamente para los hombres es necesariamente bueno ni útil, ni psicológicamente válido. El convencionalismo que nace del tratado de paz, asumido desde la instancia política hace ver que lo conveniente sería lo verdadero, y viceversa. El hombre se convence de las buenas noticias, aunque estas bajo su superficie no sean realmente convenientes, ni buenas.
Por ejemplo en el debate sobre la economía política actual se plantea que la verdad está puesta en las estadísticas, en lo que dicen los números acerca del crecimiento económico y empleo, dejando de lado realidades individuales y grupales al interior de la sociedad.
Este error lógico, según Nietzsche, lleva al hombre a enfrentar realidades distintas a las que se esperaba bajo el constructo de lo conveniente, creando frustración hacia los que gobiernan. Considerar verdadero lo que no es conveniente es una desafío para el espíritu libre que debe enfrentar el reduccionismo de lo verdadero y de lo falso, para lo cual la verdad debe escapar de este esquema. El hombre no tiene necesidad de verdades absolutas que se establezcan como convenciones que diriman lo que es verdadero y falso, sino que el hombre requiere de seguridad en su enfrentamiento con el mundo al que es arrojado, lo que -para Nietzsche- implica una opción de coraje.
El pensamiento de Nietzsche sobre lo verdadero y falso es seguido por Michel Foucault, en sus clases del College de France que se agruparon en la publicación de "El Origen de la biopolítica", donde sostiene la construcción de lo que él llama "un régimen de verdad", se apoya en la idea de una filosofía de la naturaleza humana de carácter estático, que debe ser aceptada por el hombre, especialmente por los gobernados.
Según Foucault el acoplamiento de una serie de prácticas de un régimen de verdad "forma un dispositivo de saber-poder que marca efectivamente en lo real lo inexistente y lo somete en forma legítima a la división de lo verdadero y lo falso".
"Lo inexistente como real, lo inexistente como elemento de un régimen legítimo de verdad y falsedad, es el momento  -en las cosas que hoy me ocupan- que marca el nacimiento de la bipolaridad disimétrica de la política y de la economía. La política y la economía, que no son cosas que existen, ni errores, ni ilusiones, ni ideologías. Es algo que no existe y que, no obstante, está inscrito en lo real, correspondiente a un régimen de verdad que divide lo verdadero de lo falso", afirma el pensador francés.
El establecimiento de un régimen de verdad con un orden discursivo que imponga verdades que son constantemente cuestionada es el reflejo de la tensión del esquema de lo verdadero y falso dentro de cada sociedad, en un proceso que también se ha vuelto universalizante con el proceso de globalización y con verdades fabricadas sobre el orden económico, donde las realidades locales y particulares son absorbidas por un discurso absolutista, globalizante y quimérico, que se plantea como una solución, una receta para todas partes.
Así como este dispositivo de poder-saber, que levanta un régimen de verdad que arbitrariamente decide qué es lo verdadero y lo falso, se aplica en el campo de la economía-política, en la arena política se instala a través del orden discursivo de valores sociales y de lo "políticamente correcto", de acuerdo a los intereses de la técnica gubernamental y de los grupos históricamente dominantes en la sociedad. Aquí la tendencia es instaurar una filosofía perenne, que no se modifica en el tiempo, como el derecho natural, o valores transcendentales al hombre, en que cualquier crítica es considerada como algo falso, un "canto de sirenas", una utopía, sin considerar realidades particulares que se ven perjudicadas por el impacto de la verdad establecida.
En la dinámica de imponer lo verdadero y lo falso se insertan prácticas discursivas que busca adaptarse a los intereses de los que arbitrariamente imponen la dualidad verdadero-falso. Es el caso de las élites políticas y económicas que arbitrariamente imponen prácticas discursivas con sus propios lenguajes que catalogan de falsas las alternativas que critican los efectos generados por el régimen de verdad instalado. Por ejemplo, en este sentido se pueden mencionar argumentos de defensa a la evasión de impuestos por parte del gran empresariado o el financiamiento a partidos políticos, los cuales son tratados como realidades que pueden ser aceptadas en la sociedad, dejándolas en el terreno de lo verdadero, a nivel superficial, cuando debajo de esa superficie existen otros discursos circulando que cuestionan esta verdad. 

