lunes, 15 de marzo de 2010

La entronización del pseudocarisma en Chile

No deja de llamar la atención el motivo por el cual el candidato de la derecha, Sebastián Piñera, cuenta con el potencial más alto para ser el próximo Presidente de Chile. Y es que hasta el momento, todo parece indicar que es la personalidad de la persona a entronizarse por sobre sus propuestas programáticas. Tampoco es casual, siguiendo esta línea argumentativa, que la Presidente Bachelet tenga una aprobaciòn del 80% de la población, mientras que el candidato de su bloque polìtico haya obtenido un escuálido 29% de aprobación popular. Ello nos lleva a preguntarnos de qué modo se trata y entiende el carisma del liderazgo político en el país, particularmente en estas elecciones presidenciales.
Para reconocer el tipo de carisma que opera en el proceso político-electoral del país en los últimos diez años, es necesario superar la banalización que ha sufrido el concepto por parte del tratamiento mediático. De acuerdo a los significados producidos por la Prensa y los Mass Media, actualmente el carisma es interpretado como algo “popular”, “atractivo”, o una simple “cuestiòn de chispa” o espontaneidad de un determinado personaje público.
“Sebastián Piñera es el candidato que tiene 100% de carisma”; “ME-O tiene el carisma de su padre”; “Menos carisma que Frei”. Así se han resumido las caracterìsticas de cada candidato: sobre la base del carisma, pero la verdad es que este concepto guarda un significado màs profundo y complejo en el marco de los procesos electorales, el comportamiento de los votantes y la Comunicación Social.
¿Còmo debemos entender la relación entre el carisma y el liderazgo político? En primer lugar, ambos términos presentan una frontera bastante estrecha. El carisma polìtico se entiende como aquel aspecto del liderazgo que apela a las emociones y sentimientos, cuyo principal producto es la valoración que ejercen los seguidores del líder, atributo que sintetizan en la idea de una “posesiòn de un aura”.
Cuando hablamos del carisma como el resultado de un proceso racional elaborado por un grupo especializado con fines políticos-comunicativos, estamos en presencia del actual construcción carismática presente en Chile. Para descifrar cómo funciona este proceso tomaremos los casos del candidato de la “Alianza Por el Cambio”, Sebastián Piñera, y del candidato independiente de centro izquierda, Marco Enríquez Ominami, en menor medida. No tomaremos el caso del candidato de la Concertación Eduardo, Frei, simplemente porque no aporta elementos importantes para el análisis. En este caso, utilizamos la frase popular escuchada en estas elecciones: “tiene menos carisma que Frei”.
La Teoría Social reconoce a la obra de Max Weber como el punto de partida para comprender el carisma polìtico en un sentido clàsico. Esta cualidad encuentra sus raìces en lo religioso, por lo que Weber la define como “la cualidad extraordinaria de una personalidad “, con rasgos “extracotidianos” que no son accesibles para el comùn de las personas y, asì, pasa a ser un lìder o un guìa. La idea del dominio inherente a esta definiciòn posteriormente fue ampliada, derivando hacia una nueva concepciòn en la modernidad avanzada: “la manufactura del carisma”, como lo sostiene Salvador Giner (1990-1992).
En concepto del carisma en la modernidad se identifica con la producción mediática, por lo que elimina su carácter genuino apuntado por Weber para transformarse en un montaje artificial. Ello se conoce como “pseudocarisma”: En vez de los atributos personales innatos que el líder clásico compartía con sus seguidores, actualmente predomina la fabricación y la escenificación de los atributos por parte de un grupo de especialistas encargados de proyectar el carisma político a través de los Medios de Comunicación. La reconstrucción del liderazgo carismático por asesores de imàgenes prentende limar los rasgos potencialmente negativos de cada candidato y, de paso, potenciar aquellos rasgos considerados exrtraordinarios y genuinos.
