viernes, 15 de septiembre de 2017

Elementos fundamentales para entender el fenómeno de la tecnocracia

La tecnocracia. Un concepto puesto en el banquillo de los acusados luego de que se convirtiera en hegemónico dentro de la sociedad a partir de la esfera económica, extendiéndose a la forma de hacer política pública desde el aparato estatal, dando paso a un tipo de cultura polisémica, aceptada y rechazada, especialmente con la emergencia de la etapa neoliberal, o de la escuela monetaria de Milton Friedman y su estrategia de apertura total de los mercados a través de la desregulación.
La década de los 70 del siglo pasado constituye el momento histórico en que la tecnocracia pasa a ser reconocida a partir del experimento de liberalización económica hecho en Chile durante la dictadura militar de Pinochet, abriendo la puerta posteriormente a la experiencia británica de la era Tatcher y de Reagan desde los 80 años, en que la liberalización se aplicó de la mano de la privatización y la  contención del gasto público.
Sin embargo el concepto de tecnocracia vivió décadas debate en el cojunto de saberes que orbitan la economía política, siendo uno de tantos aportes la obra de Jean Meynaud, académico francés, autor también de "Grupos de Presión", obra que también aborda la función estratégica de estos actores en la ciencia política y económica, en relación con el Estado y la sociedad. La tecnocracia la identifica como una relación estratégica entre la política y la técnica, en un término que fue tomando forma en Estados Unidos después de la primera guerra mundial para referirse a un sistema de organización económica "inspirado en esquemas racionales de las ciencias físicas". Entre sus principales características aprecia el culto a la eficacia, la reticencia al actuar de las autoridades tradicionales y la confianza en el razonamiento experimental, lo que se consuma en la entronización del técnico en los asuntos colectivos.
"En política, el tránsito de la función técnica a la tecnocracia se consuma cuando el técnico, en cuanto tal, adquiere la capacidad de decidir o determina de manera preponderante las elecciones del responsable oficial. La conquista de facultades tecnocráticas no se produce por una mutación repentina del régimen, sino por una especie de deslizamiento de competencias. Se trata de un conjunto de tendencias o infiltraciones que afectan a los diferentes sectores del aparato estatal", explica Meynaud.
Esto significa que la tecnocracia supone un proceso de instalación que no es inmediato. No todos los técnicos se convierten en tecnócratas, puesto que en su gran mayoría no acceden al nivel de la toma de decisiones, debido a que la tecnocracia no implica una supresión de las anteriores estructuras del Estado, manteniendo el principio de autoridad y de acceso a ciertas redes de contactos, "lo que se explica en razón del carácter parcial y subalterno de los procedimientos que ejercitan. La conquista de una influencia en este orden supone que el interesado esté lo suficientemente próximo a los centros donde confluye la totalidad de la información y se discute la decisión final".
Es así como la tecnocracia tiene la pretensión de constituir un gobierno científico desde espacios estratégicos del Estado y del sector privado hacia la sociedad, siendo "un régimen en el que los actos del poder expresan una voluntad de racionalización absoluta de los mecanismos sociales". Su forma de ser también busca rebasar a la burocracia del Estado moderno, apelando a las funciones de expertos exteriores a la administración del aparato público, en lo que Meynaud identifica como el campo de la intervención tecnocrática, dentro de la cual se reconoce la función consultiva que se relaciona con la tecnicidad de las tareas administrativas.
Este fenómeno se relaciona con lo que el autor denomina como la política de los consejos, equivalente a las famosas comisiones especializadas para elaborar propuestas a la administración pública en temas de relevancia para la sociedad. Esta clase de política también la identifica como "polinsinodia", término que es "el lugar de confluencia de los puntos de vista técnicos y de las preocupaciones profesionales. Es, finalmente, una vía de acceso de los grupos económicos y sociales a los centros donde se elaboran las decisiones públicas".
Meynaud menciona que la función técnica interviene preferentemente en la elaboración de la política económica, el contenido de la defensa nacional y la orientación de la investigación científica, aunque debemos señalar que esta evidencia se experimenta en los países desarrollados pues al menos en América Latina históricamente se ha concentrado en el primer sector, de manera inestable, puesto que  se caracteriza por fluctuar de acuerdo a los ciclos políticos que se manifiestan en la región.
