martes, 22 de agosto de 2017

Los aeronautas del espíritu, según Nietzsche en Aurora

"Aurora" es la obra en que Nietzsche inicia con mayor profundidad lo que llama como una "campaña contra la moral", siguiendo los trazos planteados en "Humano, demasiado humano" y en "El caminante y su sombra", en que plantea cómo los "espíritus libres" deben enfrentarse a las creencias que han dado lugar a lo que se conoce como el bien y el mal, a partir un sistema moral de sometimiento que estructura una forma preconcebida de pensar y actuar en los hombres. 
La moral la ve como el terreno en que se ha dado el sometimiento, por lo que se requiere de la "filosofía de la mañana", la aurora de otro conocimiento y práctica emancipadora: "nunca se ha cuestionado a fondo los conceptos de bien y de mal; entonces, el tema era muy peligroso. La conciencia, la reputación, el infierno y hasta la policía no permitía -ni permiten- que se sea imparcial en este punto. Ante la moral, como ante cualquier autoridad, no está permitido reflexionar, y mucho menos habar. No hay más que obedecer. Desde que el mundo es mundo, ninguna autoridad ha consentido ser objeto de crítica. ¿Acaso no se ha considerado que es inmoral criticar la moral, cuestionarla, ver en ela un problema?".
En la seducción que entusiasma Nietzsche ve el poder esencial de la moral como una relación persuasiva mediante la palabra que se convierte en razón, en cuya confianza se esconde un fenómeno moral que se materializa en el cristianismo, el romanticismo, el idealismo, el refinamiento artístico y el patriotismo. A su juicio, lo que es sinrazón se ha transformado en razón con el paso del tiempo, lo que Nietzsche explica en otras palabras con la idea de que "la moral no es otra cosa (en consecuencia, es antes que nada) que la obediencia a las costumbres, cualquiera que sean, y éstas no son más que la forma tradicional de comportarse y de valorar".
El constructo de la moral supone depender de un uso establecido, del obedecimiento, de la sujeción a la tradición, en que la individualidad no es considerada, lo que lleva a ser inmoral a quien no se sujeta a las reglas, al desacostumbrado, al imprevisible, al libre. El no someterse es equiparado a la categorización de lo malo, a lo disfuncional a los ojos de la autoridad de la tradición y su coacción constante.
Ser inmoral es asociado con la anormalidad, con la locura, con la criminalidad. La moralidad se instala como base de dominio, de sometimiento, de control social, lo que será abordado también con Foucault en su obra sobre la historia de la locura, a partir de los postulados de Nietzsche, quien ve a la locura como "la que ha abierto el camino a las nuevas ideas, la que ha roto la barrera de una costumbre o de una superstición venerada". Respecto a la criminalidad el pensador alemán también la ve como una víctima del constructo moral-costumbres: "Hay que rectificar las muchas calumnias que recayeron sobre los que violaron con sus acciones la autoridad de una constumbre, y a los que, por lo general, se les ha llamado criminales. A todos los que han echado por tierra la ley moral establecida se les ha considerado malvados en un primer momento".
Por lo tanto, obrar moralmente tiene nada de moral, dice Nietzsche, refiriéndose a esta convencionalismo que produce el sometimiento a la moral, debido a la aceptación de creencias, "por el simple hecho de hacerlo así". Esto, en el análsis nietzscheano, es lo que ha dado pie a formas de pensamientos que producen sometimiento, por lo que es necesario cambiar la moral a través de las formas de razonamiento que manifiestan los hombres automáticamente mediante la tradición: "Niego, pues, la moral como niego la alquimia, pero el que niegue las hipótesis no supone que niegue la existencia de los alquimistas que las han creído y que se ha basado en ellas. Del mismo modo niego la moralidad, pero no niego que haya muchísimos hombres que se consideran inmorales; lo que niego es que exista una razón verdadera para que se consideren así. No niego, como es lógico (sería un insensato si lo hiciera), que sea oportuno evitar y combatir muchos actos de los que se consideran morales; pero creo que ambas cosas se deben hacer por razones distintas de las que se han seguido tradicionalmente. Es preciso que cambiemos nuestra forma de ver para que acabemos cambiando -aunque ya sea demasiado tarde- nuestra forma de pensar", asegura.
