lunes, 15 de marzo de 2010

La entronización del seudocarisma en Chile

No deja de llamar la atención el motivo por el cual en los últimos decenios la derecha chilena ha logrado construirse y refaccionarse a través de la personalización de su propuesta a la sociedad a través de la entronización de un seudocarisma, lo que nos lleva a preguntarnos de qué modo se trata y entiende el carisma del liderazgo político en el país, particularmente durante los periodos de elecciones presidenciales. Para reconocer el tipo de carisma que opera en el proceso político-electoral del país en las últimas décadas es necesario superar la banalización que ha sufrido el concepto por parte del tratamiento mediático.
De acuerdo a los significados producidos por la Prensa y los Mass Media, actualmente el carisma es interpretado como algo “popular”, “atractivo” o una simple “cuestión de chispa” o espontaneidad de un determinado personaje público.“. Así se han resumido las características de cada candidato en las coyunturas electorales desde los años noventa hasta la actualidad: sobre la base del carisma. Pero la verdad es que este concepto guarda un significado más profundo y complejo en el marco de los procesos electorales, el comportamiento de los votantes y la Comunicación Social.
¿Cómo debemos entender la relación entre el carisma y el liderazgo político? En primer lugar, ambos términos presentan una frontera bastante estrecha. El carisma político se entiende como aquel aspecto del liderazgo que apela a las emociones y sentimientos, cuyo principal producto es la valoración que ejercen los seguidores del líder, atributo que sintetizan en la idea de una “posesión de un aura”. Cuando hablamos del carisma como el resultado de un proceso racional elaborado por un grupo especializado con fines políticos-comunicativos, estamos en presencia del actual construcción carismática presente en Chile.
La teoría social reconoce a la obra de Max Weber como el punto de partida para comprender el carisma político en un sentido clásico. Esta cualidad encuentra sus raíces en lo religioso, por lo que Weber la define como “la cualidad extraordinaria de una personalidad “, con rasgos “extra cotidianos” que no son accesibles para el común de las personas y, así, pasa a ser un líder o un guía. La idea del dominio inherente a esta definición posteriormente fue ampliada, derivando hacia una nueva concepción en la modernidad avanzada: “la manufactura del carisma”, como lo sostiene Salvador Giner (1990-1992).
El concepto del carisma en la modernidad se identifica con la producción mediática, por lo que elimina su carácter genuino apuntado por Weber para transformarse en un montaje artificial. Ello se conoce como “seudocarisma”: En vez de los atributos personales innatos que el líder clásico compartía con sus seguidores, actualmente predomina la fabricación y la escenificación de los atributos por parte de un grupo de especialistas encargados de proyectar el carisma político a través de los Medios de Comunicación. La reconstrucción del liderazgo carismático por asesores de imágenes pretende limar los rasgos potencialmente negativos de cada candidato y, de paso, potenciar aquellos rasgos considerados extraordinarios y genuinos.
El impacto del seudocarisma moderno que se concentra en la fuente emisora y no un mensaje integral de mediano y largo plazo. El liderazgo carismático se establece mediante apelaciones al electorado, básicamente a partir de la exposición televisiva. En este marco, el candidato ofrece un set de consignas a su electorado para conseguir credibilidad política mediante un proceso de maquillaje, montaje y producción de la imagen. En su obra “los fabricantes de imagen y los Mass Media” (1976), Dan Nimmo explica el principal rol de los asesores de imagen: descubrir y agregar las cualidades del líder político que respondan a las expectativas de los electores.Aquí entra en operaciones el seudocarisma en función del liderazgo que se ofrece mediáticamente.
El moderno carisma político, por ende, se concentra en representar, canalizar y gestionar los intereses materiales, el acceso a los recursos, la consecución de posiciones de prestigio y la aceptación social que buscan individuos o y/o grupos en la sociedad. Esto permite que el líder carismático, para mantenerse como tal, deba mantener constantemente un discurso reivindicativo presentándose innovador y creativo, difundiendo la esperanza de cambio y de mejorías. En otras palabras, la ampliación del concepto weberiano del carisma se manifiesta en situaciones extremas (como son las elecciones presidenciales en un sistema democrático) que son planificadas y orientadas para generar un panorama de cambio social.
Estos antecedentes teóricos toman cuerpo en la figura de Sebastián Piñera, a partir de la entronización de un discurso reivindicacionista, manipulando discursivamente los intereses materiales y simbólicos del electorado, mediante la oferta de una mayor eficiencia en la administración del modelo de economía abierta. Para ello, la estrategia seudocarismática ha limado las asperezas doctrinarias de la derecha contra el Estado benefactor. Piñera ha dejado en un segundo plano su ideología de reducir la asistencia social pública, prometiendo mantener lo obrado por la Centro Izquierda en esta materia, pero dejando la puerta entre abierta: aún no específica de qué modo “dejará lo bueno y sacará lo malo” del anterior modelo. Se promete el panorama de cambio social, desatando una serie de conceptos simbólicos (libertad, creatividad, emprendimiento) con alta aceptación social.