lunes, 13 de marzo de 2017

Claves Weberianas para comprender el rechazo a la figura del "político profesional"

La crisis permanente que afecta a los grupos dirigentes de la sociedad política en occidente desde fines del siglo XIX forma parte, a grandes rasgos, del proceso de imbricación entre la acción estatal y el proceso económico hegemonizado por grupos de presión que siguen ensanchando la brecha entre los intereses de la sociedad política y la sociedad civil, donde se desprenden fenómenos sociopolíticos que interaccionan entre sí, como la autoreferencialidad, corporativismo, capitalismo entre amigos (crony) y la topocracia (gobierno de redes cerradas).
Max Weber entrega uno de los primeros análisis sobre la forma de hacer política contemporánea en su obra "El político profesional", también conocida como "La política como profesión" donde señala que esta figura tiene múltiples rasgos y distinciones a partir de la conformación del Estado moderno que entraña un proceso permanente de disputa de poder para la mantención del monopolio de la fuerza por parte de un grupo de personas. Es así como en este escenario se destaca al político que vive "de" y el que vive "para" la política. En el primer caso están las personas que ingresan a esta actividad con el objetivo de tener ingresos constantes, con lo cual -según Weber- "puede ser un simple "prebendado" o bien un "funcionario" asalariado. En el segundo caso están las personas que hacen su vida en torno a la política sobre la base de ideales, opciones éticas o convencimientos internos. Ambos casos deben tener una remuneración plantea Weber, aunque es posible reconocer que en esta dualidad la vivencia "para" la política ha sido subsumida, absorbida por la vivencia "de" la política, siendo este un objeto de crítica que se plantea desde la sociedad civil, la cual se puede sintetizar con la máxima de que los políticos honestos "ya no existen" o, en otras palabras, de que la ética fue borrada por el afán de los intereses personales de enriquecimiento por parte de quienes conforman la clase política.
En esta línea Weber reconoce este tipo de comportamiento que es absorbido por el campo de intereses económicos: "El político profesional o bien recibe ingresos procedentes de concesiones y regalías por servicios determinados -propinas, coimas y sobornos apenas son una variante irregular y formalmente ilegal de esta clase de remuneraciones-, o bien recibe ingresos fijos en especie, un salario en dinero, o ambas cosas a la vez. El político profesional puede tomar el carácter del "empresario", como en el caso del condottiero o del arrendatario o del antiguo comprador de un cargo, o como en el caso actual del cacique "político" norteamericano, que encara sus gastos y costos como una inversión de capital de la que extraerá beneficios a través de sus influencias", explica el sociólogo alemán.
Podemos ver entonces que hay un interés desde el mismo político profesional para asegurarse sus ingresos personales, considerando su actividad como una constante inversión que lo beneficie a él, su familia y a un círculo de personas cercanas que abre camino a un sujeto de poder que oferte o demande de él ciertas concesiones administrativas en función de sus propios intereses, dando lugar a fenómenos como el tráfico de influencias, prebendas u otro tipo de corrupciones, detrás de las cuales está el factor del poder económico que requiere de la ayuda del cuadro administrativo del Estado para su expansión.
Esta clasificación del político profesional en América Latina muestra su mejor ejemplo a partir de los cuadros de dirigentes que surgieron al alero de las llamadas oligarquías que fueron moldeando el sistema de partidos en la región, donde tampoco fueron inmunes otras formas de explosiones político-institucionales, como revoluciones o golpes de Estado, en que también se fue configurando una burocracia sujeta al poder establecido, creando una burocracia planificadora en relación directa con el aparato estatal o el gran empresariado, con lo que poco a poco pasó a formar una nomenclatura opuesta a la sociedad civil.
Ha pasado casi un siglo desde este trabajo de Weber y la descripción de la función de los políticos mantiene su patrones identitarios: "En la actualidad los jefes de los partidos políticos retribuyen la lealtad en los servicios con toda clase de cargos: en los partidos, en periódicos, en cooperativas, en cajas de Seguro, en municipalidades y en el gobierna del Estado. Además de un fin objetivo, las luchas partidarias persiguen principalmente el control del reparto de los cargos".
Para Weber la empresa del sistema de partidos es una empresa de grupos de interés que provoca la necesidad de contar con individuos preparados "para la lucha por el poder y estudio de los métodos para esa lucha por parte de los partidos políticos modernos". Esto -agrega- "determinó la división de los funcionarios públicos en dos categorías diferentes, aunque no rígidamente separadas: por una parte funcionarios "profesionales" y por la otra funcionarios "políticos".
