viernes, 30 de abril de 2010

La masificación de los juegos de azar en un país que “apuesta” al desarrollo


Se habla hasta por los codos acerca de la sociedad del consumo en la cual està inmersa Chile desde la implantaciòn forzada del modelo econòmico de ortodoxia monetarista en 1975 (con la primera polìtica-econòmica de “shock”). Sin embargo, muchos no pueden reconocer los mecanismo mediante los cuales se manifiestan las pulsiones del consumo en un paìs que presenta un alto contenido aspiracional en materia econòmica y simbòlica.

Descripciones de este tema abundan en la obra de Tomàs Moulian “Chile actual: Anatomìa de un mito” (1996) o en “El consumo me consume” (1997), donde se establecen aproximaciones clasificatorias acerca del consumo compulsivo en el paìs. No obstante, con el paso del tiempo, estas tipologìas tienden a dejar de lado otro fenòmeno participante dentro del complejo proceso de transformaciones culturales vividas en el paìs desde los anos ochenta: La influencia de la industria de los juegos de azar en la poblaciòn. Efectivamente, el impulso primordial que lleva a las personas al hecho de apostar està estrechamente ligado al deseo de tener o, mejor dicho, de aspirar a poseer “cosas” que aùn no forman parte real de sus propiedades. Esta es la eterna idealizaciòn, el interminable camino de la abstracciòn de una sociedad que aspira al desarrollo, pero incapaz de crear un correlato de integraciòn social para alcanzar este objetivo, razòn por la cual tiende a mirar el camino fàcil, la inmediatez del acceso al dinero como la ùltima finalidad.

Ya en 1982 encontramos las primeras advertencias respecto a los efectos culturales de la masificaciòn de los juegos de azar: “Pareciera que la vida se vuelve una apuesta para quienes fueron desposeìdos de su praxis y sometidos al libre juego del mercado: si es el azar quien gobierna el mundo, es racional jugar al azar. Hay algo de astucia infantil en dejarse enganar por las pequenas promesas del juego con el propòsito de enganar a su vez a las leyes estrictas del mercado. En lugar de pensar en la acciòn mancomunada se tiende a buscar la salvaciòn en algùn acto de gracia. Cuando el sacrificio diario se revela gratuito, se busca la justicia en el premio. El premio podrìa ser una buena cantidad de dinero que cambie la situaciòn personal, pero tambièn puede ser un sìmbolo: todas aquellas promesas publicitarias vendidas al detalle por las cuales se accede en cuotas al mundo feliz” .

La liberalizaciòn del mercado supone un nuevo campo de juego: Se disminuyen las garantìas ofrecidas por el Estado como el garante de derechos y servicios bàsicos a costa de un sector privado que basa su visiòn de mundo en la rentabilidad, mientras que las condiciones de desarrollo quedan a disposiciòn del azar, o de aquèlla mano invisible atribuìda a las libres capacidades del individuo. Desde esta lògica debemos comprender la consolidaciòn de la industria de los juegos de azar en Chile, la cual promete no dar marcha atràs, debido al florecido mercado que ha encontrado a partir de las concuspicencias que se desarrollan en un modelo antropològico determinado el imaginario de la liberalizaciòn de las ganancias privadas por sobre la regulaciòn de los desequilibrios individuales y sociales.

Podemos comenzar con datos “duros”. De acuerdo a la subgerencia de Investigación y Desarrollo de Polla Chilena de Beneficencia, actualmente existen cerca de 5. 170.000 jugadores regulares a lo largo del paìs. O sea, entre el 35% y 50% de la poblaciòn recurre a esta especie de ritual cultural compulsivo-obsesivo para intentar “cambiar la suerte”, “asegurar la vida”, “tener un golpe de suerte”, etc. No es raro entonces, que las ventas de Polla y Lotería de Concepción –el duopolio autorizado legalmente para administrar juegos de azar nacionales- sean en torno a 310 millones de dólares ($ 166.110 millones), lo que muestra un promedio de $14.000 millones destinados mensualmente a esta industria por parte de los jugadores-consumidores. Tampoco es raro apreciar còmo estos dos actores del mercado de juegos tengan una escondida guerra contra los traga monedas que han surgido en miles de locales comerciales a lo largo del paìs, debido a la competencia desleal que observan en cuanto a que se encuentran exentos de pagar impuestos.