El poder tecnocrático tiene una significación sociopolitica bifurcada. Por un lado Meynaud indica que  puede ser un factor de transformación o de corrupción del sistema de representación política. También es considerado desde un punto de vista negativo, en el sentido de que la tecnocracia se advierte con un afán absolutista y omnipresente en la vida cotidiana, lo que puede acarrear críticas y percepciones de peligros para el conjunto de la sociedad.
Es así como identifica a la extensión de las competencias técnicas a otros ámbitos de acción como un riesgo, siendo un ejemplo de esto el recurrente fenómeno de las últimas décadas de "hombres de negocios que, habiendo creado fortunas considerables y prestado determinados servicios, estiman que están dotados para la política, y se lanzan a ella con resultados mediocres". También hay una crítica a la parcialidad del poder tecnocrático, especialmente en la relación estratégica que establece con grupos de presión "patronales y financieros".
La segunda parte del libro está dedicada al análisis de la ideología tecnocrática. Uno de sus principales rasgos es que su intervención es presentada a la sociedad desde la eficacia económica: "se hace valer que los técnicos tienen una aptitud particular para descubrir las soluciones óptimas en el terreno del bienestar social y que, por tanto, es preferible dejarles una cierta capacidad de maniobra".
Según Meynaud los temas que trata la ideología tecnocrática son la apología de la función técnica, en que el objetivo es que las intervenciones del técnico "se inspiran en la voluntad de dar una total perfección al orden administrativo". La eficacia supone priorizar los hechos por sobre las ideas. El pensamiento técnico trata de observar y no de especular.
La crítica del político es otro punto que considera el armado ideológica, la cual es transversal al espectro de las doctrinas dominante en el sistema de partidos políticos: "uno de los mayores reproches que los técnicos hacen al sistema político es el de basarse, en su funcionamiento cotidiano, en el empleo de conceptos trasnochados, como la lucha de clases, y en el culto a ideologías que ya han caducado: liberalismo, marxismo y nacionalismo". Esta cita la sintetiza con directamente cuando señala que el cimiento ideológico de la influencia tecnocrática es el desprecio por los políticos.
Meynaud sostiene que se identifican dos grupos en torno a la relación entre tecnocracia y política. Está el grupo de defensores que se inclina por una separación absoluta entre estas dos esferas. "Esta actitud de inspiración simplista tiene por norma asimilar a un trabajo puramente técnico el gobierno de los hombres y ello implica el olvido o la ignorancia de particularidades psicológicas de los seres humanos y de las divisiones sociales que les afectan". Por otro lado están los que, para Maynaud, son los técnicos más avanzados "que admiten que toda elección de inspiración técnica es capaz de tener persecuciones políticas que el técnico no puede mitigar de otro modo que transfiriendo a otro escalón la responsabilidad de la medida adoptada. Saben también que la eficacia de las intervenciones técnicas está supeditada a menudo un empleo adecuad de los mecanismos variables y políticos (incluido el establecimiento de contactos con los partidos)".
Por lo tanto, de acuerdo a este análisis, existen dos tendencias de pensamiento en el ideal teocrático. Uno que pretende la totalización del saber técnico en todas las esferas de actividad en la sociedad, ante lo cual se abre la puerta a la aceptación de autoritarismos, mientras que la otra apunta a una postura menos ortodoxa que considera necesaria la interacción con otros saberes.  
Esta tensión inmanente se plasma en la relación entre la democracia política y democracia económica: "A causa de las decepciones producidas por el mal funcionamiento de las instituciones parlamentarias existe en nuestros días una tendencia a reclamar que este reajuste se efectúe a nivel del universo económico", explica. Los problemas de índole económica genera reivindicaciones que son funcionales a la aparición de los dispositivos de la tecnocracia, pero Meynaud aclara que estas operaciones requieren de arbitrajes a nivel político. De este modo el control político de la función técnica considera la redistribución de la autoridad en el seno del poder ejecutivo, la revalorización de la influencia parlamentaria y la modernización de las fuerzas políticas.
Entre las conclusiones de la obra se destaca el hecho de que los representantes de la tecnocracia entran en acción e intervienen, "según la inclinación dada a la vida social por las fuerzas predominantes", lo que desenmascara el mito de que la función técnica sea aséptica, limpia de toda contaminación ideológica de la política. En tal sentido la eficacia que pregona la tecnocracia se entiende como un instrumento susceptible de ser orientado por "los impulsos que reciben los técnicos o que se dan a sí mismos". Y estos impulsos pueden ser de carácter ideológico o responder a los lineamientos de determinadas doctrinas políticas anteriores a la función técnica.





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