lunes, 10 de junio de 2013

"La Vida de Jesús", la aproximación racional de Hegel al cristianismo

“La Vida de Jesús” fue una de las primera obras de G.W.H. Hegel, los llamados escritos teológicos de su juventud, en que pretende conciliar la razón con la fe, pues el filósofo alemán intenta plantear una filosofía moral de la praxis, a partir de la religión, en un reafirmación que años después Marx intentará destruir, a partir del mismo objeto religioso.
En este trabajo, Hegel sostiene la sensibilidad de los hombres, como algo opuesto a la racionalidad. A su juicio, en el mundo de la moral existe una tensión hostil entre sensibilidad y razón, tratando de resumir esta dicotomía en las parábolas de Jesucristo, que el mismo Hegel elabora de esta forma: “El hombre no es sólo un ser del todo sensible. Su naturaleza no está simplemente limitada a las inclinaciones hacia el placer; hay en él también un espíritu, una chispa del ser divino que le ha sido concedida como parte de una herencia hecha a todos los seres racionales”.
Identificar el aspecto espiritual con la estructura racional es uno de los propósitos en los primeros escritos de Hegel que posteriormente derivará a la idea del espíritu universal, entendido como la razón universal que guía al hombre en la sociedad. El resultado de la enseñanza moral debe ser la virtud cívica, en la idea hegeliana.
No escuchar la voz divina es no escuchar a la razón moral, la cual “ordena la ética como deber”, por lo que es necesario una toma de conciencia que proviene de la reflexión: “Aquel que se comporta lealmente consigo mismo se acerca voluntariamente al tribunal de la razón, no tiene miedo de sus advertencias ni del conocimiento de sí mismo que esta le da y no tiene necesidad de esconder sus acciones, de las cuales ellas dan testimonio del espíritu del mundo racional”.
La filosofía moral racional a la que aspira Hegel es a una en que la se venera a Dios, entendido como razón, con una ley moral, que genera el Reino de los Cielos, de Dios sobre los hombres. “Quien se exime a sí mismo y a los demás de observar la ley moral es indigno de llevar el nombre de ciudadano del Reino de Dios, pero quien por sí mismo los sigue y los enseña a los otros a respetarla (ley moral) será considerado en el Reino de los Cielos”.
La virtud que crea la Ley moral pasa por el autodominio: “Cualquiera sea la inclinación, la más placentera, háganla violencia, más aún: aplástenla antes de ser llevados más allá de la línea del derecho”. Según Hegel, en las enseñanzas de Jesús se aprecia la incompatibilidad de servir a la razón y servir a los sentidos, pues ambos se excluyen mutuamente.
Los escritos del joven Hegel relacionan el pecado con el vicio, el no apuntar al blanco que es la virtud. Para ello se deben desechar los mandamientos de los hombres y las invenciones que ellos han agregado a la ley moral, con lo que el filósofo lanza un ataque directo a las doctrinas eclesiásticas institucionalizadas en favor de la subjetividad: “Este conflicto entre vicio y virtud, entre el sometimiento a las opiniones y a las costumbres de la fe que son establecidas en las cabezas y corazones de los hombres, y el retorno al renovado servicio de la razón, restaurada en sus derechos, dividirá amigos e familias. La razón debe ser apegada a la Ley moral en sí misma, sin la interferencia de un poder externo.
El desarrollo de la virtud también debe dejar de lado el interés propio. El amor a la riqueza es un obstáculo a la virtud, la cual “exige sacrificio, el amor por la riqueza exige siempre nuevas ganancias”. La tendencia al interés de las riquezas es abolida por la ética que entrega la Ley moral de Dios, “que manda el deber y que le ha concedido (al hombre) alcanzar el predominio sobre el interés propio”
“Ustedes saben que el deseo de dominio es una pasión muy seductora y muy difundida entre los hombres: Esta es extrínseca en las anchas y angostos caminos de la vida. ¡Que sea prohibida en vuestra sociedad!. Consideren vuestro precio el ser amables los unos con los otros, el darse servicios intercambiables, el objetivo de la vida no ha sido nunca aquel de mandar sobre los demás, sino que servir a la humanidad y de sacrificar la vida misma por ella”.
Las palabras del Jesús hegeliano consolidan el rol de la virtud moral que debe animar al hombre en la sociedad y que es entregada por la razón, la que en las obras posteriores de Hegel será el “espíritu universal”, al cual uno se acerca a través de la misma virtud:
“Tu llamada de formar a los hombres en la virtud la he seguido, la he puesta en tus manos. Que puedan cumplirla ellos de su parte. Que eduquen amigos a los cuales no doblen más las rodillas delante a ningún ídolo, que no hagan de ninguna palabra, de ningún dogma de fe el fundamento de la unión de ellos, pero que sea la virtud el aproximarte a ti santísimo!”.
Con esto el joven Hegel trata de racionalizar la fe, transformando la salvación puramente teológica en el desarrollo de la virtud para lograr una mejor sociedad.

