martes, 26 de diciembre de 2017

El tipo ideal del mercado como bien público versus el poder corporativo privado

El mercado entendido como bien público es una tesis universalista del liberalismo clásico, que plantea como el punto de partida la cooperación social, la cual no surge del contrato de sujeción de la teoría hobbesiana del Leviatán estatal, sino que del intercambio económico no deliberado.
Al interior de esta corriente ha surgido la tesis que el mercado es un bien público, lo cual es acertado como un punto de partida para entender los intercambios materiales y simbólicos que se generan entre los hombres. El intercambio de intersubjetividades es una concepto ancla en este sentido, para comprender al mercado desde un punto de vista amplio en la vida individual y social del hombre. Sin embargo si esta tesis se ocupa para justificar la operatividad de un liberalismo que se reduce a lo económico, es posible encontrar más de una objeción, si es que se considera una perspectiva histórica del poder.
La tesis de algunas corrientes liberales definen al mercado como un bien público, siendo este la base de la cooperación social, parte de una noción de estructura moral, desde la cual se genera confianza entre los individuos. El hablar de esto supone un intercambio de valores, de intersubjetividades, a través de las cuales se van desarrollando normas complejas de reciprocidad a través de acuerdos procedimentales, los cuales pueden ser voluntarios o no.
El intercambio como parte fundamental de la vida de los hombres, donde se promueven los intereses de cada uno de ellos de forma mutua y pacífica, con lo cual se establecen acuerdos y contratos, para satisfacer necesidades, es un elemento que reconoce esta tesis, pero que se manifestó en primeras instancias en la evolución de estas relaciones, pues hay un punto en que la construcción del mercado  pasó por acuerdos procedimentales mucho más complejos. La conducta primigenia del intercambio sobre la base voluntaria y mutua poco a poco incorporó otros elementos, como las conductas de reciprocidad complejas.
Es por eso que una visión del mercado en un sentido amplio y primigenio no considera otros elementos importantes en su configuración, como lo son el componente de la coacción y la violencia que no necesariamente nace del Estado, sino que del hombre contra el hombre. En otras palabras, el liberalismo clásico, que nace para limitar el poder de los soberanos en el Estado, se constituye para enfrentar la consecuencia (el Estado) de una serie de relaciones de dominio que se han configurado desde instancias particulares de poder.
El problema es que el liberalismo clásico trata de desmarcarse de la tesis hobbesiana del contrato de sujeción social para garantizar la armonía de intercambios entre los hombres, sin considerar que el mismo Leviatán también, a lo largo de la historia, ha sido capturado por otros grupos sociales que han trasladado sus intereses económicos particulares que se extendieron a la esfera de la soberanía pública por medio de la coacción.
Es decir, en resumidas cuentas, reducir la noción de mercado exclusivamente en torno al intercambio no es más que una adaptación al tipo ideal que el liberalismo buscar establecer en base a sus propios postulados, no importando que se dejen otros elementos de intersubjetividad, como veremos más adelante.
El no considerar los elementos negativos como el fraude, la coacción y la violencia dentro de la conformación del mercado es dejar de lado las relaciones de dominio que se fueron estableciendo entre los hombres. El libre intercambio y la dominación no se encuentran en veredes opuestas, como busca establecer el tipo ideal de mercado para el liberalismo clásico, puesto que es la conformación de un poder tangible, desde donde se producen los abusos de la libertad contractual, creando para ello formas de gobierno, en que el Estado va abriendo camino a la reproducción de ese dominio.
En este punto disentimos con la tesis del algunas vertientes liberales en cuanto a que "intercambio económico y estado no son lo mismo ni tampoco existe una relación causal directa entre ambos, en ningún sentido. En la historia humana, muchos gobiernos o formas de dominio han ido contra las dinámicas del intercambio libre, promoviendo la hostilidad, el fraude, el saqueo, la conquista y la piratería. Esto ha signicado el triste predominio de medios violentos de interacción social, en desmedro del desarrollo de formas pacíficas de interacción basada en la libre concurrencia". 
Es necesario decir que históricamente el Estado ha sido configurado, determinado por los intereses de ciertos grupos sociales que operan con un carácter privado para moldear un poder público, de acuerdo a sus propios intereses, con lo cual es manifiesta  una relación causal entre el intercambio económico y la figura estatal. Ciertos tipos de intercambios económicos han constituido fuertes formas de dominio, algunas de cuyas técnicas de gubernamentalización han sobrevivido o se han mezclado con otras, lo cual es soslayado por corrientes liberales más apegadas al economicismo, desde donde persiste la quimérica idea de que el Estado y formas de poder privado coexisten sin interrelacionarse. Por ejemplo, es posible encontrar formas de mercantilismo en concepciones actuales que dicen ser de libre mercado.
