domingo, 31 de julio de 2016

Capitalismo de organización: Un marco para entender el sistema de AFP y su relación con el Estado

Las Administradores de Fondo de Pensiones (AFP) en Chile se deben entender como un mecanismo clave en el proceso de acumulación de capital en la economía nacional desde los años ochenta del siglo pasado, con el objetivo de formar un mercado de capitales interno para el financiamiento de empresas y de grupos económicos, además de haber contribuido a asentar las tasas de ahorro interno en la economía doméstica.
Eso desde el punto de vista macroeconómico, porque desde la perspectiva sociológica el régimen de capitalización individual como base de un sistema de pensiones también cae en el blanco del análisis del trabajo del filósofo y sociólogo alemán Jurgen Habermas, en su trabajo sobre los problemas de legitimación en el capitalismo tardío, donde identifica el fenómeno del "capitalismo de organización", relacionado con un proceso de acumulación en que se genera una concentración de empresas.
Esta concentración abre camino al surgimiento de corporaciones locales que vienen de la mano con una reorganización del mercado de bienes, del mercado laboral y del propio mercado de capitales, para el cual se requiere de este mecanismo de ahorro forzoso en que los dineros de los trabajadores se destinan a los circuitos financieros para la capitalización de empresas. Un ejemplo de esta dinámica se manifiesta en el hecho de que más del 60% de las inversiones de las AFP se dirigen al sistema bancario.
El otro pilar de este capitalismo de organización que según Habermas surge después de la etapa del "capitalismo liberal", es el "hecho de que el Estado interviene en las crecientes fallas de fiancionamiento del mercado", lo que ha sido demostrado en los últimos años con el sistema de AFP, puesto que el aparato público debió sostener al sistema privado con la transferencia monetaria para asegurar una pensión mínima universal y otra de carácter solidario para los segmentos socioeconómicos de menores ingresos. El que el actual sistema tenga un fuerte componente mixto refleja que el objetivo primordial del sistema de AFP es mantener el mercado de capitales y, a partir de eso, entregar pensiones a sus afiliados, por lo que el Estado es el encargado de amortiguar el costo social que deja este mecanismo de reproducción de capital para las empresas.
De acuerdo a Habermas, "el aparato del Estado satisface numerosos imperativos del sistema económico. Cabe ordenarlos según dos puntos de vista: regula el ciclo de la economía con los instrumentos de la planificación global, y se crea y mejora las condiciones de valorización del capital acumulado en exceso".
Esta función de subsidiariedad social del Estado al sector privado Habermas la explica como uno de los rasgos del capitalismo de organización y su sistema administrativo: "el Estado reemplaza el mecanismo del mercado dondequiera que crea y mejora las condiciones de valorización del capital acumulado en exceso", especialmente en la "orientación del capital, por razones político-estructurales, hacia sectores que han sido descuidados por la economía autónoma de mercado". El capitalismo de organización también tiene un sistema de legitimación mediante un estallidos de reforma. "Con el propósito de defenderse de la crisis sistémica, las sociedades del capitalismo tardío concentran sus fuerzas de integración social en los sitios donde es más probable que estallen conflictos estructurales, como medio más eficaz para mantenerlo en estado latente; al mismo tiempo satisfacen así las demandas de los partidos obreros reformistas". La cita de Habermas es aplicable a lo ocurrido con la reforma previsional de 2008, consistente en inyectar recursos fiscales a pago de pensiones para contener la crisis sistémica que generan a nivel social los bajos montos de jubilación que otorga el sistema de capitalización individual, pues tiene un considerable potencial conflictivo que se ve en el descontento de un sector de la población en torno a las AFP en un proceso de movilización que seguirá profundizándose con loa años, a medida que surgan más jubilados gozando de bajos montos de pensiones.Otra característica del capitalismo de organización es que el Estado tiene un déficit de legitimación pues con "medios administrativos no pueden producirse, o conservarse en la medida requerida, estructuras normativas pertinentes para la legitimación". Esto último se demuestra con la reforma de 2008, que no ha sido suficiente para legitimar a las AFP frente a la mayoría de los afiliados que la consideran como una medida insuficiente para contar con montos de pensiones que les permitan tener suficientes recursos. De ahí que el planteamiento de un cambio estructural al sistema previsional de capitalización individual no es aceptado por el Estado, desde donde se inclinan a provocar cambios administrativos en la misma lógica del actual sistema de pensiones. Sin embargo los medios administrativos no producen una legitimación de las normativas que rigen para las AFP.
La propuesta de crear una AFP estatal también apunta en esta dirección de pretender legitimar, a través de medios administrativo-legales, el sistema de pensiones actual para compensar el déficit de legitimación que tiene el sistema, pero que finalmente no logrará terminar con el descrédito que tiene ante la población, pues no se apunta a solucionar el bajo monto de las pensiones.

