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domingo, 25 de marzo de 2012

La permanente tensión entre lo apolinio y lo dionisíaco de estos tiempos

La permanente tensión entre lo apolineo y lo dionisíaco en nuestros días fluye con más fuerza en el campo simbólico-cultural y, de ahí se desborda al campo político, sobre todo con las insatisfacciones de un parte de la sociedad con lo que acusan del establisment que hegemoniza al modelo económico y de gobernalidad.
En el caso chileno, las expresiones de nihilismo, apatía y el aumento de los niveles de agresividad y violencia respecto a la mercantilización de derechos sociales, como la educación, salud y previsión social, forman parte de las prácticas dionisíacas que representan las movilizaciones sociales, en que literalmente algunas personas de transforman, cruzando los límites que desafían a la estabilidad construida por lo apolineo.
En la arena simbólica-cultural, los partidos de fútbol siempre constituyen el espacio para la práctica dionisíaca por parte de algunos autoapodados de hinchada -y en su versión más extrema de barra brava-dentro del estadio para saltar, vibrar, cantar, gritar en pos de un objeto, con lo que cruzan el umbral de lo apolinio, puesto que estas mismas prácticas no las ejecutarían en el espacio apolínico del trabajo.
El desborde de lo dionisíaco atraviesa la delgada línea de la violencia contra lo apolinio, que esconde la tranquilidad y la moderación.
Una eterna confrontación entre aquellas personalidades que se oponen a la normalidad construida y que se entroniza en los patrones socio-culturales a partir de la dominación económica y social. Pero también se convierte en una opción personal de vida, una experiencia vital que lucha por apropiarse de lo exterior, del reconocimiento, la pretensión de trascendencia social, para un cambio más allá del bien y del mal, como lo sostenía Nietszche y como lo plasmó en la sociedad moderna el vocalista de The Doors, Jim Morrison, otro seguidor dionisíaco. a partir de la influencia del filósofo alemán.
Nietszche afirmaba que Dionisio representa el concepto de la trascendencia misma que, para algunos, significa una forma de sociabilidad. Buscaba evidenciar que lo dionisíaco se identificaba con la embriaguez, -algo que Morrison practicó hasta la muerte- con una explosión de vitalidad salvaje, potenciada en lo gregario de la horda.
En esa línea, los aspectos dionisiácos del ser humano son, como plantea Foucalt, "el viejo maestro de la ebriedad, de la anarquía, de la muerte revivida para siempre".
La pregunta, entonces, es si lo dionisíaco, ¿Será realmente un paso hacia la libertad humana o una manifestación de la alienación moderna del capitalismo sistematizado que advertía Marx?; ¿Cómo se plantean las conductas dionisíacas frente al Leviatán de Hobbes?, el cual sería una forma más explícitamente organizada para controlar la pretensión sistemática de lo dionisíaco.
Otras interrogantes para dejar abiertas son: Si Nietszche identifica a Sócrates como el principio de la decadencia de lo salvaje, al plantear que sólo lo comprensible es válido para el hombre, ¿Qué podemos decir de la conducta dionisíaca moderna?, que se instala frente al mundo de modo caótico, pero que, en la mayoría de las ocasiones, es consciente de que su vitalidad salvaje tiene un objetivo: Desenfrenarse, destensionarse, contentar lo establecido, buscar el reconocimiento de los demás, o hasta buscar la acción revolucionaria con esta práctica. ¿Acaso la inteligibilidad de plantearse un fin no impedirá de llegar a lo incomprensible, como pretendía Nietszche?

domingo, 17 de abril de 2011

¿Qué hacer con el lobby?


