sábado, 27 de abril de 2013

La amplia analogía entre la praxis del marxismo con la religión


Incoherente resulta ver cómo el marxismo pretende partir por la crítica a la religión para iniciar el desmantelamiento de las alienaciones que aprisionan al hombre y a la sociedad. Y es que el llamado “socialismo científico” propagado por Marx tiene una enorme y alta sintonía con la estructura y rasgos del pensamiento y la práctica religiosa: Tendencia ineludible a la feligresía, ortodoxia teórica reduccionista -al estilo de los dogmas del catolicismo-, culto a la personalidad, fijación rígida a cierta literaturas, pretensiones moralizantes, filosofía del otro entendido como un contrario si no comparte el dogma, aparición de “renegados” o anatemas como los “renovados” creación de mitos y recurrencia a la martirología, entre otros muchos aspectos.
Todos estos aspectos confluyen en lo que M Podarowsky acertadamente ha denominado la “marxistización de la teología”, lo que también podría ser la “teologización del marxismo”. A nuestro juicio, esto se produce por la pretensión de cambio radical del hombre que buscó Marx, algo que la práctica teológica ha buscado con más siglos de anticipación.
El deseo de cambio ontológico es un imán para la humanidad y esa era la aspiración de Marx, por lo que buscó reemplazar el medio para lograr esto, desde la religión hasta el “socialismo marxista”, aunque no consideró que justamente la condición humana no desarrolla su libertad a partir de interpretaciones dogmáticas, tal como sucede con la religiosidad y con los intransigentes seguidores del marxismo. Quizás esto fue lo que llevó al mismo Marx a plantear, al final de su vida, que “lo único que sé es que no soy marxista”. En otras palabras, parece que el filósofo huía de lo que apreciaba como una incipiente alienación marxista, que posteriormente se profundizó con las décadas.
No por nada las críticas al trabajo de Marx, que hablan de su influencia talmúdica, en la analógica relación de la teoría del comunismo con el advenimiento mesiánico, constituyen una base sólida para conectar el fenómeno de la religiosidad y el contenido teórico y práctico del marxismo. El marxismo también se vive como una forma de vida interior que apunta al exterior. Su subjetividad se vive como un estilo de vida “consecuente”, como la idea de la santidad, mantenerse apartado del mundo o del capitalismo que lo domina.
Si existe un punto que conecte ambas esferas ese es el dogma. La verdad absoluta que plantea el marxismo guarda una similitud con el catolicismo europeo: Ambos utilizan un criterio reduccionista de la realidad, que busca explicar una solución para todas las esferas de la actividad humana.
La tendencia a la feligresía se verifica en el perfil de los autodenominados marxistas: La teoría de Marx es la verdad, sin lugar a dudas, porque es “científica”. La fe, la certeza de lo que se espera, es reemplazada por la filosofía materialista y su método dialéctico e histórico. Nada puede escapar de estos marcos, todo es explicable desde esta perspectiva y, si no se puede avanzar en ello, el objeto se desecha y es catalogado como una desviación o anatema.
La ortodoxia teórico reduccionista acomoda todos los objetos de la sociedad a un punto de vista y el marxismo clásico ha sido experto en autodefinirse como “la única herramienta de interpretación de la realidad”. El español Eduardo Trías ejercitó el reduccionismo de Marx a partir del concepto de mercancía, lo que efectivamente es la base para el determinismo economicista del marxismo respecto a la sociedad. Esta genealogía, que muchos de los feligreses de Marx no entienden, reduce la complejidad de las interacciones sociales al prisma teórico marxista y, de ahí, se revela su incapacidad para explicar fenómenos como el feminismo, el ambientalismo, la autonomía de la sociedad civil y la emergencia de organizaciones ciudadanas, a las que el marxismo menosprecia por no poder encasillarlas en su armado teórico.
En caso contrario, se cae en un análisis simplista y de sentido común de las realidades múltiples en que se mueven las sociedades. Otro ejemplo de reduccionismo sería intentar explicar los modelos de capitalismo de Estado como “socialismos”, tal como ocurrió con la experiencia soviética y en otras alrededor del mundo, donde los movimientos de liberación nacional fueron absorbidos y reemplazados por un discurso “socialista o comunista”. Un ejemplo de esto se da con la insistencia de catalogar como “revoluciones” a las rebeliones islámicas, cuando estas son movidas por la teocracia que plantea el Corán.
El culto a la personalidad es otro rasgo que acerca a la cultura del marxismo con la del catolicismo, una suerte de cultura popular de reconocimiento al líder, al personaje iluminador, el portador de la ilustración marxista, que se explica como una liberación. En el ex bloque soviético se vivió así en las formas culturales de América Latina lo demuestran también entre quienes se defienden a los rostros de la historia del marxismo local, como el Che Guevara, Allende, Castro y Chávez, como pontífices. La apologética entre el marxismo y el catolicismo calza. No hablaremos de la cantidad de monumentos creados por manos humanas a los líderes de las llamadas revoluciones socialistas o comunistas.
La filosofía de diferenciación del otro, como contraparte, en el marxismo se refleja en discursos oficiales que integran una calificación negativa del adversario de carácter moral. Los burgueses, capitalistas, imperialistas, reaccionarios y otros epítetos son categorías que encierran la religiosidad del marxismo. Los que no siguen los postulados del marxismo, ni sus derivaciones son catalogados como “alienados”, personas equivocadas que no han tomado conciencia de la verdad del socialismo científico.
Esto da paso al surgimiento de los renegados, como el universalmente conocido Kautsky, inmortalizado por Lenin, para después seguir con una kilométrica fila de personalidades que representan a los adversarios, o sea a la satanización del que disiente de los postulados. Esta categoría sufre de insultos ad hominen o de la conocida animalización: “cerdos capitalistas”, “gorilas imperialistas”, perros burgueses” y otros.
La creación del mito es un aspecto genealógico de borrón y cuenta nueva en las revoluciones triunfantes que son catalogadas de “socialistas o comunistas”. El origen del nuevo hombre y la nueva sociedad nace con el pecado original del capitalismo, que sería la serpiente que tentó a los hombres y los llevó a la perdición de sí mismos, por lo que sus propias cadenas serían liberadas por el mesías colectivo del proletariado, por el pueblo o las masas, las que –paradojalmente- se personalizan en un conductor o politburó.
En la martirología  se ha hablado de la “relación subterránea” (Luis Pino 2011) entre el marxismo y el cristianismo católico, entre las capas populares, mediante términos como sacrificio, muerte, mártir, redención y redención, lo que permitió la popularización de la filosofía marxista se presentara como una confesión de fe, como advirtió Tomás Moulian (1982). El paso de la confesión a la mística revolucionaria supone el sacrificio de unos para el bien de la “revolución”. La lógica de una militancia sacrificial que, en caso de muerte,  debe servir para dejar un legado entre los demás seguidores. El mártir de origen marxista tiene por función entregar un mensaje, tal como se registró siglos antes en la conformación de la escatología católica.




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