viernes, 22 de julio de 2016

El laberinto sin salida de la ilustración en el liberalismo y socialismo extremo

El deseo principal del liberalismo más ortodoxo es terminar con el Estado, al que equiparan como la fuente de todos los males que afectan al hombre. Su raciocinio es que la opresión nace de los gobiernos, en cuyo interior se desarrollan grupos de intereses y un complejo burocrático que restringe la libertad individual.
Si bien en lo medular el principio de libertad es compartido como un elemento de sentido común, lo cierto es que la pretensión de un liberalismo puro, aséptico, libre de toda infección proveniente de otras doctrinas, choca contra el muro de las necesarias aperturas que requieren las ideas para el desarrollo de una sociedad. El liberalismo extremo es un hijo de la ilustración, por lo que tiene una serie de coincidencias con las versiones más extremas del socialismo, sobretodo el "científico" elaborado por Marx. Tanto para el liberalismo como para el socialismo ortodoxo no existen medidas que tiendan al equilibrio entre posiciones contrarias. No existe la síntesis dialéctica hegeliana: es el todo o nada. Unos por la desaparición completa del Estado y otros por su entronización.
Estas posturas dogmáticas son las que identifican al Estado y al capital, como la fuente de todo mal, atribuyéndoles un carácter casi sobrenatural. Por ende, el liberalismo extremo tiende a creer que la desaparición del Estado significará la liberalización de todas las fuerzas ahogadas del hombre, algo equivalente a la instauración del reino de la felicidad que profetizaba Marx con el fin del capitalismo.
La idea de que el fin del Estado significará una "plena" libertad, permitiendo que se abra la fuente del círculo virtuoso. Sin embargo, el liberalismo no considera la existencia de otras organizaciones de poder que también se basan en la coacción, como lo son las grandes corporaciones privadas que también tienen estructuras burocráticas, tan molestas como las del Estado. Para el liberalismo extremo, la existencia de organizaciones de poder privadas no son más que la consecuencia de la existencia del Estado, con lo que supone su desaparición cuando se termine el aparato público. En otras palabras el liberalismo sostiene que el fin de Estado significaría la desaparición del la coacción y el abuso de un individuo a otro.
Esta es la idea rousseauniana de la eterna bondad del hombre, que fue sacudida y contaminada por la opresión de los gobernantes, no considerando las relaciones productivas que establecen los hombres entre sí a partir de la fuerza. Sería difícil oponerse a la idea de que la libertad efectivamente acerca al hombre a la perfección,  porque este axioma está en lo cierto, pero la pretensión extremista del liberalismo de promulgar el automatismo de que terminado el Estado se acceda a una fase de desarrollo perfecto del individuo tiende a la distorsión . Esta eyaculación libertaria del individuo por tautología (porque sí o sí) no considera el carácter utópico, ni tampoco el papel de la mediación social, la de la intersubjetividad entre los individuos. El liberalismo radical no toma en cuenta la capacidad de los hombres acordar o imponer a otros el surgimiento de una organización de poder para establecer un mínimo orden social, al estilo que plantea Robert Nozick en su obra "Anarquía, Estado y Utopia" a través de las "asociaciones de protección mutua", las que no se pueden desarrollar por la acción del Estado y de las grandes organizaciones económicas privadas que defiende el propio liberalismo.