Y es que la legitimaciòn de los juegos de azar encuentra en el Estado un factor preponderante en el incentivo de estas actividades, bajo la justificaciòn de aumentar la recaudaciòn tributaria y el fomento al turismo. Es asì como debemos comprender la irrupciòn de quince Casinos de juego en las regiones del paìs que constituyen uno de los mejores ejemplos de descentralizaciòn...en materia de juegos de azar. De acuerdo a los datos de la Superintendencia de Casinos de Juego, mensualmente ingresa un promedio de US$ 25 millones a las arcas del sector, donde cada chileno gasta un promedio de $27.600 (US$ 40), o sea unos US$ 480 anuales. Una cifra cercana al promedio de los sueldos en el paìs, con lo cual un chileno apostadoro asiduo a este tipo de juegos destinarìa un mes de sueldo a estas actividades.

El principal problema es que no se han considerado las llamadas externalidades negativas de estas dinàmicas, como la ludopatìa. El ludòpata es funcional al sistema econòmico liberalizador in extremis donde el juego està legalizado en la lògica del consumo y es facilitado por una red de marketing que promociona el acceso a esta “industria del ocio”, generando una retroalimentaciòn con los potenciales ludòpatas que deben enfrentar una adicciòn alimentada por el mercado y amparada por el Poder pùblico. Tal como los otros tipos de adicciones que producen externalidades sociales negativas (alcoholismo, tabaquismo, drogadicciòn, etc.), los juegos de azar presentan serios impedimentos para ser extraìdos de raìz, debido a los intereses econòmicos establecidos.

Asì, la dicotomìa entre rentabilidad econòmica-rentabilidad social es hegemonizada por la primera puesto que la presencia de grandes casinos està acentuando la precarizaciòn de las pequenas actividades comerciales en las zonas donde èstos operan, especialmente en la pequenas y microempresas, que no pueden enfrentarse a la competencia impuesta por esta nueva industria del ocio. La promesa de crear màs empleos es neutra pues como se generan al interior de los casinos, tambièn se pierden en los entornos econòmicos que deben cesar sus actividades.

Pero existe una problemàtica màs capilar en las consecuencias que conlleva una oferta masiva de juegos de azar: Su pràctica sostenida del lleva a los ciudadanos-apostadores a incrementar el espìritu de competencia que, segùn la teorìa ultra liberalista, duerme en cada uno de nosotros. Bien concuerdan los psiquiatras que el ludòpata es funcional al sistema econòmico. En este sentido, una gènesis aproximativa entre el mercado y los juegos de azar nos la entrega uno de los padres de la ortodoxia liberal-monetarista, F. Hayeck. Segùn su doctrina, la sociedad capitalista en su versiòn neoliberal es la màs perfecta debido a que nace del azar, sin ninguna premeditaciòn, justo en el momento en que los individuos inician el juego competitivo. Como esta teorìa està basada en el darwinismo social, los màs competitivos obtendràn, por el azar, resultados màs exitosos, logrando sobervivir en el mercado. Ello llevarà a los demàs individuos a imitar los comportamientos competitivos. En otras palabras, la idea es: “Si este tipo logrò hacer dinero, yo tambièn puedo probar”.