Así, podemos observar còmo la figura de Marco Enrìquez Ominami sufriò un progresivo lavado de imagen en cuanto a los aspectos màs rechazados por el electorado. Este candidato tuvo que desvincularse de sus anteriores declaraciones de vida que decìan relaciòn con el consumo de droga y de su imagen de “enfant terrible”, para remodelarse en un cuadro màs moderado hacia el electorado. En su caso, el carisma genuino de juventud fue absorbido por el proceso del pseudocarisma con el objetivo de presentarlo como un candidato moderado de la alternancia progresista. De todas formas, el maquillaje mediàtico, reflejado en la fabricaciòn y escenificaciòn de romper los esquemas tradicionales de la Centro Izquierda le permitió llegar a un 20% de las preferencias, sin que los candidatos detrás de su candidatura lograran obtener un cupo en el Congreso. Ello demuestra lel impacto del pseudocarisma moderno que se concentra en la fuente emisora y no un mensaje integral de mediano y largo plazo
El liderazgo carismático se establece mediante apelaciones al electorado, básicamente a partir de la exposición televisiva. En este marco, el candidato ofrece un set de consignas a su electorado para conseguir credibilidad política mediante un proceso de maquillaje, montaje y producción de la imagen. En su obra “los fabricantes de imagen y los Mass Media” (1976), Dan Nimmo explica el principal rol de los asesores de imagen: descubrir y agregar las cualidades del líder político que respondan a las expectativas de los electores.
Aquì entra en operaciones el pseudocarisma en función del liderazgo que se ofrece mediáticamente. El moderno carisma político, por ende, se concentra en representar, canalizar y gestionar los intereses materiales, el acceso a los recursos, la consecusión de posiciones de prestigio y la aceptación social que buscan individuos o y/o grupos en la sociedad. Esto permite que el lìder carismático, para mantenerse como tal, deba mantener constantemente un discurso reivindicativo presentándose innovador y creativo, difundiendo la esperanza de cambio y de mejorìas. En otras palabras, la ampliación del concepto weberiano del carisma se manifiesta en situaciones extremas (como son las elecciones presidenciales en un sistema democràtico) que son planificadas y orientadas para generar un panorama de cambio social.
Estos antecedentes teóricos toman cuerpo en la candidatura de Sebastián Piñera a partir de la entronización de un discurso reivindicacionista, manipulando discursivamente los intereses materiales y simbólicos del electorado, mediante la oferta de una mayor eficiencia en la administraciòn del modelo de economía abierta. Para ello, la estrategia seudocarismática ha limado las asperezas doctrinarias de la derecha contra el Estado benefactor. Piñera ha dejado en un segundo plano su ideologìa de reducir la asistencia social pùblica, prometièndo mantener lo obrado por la Centro Izquierda en esta materia, pero dejando la puerta entre abierta: aún no específica de qué modo “dejará lo bueno y sacará lo malo” del anterior modelo. De ahí la importancia de enfatizar sólo la esperanza de cambio (...)”necesitamos un verdadero renacimiento que nos libere de este estado de letargo que parece invadirnos y que, al contrario, desate las fuerzas de la libertad, la creatividad y el emprendimiento, ubicàndonos en la ruta del emprendimiento y la prosperidad”.
Aquì la dramatización discursiva esconde la estrategia del pseudocarisma moderno. Se promete el panorama de cambio social, desatando una serie de conceptos simbòlicos (libertad, creatividad, emprendimiento) con alta aceptaciòn social. Sin embargo, nuevamente la ideología subyacente al discurso es camuflada por el discurso reivindicacionista: La abstracción de desatar las fuerzas de la iniciativa privada esconde un elemento que, en esta etapa electoral, Pinera no menciona: “desatar” pasa por reducir las regulaciones del aparato público. Es decir, la función del carisma cumple su objetivo de manejarse como un agente simbólico de cambio.
Considerando que los ciudadanos votantes juzgan a los candidatos de acuerdo al trabajo que han realizado previamente -ya sea en la empresa privado o en el sector público-, una de las claves del triunfo electoral pasa por posicionarse en una señal de identidad, un símbolo social. La idea detrás de la oferta simbólica piñerista es que el electorado se perciba representado, identificado con el líder y, por lo tanto, pueda confiar en él; éste debe poseer una imagen y actitudes con las que los votantes se identifiquen y cuyos actos puedan comprender. La carrera pseudocarismàtica entre Piñera y Enríquez Ominami fue ganada por el primero, debido –en parte- al afán que mostró el segundo por competir con el candidato que menos carisma presenta en estas elecciones (Frei).