¿Acaso el fin del Estado que propugna el liberalismo ortodoxo no se asemeja a la idea del materialismo dialéctico, de que la muerte de las relaciones sociales, que impone en este caso el poder estatal , dará espacio a una nueva clase de conciencia, de basada en la libertad individual? Ambas posturas llegan a una conclusión parecida, aunque con armados teóricos distintos, por lo que detrás de ellas se aprecia el aferramiento a matrices demasiado abstractas, pese a que en este sentido el liberalismo está mejor parado que el socialismo de Marx, pues este último forzó una propuesta teórica más reduccionista para desmarcarse del iusnaturalismo liberal.
El pensamiento tributario a la ilustración del liberalismo puro también considera que toda crítica a estas ideas significa estar automáticamente en el lado opuesto y, por lo tanto, ser un "enemigo" de la libertad, al igual que hacen los autodenominados seguidores del "socialismo científico" con sus detractores, quienes son catalogados de "vendidos al capital". Esto también explica la tendencia al propagandismo de ambas doctrinas para sobrevivir en el cuerpo social, por lo que cabe preguntarse si el afán de la libertad, planteado en un modo tan abstracto, no escondería el germen un totalitarismo, como actualmente lo hacen algunas organizaciones de poder privadas que operan coactivamente en el nombre de la "libertad".
Los liberales acérrimos podrían responder a esta afirmacion, apelando al alcance que tiene la justicia iusnaturalista para los derechos de propiedad, el principio de no agresión, la capacidad volitiva del hombre y otros valores que dicen defender, pero que su materialización no ha estado a la orden del día en la historia. En el principio de no agresión también se impone la violencia de organizaciones de poder que ahora se escudan en el liberalismo y que en un momento histórico se apoderaron de los derechos de propiedad de otros grupos que no tuvieron la fuerza necesaria para defenderlos, Ahí estuvo el Estado a merced de los privados para detonar este constructo histórico que el liberalismo tampoco considera, pero que en definitiva interfiere en las propias decisiones individuales en un orden mercantilizado hegemonizado por organizaciones de poder privadas que utilizan al Estado.
La ética del liberalismo extremista es difusa, por más que tenga una declaración de principios, pues no tiene un correlato con el construccionismo vigente hasta ahora. Ha sido tan mal aplicada que ha abierto la puerta para la negación del principio de no agresión, siendo este uno de sus puntos ciegos, por más que se diga que los privados que ejecutan una coacción sobre otros no son liberales. En este sentido el liberalismo, al igual que el autoproclamado socialismo científico, se identifica con las características del fenómeno religioso: cada desviación de sus principios declarados es considerada como una apostasía que se reniega, pero en la práctica no surge una alternativa que efectivamente revierta la situación que provoca la coacción, el abuso y la opresión que se aplica desde otras instancias diferentes al Estado.
La falta de flexibilidad de ambas doctrinas responde a su negativa de encontrar espacios de equilibrio, de eventuales encuentros entre los pliegues de cada campo de saber entre sí. Abrirse a la dialéctica hegeliana es una tarea desechada por el extremismo liberal y del cientificismo socialista, derivado en la afirmación del Estado como una panacea, siendo esta una de las causas para no encontrar la salida del laberinto de la ilustración.

