martes, 21 de diciembre de 2010

Un poco de periodismo vivencial: El irresuelto caso de los choros chilenos en la costa romana

Ostia es la más famosa ciudad balneario a media hora de Roma. Las arenas de sus playas fueron el mudo testigo del asesinato del gran poeta, escritor y cineasta del mundo popular, Pier Paolo Pasolini, en los años setenta. Y no sólo eso: lugar estratégico para la entrada y salida de barcos que navegaban sobre las aguas del tíber para llegar a la capital del Imperio, en estos tiempos el balneario vuelve a recibir el ambiente cosmopolita y multiétnico de hace unos 1.450 años. Entre ellos dos chilenos comunes y corrientes que debía cumplir con la entrega de material para la empresa de transporte público de la región del Lazio.
Una vez descendidos del tren que nos traía desde la capital, con mi ex colega Juan Carlitos, decidimos iniciar la jornada con el ritual mañanero italiano por excelencia: una buena tacita de café expreso para despertar. Veníamos conversando de un tema sabido, pero poco mencionado: la particularidad de Ostia de atraer a la “mala vita”, como dicen los italianos. “Romano de Ostia” se dicen de modo despectivo. Y es que este es el lugar de operaciones de la camorra napoletana, peleas de territorios entre europeos del este y africanos por el control de la prostitución, además de algunos extraños robos a tiendas perpetrados por la “banda del hoyo”, como lo bautizó la prensa local por el modus operantis de ingresar -por un túnel- a los negocios por la noche, en un método que toma varios días, si no es que semanas. “Algo de la picardía latinoamericana hay en esto”, pensaba cada vez que leía este tipo de noticias.
“Capaz que veamos a un choro chileno hoy día”, nos dijimos con Juan Carlitos. Ya la semana pasada nos habíamos encontrado con un lanza internacional paisano en el mall Leonardo da Vinci, cercano a Ostia. Flaquito y con la cara de gato (a lo Gary Medel), típica del mestizaje sudamericano, venía subiendo y bajando las escaleras mecánicas, con ojos inquietos que lo delataban, además de esa inconfundible cara del tipico chileno: prominentes pómulos en una cara enjuta, mechas de clavo en su rojiza cabeza (que lo hacia pasar un poco inadvertido entre los italianos) y con sus buenas patas de gallo en las sienes. “Socio, ¿usted es chileno?. “Si, por qué, ¡qué passaaaa!”, le respondió el desgarbado a Juan Carlitos, levantando su mentón de forma corta y rápida. “Na’ po socio, nosotros también”, le respondimos, adaptándonos inmediatamente a su habla.
Una vez relajado, nos dijo que “andaba trabajando”, en su lucrativa actividad de “mechero”. No le iba mal: una parka Dolce & Gabbana de 700 euros encima de su vetusto cuerpo y jeans Gucci, de 340 euros, al igual que sus zapatos. Preguntó, sin esperar respuesta, de qué parte de Santiago eramos, para inmediatamente decirnos que debía ir a buscar a su compañero que estaba en el piso de arriba. Sólo alcanzamos a decirle “vaya no más” antes de que los peldaños metálicos de la escalera automática se lo llevasen.
Con este recuerdo en mente, entramos al Bar-Café para caer en los brazos de la cafeína. La típica mirada del foráneo en tierra ajena me llevó al punctum del ambiente: un tipo que nos miraba fijamente. Un gorro de fina lana Armani, que dejaba entrever unos cabellos rucio cenizas que colgaban a la altura de sus orejas; ojos azules oscuros puestos en unas órbitas oculares caídas, que lo hacían parecerse a Silvester Stallone, luego de una noche de juerga, y una barbilla a delicadamente cortada con la forma de una U al revés, lo delataba como un ostiano más a la hora del desayuno.
