jueves, 15 de diciembre de 2016

La tríada del ciudadano crediticio, el deseo y el poder adquisitivo

El concepto de ciudadano crediticio fue acuñado en la década de los noventa por el sociólogo chileno Tomás Moulian para dar cuenta del surgimiento de un nuevo sujeto social estructurado por la expansión del sistema financiero en el contexto de la transformación de las relaciones económicas impulsadas por las reformas hechas por los Chicago Boys a partir de 1975.
Una de las lecturas de este fenómeno es entender al consumo como un dispositivo de disciplinamiento social a las tecnoestructuras o al llamado capitalismo de organización, manifestado en grandes corporaciones privadas o grupos económicos presentes en todos los ámbitos de la vida social. Otra lectura es abordar la relación entre el mayor acceso al consumo con la percepción de integración social que tienen los consumidores, a través del circuito económico en vez de la participación política.
En torno a la figura de la ciudadanía crediticia también se configuran discursos desde el empresariado, desde donde se habla de una democratización del crédito, en función a la masificación del mercado financiero, para enfrentar las crisis de legitimidad que sufren los bancos, grandes tiendas y supermercados cada vez que se producen abusos como cobros excesivos o injustificados, aceleraciones en el cobro de intereses o asimetrías de información que perjudican al mismo ciudadano crediticio.
En su obra "Chile actual: Anatomía del mito", Moulian sostiene que el pago mensual es un cumplimiento del ciudadano crediticio "para conservar su poder, sus credenciales de ciudadano "real". Conservarlas es mantenerse en el mundo de la gratificación instantánea, en el universo del placer, compensado por el consumo de las ascética disciplinaria del trabajo asalariado. Como mecanismo de la dominación ese mecanismo está ligado a la satisfacción, a la expectativa de realización del deseo. Esa es su enorme fuerza, tan distinta del disciplinamiento "normal" del trabajo. Llamo "disciplinamiento normal" al sometimiento normativo sin otro horizonte que la finalidad de reproducción material, o sea aquel disciplinamiento que no responde a un "proyecto-para-sí" del individuo, a alguna estrategia de potenciación".
En las palabras de Moulian se advierte un disciplinamiento pasivo en el ciudadano crediticio, enfocado a la subsistencia por sobre la idea de inversión de los recursos para obtener una cierta autonomía económica respecto al trabajo asalariado, en un proceso que se marcó en el Chile de los años noventa, donde la novedad del acceso masivo al crédito se enfocó primero a enfrentar las necesidades de bienes complementarios entre los segmentos socioeconómicos con mayor poder adquisitivo, puesto que los quintiles de menor ingreso solamente pudieron ingresar al sistema financiero durante la primera década del siglo XXI.
Posteriormente en el ensayo "El consumo me consume" Moulian prosigue con la problemática del consumo, reconociendo las figuras ético-culturales del asceta, el hedonista y el estoico, que operan como categorías de análisis. El hedonista, enfocado al uso de los placeres que entrega el crédito es un foco de particular interés en el estudio del sociólogo, al cual describe como una figura arquetípica para quien "el deseo no constituye en sí mismo un goce, puesto que sólo encuentra sentido en la consumación, por tanto se tranquiliza exclusivamente en la realización vertiginosa, en la voracidad. Todo límite le parece una negación, cualquier control, interno o externo, una represión. El deseo lo inquieta. Necesita acabarlo, como si fuera una sensación de hambre que roe las entrañas. Debe consumar lo más rápidamente posible el deseo, llegar al goce y reempezar, porque el placer es sólo la sombra del deseo".
El deseo, como ingrediente primordial de las formaciones capitalistas contemporáneas, se plasma en la adquisición, que -no por nada- recibe el apelativo de poder adquisitivo. El deseo se instala en las subjetividades a partir de las necesidades creadas por la lógica industrial. Es, como señalan Gilles Deleuze y Félix Guattari en "Las máquinas deseantes", la conformación de una totalidad: "La producción como proceso desborda todas las categorías ideales y forma un ciclo que remite al deseo en tanto que principio inmanente".
"Para que la adquisición alcanzara el estatuto de deseo reservado para lo que tiene raíces (instintos, pulsiones) tuvo que ocurrir una transformación en la naturaleza de lo deseable. Puede denominarse a ese proceso la externalización del deseo, su traslado desde las profundidades, donde habitualmente se le coloca, hacia la superficie", plantea Moulian.
En el deseo hedonista no hay control, el desenfreno marca la pauta del consumo, siendo la liberación total del valor subjetivo propuesto por Carl Menger, el fundador de la escuela austriaca de economía.
La explicitación del consumo en un mercado abierto de bienes y servicios se impone por sobre el criterio planificador del individuo. El deseo por adquirir pasa de la timidez a la pulsión. Esa falta de control es la ausencia del autodominio, por lo que se cae en la esclavitud del consumo como dice Moulian, en un proceso en que el trabajo asalariado se combustiona en el pago de las deudas contraídas, lo que lleva al ciudadano crediticio a la ilusión: Una sería la idea permanente de acceder a bienes y servicios a través del acceso al crédito, pagándolo sagradamente a fin de mes. La otra opción ilusoria es la de alcanzar algún día la plena autonomía, ser jefe de sí mismo, encadenando el discurso del emprendimiento con el acceso al crédito para lanzarse en el mercado con el fin de tener mayores ingresos para pagar las deudas contraídas o simplemente para salir de ellas. También se hace presente en la subjetividad la idea permisiva de acceder a lo que antes no se podía. En este sentido, esto encaja con la descripción que Deleuze señala respecto a la maquinaria de ilusión y producción de efectos que identifica al deseo.
"El trabajo excesivo, con alargamiento de la jornada, es una realidad de este tiempo. Muchas veces es el precio que se tiene que pagar para mantener los niveles de vida adquiridos, para reproducir el confort. El propio consumidor hedonista se convierte en esclavo del lujo que una vez adquirió y cuya reproducción le reclaman sus propios hábitos o las exigencias familiares o las necesidades de mantener el estilo de vida del medio social. Puede decirse con propiedad: atrapados por el consumo, consumidos por el consumo. Es evidente que todo esto genera una privatización de la vida social. Estos consumidores hedonistas, pobres o ricos, están engullidos por una vorágine que los aleja de la política en cuanto preocupación por lo público", precisa Moulian.  
Deleuze y Guattari trabajan el concepto del cuerpo del capital-dinero, como un dominio donde el deseo se  privatiza y se retira de lo social. Así, el trabajador endeudado por el crédito tiene otro tipo de conciencia respecto al ejercicio de los derechos. No son derechos políticos de participación social en torno a ciertos proyectos para el desarrollo de la sociedad, sino que se plantea con una visión de mundo que tiene un derecho más acotado, el de ser un consumidor por sobre otros asuntos.
Según Deleuze el deseo es codificado por el poder que, en el caso del crédito, se manifiesta con la banca y las instituciones financieras que articulan una cantidad de técnicas sobre las subjetividades para introducir, reproducir y mantener el circuito del consumo mediante el crédito. Entonces el deseo es controlado, es manejable, con facilidades que ofrece el poder económico para que siempre se puedan pagar los compromisos adquiridos. El derecho del ciudadano crediticio es el deseo, el cual es regulado en distintos niveles, desde la representación construida por la publicidad, el marketing y las promociones, hasta la presencia de mecanismos relacionales entre las instituciones financieras y los sujetos del crédito para evitar que estos caigan en la morosidad o en la incapacidad de pago.

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