domingo, 9 de junio de 2013

El utilitarismo económico detrás de la estrategia del terror en el discurso hegemónico chileno



Nuevamente la derecha en Chile recurre a la estrategia de la campaña del terror discursivo en materia económica, dando a entender que las propuestas para restructurar el modelo económico están ahuyentando a la inversión extranjera en el país, lo que constituye el mejor ejemplo de lógica utilitarista que se esconde en el tipo de pensamiento económico que sostiene este bloque político-social.
Uno de los rasgos del utilitarismo es su planteamiento ético y moral de que el principio de utilidad busca la felicidad del mayor número de personas y el espacio para que se desarrolle este objetivo es el libre mercado.
Puestas así las cosas se plantea la necesidad de privilegiar el aspecto cuantitativo por sobre el cualitativo, como una forma de conseguir la felicidad para la mayoría de la población. De ahí que el fundamento moral sea el acceso al empleo per se y no por su calidad. Que haya empleo por tautología y nada más, si son precarios no importan porque el razonamiento es que es mejor estar empleado que sin trabajo. La felicidad se reduce a esto: Es más hedonístico este fin en vez que estar desocupado; se pasa mejor la vida con un empleo precario, en vez de no tener nada.
Lo mismo sucede en el caso de la educación superior, en que la lógica utilitarista indica que la prioridad es el aumento de la cobertura a través de la matrículas, por sobre la calidad que se imparte en las salas de las universidades privadas.
También se experimenta esta lógica en el ámbito de la previsión social y la salud, donde las irregularidades y asimetrías de información en perjuicio de los usuarios es considerado algo secundario, un sacrificio que deben realizar frente a un sistema que es más “útil” que los anteriores (esto es, el principio de utilidad), con lo que primero se define “lo bueno” y “lo malo” antes de precisar al fin al cual se apunta.
En el utilitarismo está implícita la idea de que todo sirve, no importando si se beneficia al individuo o a la comunidad, siempre y cuando se alcance la felicidad, aunque esta se relacione con el acceso al consumo hedonista y con los índices de satisfacción cuantitativa.
La felicidad, según el utilitarismo económico, se da con la configuración de ciertas condiciones, como el crecimiento económico per se, para lo cual debe existir inversión, ya que –sin esta- es imposible crear más capital y, por ende, empleo. Este consecuencialismo es un ingrediente esencial del utilitarismo de regla: Una acción (la inversión) lleva a la felicidad, porque es buena por tautología.
Aquí se inscribe el objeto del discurso del Ministro de Hacienda, Felipe Larraín, de afirmar que su deber es “decir la verdad”, en cuanto a que propuestas alternativas al actual modelo económico, como Asamblea Constituyente, AFP estatal y reforma tributaria, ahuyentan la inversión y la estabilidad, por lo que son consideradas –en esta lógica- como algo contrario a la consecución de la felicidad para la mayoría de las personas, la cual está viene preestablecida por el utilitarismo de regla, que comprueba su calificación de ser “bueno”, porque los “hechos así lo demuestran”, con lo que se da paso al utilitarismo de acto, que mencionaba John Stuart Mills.
El utilitarismo económico se une umbilicalmente con el concepto de eficiencia productiva, con la maximización de las utilidades, como sistema. Para ello requiere de un opuesto para desarrollarse, el que se identifica como los anteriores modos de producción estatistas y colectivistas que no entregaban la felicidad para la mayoría de los individuos. Por eso se plantea la idea de que en el socialismo “todos son igualmente pobres”, lo que se considera como algo alejado de la consecución de la satisfacción y felicidad.
Al otro lado del espectro, también es posible encontrar lo que podemos denominar como el utilitarismo marxista, en que el pretendido “reino de la felicidad”, que implicaría la consecución de la sociedad comunista se debe lograr a cualquier costo, sin importar los medios para alcanzar este fin y eso es lo que vimos en las experiencias socialistas del siglo XX que aún persiste en algunos países.
El principio de utilidad también está sujeto a la ética del mal menor, en que se busca el menor impacto negativo de una acción. ¿Qué importa si la mayoría de los pensionados tengan pensiones bajas, si el sistema de AFP es probadamente mejor al que funcionaba antes?;¿Qué importa si las empresas transnacionales tengan mecanismo de elusión tributaria y paguen pocos impuestos de acuerdo a su producción, si al final generan inversión y empleo?; ¿Qué importa si un segmento de la fuerza laboral tenga una seguridad social precaria, si al final trabajan?. Esto son algunos ejemplos de la gravitación del pensamiento utilitarista que se ha tomado el campo económico en Chile.