Lobby, grupos de presión, corporativismos, audiencias públicas. ¿Cómo Diferenciar estos conceptos?; ¿Son lo mismo?, o ¿coinciden en algunos de sus elementos para reconocerlos o meterlos todos en el mismo saco? Estas son las interrogantes que surgen por la mayor complejidad de las relaciones económicas en el tejido social.
La presión de los intereses particulares propios de la actividad económica sobre el interés general que buscan las políticas públicas es una constante histórica del quehacer político. Habría que ser ingenuo para desconocer este juicio de hecho. Lo que ocurre es que el dinamismo alcanzado por la expansión de mercados y de economías de escala ha mutado el contenido del concepto de lobby, el cual se ha desconstruído, bifurcándose en dos carriles: uno que se refiere a la profesionalización de la actividad, es decir una especialización de sus actividades en la división del trabajo. El otro mantiene el juicio de valor que asocia a este fenómeno con la conspiración, cuestionándolo fuertemente desde el punto de vista ético.
La complejidad de las relaciones económicas y las regulaciones que imponen abren paso a la industria del lobby. Esto no significa –como pueden adelantarse los afiebrados de siempre- que debe existir el libre mercantilismo para que no haya grupos de presión, sino que solamente se produce una concatenación que no ha sido debidamente regulada para aumentar la transparencia en el funcionamiento de los grupos de presión.
Estos se reconocen en el momento de intervenir en la acción del sector público, ya sea por parte del sector privado como desde el sector social, conocido como el tercer sector. De ahí que el lobby presente un amplio espectro de definiciones, aunque la más precisa es identificarla como la actividad que se ejerce en los pasillos del Poder legislativo, Ejecutivo y Judicial para lograr una ley, resolución o acto administrativo favorable a un cierto grupo.
Dicho fenómeno adquirió una mayor complejidad con el desarrollo cultural del capitalismo de consumo, puesto que la sociedad civil también encontró un espacio para hacer valer sus intereses en las relaciones que crea la oferta y demanda de bienes públicos, sociales y simbólicos. En otras palabras, las asociaciones civiles también ven en el lobby una oportunidad para hacer valer sus intereses sin que ello signifique un cuestionamiento ético.
Por tal motivo es que el principal problema del lobby gira en torno a su significado literal: Al realizarse en los pasillos, a espaldas de los espacios más amplios, supone un mayor control para evitar que los gruposestratégicos más poderosos y con mayores recursos impongan su parecer por sobre los demás grupos de la sociedad civil. 
Debido a la especialización adquirida por el lobby, es necesario regular su actividad para evitar la imbricación con el tráfico de influencias. En la ciencia política el primer término se asocia con la gestión de intereses, ante los poderes del Estado, para obtener una respuesta a las necesidades de ciertos grupos o sectores. Muchos en la industria se defienden señalando que la actividad es una profesión legítima, pero para que esto sea así debe existir un cuerpo regulatorio.
Para que haya lobby debe existir una legitimación de las formas comunicacionales que supone su desenvolvimiento en espacios amplios y no reducidos, públicos y no a cuatro puertas. Como es difícil saber qué grupos se reúnen con autoridades en oficinas privadas, un cortapisas adecuado es contar con un registro de lobbistas y la obligación de los representantes de los poderes del Estado para dar publicidad a estas reuniones.
Si se aplica esto, todo ciudadano tiene derecho a realizar lobby, el cual está asociado más con el poder que con un modelo económico en particular. Al igual que el poder, el lobby se ejerce en todos los niveles; es una forma de expresar intereses particulares en un espacio público delimitado, pero se debe ser ajustados si o si por un marco regulatorio.
Una organización de consumidores, junta de vecinos, asociación gremial, sindicatos u otros grupos civiles no pueden ser catalogados como lobistas si se reúnen con ministros, subsecretarios, jefes de servicios, legisladores u otro tipo de autoridades. Las audiencias públicas del Congreso tampoco pueden ser llamadas lobby. Pero el tráfico de influencia, entendido como el intercambio de ofertas a los asesores o personas vinculadas a las autoridades del Estado, es una forma de poner precio a las decisiones públicas a favor de intereses particulares.
Otra problemática respecto al funcionamiento del lobby es la competencia desleal que se genera con su práctica. Las organizaciones civiles emergen como un contrapeso frente al lobby del empresariado y el corporativismo económico, aunque el diferencial de recursos es abismante a favor de estos últimos, el cual es desarrollado por gremios, estudios de abogados y empresas de comunicaciones de alto nivel. La acción de estos actores estratégicos en las discusiones legislativas es lo que ha generado la producción de leyes a medida de los intereses particulares de cada sector.
Es por tal motivo que un proyecto de ley que regule el lobby debe establecer una definición de la actividad, en la cual se incluya el legítimo derecho de los grupos ciudadanos organizados a participar en las audiencias públicas del modo en que lo hacen las asociaciones empresariales asesoradas por buffet de abogados y consultores comunicacionales. Si estamos bajo la lógica del rol de rol de subsidiaridad del Estado, entonces debería disponerse una partida presupuestaria para las organizaciones civiles a fin de equilibrar la asimetría existente.
La constitución de un registro, que sea controlado por una institución como el Consejo de la Transparencia, es otro pilar fundamental para publicitar la actividad de los lobistas. En otras palabras la industria del lobby debe ser conocida por sus métodos y procedimientos en primer lugar, en vez de sus resultados. La regulación le daría la legitimidad a esta actividad para ser sancionada en el momento en que cruce la frontera del tráfico de influencias.
De ser regulado, el mundo del lobby podría salir del ambiente tenebroso y conspirativo al cual es asociado, cuando responde a una práctica profesional susceptible de ser aplicada por todos, pero siempre y cuando se reduzca el diferencial de recursos para evitar la competencia desleal entre grandes corporaciones y grupos de la sociedad civil.
A modo de paréntesis conclusivo -para los otros afiebrados-, diremos que el lobby es una realidad práctica; no se circunscribe exclusivamente al “capitalismo”, pues responde a la lógica transversal del poder, la cual supera a los “modos de producción” determinados.





