martes, 24 de enero de 2017

El mercantilismo: metástasis de la economía chilena

¿Somos liberales o mercantilistas? Esta es una pregunta existencialista para quienes apoyan el libre mercado a priori, sin saber que no solamente el liberalismo es la única corriente en que se sustenta la idea de una economía abierta, siendo este uno de los motivos que permiten que otras corrientes como el mercantilismo se haya incrustado en la lógica de desarrollo del actual proceso de acumulación y reproducción del capital.
El mercantilismo es un sistema de ideas económicas pensadas para el libre comercio, concebido en el siglo XVI de la mano de las apertura europea en el contexto del renacimiento y la reforma protestante en los albores de la modernidad, con nuevos poderes que se van constituyendo paralelamente al poder eclesiástico y al feudalismo.
El carácter práctico en el comercio se centra en la acumulación del bienes que generan un excedente para destinarlo a otros países en un proceso que es instrumentalizado por la naciente configuración del Estado--Nación que pasó a tomar un rol preponderante en la economía política a través del concepto de soberanía.
Esto fue advertido por Nicolás Maquiavelo, quien señala que el príncipe "instituirá premios para recompensar a quienes lo hagan y a quienes traten, por cualquier medio, de engrandecer la ciudad o el Estado.Todas las ciudades están divididas en gremios o corporaciones a los cuales conviene que el príncipe conceda su atención. Reúnase de vez en vez con ellos y dé pruebas de sencillez y generosidad, sin olvidarse, no obstante, de la dignidad que inviste, que no debe faltarle en ninguna ocasión".
En el análisis de Maquiavelo se advierte la necesidad de que quien está a cargo del Estado no olvide a los representantes de los sectores productivos a quienes no debe olvidar para comportarse de modo generoso, dejando en claro que esta es una tarea que le compete a la autoridad representada en él.
Este germen moderno de corporativismo, en que las organizaciones económicas establecen una relación de dependencia con el Estado y viceversa es uno de los rasgos del mercantilismo moderno.
La generosidad así se entiende como la intervención del Estado para influir en las condiciones de la producción privada, la que se puede materializar en subsidios, leyes especiales, franquicias tributarias, incentivos directos o indirectos, todos los cuales son -en otras palabras- favores y concesiones especiales de acuerdo a la realidad de cada gremio o corporación que represente a un sector productivo.
De ahí que la máxima moderna del subsidio o apoyo estatal a una parte del sector privado se expresa mediante transferencia de recursos a los productores para aumentar la producción bienes dentro de un territorio determinado, el cual forma parte de la soberanía del Estado-nación.
En los escritos de Thomas Mun, padre del mercantilismo inglés de los siglos XVI y XVII , se advierte la relación de depenencia entre los comerciantes y el poder político, representado en el concepto de soberanía, entendida como el factor de desarrollo nacional, en que la clave es que las ganancias por lo que se exporta siempre debe ser mayor a las mercancías que se importan de otras naciones, proceso que tiene el objetivo de engrandecer a ambas partes.
"Considerad,  pues,  la  verdadera  forma  y  valor  del  comercio  exterior,  el  cual  es:  la  gran  renta  del  rey,  la honra del reino, la noble profesión del comerciante, la escuela de nuestros oficios, la satisfacción de nuestras  necesidades,  el  empleo  de  nuestros  pobres, el  mejoramiento  de  nuestras  tierras,  la  manutención  de nuestros marineros, las murallas de los reinos, los recursos de nuestro tesoro, el nervio de nuestras guerras, el  terror  de  nuestros  enemigos.  Por  todas  estas  grandes  y  poderosas  razones  muchos  Estados  bien gobernados  fomentan  grandemente  esta  profesión  y  cuidadosamente  estimulan  esta  actividad,  no  solamente  con  una  política  que  la  aumente,  sino  también  con  poder  para  protegerla  de  daños  externos,  pues saben  que  entre  las  razones  de  estado  es  la  principal  el  mantener  y  defender  aquello  que  los  sostiene  a  ellos y a sus haciendas", señala Mun en "La riqueza de Inglaterra por el comercio exterior".
Esta dinámica derivó en un conjunto de saberes que fue instalando una supuesta verdad desde el poder de la soberanía estatal y del corporativismo comercial, como también lo advierte Murray Rothbard en su ensayo "El dinero, el Estado y el mercantilismo moderno", al definir al mercantilismo como "el uso de la regulación económica y la intervención por parte del Estado con el fin de crear privilegios especiales para un grupo favorecido de comerciantes y hombres de negocio".
En otra de sus obras Rothbard señala que el mercantilismo, "alcanzó su máximo en la Europa de los siglos diecisiete y dieciocho, era un sistema del estatismo que empleaba la falacia económica para construir una estructura de poder imperial, así como subsidios especiales y privilegios monopólicos para individuos o grupos favorecidos por el estado”.
