miércoles, 20 de julio de 2016

Capitalismo y el deseo en Deleuze y Guattari para entender el conflicto social

El llamado capitalismo del deseo tiene en el pensamiento de Gilles Deleuze a uno de los principales exponentes, aunque retroactivamente podemos encontrar sólidas coordinadas en el trabajo de Herbet Marcuse, en su unión entre la obras de Marx con el psicoanálisis freudiano. Deleuze ubica al deseo debajo de los intereses que accionan los individuos en búsqueda de sus intereses, en un proceso que cataloga como racional, por lo que podemos afirmar que bajo la superficie de la racionalidad está subyacente el deseo.
(...)"bajo los intereses están los deseos, las posiciones de deseo, que no se confunden con las posiciones de interés pero de las cuales dependen estas últimas, tanto en su determinación como en su distribución: un inmenso fluido, todos los flujos libidinales-inconscientes que constituyen el delirio de una sociedad. La verdadera historia es la historia del deseo", sostiene el filósofo francés.
El surgimiento de este deseo se materializa en un cuerpo social, identificado como el capital-dinero por Deleuze y Félix Guattari cuando se refieren a la organización capitalista, donde existe una producción social del deseo. 
"Sin duda, el capitalismo siempre ha sido una formidable máquina deseante. Los flujos de moneda, de medios de producción, de mano de obra, de nuevos mercados, todo esto es el deseo que circula. Basta considerar la suma de contingencias que se hallan en el origen del capitalismo para comprender hasta qué punto ha surgido de un cruce de deseos y que su infraestructura, su propia economía es inseparable de fenómenos de deseo", plantea Deleuze.
Para Deleuze el capitalismo "estuvo ligado desde su nacimiento a una represión salvaje, tuvo enseguida su organización de poder y su aparato de Estado. Es cierto que el capitalismo implicaba la disolución de los códigos y de los poderes anteriores, pero ya había establecido, en los huecos de los regímenes precedentes, los engranajes de su poder, incluyendo su poder estatal. Siempre es así: las cosas no son en absoluto progresivas; antes incluso de que se establezca una formación social, sus instrumentos de explotación y de represión ya están dispuestos, girando aún en el vacío, pero listos para trabajar cuando sean llenados. Los primeros capitalistas son como aves carroñeras que están esperando. Esperan su encuentro con el trabajador, que tiene lugar gracias a las fugas del sistema anterior. Éste es, incluso, el sentido de lo que se llama acumulación primitiva".
Un elemento clave que explica Deleuze en este cuadro general es la organización del poder que supone la unión entre el deseo y la estructura económica y que va más allá del simple acto de desear algo a toda costa, pues el análisis deleuziano se enfoca en el campo social en el que actúa la organización del poder, como la fuente del conflicto social, siendo un aspecto superior a la cuestión ideológica para entender la conflictividad de intereses -y deseos- entre diferentes miembros de una comunidad y de la sociedad. 
En este sentido la ideología sólo es la forma en que se desarrollan ciertas organizaciones de poder en determinados campos sociales, como la educación, la salud, la previsión, el mercado del trabajo, las relaciones socio-culturales, etc, por lo que identificar que el origen de los problemas que se viven al interiores de estos campos está radicado en la ideología es un error, si no se considera a la organización del poder que los sostiene y los hegemoniza y que es capaz de codificar el deseo, de representarlo a través de la ideología.
Félix Guattari lo explica este tipo de dinámica con otro campo social: "Ocurre lo mismo en las estructuras políticas tradicionales. Siempre reaparece la misma estratagema: el gran debate ideológico en la asamblea general y las cuestiones de organización en comisiones especializadas. Éstas se presentan como secundarias, como determinadas por las opciones políticas. Pero es al revés: los problemas reales son los de organización, que nunca se explicitan ni se racionalizan, y que enseguida se proyectan en términos ideológicos. Ahí es donde surgen las verdaderas divisiones: un tratamiento del deseo y del poder, de las posiciones libidinales, de los Edipos de grupo, de los «superyoes» de grupo, de los fenómenos de perversión… A continuación, se construyen las oposiciones políticas: un individuo adopta tal opción frente a otro porque, en el orden de la organización y del poder, ya ha escogido y aborrecido a su adversario".
De este modo, el deseo dentro del capitalismo se debe comprender desde la correlación de fuerzas de poder que están en disputa, es ahí donde el deseo toma una forma más clara, un motor que impulsa al discurso, a la acción y que toma un carácter colectivo, que se manifiesta en la sociedad política como en la sociedad civil. Para que se active el deseo debe existir un poder, el que opera en diferentes niveles, siempre dinámicos como sostiene Michel Foucault, moviéndose a partir de una microfísica, a nivel cotidiano. En un campo social se esconde siempre un conflictos entre los deseos codificados y los no codificados, los cuales son los que se encuentran en un estado puro, aquellos que en un menor lapso de tiempo pasan de la espontaneidad a un grado mínimo de organización para obtener visibilidad. Este tipo de deseo busca su posibilidad de manifestarse en  las diferentes esferas del campo social (política, educación, la salud, la previsión, el mercado del trabajo, las relaciones socio-culturales, etc,). Esta diferenciación es la fuente de conflicto que busca controlar permanentemente la gobernanza del capital y su cuerpo social, entendido como una extensión orgánica del individuo, sobre la base del marco del capital-dinero, lo que también se puede llamar la mercantilización de las relaciones sociales.
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