En este escenario también se encuentran las normas de conducta socioculturales que se instalan en los dominadores hacia las otros grupos de la sociedad, donde persisten formas de autoritarismo, corporativismo y conservadurismo dentro del marco en que se desenvuelve el mercado. Son estas manifestaciones las que también,  a través del uso de la herramienta estatal de coerción, han sepultado o dejado de lado otras formas privadas y voluntarias de organización económica, como el cooperativismo y el mutualismo.
En la tesis del mercado como un bien público se considera además un principio de reciprocidad, nacido como un producto del interés propio, que obliga a cooperar con el otro, lo cual es certero, aunque se debe admitir que, en la práctica, esta concepción amplia del mercado como cooperación también ha sido subsumida por los criterios de competencia, en que el más fuerte termina imponiéndose, reduciendo las opciones en la libertad de elegir y otras formas de empresarialidad.
La visión antropológica del mercado como bien público en el liberalismo es correcta como una deontología, pero no considera la fase de complejización que se fue desarrollando a partir de los intercambios, los cuales se fueron haciendo menos mutuos y más restrictivos pues comenzaron a intervenir otros poderes particulares, en que los dominadores se fueron convirtiendo en gobernadores, dando vida al Estado.
Efectivamente el dinamismo del intercambio económico favorece la evolución e innovación institucional constante, lo que ha derivado a reglas generales de interacción pacífica, pero no debemos omitir que estas condiciones han surgido, a su vez, de condiciones previas, como la guerra y la violencia sistemática periódica que se ha dado a través de la historia como una evidencia empírica.  Si bien, efectivamente, la lógica del intercambio a lo largo de la historia ha logrado reemplazar paulatinamente la violencia en favor de la concordia, lo cierto es que esto también responde a la existencia de una red institucional que ha favorecido los acuerdos a través de normas. Asimismo las lógicas de intercambio también deben ocuparse de otros efectos que se generan en la convivencia y choque de intersubjetividades, como lo es el factor de la violencia simbólica que se forma a través de las relaciones entre distintos grupos sociales en torno a las dinámicas del mercado.
Estas formas de relación también han supuesto la influencia de acuerdos procedimentales, por lo que es descartable el automatismo absoluto de un orden espontáneo. Un ejemplo de esto es la llamada política de libre comercio en la actualidad, la cual se construye mediante acuerdos entre Estados para abrir espacios de interacción al sector privado, donde no necesaria ni completamente prevalecen los intereses propios de cada individuo o grupos, ya que en estos avances contractuales hay beneficiados y perjudicados.
El consecuencialismo de esta tesis liberal se agota en la transición microfísica de los intercambios mutuos, con sus respectivas conductas de reciprocidad, que aguantan este tipo de relaciones libres hasta un nivel comunitario. Sin embargo el paso hacia el macro mercado, constituido como una institucionalidad construida desde lógicas de poder excluyentes, no es suficientemente abordado por estas tesis.
A nivel microeconómico es posible identificar mayores experiencias de reciprocidad, cooperación y solidaridad, donde surgen mayores niveles de confianza a partir del libre intercambio, pero al pasar a gran escala, aparece la intervención de poderes privados corporativos que tienden a disminuir la confianza, especialmente a través de asimetrías de información que perjudican a una de las partes. El fraude y el engaño también toman mayor forma en esta etapa de desarrollo del mercado, lo que entraba su funcionamiento.
La presencia de cláusulas abusivas, que están presentes en los contratos redactados por una de las partes y que no son negociados ni conversados entre las partes son otro elemento distorsionador de los mercados que terminan lesionando la confianza. Ante esto surge la capacidad de sanción en el mercado por parte de los demandantes que no se encuentran satisfechos por el intercambio, lo que pasa a formar parte de los aspectos procedimentales que se dan en torno al mercado.
Esto último nos lleva a plantear el tema de la intervención de un tercero (el Estado), para producir innovaciones institucionales y así solucionar estas distorsiones, lo que no necesariamente asegura una efectiva solución, puesto que las mismas dinámicas de mercado también pueden generar innovaciones institucionales que superen estas distorsiones y que pueden generar más cooperación social (o espontánea) que la intervención coaccionadora del aparato estatal (cooperación planificada).
Ante estas problemáticas que surgen a partir del mercado como un bien público, es menester aclarar que la visión genealógica del punto de partida de la cooperación social que supone el intercambio entre individuos también debe reconocer que es una suposición de estructura moral ideal, o de un tipo ideal (en palabras de Max Weber), por lo que esta visión debería ser considerada como un aporte como herramienta de análisis de la realidad social.
La noción del mercado como un bien público puede ser un argumento potente contra la intervención gubernamental y contra la intervención de poderes privados corporativos que también tienden a la coacción de las lógicas de intercambio, puesto que las asimetrías, ya sea de información y de acceso a recursos, también termina afectando a la cooperación espontánea del mercado en un sentido amplio. 
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