miércoles, 20 de julio de 2016

Capitalismo y el deseo en Deleuze y Guattari para entender el conflicto social

El llamado capitalismo del deseo tiene en el pensamiento de Gilles Deleuze a uno de los principales exponentes, aunque retroactivamente podemos encontrar sólidas coordinadas en el trabajo de Herbet Marcuse, en su unión entre la obras de Marx con el psicoanálisis freudiano. Deleuze ubica al deseo debajo de los intereses que accionan los individuos en búsqueda de sus intereses, en un proceso que cataloga como racional, por lo que podemos afirmar que bajo la superficie de la racionalidad está subyacente el deseo.
(...)"bajo los intereses están los deseos, las posiciones de deseo, que no se confunden con las posiciones de interés pero de las cuales dependen estas últimas, tanto en su determinación como en su distribución: un inmenso fluido, todos los flujos libidinales-inconscientes que constituyen el delirio de una sociedad. La verdadera historia es la historia del deseo", sostiene el filósofo francés.
El surgimiento de este deseo se materializa en un cuerpo social, identificado como el capital-dinero por Deleuze y Félix Guattari cuando se refieren a la organización capitalista, donde existe una producción social del deseo. 
"Sin duda, el capitalismo siempre ha sido una formidable máquina deseante. Los flujos de moneda, de medios de producción, de mano de obra, de nuevos mercados, todo esto es el deseo que circula. Basta considerar la suma de contingencias que se hallan en el origen del capitalismo para comprender hasta qué punto ha surgido de un cruce de deseos y que su infraestructura, su propia economía es inseparable de fenómenos de deseo", plantea Deleuze.
Para Deleuze el capitalismo "estuvo ligado desde su nacimiento a una represión salvaje, tuvo enseguida su organización de poder y su aparato de Estado. Es cierto que el capitalismo implicaba la disolución de los códigos y de los poderes anteriores, pero ya había establecido, en los huecos de los regímenes precedentes, los engranajes de su poder, incluyendo su poder estatal. Siempre es así: las cosas no son en absoluto progresivas; antes incluso de que se establezca una formación social, sus instrumentos de explotación y de represión ya están dispuestos, girando aún en el vacío, pero listos para trabajar cuando sean llenados. Los primeros capitalistas son como aves carroñeras que están esperando. Esperan su encuentro con el trabajador, que tiene lugar gracias a las fugas del sistema anterior. Éste es, incluso, el sentido de lo que se llama acumulación primitiva".
Un elemento clave que explica Deleuze en este cuadro general es la organización del poder que supone la unión entre el deseo y la estructura económica y que va más allá del simple acto de desear algo a toda costa, pues el análisis deleuziano se enfoca en el campo social en el que actúa la organización del poder, como la fuente del conflicto social, siendo un aspecto superior a la cuestión ideológica para entender la conflictividad de intereses -y deseos- entre diferentes miembros de una comunidad y de la sociedad. 
En este sentido la ideología sólo es la forma en que se desarrollan ciertas organizaciones de poder en determinados campos sociales, como la educación, la salud, la previsión, el mercado del trabajo, las relaciones socio-culturales, etc, por lo que identificar que el origen de los problemas que se viven al interiores de estos campos está radicado en la ideología es un error, si no se considera a la organización del poder que los sostiene y los hegemoniza y que es capaz de codificar el deseo, de representarlo a través de la ideología.
Félix Guattari lo explica este tipo de dinámica con otro campo social: "Ocurre lo mismo en las estructuras políticas tradicionales. Siempre reaparece la misma estratagema: el gran debate ideológico en la asamblea general y las cuestiones de organización en comisiones especializadas. Éstas se presentan como secundarias, como determinadas por las opciones políticas. Pero es al revés: los problemas reales son los de organización, que nunca se explicitan ni se racionalizan, y que enseguida se proyectan en términos ideológicos. Ahí es donde surgen las verdaderas divisiones: un tratamiento del deseo y del poder, de las posiciones libidinales, de los Edipos de grupo, de los «superyoes» de grupo, de los fenómenos de perversión… A continuación, se construyen las oposiciones políticas: un individuo adopta tal opción frente a otro porque, en el orden de la organización y del poder, ya ha escogido y aborrecido a su adversario".
De este modo, el deseo dentro del capitalismo se debe comprender desde la correlación de fuerzas de poder que están en disputa, es ahí donde el deseo toma una forma más clara, un motor que impulsa al discurso, a la acción y que toma un carácter colectivo, que se manifiesta en la sociedad política como en la sociedad civil. Para que se active el deseo debe existir un poder, el que opera en diferentes niveles, siempre dinámicos como sostiene Michel Foucault, moviéndose a partir de una microfísica, a nivel cotidiano. En un campo social se esconde siempre un conflictos entre los deseos codificados y los no codificados, los cuales son los que se encuentran en un estado puro, aquellos que en un menor lapso de tiempo pasan de la espontaneidad a un grado mínimo de organización para obtener visibilidad. Este tipo de deseo busca su posibilidad de manifestarse en  las diferentes esferas del campo social (política, educación, la salud, la previsión, el mercado del trabajo, las relaciones socio-culturales, etc,). Esta diferenciación es la fuente de conflicto que busca controlar permanentemente la gobernanza del capital y su cuerpo social, entendido como una extensión orgánica del individuo, sobre la base del marco del capital-dinero, lo que también se puede llamar la mercantilización de las relaciones sociales.

domingo, 10 de julio de 2016

El sistema de capitalización individual de pensiones en la mirada de la sociedad del riesgo

