miércoles, 23 de noviembre de 2016

El fantasma del "marxismo cultural" como mecanismo de defensa del conservadurismo

El marxismo cultural se ha transformado en el nuevo fantasma que no solo recorre Europa, sino que también está presente en el llamado mundo occidental, de la mano de una hiperbólica propaganda del conservadurismo, disfrazado de corrientes nacionalistas y liberales, cuya práctica discursiva se centra en la idea de que las sociedades actuales aún viven con el supuesto "cáncer marxista" en su interior, el cual ahora se manifiesta a través de la cultura.
Si antes el enemigo interno se encontraba en la arena política, de acuerdo a los mayores propulsores del "marxismo cultural", ahora está ubicado en el tejido cultural de la población, la cual sería víctima de un bombardeo de ideas que pretenderían socavar las raíces de la civilización occidental y cristiana-religiosa, siendo este último un término que es utilizado acomodaticiamente para justificar la presencia del conservadurismo.
Es así como los fenómenos de la sociedad abierta, multiétnica, con la emergencia pública de las orientaciones sexuales, y otros movimientos emancipatorios se atribuyen como una perversa creación del "marxismo cultural", al que -como veremos- se le agregan elementos conspirativos de tendencia antisemita.
El llamado "marxismo cultural", para la postura conservadora, sería el responsable de la manipulacion mental de la población a través de recursos ideológicos como la educación y los Medios de Comunicación, aunque se omite el hecho de que justamente la teoría crítica heterodoxa posterior a Marx apunta su análisis a la hegemonía de los grupos dominantes en el campo cultural. En otras palabras, para los detractores del marxismo cultural este es el que efectivamente infiltra con su ideología a los distintos estamentos de la sociedad, dejando libre de polvo y paja a los mismos grupos dominantes que se han transformado en fuerzas conservadoras, lo que se conoce como el mecanismo de defensa de la proyección sicológica que consiste en achacar los vicios propios a los demás. Pero esta práctica discursiva con fines propagandísticos se encuentra en exponentes que dicen ser liberales como Axel Kaiser, quien sostiene la idea de que la influencia de la izquierda es la que predomina por sobre las de la derecha.
Dentro del pensamiento detractor al marxismo cultural se pueden encontrar elementos de la teoría de la conspiración, entendida como la infiltración de ideas que amenazan a una civilización y, en este sentido, está la fijación a identificar y destacar la condición judía de los principales exponentes de la teoría crítica moderna, desde Marx, pasando por Freud y Max Horkeimer y Theodor Adorno, con lo cual se advierte la intención de asociar los estudios críticos a la tristemente conocida "confabulación judía", como si el análisis de este tipo fuese parte de los protocolos de los sabios de Sion, la falsa obra hecha por los servicios de inteligencia zarista y que es utilizada por la propaganda de los grupos de inspiración nazi, grupos islámicos radicalizados y de extrema izquierda.
El otro sostén de la crítica al marxismo cultural es el paternalismo autoritario, en que subyace la idea de que los individuos no pueden pensar ni elegir por sí mismos lo que quieren. Y es que, al postular el principio de una manipulación mental por parte del marxismo cultural para crear una hegemonía, se sostiene la idea de que los individuos que forman una sociedad no tienen una autonomía para elegir dentro del campo cultural ni sus identidad, la cual debe estar sujeta a un objeto externo de carácter abstracto como la autoridad, la tradición o la religión, que son esferas interactuantes entre sí también. Esta idea también comete el error de reducir la pluralidad de la ciencias sociales al marxismo, como si no existieran otras vertientes de pensamiento que han surgio justamente a partir de la crítica a la influencia ortodoxa de Marx, como lo es -por ejemplo- el método de la genealogía del poder y de la arqueología del saber de Michel Foucault, en que se rechaza la idea de que el marxismo sea una ciencia. En otras palabras se pretende invocar a los muertos y otros supuestos fantasmas. Menos mal que el campo filosófico y de las ciencias sociales es prolífico y libertario, siendo uno de sus avances el haberse despegado de la dictadura del concepto descriptivo-formalista.
El conservadurismo reafirma precisamente su lógica estática y de dinamismos controlados con el autoritarismo al hiperbolizar la influencia del "marxismo" en la cultura occidental como señalan sus adherentes, entre los cuales se destaca en Chile al movimiento cultural "Fuerza Nacional-Identitaria", que se autodefine su existencia como "una respuesta ideológica y doctrinaria al avanzado proceso de desintegración que experimenta la Identidad criolla en Chile, a la acción nociva que históricamente ha ejercido la Modernidad, y el inminente colapso global a que ella conducirá".