Pero su aguda mirada me incomodó a tal punto de hablar en buen chileno en medio del tráfico vocal italiano: “Y este huevón que mira tanto”. No pasaron tres segundos para tener la respuesta de sus labios: “Iguaaaaal po hermano”. Para sacarme la incomodidad de haber sido pillado en mi propia lengua, mecánicamente me salío un chorro de risa y alcé la mano con vuelo a fin de saludarlo como correspondía. Él, fríamente, nos estiró la suya para preguntarnos si “estábamos trabajando”. “Si pos”, le respondimos. Ahí, por arte de magia, en su mano derecha, apareció el vaso ancho de coñac que estaba bebiendo, mientras los italianos desayunaban sus capuchinos y medias lunas, sin darse cuenta de la burbuja lingüística que se había formado. “De qué parte viene compadre”, le preguntó Juan Carlitos. “De ahí no más po, de ahí”. En un italiano tarzanesco, pidió dos cafés para sus paisanos. El hálito que salió también nos señaló que venía lanzado de la noche.
Pero a él no le importaba. Paso a paso nos contó acerca de los joint ventures que se forman entre chilenos, napolitanos y colombianos en el submundo de la criminalidad lugareña: Los primeros roban, ya sea con el clásico cartereo en la calle, en hoteles y en tiendas, para reducirlas con los napoletanos quienes, a su vez, negocian con la droga importada por los colombianos que operan en el litoral romano. “Aquí hay pocos chilenos, eso sí, hay que ir a Milán pa’ ver más, ahí se hacen pichangas de cincuenta y cincuenta”, nos afirmó sin tapujos. No sabíamos si era el efecto hiperbólico del coñac el que lo llevaba a asegurar esto, o era el típico “color” que se utiliza en los códigos populares de la periferia santiaguina.
De todos modos, seguíamos escuchándolo: “Los peruchos (peruanos) también son choros, pero son veinte, y un maricón. Nosotros la llevamos”. La búsqueda de la mirada risueña rápida con Juan Carlitos ya nos decía que agradeciéramos el café y nos despidiéramos, antes de seguir asintiendo con la cabeza el monólogo prontuario de nuestro chorizo.
“Si yo los miraba a ustedes porque hay mucho sapos acá y no se sabe quién es paco (policía) o no”. Fue la última frase que nos otorgó antes de terminar su vaso para pedir otro rápidamente, al mismo tiempo que no quitaba la vista a una despanpanante rubia que pedía su taza en la barra. "Chao compadre, gracias por los cafés, nosotros vamos a trabajar, tenemos que ir a un hotel”, le dije yo con la cómplice anuencia de Juan Carlitos. Nunca supimos si este personaje era parte de la banda del hoyo, pero suponerlo y comentarlo nos dejó satisfechos en nuestra chilena morbosidad de inmigrante.
Mi socio Juan Carlitos es hijo de un veterano choro chileno que hace el itinerario Concepción-Buenos Aires-Roma desde hace 29 años. Apodado “el lobo”, su especialidad son los hoteles. Los tiempos cambian y el hombre no pierde su estilo: las mejores pintas Lacoste y pantalones de fino lino, son parte de su puesta en escena cuando entra a los lujosos lobbies de la hoteleria romana y de Venezia. Ahí, saca de su billetera su tarjeta magnética para entrar y arrasar con todo lo que encuentra adentro: joyas, relojes, billeteras, cámaras, notebooks. Según él, su casa en Concepción la compró con un “trabajo” hecho en Roma, en 1989: “un maletín con cien mil dólares que le sacamos con mi hermano a un sultán”. La idea del sultán era interesante, hasta que un día por el centro de Roma vimos a un árabe con su tradicional vestimenta blanca y su singular pañuelo en la cabeza. "Ese es un sultán", me dice Juan Carlitos. Ok, pienso. Ahí me quedó claro la televisión tiene mucho que decir a la hora de formar y encasillar los imaginarios de nosotros.
Fue una vez, viendo la final de la Eurocopa entre España y Alemania, entre medio de las botellas de cerveza, que el lobo me dice que escriba un libro sobre los choros. Bueno, el cierre de esta breve anécdota acerca de los chilenos de Ostia, como se conocen en Roma, termina con una mención a este veterano.

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