El sistema previsional chileno tiene una estructura simbólica inagotable de debate, entre críticos y apologistas. Estos últimos lo presentan como un sistema perfecto, a través de una sistemática propaganda para conseguir adeptos que apoyen este mecanismo, mientras que sus detractores lo consideran una máquina generadora de miserias debido al bajo monto de las pensiones que otorga a la mayoría de los afiliados al régimen, catalogándolo de una "estafa", "fraude" o "engaño".
Un punto de vista para abordar el sistema de capitalización individual es el trabajo de Ulrich Beck sobre "la sociología del riesgo", en que la posibilidad de que se produzcan daños y perjuicios está siempre presente, de modo latente o manifiesto.
Beck plantea la tesis de que la lógica de la producción de riesgos es superior a la lógica de la producción de riqueza. ¿Cómo podemos identificar esta relación con el actual sistema de previsión social? En primer lugar podemos plantear que la flexibilidad del mercado del trabajo, que genera una alta rotación e inestabilidad laboral, es una de las principales fuentes de riesgo que impactan al diseño de sistema de pensiones.
Su creador José Piñera, en el libro propagandístico "El cascabel al gato", sostiene que "el sistema de capitalización individual es el único que relaciona los beneficios que el sistema proporciona con los esfuerzos que realicen los trabajadores durante su vida laboral activa. Serán mejores las pensiones de quienes trabajaron más tiempo". Sin embargo esta afirmación no se condice con la realidad del empleo en Chile, especialmente en los últimos 20 años, en que el prolongado período de flexibilidad a favor de los empleadores ha dado como resultado la parcelización del trabajo en las formas contractuales de empleos por horas, empleos por proyectos y a tiempo determinado, lo que afecta directamente al mecanismo de ahorro que plantea el sistema de AFP. 
La categoría laboral de los subempleados, en que se insertan aquellos que quieren trabajar más, pero no pueden hacerlo en sus puestos laborales, es una de estas manifestaciones de precarización en la cual los apologistas del sistema de capitalización individual no hacen mayores reparos, particularmente el mismo José Piñera, quien además de crear el actual Código Laboral es uno de los propulsores de la constante flexibilidad del mercado del trabajo.
Entonces, de este modo, como dice Ulrich Beck, la producción social de riqueza (el trabajo) va acompañada sistemáticamente por el riesgo (la flexibilidad del mercado laboral), además de otros potenciales de riesgo asociados a la rentabilidad de las inversiones que realizan las AFP, donde una caída en los mercados antes determinadas coyunturas produce pérdidas de ahorros, las cuales superan a las garantías de ganancias pregonadas por el sistema.
Esto permite identificar en el sistema previsional chileno el surgimiento de una comunidad de riesgo, como lo denomina Beck, debido a que se circulan más amenazas que ventajas en torno a los resultados del régimen de capitalización individual. "Los riesgos crean más tarde o más temprano amenazas que a su vez relativizan las ventajas vinculadas a ellos, y precisamente el crecimiento de los peligros a través de toda la pluralidad de intereses hace que sea real la comunidad del riesgo", señala Beck.
Estas comunidades que son perjudicadas por el riesgo del sistema de AFP ya se observan en agrupaciones como "No + AFP", formadas por varias organizaciones civiles y ciudadanos comunes y corrientes, demostrando que "la sociedad del riesgo produce nuevos contrastes de intereses y una novedosa comunidad de amenaza, cuya solidez política aún está por ver". Estimamos que a medida que el sistema comience a entregar los bajos montos promedios que registra en la actualidad, el nivel de crítica social y política irá en aumento por razones prácticas que afectan la calidad de vida de las personas en su vida cotidiana. En la sociedad del riesgo también emerge la comunidad del miedo, el que se identifica hacia el futuro; el miedo a no tener sufientes ingresos de la jubilación frente al costo de la vida, el que es otro factor que se convierte en otro factor de la sociedad del riesgo.
En conclusión, el riesgo se ha constituido en uno de los principales elementos de percepción en torno al sistema previsional, el que se asocia directamente a la precarización del empleo que genera la flexibilidad, sumado al creciente costo de la vida. El riesgo entraña la incertidumbre, haciendo que el sistema de seguridad social, cuyo componente es el régimen de pensiones, sea considerado como un modelo de inseguridades a futuro y que sobrepasa la conciencia de la responsabilidad individual.