"FN-I busca ofrecer una real oposición al Liberalismo y sus implicancias político-económicas, al Marxismo cultural y sus consecuencias sociales, al Universalismo globalizante en sus diferentes expresiones, así como a la alta finanza, grupos económicos transnacionales, y organizaciones internacionales que les son funcionales", plantean. 
Después de este repaso la pregunta que se abre es ¿cómo definir al marxismo cultural? Lo primero es sacudirse de este simplismo terminológico, señalando que efectivamente las ideas que derivaron de las tesis de Marx son parte de a evolución de la ciencia politica y de las ciencias sociales contemporáneas. Esta evolución sigue la dinámica de la estructuración de nuevos paradigmas, nacidos de rupturas epistemológicas que se alejan de la rigidez de algunas ideas de Marx.
Eso sí se debe destacar que la evolución del pensamiento crítico contemporáneo tiene en Marx a uno de sus principales exponentes. En este contexto, la tradición de las teorías críticas de la sociedad parte de la base de la distinción entre estructura y superestructura identificada a posteriori de la obra marxista. Por superestructura se entiende el conjunto de apariciones jurídico-políticas e ideológicas que los seguidores de Marx convirtieron en una categoría de análisis rígida en donde se conjuga el poder explotador de una clase social que controla la infraestructura económica que levanta una superestructura compuesta por el Estado y las relaciones socio-culturales y simbólicas que se supertidan a un determinado modo de producción.
Sobre este pilar se han levantado otros conceptos a partir del análisis marxista de la sociedad, entre los cuales el más destacado es el trabajo del politólogo italiano Antonio Gramsci, quien plantea una bifurcación dentro de la supuesta superestructura, entre la sociedad política que gira en torno al Estado y la sociedad civil, que se transforma en un programa político a partir de las necesidades económicas, como bien sostiene el sociólogo chileno Jorge Larraín en su trabajo "El concepto de ideología".
En sus "Notas sobre Maquiavelo", Gramsci explica su entendimiento acerca de otro concepto clave para lo que fue el abordaje del marxismo cultural: la hegemonía. Según Gramsci esta se genera en el traspaso de los intereses particulares de un grupo o clase social a intereses más generales, extendibles a toda una sociedad mediante una dirección intelectual que, a su vez, es moral. Aquí se encierra la ideología, la cual -de acuerdo a Gramsci- "se relaciona con la capacidad para inspirar actitudes concretas y dar ciertas orientaciones a la acción".
La hegemonía también se relaciona con la presencia de un príncipe, el Estado moderno, que para Gramsci debe dirigir una reforma económica para alcanzar la hegemonía junto con la reforma intelectual y moral, por lo que en este sentido el marxismo cultural supone la instalación de un eje orientador de las ideas que circularían en la superestructura de las relaciones sociales de producción, que se levanta de la matriz económica.
"Si las relaciones entre intelectuales y pueblo-nación, entre dirigentes y dirigidos -entre gobernantes y gobernados- son dadas por una adhesión orgánica, en la cual el sentimiento-pasión deviene en comprensión, y por lo tanto, saber (no mecánicamente, sino de manera viviente), sólo entonces, la relación es de representación y se produce el intercambio de elementos individuales entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes y dirigidos; sólo entonces se realiza la vida deconj unto, la única que es fuerza social. Se crea el `Bloque Histórico", sostiene Gramsci,
Uno de los principales frutos de la hegemonía cultural es la orientación del sentido común, un nivel ideológico que es definido por Gramsci como una concepción del mundo, en un sentido abierto que toma las particularidades, de acuerdo a las condiciones materiales (y también geográficas y climáticas) de cada sociedad.
Entonces la hegemonía, es una red política-cultural en función de clases o grupos sociales que tiene como objetivo la transformación del estado de cosas imperante. Su finalidad es la influencia y el dominio de las ideas orientadas a la acción mediante la organización de discursos que van generando intersubjetividades y así provocando influencia en las instituciones, sean formales o informales.
Louis Althusser es otro de los exponentes del "marxismo cultural". La coexistencia de un aparato coercitivo y de otro ideológico dentro del Estado es uno de sus aportes para enmarcar el análisis de la sociedad. El Estado es concebido como un aparato eminentemente represivo, por lo que sus acciones de manifiestan en el campo ideológico-cultural de los individuos.que permite a un grupo social asegurar su dominación sobre otros, por lo que aquí cobra importancia la acción de los aparatos ideológicos del Estado, los cuales son heterogéneos, según afirma Althusser.