En su conferencia sobre "El político y el científico" el pensador alemán prosigue su análisis de la función del político, destacando el elemento no desdeñable que tiene la vanidad, como un factor propulsor de la brecha que separa al político de los gobernados: "La conciencia de tener una influencia sobre los hombres, de participar en el poder sobre ellos y, sobre todo, el sentimiento de manejar los hilos de acontecimientos históricos importantes; elevan al político profesional, incluso al que ocupa posiciones formalmente modestas, por encima de lo cotidiano. La cuestión que entonces se le plantea es la de cuáles son las cualidades que le permitirían estar a la altura de ese poder (por pequeño que sea en su caso concreto) y de la responsabilidad que sobre él arroja. Con esto entramos ya en el terreno de la ética, pues es a ésta a la que corresponde determinar qué clase de hombre hay que ser para tener derecho a poner la mano en la rueda de la historia".
Otro elemento que muestra Max Weber y que  y cuyo dinamismo persiste en las sociedades políticas actuales es el rol que cumple la figura de "el boss", el empresario "político capitalista" encargado de armar y gestionar redes de financiamiento que influyan en la captación de votos, siendo piedra angular en la organización de un partido político, puesto que es la fuente de recursos financieros importantes para financiar campañas, como se ha visto recientemente en Chile, con el destape de las relaciones entre grupos económicos y colectividades políticas a nivel hegemónico. El ejemplo del grupo económico Penta y de la empresa Soquimich que entregaron recursos transversalmente a los partidos de los dos bloques hegemónicos en Chile tuvo la participación de estos empresarios político-capitalistas que menciona Weber como operadores, en un rol que también incluye a los encargados de los partidos políticos de conseguir estos recursos.
"Todo aquel que pretende infringir, sin ser castigado, alguna de las muchas leyes, necesita la connivencia del boss y debe pagar por ella, de lo contrario le esperan consecuencias muy desagradables. Pese a todo, estos medios no son suficientes para completar los fondos reunidos por la empresa. El boss se hace asimismo indispensable como perceptor de las sumas de dinero procedentes de los grandes magnates financieros, que sólo a él entregan, ya que, tratándose de fines electorales, en absoluto habrían de confiarlas a ningún funcionario a sueldo ni a persona alguna que esté obligado a rendir cuentas públicamente. El boss, que se caracteriza por su máxima discreción en lo relativo al dinero, es por antonomasia el hombre que se mueve en los círculos capitalistas que financian las elecciones. El típico boss no es sino un sujeto totalmente gris, al que no le interesa el prestigio social; por el contrario, en la alta sociedad resulta despreciable este profesional. Su objetivo es sólo el poder mediante el cual obtener el dinero, aunque también por el poder mismo. A la inversa del leader inglés, el boss norteamericano actúa en la sombra. Es muy raro que se deje oír; podrá sugerir al orador lo que debe decir, pero él guarda silencio", señala Weber en su análisis.
Este tipo de prácticas es la que ha ensanchado la brecha entre la lógica de la sociedad política y la sociedad civil, pues esta última rechaza abiertamente este tejido de poder que se arma y que no responde a las demandas de los gobernados, aunque Weber advierte que este desprestigio civil no provoca mayores efectos en el actuar de la figura del empresario político-capitalista: El boss está desprovisto de principios políticos definidos, carece de convicciones; a él sólo le interesa la forma en que puede obtener los votos. Tampoco es raro que se trate de un individuo sin cultura, pero correcto e irreprochable en su vida privada. Tan sólo, por lo que se refiere a la política, su ética se acomoda a la moral media de la actividad que rige en su momento, a semejanza de lo que muchos de los nuestros hicieron en épocas de acaparamiento. Le tiene sin cuidado ser despreciado en sociedad como profesional, es decir como político de profesión".
La relación práctica de la ética es uno de los ejes centrales entre los intereses de la sociedad civil y la sociedad política, en que se debe reconocer que no existe una sola ética en la interacción con los gobernados, especialmente si la visión de estos no es considerada por quienes ejercen la práctica política, lo cual no se agota en la mera representación formal que supone la elección de representantes en el Poder Legislativo.