lunes, 13 de marzo de 2017

Claves Weberianas para comprender el rechazo a la figura del "político profesional"

La crisis permanente que afecta a los grupos dirigentes de la sociedad política en occidente desde fines del siglo XIX forma parte, a grandes rasgos, del proceso de imbricación entre la acción estatal y el proceso económico hegemonizado por grupos de presión que siguen ensanchando la brecha entre los intereses de la sociedad política y la sociedad civil, donde se desprenden fenómenos sociopolíticos que interaccionan entre sí, como la autoreferencialidad, corporativismo, capitalismo entre amigos (crony) y la topocracia (gobierno de redes cerradas).
Max Weber entrega uno de los primeros análisis sobre la forma de hacer política contemporánea en su obra "El político profesional", también conocida como "La política como profesión" donde señala que esta figura tiene múltiples rasgos y distinciones a partir de la conformación del Estado moderno que entraña un proceso permanente de disputa de poder para la mantención del monopolio de la fuerza por parte de un grupo de personas. Es así como en este escenario se destaca al político que vive "de" y el que vive "para" la política. En el primer caso están las personas que ingresan a esta actividad con el objetivo de tener ingresos constantes, con lo cual -según Weber- "puede ser un simple "prebendado" o bien un "funcionario" asalariado. En el segundo caso están las personas que hacen su vida en torno a la política sobre la base de ideales, opciones éticas o convencimientos internos. Ambos casos deben tener una remuneración plantea Weber, aunque es posible reconocer que en esta dualidad la vivencia "para" la política ha sido subsumida, absorbida por la vivencia "de" la política, siendo este un objeto de crítica que se plantea desde la sociedad civil, la cual se puede sintetizar con la máxima de que los políticos honestos "ya no existen" o, en otras palabras, de que la ética fue borrada por el afán de los intereses personales de enriquecimiento por parte de quienes conforman la clase política.
En esta línea Weber reconoce este tipo de comportamiento que es absorbido por el campo de intereses económicos: "El político profesional o bien recibe ingresos procedentes de concesiones y regalías por servicios determinados -propinas, coimas y sobornos apenas son una variante irregular y formalmente ilegal de esta clase de remuneraciones-, o bien recibe ingresos fijos en especie, un salario en dinero, o ambas cosas a la vez. El político profesional puede tomar el carácter del "empresario", como en el caso del condottiero o del arrendatario o del antiguo comprador de un cargo, o como en el caso actual del cacique "político" norteamericano, que encara sus gastos y costos como una inversión de capital de la que extraerá beneficios a través de sus influencias", explica el sociólogo alemán.
Podemos ver entonces que hay un interés desde el mismo político profesional para asegurarse sus ingresos personales, considerando su actividad como una constante inversión que lo beneficie a él, su familia y a un círculo de personas cercanas que abre camino a un sujeto de poder que oferte o demande de él ciertas concesiones administrativas en función de sus propios intereses, dando lugar a fenómenos como el tráfico de influencias, prebendas u otro tipo de corrupciones, detrás de las cuales está el factor del poder económico que requiere de la ayuda del cuadro administrativo del Estado para su expansión.
Esta clasificación del político profesional en América Latina muestra su mejor ejemplo a partir de los cuadros de dirigentes que surgieron al alero de las llamadas oligarquías que fueron moldeando el sistema de partidos en la región, donde tampoco fueron inmunes otras formas de explosiones político-institucionales, como revoluciones o golpes de Estado, en que también se fue configurando una burocracia sujeta al poder establecido, creando una burocracia planificadora en relación directa con el aparato estatal o el gran empresariado, con lo que poco a poco pasó a formar una nomenclatura opuesta a la sociedad civil.
Ha pasado casi un siglo desde este trabajo de Weber y la descripción de la función de los políticos mantiene su patrones identitarios: "En la actualidad los jefes de los partidos políticos retribuyen la lealtad en los servicios con toda clase de cargos: en los partidos, en periódicos, en cooperativas, en cajas de Seguro, en municipalidades y en el gobierna del Estado. Además de un fin objetivo, las luchas partidarias persiguen principalmente el control del reparto de los cargos".