Sin embargo, nuevamente la ideología subyacente al discurso es camuflada por el discurso reivindicacionista: La abstracción de desatar las fuerzas de la iniciativa privada esconde un elemento que, en esta etapa electoral, Piñera no menciona: “desatar” pasa por reducir las regulaciones del aparato público. Es decir, la función del carisma cumple su objetivo de manejarse como un agente simbólico de cambio. Considerando que los ciudadanos votantes juzgan a los candidatos de acuerdo al trabajo que han realizado previamente -ya sea en la empresa privado o en el sector público-, una de las claves del triunfo electoral pasa por posicionarse en una señal de identidad, un símbolo social. La idea detrás de la oferta simbólica piñerista es que el electorado se perciba representado, identificado con el líder y, por lo tanto, pueda confiar en él; éste debe poseer una imagen y actitudes con las que los votantes se identifiquen y cuyos actos puedan comprender. La comprensión de electorado hace necesaria la presentación dramatúrgica de los líderes, particularmente a través de sus éxitos o de los fracasos de sus contrincantes con el propósito de personificar el sistema. En el caso chileno, Sebastián Piñera enfatiza en mostrar el fracaso en la administración del modelo por parte de la centro-izquierda. Su presentación carismática es la más sujeta a la estrategia del heroísmo individualista: apelar a los intereses materiales e ideales del electorado (más riqueza, seguridad social y menos corrupción e ineficiencia en la administración pública). Estas ideas anclas son la plataforma del discurso electoral del candidato derechista que, de acuerdo a las intenciones de voto que exhibe, ha logrado depositar la simbología del Mesías civil en condiciones de mostrar un discernimiento superior a los demás candidatos en lo que se refiere a decisiones económicas y/o actitudes políticas.
Para que el líder político pueda desarrollar esta rol, a través de una metodología estándar -basada en el estudio de la opinión pública, prueba de audiencia y la producción de símbolos y eslogans-, es requisito que sus seguidores depositen en él su confianza. En este sentido, el carisma pasa a ser un sinónimo de confianza en el líder. El actuar del líder carismático moderno, de este modo, se concentra en la capacidad de ofrecer modernización y transformar el estado actual de la sociedad, aunque ésta se encuentre en mejores condiciones respecto al pasado. El andamiaje del seudocarisma pretende vincular el modelo de la organización racional de la empresa con la actividad política, y la comunicación mediática con el uso del marketing proselitista, tal como lo plantea Schumpeter en el sentido de que el político se comporta en la competición electoral igual que el empresario en el mercado. En este sentido, Piñera enfatiza su experiencia de emprendedor y, en más de una ocasión, ha establecido la analogía de que un país “es una gran empresa”.Aunque el seudocarisma es el resultado de una decisión tomada formalmente por la dirigencia político-partidista o por burócratas racionales del ámbito privado, la maquinaria de los partidos modernos ha llevado a revalorizar el carisma individual del líder, pese a que ello suponga una oposición con el aparataje de las colectividades. Ejemplo de ello ha sido la tensión creada por Piñera con sus socios políticos conservadores de la UDI, en su propuesta de legislar sobre el matrimonio homosexual. La evolución del concepto de carisma político moderno muestra un elemento relativamente estático que huye al encasillamiento: El hecho de contar con una estrategia cuidadosamente preparada no es sinónimo de que el seudocarisma sea planificable o previsible en el tiempo. Funciona como un petardo que se apaga al final de las elecciones, para ser nuevamente pensado y elaborado el día después. Es decir, el concepto se enmarca en las dinámicas producidas por las transformaciones culturales y socioeconómicas de la sociedad en la cual se presenta la figura pseudocarismática. La Derecha chilena todavía no muestra un desapego de fondo a su ADN doctrinario: menor participación del Estado en materia social, menor regulación del mercado y una mayor liberalización de las relaciones económicas a nivel microeconómico y laboral que no menciona los potenciales impactos de estas ideas sobre la sociedad civil.
Esto nos lleva a reflexionar acerca de la retroalimentación entre las transformaciones sociales y culturales vividas por el país y la emergencia de este seudocarimas en las presentes elecciones. Y es que se ha generado un desplazo desde los conceptos de igualdad y de equidad que determinaron los resultados de las anteriores confrontaciones político-electorales, hacia el nuevo eje de la racionalidad, la eficiencia y la libertad. ¿Será que la discusión valórica de la economía ciudadana ya ha pasado completamente a la hegemonía de la derecha?
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