lunes, 28 de febrero de 2011

El aporte de la obra de Walter Benjamín para entender la espectacularización de la política


Los puntos de vista para analizar el fenómeno de la “espectacularización de la política”, en el contexto del desarrollo mediático de la post modernidad, siguen su marcha. Pero actualmente no existe una tendencia a explicar el desarrollo de la publicidad política en los espacios representativos de la comunicación, desde la perspectiva de la dialéctica en Walter Benjamín.
Sus ideas las podemos abordar para entender el preponderante rol que se le asigna a la exhibición de la esfera política, algo que se viene estudiando sistemáticamente desde la filosofía clásica griega, pero que en Benjamín anticipa la perspectiva de la teoría crítica en torno a la industria cultural desarrollada más tarde por Max Hokheimer y Theodor Adorno.
Actualmente, la evolución de la relación de la actividad política estatal con el ejercicio de los Medios de Comunicación ha generado una serie de nuevas teorías y hermenéuticas que han enriquecido y clarificado las complejidades de las dinámicas entre comunicación, representación pública y sociedad, saliendo a la luz conceptos como populismo mediático, espectacularización de la política, sociedad mediatizada, sociedad post informativa, etc.
Y es por ello que el rescate del ejercicio del Benjamín acerca del examen de la producción artística en el período de la industrialización recobra importancia para contribuir a reordenar los cuerpos teóricos de estos tiempos. ¿Por qué? Simplemente para tratar de vincular uno de los puntos genealógicos de la actual influencia de la comunicación política en los espacios públicos.
La creación artística, según Benjamín, en la sociedad moderna industrializada ha derivado hacia la reproductibilidad técnica de la obra de arte. Uno de los efectos de este fenómeno es la transición de lo cultual a exhibición; aquello que anteriormente era identificado exclusivamente en un espacio de culto colectivo, como lo era el arte pre-moderno, se masifica ante los demás, comienza a desbordar su anterior frontera de carácter iniciático destinado a unos pocos, para instalarse en un pedestal de reconocimiento masivo.
La obra benjaminiana considera distintas expresiones en el régimen del culto a lo largo de la historia: (I) mágico no exhibitivo, donde se desarrollan castas sacerdotales y elites gobernantes; (II) religioso, en que se muestran ante la población a través de ritos; (III) exhibitivo o estético aureático burgués; (IV) exhibitivo industrial, y (V) regímenes de producción de obras, que utiliza la reproductibilidad técnica.
Cuando el carácter exhibitivo expropia o destierra al carácter cultual de la dimensión política es que podemos reconocer el germen moderno de la comunicación política. En el primer carácter podemos reconocer todos los rituales que realizaba la autoridad política estatal ante la población, como el discurso de la cuenta nacional ante el Congreso, un jefe de Estado que asume posando su mano derecha en la Biblia y otros procedimientos particulares de acuerdo a las construcciones de cada país. Cuando la dimensión política del Estado pasa a instituirse en los marcos de la imagen técnica a mediados del siglo XX, se genera otro nivel de exhibición, que tiene la capacidad de cambiar valores y provocar confusiones entre los espectadores de estos rituales.
Así podemos entender –resumidamente- cómo el valor cultual de la política cambió a una espectacularización apoyada en la reproducción técnica de imágenes que terminaron devastándolas, produciendo más confusión y, por tanto, nuevas condiciones de dominio sobre la sociedad.
La pérdida del aurea, ese momento de originalidad de la obra artística, entendida como la creación del hombre, se traslada y pierde en el valor cultual de la imagen técnica. Este último proceso es lo que realmente importa para la lógica del poder; el valor ritual que representaba el rito soberano del Estado sobre la población pierde su importancia real. El fin de la política, en la obra de Benjamín, se produce por la circulación masiva que más tarde será completamente absorbida por la tecnología de los Mass Media.
La exteriorización de la imagen, como materia prima auto justificadora en sí, no permite el desarrollo de los espacios políticos auténticos, originales y con portadores del aurea. Lo auténtico se desplaza con la reproducibilidad, de acuerdo a los postulados de Benjamín. El potencia revolucionario de la creación subjetiva original se rompe en mil pedazos al hacer contacto con la visibilidad de la reproductibilidad técnica. Estamos en presencia del shock, una interrupción, extrapolando los conceptos de Benjamín.
Bajo esta hermenéutica se puede comprender el por qué la política, entendida como lugar de discusión en común (la polis), se pierde en las llamadas sociedades mediáticas, su aurea original se ha diluido con el tejido de confusiones que ha generado el cambio de valores en los espacios políticos para comunicarse en la esfera pública.
Sin embargo, esto no necesariamente deja cerrada las vías de escape, pues la determinación de propuestas y contenidos alternativos no entra en una abierta contradicción con la reproductibilidad técnica, como lo demuestra con fuerza el desarrollo de las redes sociales 2.0. En la obra de Benjamín podemos extrapolar algunos de sus conceptos con el fin de aplicar un punto de vista nuevo acerca de esta obsesión por visibilizar la política como un espectáculo de la imagen por encima de la autenticidad.





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