Para Weber la empresa del sistema de partidos es una empresa de grupos de interés que provoca la necesidad de contar con individuos preparados "para la lucha por el poder y estudio de los métodos para esa lucha por parte de los partidos políticos modernos". Esto -agrega- "determinó la división de los funcionarios públicos en dos categorías diferentes, aunque no rígidamente separadas: por una parte funcionarios "profesionales" y por la otra funcionarios "políticos".
En su conferencia sobre "El político y el científico" el pensador alemán prosigue su análisis de la función del político, destacando el elemento no desdeñable que tiene la vanidad, como un factor propulsor de la brecha que separa al político de los gobernados: "La conciencia de tener una influencia sobre los hombres, de participar en el poder sobre ellos y, sobre todo, el sentimiento de manejar los hilos de acontecimientos históricos importantes; elevan al político profesional, incluso al que ocupa posiciones formalmente modestas, por encima de lo cotidiano. La cuestión que entonces se le plantea es la de cuáles son las cualidades que le permitirían estar a la altura de ese poder (por pequeño que sea en su caso concreto) y de la responsabilidad que sobre él arroja. Con esto entramos ya en el terreno de la ética, pues es a ésta a la que corresponde determinar qué clase de hombre hay que ser para tener derecho a poner la mano en la rueda de la historia".
Otro elemento que muestra Max Weber y que  y cuyo dinamismo persiste en las sociedades políticas actuales es el rol que cumple la figura de "el boss", el empresario "político capitalista" encargado de armar y gestionar redes de financiamiento que influyan en la captación de votos, siendo piedra angular en la organización de un partido político, puesto que es la fuente de recursos financieros importantes para financiar campañas, como se ha visto recientemente en Chile, con el destape de las relaciones entre grupos económicos y colectividades políticas a nivel hegemónico. El ejemplo del grupo económico Penta y de la empresa Soquimich que entregaron recursos transversalmente a los partidos de los dos bloques hegemónicos en Chile tuvo la participación de estos empresarios político-capitalistas que menciona Weber como operadores, en un rol que también incluye a los encargados de los partidos políticos de conseguir estos recursos.
"Todo aquel que pretende infringir, sin ser castigado, alguna de las muchas leyes, necesita la connivencia del boss y debe pagar por ella, de lo contrario le esperan consecuencias muy desagradables. Pese a todo, estos medios no son suficientes para completar los fondos reunidos por la empresa. El boss se hace asimismo indispensable como perceptor de las sumas de dinero procedentes de los grandes magnates financieros, que sólo a él entregan, ya que, tratándose de fines electorales, en absoluto habrían de confiarlas a ningún funcionario a sueldo ni a persona alguna que esté obligado a rendir cuentas públicamente. El boss, que se caracteriza por su máxima discreción en lo relativo al dinero, es por antonomasia el hombre que se mueve en los círculos capitalistas que financian las elecciones. El típico boss no es sino un sujeto totalmente gris, al que no le interesa el prestigio social; por el contrario, en la alta sociedad resulta despreciable este profesional. Su objetivo es sólo el poder mediante el cual obtener el dinero, aunque también por el poder mismo. A la inversa del leader inglés, el boss norteamericano actúa en la sombra. Es muy raro que se deje oír; podrá sugerir al orador lo que debe decir, pero él guarda silencio", señala Weber en su análisis.
Este tipo de prácticas es la que ha ensanchado la brecha entre la lógica de la sociedad política y la sociedad civil, pues esta última rechaza abiertamente este tejido de poder que se arma y que no responde a las demandas de los gobernados, aunque Weber advierte que este desprestigio civil no provoca mayores efectos en el actuar de la figura del empresario político-capitalista: El boss está desprovisto de principios políticos definidos, carece de convicciones; a él sólo le interesa la forma en que puede obtener los votos. Tampoco es raro que se trate de un individuo sin cultura, pero correcto e irreprochable en su vida privada. Tan sólo, por lo que se refiere a la política, su ética se acomoda a la moral media de la actividad que rige en su momento, a semejanza de lo que muchos de los nuestros hicieron en épocas de acaparamiento. Le tiene sin cuidado ser despreciado en sociedad como profesional, es decir como político de profesión".
La relación práctica de la ética es uno de los ejes centrales entre los intereses de la sociedad civil y la sociedad política, en que se debe reconocer que no existe una sola ética en la interacción con los gobernados, especialmente si la visión de estos no es considerada por quienes ejercen la práctica política, lo cual no se agota en la mera representación formal que supone la elección de representantes en el Poder Legislativo.
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