Justamente, la teorìa del juego nos habla acerca del perfil del jugador que poco a poco le asigna menos importancia al hecho de obtener ganancias econòmicas a costa de conseguir mayores espacios para el sentmiento de la competencia màs puro. Ahora la màxima serìa: “Le mostrarè quièn es el mejor”. La sofisticaciòn en la cultura del juego plantea la superaciòn del deseo de ganar dinero, pasando al deseo del reconocimiento. Como vemos, la fuerza motriz del individuo -en estos casos- se orienta mediante la administraciòn de las inseguridades e incertezas generadas por las presiones econòmicas, las cuales encuentran una alternativa en el juego de azar.

La retralimentaciòn de estas dinàmicas se genera q partir de los mensajes subliminales primarios que se esconden en los slogans publicitarios construìdos por la filosofìa del marketing, uno de los bienes intangibles y no transables que coadyuvan a determinar una parte de la realidad a millones de chilenos. En este sentido, el marketing de los juegos legalizados se abre camino peor que una placa subterrànea: Su lògica expansiva ha diversificado la oferta de productos a travès del formato “raspe y gane” con anzuelos como la entrega inmediata de $ 100 millones en premios o de sueldos mensuales de hasta $ 500 mil por todo un ano.

Para un ciudadano inmerso en continuas dinàmicas intensificadoras de sus deseos inmediatos, como las necesidades econòmicas en un paìs en vìas de desarrollo, con un ingreso per càpita medio como Chile (US$10.000 nominal y US$ 14.600 por paridad de compra), no es difìcil caer en la voràgine de las supuestas “oportunidades” que plantea este tipo de dinàmicas del mercado. El apostador es un consumidor a todas luces y, por lo general, presenta una delgada lìnea de separaciòn entre la mesura y la impulsividad. Lo cierto es que el mercado, entendido como asignador de bienes pùblicos, ha levantado una cultura del juego instantàneo. Ya no es necesario reunir la mayor cantidad de cupones posibles con los datos personales para mandarlo a una casilla postal determinada y esperar a ser el ganador en un concurso por tòmbola, sino que sòlo se requiere comprar, raspar y ganar. Una trìada que es utilizada para aumentar las ventas de productos o promocionar nuevos servicios provenientes del sector privado. Tanto bancos como supermercados recurren a la lògica del “jugar y ganar” para obtener la preferencia de los usuarios (potenciales clientes) a cambio de participar en concursos por un departamento, automòviles o viajes. Las tècnicas de marketing tambièn han incluido el concepto del raspe y gane para promocionar sus productos, mediante supuestos descuentos o premios.

Lo cierto es que la ludopatìa se transforma en un bien intangible producto del marketing. La abstracciòn de la ganancia se asocia con la idea moderna de que la satisfacciòn, estabilidad y seguridad personal se construyen sobre la base del dinero. Esto es lo que se conoce como “ilusiòn de control”, en el cual el apostador piensa que sus elecciones (un nùmero X o un par de partidos de la polla gol) son controlables o, al menos, podrìan influenciar los resultados finales de un juego. El tipo de ilusiòn tambièn es funcional a la idea de doblarle la mano a las condiciones impuestas por el modelo econòmico y la divisiòn del trabajo que implica. Ello no es màs que una consecuencia del pensamiento egocèntrico que caracteriza al hombre y que està directamente asociado a la potencial competitividad que sustenta la ortodoxia liberalista. El egoìsmo pasa a jugar un papel fundamental, ya que la pulsiòn por los juegos de azar en algunos ciudadanos activa otros mecanismos de justificaciòn a una pràctica que anteriormente presentaba una menor aceptaciòn social: Los compradores de loterìa, Kino, Loto y/o raspe y gane, asì como los asiduos a los casinos de juego, suelen decir a los demàs “si gano un premio gordo, pongo una parte de esto a un hogar de ninos o ayudo a alguien”. Con ello se esconden bajo la alfombra las eventuales crìticas de rechazo por parte de los demàas hacia la conducta de los usuarios permamentes de estos juegos.

