martes, 3 de enero de 2017

La manipulación discursiva para alcanzar la hegemonía política-ideológica según Slavoj Zizeck

"Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época". Esta célebre frase de Karl Marx en el primer capítulo de "La Ideología Alemana" ha marcado el análisis de la ideología, en su sentido amplio, dentro del cuerpo social, en un proceso que ha visto cómo este concepto ha sido capturado por el sistema político y de partidos, pasando por la producción cultural, hasta la definición de la economía política.
Es así como en la actualidad la ideología es objeto de una manipulación discursiva que pretende validar un sentido negativo a este concepto. Lo ideológico es analizado desde una perspectiva peyorativa que buscar asignarle un contenido superfluo y a científico al conocimiento, reduciéndolo al nivel del sentido común.
Relacionar la ideología con la superficialidad tiene sus raíces en el análisis de Marx, en que el concepto era equiparado al de "falsa conciencia", con lo que se identifica bajo este prisma con algo ilusorio, puesto que la generación de ideas es producida por la clase dominante propietaria de los medios de producción.
Sin embargo el filósofo esloveno Slavoj Zizeck, en su obra "En Defensa de la Intolerancia" aborda la problemática de la ideología desde otro punto de vista, planteándose ¿por qué las ideas dominantes no son las ideas de los dominantes?", con lo cual -a primera vista- queda en entredicho la idea de Marx de asociar rígidamente a las ideas de la sociedad como el producto de las ideas de la clase dominante, aunque lo que realmente hace el pesador esloveno es descubrir los sutiles mecanismo de los grupos dominantes para distorsionar la realidad, manipulando a la opinión pública , con discursos pre fabricados.
Como punto de partida de su razonamiento Zizeck sostiene que cualquier universalidad que pretenda ser hegemónica "debe incorporar al menos dos componentes específicos: el contenido popular "auténtico" y la "deformación" que del mismo producen las relaciones de dominación y explotación".
Zizeck acertadamente indica que la lucha por la hegemonía político-ideológica para por conceptos relacionados con la experiencia práctica de los hombres y que no pasan por el filtro de un discurso político más elaborado ni doctrinario. En otras palabras esto nos lleva a la noción de apoliticidad, tan apreciada como un elemento desmovilizador.
En este sentido, la distinción entre autenticidad y deformación es clave. La primera se identifica con los intereses de la mayoría de los miembros de una sociedad, lo que Zizeck denomina como contenido popular, mientras que los intereses de los grupos dominantes son catalogados como contenidos específicos. Esta relación es susceptible de ser inclinada por el contenido específico que manipula los discursos para distorsionar el contenido popular en el campo ideológico-político, logrando establecer la pretendida hegemonía.
Como ejemplo se menciona la rearticulación del mensaje cristiano de los primeros años, enfocado en lo comunitario, que posteriormente fue absorbido por los intereses específicos de los grupos de poder particulares dentro del imperio romano, dando lugar al catolicismo.
"Para que una ideología se imponga resulta decisiva la tensión, en el interior mismo de su contenido específico, entre los temas y motivos de los "oprimidos" y los de los "opresores". Las ideas dominantes no son NUNCA directamente las ideas de la clase dominante", afirma Zizeck.
Esto significa que en los grupos dominantes se identifican los intereses del contenido popular para incorporarlos discursivamente, provocando empatía y recepción en los grupos mayoritarios de una sociedad. Para Zizeck esta estrategia también fue impulsada por el fascismo europeo de los años 30 del siglo XX, en que identifica un principio "de deformación del antagonismo social, una determinada lógica de desplazamiento mediante disociación y condensación de comportamientos contradictorios".
Lo que también se llama populismo de derecha, se caracteriza por incorporar elementos ideológicos de otras culturas políticas dentro del discurso conservador, como lo ha hecho la derecha chilena desde el retorno formal a la democracia después de finalizar la dictadura cívico-militar encabezada por Augusto Pinochet. La estrategia de la derecha, específicamente del movimiento gremialista, expresado en el partido político de la Unión Demócrata Independiente (UDI) es posicionar temas como el cambio social y velar por los intereses de la clase media a partir de un discurso centrado en
"las cosas que interesan a la gente y no a los políticos".
Es en este contexto en que se entronizan los mensajes de despolitización que son funcionales a los intereses de la derecha para desmovilizar las demandas políticas de la sociedad, reduciendo justamente el campo de accionar en los mismos partidos políticos que tanto critica el discurso gremialista. Como vemos aquí se concentran los comportamientos contradictorios hechos con la disociación que menciona Zizeck.
"La gran novedad de nuestra época post-política del "fin de la ideología" es la radical despolitización de la esfera de la economía: el modo en que funciona la economía (la necesidad de reducir el gasto social, etc.) se acepta como una simple imposición del estado objetivo de las cosas. Mientras persista esta esencial despolitización de la esfera económica, sin embargo, cualquier discurso sobre la participación activa de los ciudadanos, sobre el debate público como requisito de la decisión colectiva responsable, etc. quedará reducido a una cuestión "cultural" en tomo a diferencias religiosas, sexuales, étnicas o de estilos de vida alternativos y no podrá incidir en las decisiones de largo alcance que nos afectan a todos. La única manera de crear una sociedad en la que las decisiones de alcance y de riesgo sean fruto de un debate público entre todos los interesados, consiste, en definitiva, en una suerte de radical limitación de la libertad del capital, en la subordinación del proceso de producción al control social, esto es, en una radical re-politización de la economía", señala el filósofo esloveno.
La deformación discursiva para generar hegemonía político-ideológica se concentra con mayor fuerza en la llamada clase media, siendo este uno de los conceptos ancla dentro del discurso con contenido específico que impulsan los grupos dominantes. De hecho aquí se identifica la relación entre política económica presuntuosamente des-ideologizada y clase media, mediante el mensaje de que las políticas públicas provenientes del Estado o de ciertos sectores son ideologizadas, lo que terminaría perjudicando preferentemente a estos segmentos socioeconómicos.

"La falsedad constitutiva de esta idea de la "clase media" es, por tanto, semejante a aquella de la "justa línea de Partido" que el estalinismo trazaba entre las "desviaciones de izquierda" y las "desviaciones de derecha": la "clase media", en su existencia "real", es la falsedad encamada, el rechazo del antagonismo. En términos psicoanalíticos, es un fetiche: la imposible intersección de la derecha y de la izquierda que, al rechazar los dos polos del antagonismo, en cuanto posiciones "extremas" y antisociales (empresas multinacionales e inmigrantes intrusos) que perturban la salud del cuerpo social, se auto-representa como el terreno común y neutral de la Sociedad", afirma Zizeck.
En todo discurso de populismo la clase media es un constructo fundamental para legitimar un dominio político, apelando a la economía política. La idea de una clase media postergada por el accionar del Estado y, por lo tanto, de la actividad de los políticos, es uno de los recursos retóricos del discurso de contenido específico que impulsan los grupos dominantes. Traer el agua a su propio redil es una técnica discursiva que se inyecta en el debate político con el objetivo de mantener las relaciones de dominio en una sociedad mediante la negación de la política, la cual -de acuerdo a Zizeck- ha sido la tarea de la propia filosofía política para "anular la fuerza desestabilizadora de lo político, por negarla y/o regularla de una manera u otra y favorecer así el retomo a un cuerpo social pre-político, por fijar las reglas de la competición política, etc". 
Lo rescatable de esta identificación es que se requiere de una contra filosofía política que ponga a la actividad de la política, en su sentido amplio como una actividad ciudadana y de grupos sociales organizados, en un nuevo sitial.
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