jueves, 9 de mayo de 2013

La noción de Opinión Pública en referencia a la Industria Cultural

La noción de Opinión Pública respecto al concepto de Industria Cultural se basa en supuestos positivistas que tienden a obviar los antecedentes históricos y sociopolíticos que ayudaron al surgimiento del término en su acepción moderna. La anterior idea de Opinión Pública, como una instancia racionalizadora del dominio político, adquirió nuevos elementos que han sido aportados principalmente por una demanda masiva de bienes culturales o simbólicos.
La transmisión y distribución de sentidos que sostiene el campo cultural se ha insertado al interior d la vida cotidiana, produciendo  una reformulación en los contenidos que constituían el espacio público pre moderno o representativo, como lo plantea Habermas. En estos tiempos, es posible agregar el conjunto de inquietudes que nacen en el sentido común con el objetivo de crear un orden discursivo que canalicen, de forma óptima, las instancias ideológicas-comunicativas que la sociedad política desea controlar.
Este consenso entre Estado y sociedad civil se refuerza a través de una oferta cultural que se basa en condiciones materiales o técnicas de reproducción, atenuando los potenciales conflictos sociales, ya que se produce una integración de la comunidad en el espacio público. Por otro lado, la consolidación de nuevas formas de lenguaje social, como medio audiovisuales, internet y las redes 2.0, tienden a sostener la alienación de la interacción humana; el hombre se repliega a sí mismo mediante una incorporación de sentidos que tiende a reafirmar excesivamente su subjetividad, aislándose de una realidad social más compleja e interactiva entre sí, lo que supera al uso de las redes sociales para congregar a individuos en torno a ciertos objetivos o actividades.
La reproductibilidad de los medios de difusión cultural constituye, de este modo, una amenaza de facto para la identificación y autoafirmación. Deja al margen el proceso de recogimiento del sujeto respecto al objeto que se le presenta, por lo que la búsqueda de disipación genera conformismos pasivos que caen en la apatía y en el nihilismo colectivo. La capacidad de reflexión sistemática y crítica se repliega ante las posibilidades de realización que exhibe el consumo. Y es precisamente dicho consumo el que es captado por la clase política que, así, orienta los mecanismos de integración y participación del ciudadano para conducir sus demandas, reafirmando el control de las élites.
La dinámica en la relación del Estado con la sociedad civil y su sentido común, instala una promoción de bienes materiales y simbólicos que legitiman el control público de la ciudadanía, puesto que sus necesidades de existencia son subsanadas a través de una articulación racional entre el Estado y el campo cultural específicamente en el tejido de instituciones encargadas de producir y distribuir bienes culturales de consumo masivo. Aquí se desprende el predominio de lo cuantitativo en la conformación del espacio público; la calidad de los mensajes son internalizadas en forma restringida, la instauración de hechos medibles a través de cifras impiden a la conciencia establecer canales de difusión susceptibles de ser tomados en cuenta por la administración de las superestructuras.
Esto lleva a que una de las nociones de Opinión Pública se encuadra en una base que solidifica el rol de un campo cultural con las orientaciones de control público que establece el poder político.
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