Un relato paralelo a este fenòmeno es la premisa del riesgo en la sociedad, implìcita en la industria de los juegos de azar, que tambièn se desarrolla por canales màs legitimizados. De hecho, la inversiòn en la Bolsa de Valores y en los mùltiples instrumentos de inversiòn individual para el futuro viene a ser otra expresiòn del juego de azar, pero màs racionalizado a la hora de analizar las decisiones, aunque el nùcleo duro se mantiene: aumentar las ganancias personales a travès del riesgo de las alternativas a elegir. Puestas asì las cosas, no es raro que se genere confusiòn entre planos tan distintos como la oferta de nuevos instrumentos de inversiòn a futuro para la ciudadanìa, que se sustentan en anàlisis racionalmente elaborados, y los juegoas de azar que tambièn implican un riesgo en funciòn de la ganancia-pèrdida.

El hecho concreto de superar una situaciòn de riesgo -como es acertar los nùmeros, ganar dinero en efectivo por un juego determinado, comprar y/o vender acciones, etc.- acarrea una nueva serie de procesos empìricos en el individuo; desde cambiar la vida a partir de la fortuna econòmica, el mero gozo del triunfo y el reconomiento de los demàs, hasta el control del futuro personal y una autonomìa plena de las exigencias laborales y de otras necesidades. En otras palabras, se refuerza la autoilusiòn de escapar del “reino de la necesidad”, advertido por Hegel. Y aquì se produce el mayor conflicto: la disminuciòn de una visiòn ètica del trabajo que en Chile està màas determinada por nuestra cultura latina cortoplacista.

Considerando que Chile encabeza la lista de los paìses de la regiòn con mayores enfermedades mentales y trastornos de la personalidad, la masificaciòn de los juegos de azar promete aumentar dichas tasas, sin la debida protecciòn del Estado por la prevenciòn de la salud pùblica y la calidad de vida de los ciudadanos que son susceptibles de caer en la alienante voràgine de la ludopatìa. Y aquì surge otro conflicto: La preocupante incapacidad de un segmento de la poblaciòn de asumir sus responsabilidades individual para enfrentar los embates de la industria lùdica.

Y es que, contrariamente, a lo que algunos deseen pensar, la causa de la adicciòn patològica a los juegos de azar no responde exclusivamente a las dificultades económicas por las que atraviesa una sociedad en crisis, sino que apuntan predominantemente al factor de las características personales y estados de angustia, depresión, soledad, entre otros. Estos tipos de perfil presentan una mayor predisposiciòn a los incentivos de la industria, particularmente debido a que tienden a justificar aquello que les sucede preminentemente desde explicaciones externas: “los problemas que tengo son culpa de los demàs, me accidentè por mala suerte, me echaron del trabajo por envidia, en este paìs es imposible vivir, algùn dìa le darè el palo al gato (tener golpe de fortuna), etc”. La extrema justificaciòn externa en las decisiones internas del individuo, de acuerdo a los especialistas, aumenta las posibilidades de conectar con la dinàmica de los juegos, ya que se priorizan los aspectos emocionales de la propia realidad frente a objetos externos. Asì, el sujeto, a la hora de comprar un loto, raspe y gane o entrar a un casino, piensa que sus probabilidades de ganar superan a las de una eventual pèrdida.

Que los niveles de alienaciòn social se incrementen con el desarrollo de la industria del juego de azar es una perogrullada, al igual que hablar del dèficit regulatorio de las autoridades pùblicas para evitar nuevas externalidades negativas en un paìs que tambièn apuesta a ser desarrollado. Sin embargo, la nociòn de riesgo que implica toda apuesta ha acentùado sobre la base del miedo a perder el trabajo o de no alcanzar una situaciòn econòmica suficiente para mantener las necesidades de cada uno. Dichas expectativas son explotadas por el discurso del èxito inmediato que apela el marketing del juego, en el cual el camino corto para alcanzar el dinero es la mejor arma retòrica para reproducir este nuevo aspecto de la cultura del desarrollo chileno.

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