 La imbricación Estado-comerciantes tiende a generar la plutocracia, el gobierno de los ricos, siendo un ejemplo lo ocurrido en Chile con la renta generada por el salitre a fines del siglo XIX, donde el Estado cumplía un rol funamental para impulsar las exportaciones de este producto, en una situación de captura del aparato público destinado a promover una renta monoexportadora, la cual -una vez terminado el período del Estao parlamentario a fines de los años veinte del siglo pasado- pasó a convertirse en una oligarquía patronal que se concentró en las organizaciones gremiales del empresariado, agrupadas en la Confederación de la Producción y el Comercio, donde están las representaciones de la minería, banca, agricultura, industria, comercio y la construcción.
Rothbard plantea que los vestigios del mercantilismo se manifiesta en las fuerzas políticas conservadoras y socialistas, desde donde se articula la intervención del Estado en la producción y en la circulación de las mercancías mediante transferencias a los productores y comerciantes con el fin de aumentar la producción de este bien para después comercializarla con políticas idealmente proteccionistas. En el caso del conservadurismo el mercantilismo se enfoca a proteger ciertos grupos de empresas que componen un sector productivo en desmedro de otras empresas o grupos de comerciantes.
Un ejemplo de esto se produjo en Chile en 1974, en el marco de la llamada "reconstrucción nacional", con la dictadura cívico-militar encabezada por Pinochet, donde la receta para reactivar la economía se basó en el apoyo del Estado a través de la entrega de recursos para beneficiar a ciertas empresas dentro de ciertos sectores, lo cual generó desventajas para las otras empresas que no recibían los subsidios, franquicias tributarias ni otro tipo de privilegios. En concreto, en este contexto, surgió el Decreto Ley 701 que entregaba un subsidio estatal a ciertas empresas forestales para la recuperacion de suelos y asi incentivar la forestación y el despegue de una industria exportadora, provocando como resultado un mercado controlado por tres empresas. Una situación similar se anotó en la agricultura con una estrategia exportadora que por décadas contó con bandas de precio para proteger a ciertos productos agrícola frente a la importaciones foráneas, además de establecer una relación de dependencia con la política cambiaria, la cual todavía surge de vez en cuando cada vez que el dólar baja a ciertos niveles, provocando las presiones de los gremios agrícolas para que el Estado, a través de Banco Central intervenga el tipo de cambio. 
Esta clase de dinámicas, injertadas dentro de una economía de mercado libre es la que sembró las condiciones para el fortalecimiento del corporativismo empresarial, siendo otro de sus mecanismos la relación de dependencia con el Poder Legislativo, mediante el lobby de asociaciones gremiales a congresistas para obtener leyes sectoriales privilegiadas que sustentan monopolios, como el de Soquimich en el mercado del litio y de sales, o oligopolios, como es el caso de la pesca industrial y del transporte público, Transantiago, en que el Estado entrega una enorme cantidad de recursos a operadores privados que destinan esos dineros para cubrir déficits operacionales o ganancias finales, descuidando la inversión en nuevas máquinas.
En el mercantilismo también se generan brechas para que se inserte el llamado capitalismo crony, entre amigos, donde opera el gobierno de redes (la topocracia) cerradas, particularmente entre los representantes del Estado y asociaciones gremiales que terminan beneficiando a las empresas dominantes de los sectores que dicen representar. 
Este es un tipo de capitalismo irracional, como explica Max Weber en su trabajo de "Historia Económica General": "El mercantilismo es la traslación del afán de lucro capitalista al seno de la política. El estado procede como si estuviera única y exclusivamente integrado por empresarios capitalistas".
Para el mercantilismo la presencia del Estado es sinónimo de una oferta, por lo que naturalmente debe haber alguien que sea la demanda, pero el producto que se establece en la relación es el privilegio, como resorte para acumular y reproducir capital en condiciones ventajosas que para otros -sin embargo- produce desventajas, por lo que también opera una lógica utilitarista en el sentido de que se busca establecer ciertas acciones que se creen provocarán el bienestar de muchos, sin considerar a los que queden perjudicados.
La idea del rol subsidiario del Estado centrado en la oferta es una concepción que recurre a la influencia del mercantilismo en el pensamiento económico, haciendo perdurar la idea de que el aparato estatal es el que debe abrir camino al mercado. El problema mayor es que en esta reación existen grupos y organizaciones económicas que se rehusan a soltar la mano del padre Estado que para mantener esta situación establecen un saber discursivo que disfraza de mercado libre y economía abierta a las prácticas mercantilistas que se reproducen y extienden en el cuerpo económico y sus relaciones sociales de producción. Esto es lo que contribuye a que el capitalismo chileno sea considerado sui generis.
Publicar un comentario