"Podemos comprobar que mientras que el aparato (represivo) de Estado (unificado) pertenece enteramente al dominio público, la mayor parte de los aparatos ideológicos de Estado (en su aparente dispersión) provienen en cambio del dominio privado. Son privadas las Iglesias, los partidos, los sindicatos, las familias, algunas escuelas, la mayoría de los diarios, las instituciones culturales, etc.", indica Althusser.
"Si los AIE (Aparatos Ideológicos del Estado) “funcionan" masivamente con la ideología como forma predominante, lo que unifica su diversidad es ese mismo funcionamiento, en la medida en que la ideología con la que funcionan, en realidad está siempre unificada, a pesar de su diversidad y sus contradicciones, bajo la ideología dominante, que es la de “la clase dominante". Si aceptamos que, en principio, “la clase dominante" tiene el poder del Estado (en forma total o, lo más común, por medio de alianzas de clases o de fracciones de clases) y dispone por lo tanto del aparato (represivo) de Estado, podremos admitir que la misma clase dominante sea parte activa de los aparatos ideológicos de Estado, en la medida en que, en definitiva, es la ideología dominante la que se realiza, a través de sus contradicciones, en los aparatos ideológicos de Estado", agrega el pensador francés.
El tercer referente en la conformación del marxismo cultural son los pensadores de la Escuela de Frankfurt, desde donde surgió el concepto de teoría crítica, que se plantea opuestamente a los postulados positivistas y funcionalistas de la teoría social. La teoría crítica sostiene la imbricación entre dominio e ideología, como lo indica Theodor Adorno, uno de sus artífices, en una entrevista dada en 1967: "La organización del mundo en que vivimos, y la ideología dominante –de la que apenas cabe decir ya que sea una determinada cosmovisión o una teoría-, son hoy, en primer lugar, lo mismo; la organización del mundo se ha convertido ella misma de modo inmediato en su propia ideología. Ejerce una presión tan enorme sobre las personas, que prevalece sobre toda educación. Defender el concepto de emancipación sin tener bien en cuenta el inconmensurable peso de la ofuscación de la consciencia por lo existente sería, realmente, algo idealista en sentido ideológico".
Las formas ideológicas dominantes o hegemónicas son un objeto de estudio de la teoría crítica, profundizando el concepto de alienación, a partir de lo que se denomina la industria cultural, donde la racionalidad técnica se aplica en los medios para obtener ciertos fines, desde bienes materiales a los simbólicos, que terminan siendo irracionales y enajenantes.
La preminencia del método empírico en torno a los contextos reales de la sociedad, sobre los descriptivos-explicativos sobre el mundo real abre otras brechas con la teoría tradicional desde la Escuela de Frankfurt, especialmente con la dialéctica negativa que se escapa a la omnipotencia del concepto descriptivo-formalista y a la subjetividad constitutiva que es funcional al dominio.
El conocimiento es un producto que no se reduce a su objeto, es cambiante de acuerdo a las condiciones concretas de una sociedad, se agota. No es algo fijo que está a la espera de ser contemplado por los hombres, ni que viene entregado a ellos de antemano, ni que es exterior a ellos. No se entiende como una relación que subordina al sujeto a una verdad absoluta y, por lo tanto, a supone la instación de una figura de una identidad conceptual que se impone como dominio de unos sobre otros.
Estas ideas por supuesto incomodan al pensamiento conservador que cree ver amenazada la existencia de instituciones como la familia, la propiedad y las instituciones público-estatales y sus derivados como la educación. El pensamiento crítico es asociado con el marxismo cultural desde la óptica conservadora, pese a que Gramsci, la Escuela de Frankfurt  (con Adorno, Hockeimer, Marcuse y Habermas) y en mucho menor grado Althusser, hayan puesto de manifiesto una crítica a la rigidez de las corrientes ortodoxas que interpretaron las tesis de Marx, las cuales también cayeron en el callejón del dominio a través de ciertos medios que nunca materializaron los objetivos del pensamiento de marxiano.
En su obsesión reduccionista los enarboladores del marxismo cultural mencionan poco y nada a Nietzsche, en cuya obra se vaticinan los efectos del malestar de la cultura actual producto de lo que él llamaba el rechazo a la vida que veía en los valores de las sociedades occidentales. En este sentido el nihilismo y la a inversión total de todos los valores no son una obra de inspiración marxista, por lo que podemos decir que la crisis de la civilización que advierten los denunciadores de la manipulación del marxismo en la cultura también responde a los efectos culturales dejados durante siglos por el clericalismo católico, aunque esta tesis da lugar a otro escrito.
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