De lo que se trata para Nietzsche es de tener "aspiraciones" propias y no adquiridas frente a la apreciación de las cosas, a la visión de mundo, como un ingrediente fundamental emancipador, el cual es obstaculizado por el miedo, "porque nuestra prudencia nos hace aparentar que las tomamos por nuestras (las aspiraciones adquiridas), y nos acostumbramos a esta idea, de forma que acaba convirtiéndose en una segunda naturaleza".  El sometimiento a esta segunda naturaleza la podemos identificar en los convencionalismos nacidos de la tradición, los cuales también se producen por la formación de preceptos morales que, a su vez, obstaculizan y dificultan la felicidad individual, subjetiva, pues esta -según Nietzsche- "tiene leyes que nadie conoce".
Este tipo de superficialidad lo advierte además en lo que llamamos libertad, la cual se mantiene en una nivel superficial, flotando en los mares de la abstracción proveniente de las ideas: "El carácter superficial y sumamente contentadizo de la inteligencia no puede comprender que exista una auténtica necesidad, y se siente superior a ella: está orgullosa de ser más poderosa, de correr más deprisa, de llegar en un momento a la meta. Esta es la razón de que, frente al reino de la acción, de la volición y de la vida, el reino de las ideas aparezca como el reino de la libertad, pese a que, como ya he dicho, no es más que el reino de la superficialidad y de lo contentadizo".
El acto discrepante como una necesidad vital es entonces un elemento fundamental en el nuevo pensamiento y forma de actuar de los hombres que debe desligarse de los políticamente correcto en su sentido amplio, mas bien entendido como "obrar en alguna ocasión contra lo que se piensa", para un espíritu libre, provocando comportamientos convencionalizados que son aprobados por el mundo.
La sujeción a las concepciones sociales del bien y del mal generan falta de independencia e incentivan los prejuicios, además de poner presión al librepensamiento, mediante lo que convencionalmente se designa como la mala conciencia. Así, toda autonomía, independencia y postura libre de prejuicio respecto al mundo no sólo es considerada como anormal, disfuncional o inmoral, sino que también como malvada, lo que lleva a Nietzsche a afirmar que el siglo XX se centraría en torno a esta dicotomía, en que todo el mundo llevaría una fusil al hombre: "Por lo menos, habría una corriente de opinión que estaría (y lo está) recordando constantemente recordando que no existe una moral absoluta y exclusiva, y que toda moral que se afirma excluyendo a todas las demás destruye muchas fuerzas vivas y hace pagar un precios muy caro a la humanidad". Gran parte de las discusiones valóricas en las sociedades de estos tiempos responden a este tipo de dicotomía.
Seguir la pauta dictada por los actos morales convencionalizados esconden el "instinto social del miedo", cuyo principio es "despojar a la vida del carácter peligroso que tuvo en otros tiempos", lo que ubica a la sensación de seguridad bajo la sombra de la idea del bien. La llamada enajenación moral del genio es descrita por Nietzsche como el momento en que los hombres pierden el elemento de la genialidad, dando paso al miedo, "en que no nos comprendemos a nosotros mismos; todo lo que hemos vivido y hasta lo que no hemos vivido nos hace padecer", lo que lleva al filósofo a sostener que "las tres cuartas partes del mal que se hace en el mundo se debe al miedo; y el miedo es, ante todo, un fenómeno fisiológico".
Ante esto la aurora de un nuevo amanecer Nietzsche la ve en la capacidad constante y sin detenimiento de cambiar en los hombres, a los que denomina como "aeronautas del espíritu": "Dónde queremos ir? ¿Queremos atravesar el mar? 'Adónde nos arrastra esta pasión poderosa, que supera a toda otra pasión? ¿A qué viene ese vuelo desesperado hacia el punto donde hasta ahora todos los soles han declinado y se han extinguido? Puede que un día se diga de nosotros que echamos a navegar hacia el oeste esperando llegar a unas Indias desconocidas, pero nuestro destino era naufragar en el infinito".
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