La comprensión de electorado hace necesaria la presentación dramatúrgica de los líderes, particularmente a través de sus éxitos o de los fracasos de sus contrincantes con el propósito de personificar el sistema. En el caso chileno, Sebastián Piñera enfatiza en mostrar el fracaso en la administración del modelo por parte de la Concertación. Su presentación carismática es la más sujeta a la estrategia del heroísmo individualista: apelar a los intereses materiales e ideales del electorado (más riqueza, seguridad social y menos corrupción e ineficiencia en la administración pública). Estas ideas anclas son la plataforma del discurso electoral del candidato derechista que, de acuerdo a las intenciones de voto que exhibe, ha logrado depositar la simbologìa del Mesías civil en condiciones de mostrar un discernimiento superior a los demás candidatos en lo que se refiere a decisiones econòmicas y/o actitudes políticas. Para que el líder político pueda desarrollar esta rol, a travès de una metodología estàndar -basada en el estudio de la opiniòn pùblica, prueba de audiencia y la producciòn de símbolos y slogans-, es requisito que sus seguidores depositen en él su confianza. En este sentido, el carisma pasa a ser un sinónimo de confianza en el líder.
El actuar del líder carismático moderno, de este modo, se concentra en la capacidad de ofrecer modernización y transformar el estado actual de la sociedad, aunque ésta se encuentre en mejores condiciones respecto al pasado. El andamiaje del pseudocarisma pretende vincular el modelo de la organización racional de la empresa con la actividad política, y la comunicación mediática con el uso del marketing proselitista, tal como lo plantea Schumpeter en el sentido de que el político se comporta en la competición electoral igual que el empresario en el mercado. En este sentido, Piñera enfatiza su experiencia de emprendedor y, en más de una ocasión, ha establecido la analogía de que un país “es una gran empresa”.
Aunque el pseudocarisma es el resultado de una decisión tomada formalmente por la dirigencia polìtico-partidista o por burócratas racionales del ámbito privado, la maquinaria de los partidos modernos ha llevado a revalorizar el carisma individual del lìder, pese a que ello suponga una oposición con el aparataje de las colectividades. Ejemplo de ello ha sido la tensión creada por Piñera con sus socios políticos conservadores de la UDI, en su propuesta de legislar sobre el matrimonio homosexual. Durante el período electoral, la dirigencia del partido gremialista no ha subido el tono de su rechazo a esta medida, debido a que la prioridad es la estrategia de cambio acordada por los equipos asesores de Piñera.
Finalmente, la evolución del concepto de carimas polìtico moderno muestra un elemento relativamente estàtico que huye al encasillamiento: El hecho de contar con una estrategia cuidadosamente preparada no es sinónimo de que el pseudocarisma sea planificable o previsible en el tiempo. Funciona como un petardo que se apaga al final de las elecciones, para ser nuevamente pensado y elaborado el día después. Es decir, el concepto se enmarca en las dinàmicas producidas por las transformaciones culturales y socioeconòmicas de la sociedad en la cual se presenta la figura pseudocarismática. Esta es una de las principales interrogantes que plantea la candidatura de la Derecha, por cuanto el discurso pinerista aún debe pasar por otra fase de refinamiento. ¿La razón? La Derecha chilena todavía no muestra un desapego de fondo a su ADN doctrinario: menor participación del Estado en materia social, menor regulación del mercado y una mayor liberalización de las relaciones económicas a nivel microeconómico y laboral que no menciona los potenciales impactos de estas ideas sobre la sociedad civil.
Esto nos lleva a reflexionar acerca de la retroalimentación entre las transformaciones sociales y culturales vividas por el país y la emergencia de este pseudocarimas en las presentes elecciones. Y es que se ha generado un desplazo desde los conceptos de igualdad y de equidad que determinaron los resultados de las anteriores confrontaciones político-electorales, hacia el nuevo eje de la racionalidad, la eficiencia y la libertad. ¿Será que la discusiòn valórica de la economía ciudadana ya ha pasado completamente a la hegemonía de la derecha?

No hay comentarios: