miércoles, 4 de octubre de 2017

Delincuencia: Cómo se esconde el delito de cuello blanco bajo el concepto de "economía canalla"

La delincuencia es uno de los ejes temáticos más manipulados en los periodos agonales de la política, especialmente a la hora de las elecciones para captar las preferencias de los votantes. En torno a este fenómeno orbitan múltiples dispositivos de poder que interacciones con otros dispositivos, como el terror para provocar efectos en la población a favor de bloques políticos, por lo que la delincuencia se ha convertido en un instrumento de acceso al poder desde una perspectiva de manipulación de percepciones a partir de discursos.
Esta problemática cobra mayor fuerza en las sociedades donde predomina la cultura latina, ya que el delito se tiende a comprender más como una violación de la norma jurídica, en vez de ser abordado desde una perspectiva de norma social, como explica Sergio Bagú en su obra "Tiempo, realidad social y conocimiento", en que parte levantando una interpretación sobre las teorías que gobiernan occidente, especialmente en la etapa de las sociedades industriales del siglo XX.
De la interpretación de este sociólogo español el fenómeno social del delito, dentro de la cultura latina, tiene dos fronteras éticas que chocan entre sí: lo admitido y lo rechazado, con conductas que se admiten y otras que son desviadas. Es así como en las sociedades latinas sujeta al rol preponderante de la norma jurídica para resolver problemas de orden social más complejo se tiende a instalar un tipo de delito por sobre el otro con el objetivo de generar situaciones de dominio político-ideológico. 
¿Qué significa esto? nada más que la existencia de un discurso que reduce la delincuencia a la que cometen los individuos de las clases subalternas. El pobre es el que delinque y, por lo tanto, es esta figura la que toma una mayor connotación en la elaboración de los discursos sobre la delincuencia. Bajo este punto de vista la llamada delincuencia de cuello blanco, acuñada por el sociólogo estadounidense Edwin Sutherland, es construida como un fenómeno aislado, poco frecuente y no sistematizado, por lo que cae en la categoría de lo que Bagú denomina como "la ciencia de lo aceptable", la cual forma parte de la sociología de la conducta admitida que se desarrolló en los estudios sociológicos de Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX.
Sutherland explica que este tipo de delincuencia se desenvuelve en el mundo de los negocios "bajo la forma de manipulación de informes financieros de compañías, la falsa declaración de stocks de mercancías, los sobornos comerciales, la corrupción de funcionarios realizada directa o indirectamente para conseguir contratos o leyes favorables, la tergiversación de los anuncios y del arte de vender, los desfalcos y malversación de fondos, los trucajes de pesos y medidas, la mala clasificación de las mercancías, los fraudes fiscales y la desviación de fondos realizada por funcionarios y consignatarios".
Al identificar este recorrido histórico, Bagú menciona el hecho relevante de que una parte de la producción sociológica haya admitido que el delito también lo cometen quienes dirigen la economía, por lo que se planteó la necesidad de contar con una teoría diferente, en que el delito pasa a tener una cuantificación en el valor económico.
"El delito de cuello y corbata es el cometido por una persona que goza de respetabilidad pública -y que no la pierde por ello- debido a la forma en que conduce sus negocios y a su éxito económico y que, con frecuencia, es uno de los dirigentes más importantes de su zona en instituciones y obras de bien común", sostiene Bagú.
En estos casos el delito pasa a ser parte de una actividad profesional y se materializa con prácticas como el fraude al Estado, al consumidor y a otras empresas, además del cohecho, lavado de dinero, tráfico de influencias, uso de información privilegiada y la evasión tributaria, entre otros. En este sentido, estas dinámicas se relacionan con el concepto de Marx acerca de los elementos "extra-económicos" que se desarrollan en los procesos de acumulación del capital.
Asociado a este tipo de conductas está la violencia ya sea física o simbólica, que actúan mediante el crimen organizado, cuyas redes se conectan con los grupos que dirigen la economía y, por ende, tabién el proceso político, particularmente en los países más desarrollados, donde circula una economía oculta manejada por poderes económico-políticos, cuyos casos más bullados salen a flote de vez en cuando, como válvulas que se descomprimen para que la maquinaria siga funcionando, lo que otorga la posibilidad también de elaborar discursos que explican estos fenómenos como "casos aislados", reafirmando la ciencia de lo aceptable dentro de la sociología de las conductas admitidas.
El trabajo de Bagú señala que en occidente se formó una "ciencia social de lo aceptable y otra de lo repudiable". Es aceptable, desde la óptica del poder hegemónico establecido, el delito de cuello y corbata, mientras que el cometido por las persones comunes y corrientes es el repudiable. En esta dicotomía surge una relación dialéctica de choque, toda vez que para las estrategias de resistencia al poder establecido, lo repudiable es justamente el delito económico de cuello blanco y los efectos que produce en la sociedad, como los ocurridos con quiebras fraudulentas en la crisis sub-prime, o los casos de colusiones de precios que por años han afectado a los consumidores con precios altos, o ejemplos de grandes empresas que manipulan la información crediticia de sus clientes para aumentar sus deudas de forma exponencial. Por el otro lado, en los circuitos de la economía informa que queda afuera de los márgenes establecidos por la economía política hegemónica las prácticas de supervivencia, como vender en las calles o establecer otros circuitos fuera de la norma jurídica, son considerados aceptables.
El punto de vista establecido por Bagú, con la distinción entre una ciencia social de lo aceptable y otra repudiable dentro del campo económico, nos entrega coordenadas para entender la evolución del delito económico a partir del concepto de "economía canalla", acuñado por la economista italiana, Loretta Napoleoni: "El tema de la criminalidad se refiere también al sistema económico. La economía es una economía canalla, una economía que recibe dinero sucio y que evade impuestos".
"La corrupción existe en cualquier tipo de sociedad, tanto en las comunistas como en las capitalistas, pero la economía canalla se multiplica a escala global. A diferencia del tipo de corrupción propia de toda sociedad, una corrupción que se contrarresta con el conjunto de valores con el que coexiste, la economía salvaje impone una baja calidad de vida que es perjudicial para todos, ganadores o perdedores, ricos y pobres. No importa el lugar donde uno viva, en el mundo desarrollado o en países en vías de desarrollo. La economía canalla conforma las vidas personales; no sólo dicta la forma en que vivimos, sino la forma en que morimos", afirma Napoleoni.
A su juicio este concepto es un fenómeno recurrente en la historia, especialmente en los momentos en que se producen grandes e improvisadas transformaciones en las sociedades, ya que "es propio en el curso de estos cambios radicales que los políticos tienden a perder el control de la economía". Napoletani ubica aquí un punto fundamental de su análisis, al plantear que la ausencia de un control político sobre la dinámica económica abre la puerta a la economía canalla, aunque lo cierto es que esta surge más bien por la connivencia entre el Estado y los controladores de los circuitos económico-comerciales.
La economista sostiene que el delito de cuello blanco se desarrolla en el vientre de la economía canalla: "Cada producto de consumo tiene una historia oscura y escondida, que se cruza con la esclavitud y la piratería, con los falsos y los fraudes, los hurtos y el lavado de dinero". Su análisis toma un carácter global respecto a la lectura de la sociología estadounidense sobre el delito económico de la élite económica, extendiéndolo a otros grupos sociales. Para ello Napolitani usa la metáfora de Gatsby, el personaje literario de Fitzgerald, quien pasa de una cuna humilde a la riqueza: "Solo la ignorancia impide a Gatsby distinguir entre riqueza e felicidad, al punto que su caza de dinero justifica todo, incluyendo la violación de la ley", mediante el contrabando y otras actividades ilegales. Así, la identificación de la economía especulativa se relaciona directamente con las formas económicas canallas.
"Los consumidores occidentales de hoy están ciegos frente a las fuerzas ocultas que alimentan los trastornos económicos. La "matrix" del mercado y el teatro de ilusiones de los políticos modernos impiden al ciudadano-consumidor percibir la anarquía económica que circular en el planeta. Atrapado en una telaraña de quimeras e ilusiones comerciales, se ignora la difusión y los daños de la economía canalla en la periferia del mundo. Día tras día la fuerza corrosiva de la economía canalla del comercio gana terreno en el planeta. Las presiones fuera de la Ley, la propagación de la corrupción y de la avidez erosionan los fundamentos del Estado-nación que poco a poco se triza sin que la ciudadanía se de cuenta. En la transición hacia el Estado-mercado el Estado arriesga convertirse en un potente instrumento en las manos de los proscritos".
La idea de una "matrix" y de un "teatro de ilusiones" supone la existencia de dispositivos de legitimación de la economía canalla, en que se crea un entramado de ilusiones y mitos como propulsor ideológico para mantener escondido este tipo de prácticas en la economía, reafirmando de este modo la aceptación de conductas desviadas, las que pasan al orden de conductas admitidas dentro de la formalidad de las estructuras económicas. La forma de esconder estas prácticas se produce mediante los discursos que buscan alejar la asociación del fenómeno de la delincuencia de la esfera del control de la economía, por lo que se concentran en un nivel microfísico, en la población misma, especialmente en los grupos sociales más razagados en el acceso a bienes y servicios, a los cuales se les etiqueta como la fuente misma del fenómeno, proponiendo soluciones que apuntan más al ordenamiento jurídico, sin considerar los elementos de orden sociológico.
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