sábado, 26 de marzo de 2011

Dominación carismática y capitalismo de Estado

Desde que se instala el falaz argumento de conferirle una aurea “científica”, la doctrina socialista desde 1917 ha construido algo diametralmente opuesto a la tesis de la dictadura del proletariado propuesta por Marx. Ninguna de las experiencias “socialistas”, en casi cien años, ha logrado materializar este concepto, lo que aprovecha de socavar uno de los pilares del materialismo filosófico marxista, pues el postulado de una praxis conducente a una dictadura del proletariado sigue habitando en el plano del idealismo.
En vez de crear una instancia de dominio, supuestamente transitoria, para crear las bases de “la tierra prometida” por Marx, se ha consolidado la forma de un dominio carismático, en que la principal fuente de poder nace de una persona en vez de un sujeto colectivo. La idea de Gramsciana de un príncipe convertido en un partido de masas nunca se materializó.
El culto a la personalidad es lo que identifica a la construcción discursiva del socialismo del siglo XX y XXI. Los inmensos lienzos, estatuas y grabados por doquier era uno de los elementos para legitimizar el carisma del líder derivaron en libros escritos por el puño del líder: el libro rojo de Mao, el libro verde de Gadaffi, la constitución bolivariana de bolsillo de Chávez son algunos los productos de este particular tipo de marketing ideológico.
La entronización del líder es un tipo de dominación que crea una estructura de poder específica, como señala Max Weber. Y en cada experimento que se conforma como alternativa a lo establecido surge la figura sobrenatural de un elegido. Según Weber, este talento se manifiesta en lo heroico, el guerrero que se transforma en monarca, tal como sucede en las experiencias de Libia, Venezuela, China, Cuba, y otros casos, como en Chile de los años setenta, donde Pinochet personalizó tanto su cuota de poder al punto de amenazar al diseño institucional previsto por las Fuerzas Armadas.
El heroísmo del conductor es hiperbolizado. La gracia del líder, su extra cotidianeidad se sustenta en la discontinuidad que crea con el antiguo orden establecido. De este punto de inflexión que el líder es capaz de conducir se planta la semilla de una nueva evolución, apoyada en la construcción de mitos tendientes a consolidar una comunidad política que asegure el dominio carismático. Aquí es donde se inscriben la retórica “revolucionaria”, “anticapitalista”, antiimperialista” que es tan funcional a los regímenes que se auto catalogan de “socialistas”.
Existe una relación directa entre la construcción carismática del heroísmo de un solo hombre y la instauración de un régimen alternativo a lo establecido. Esto es algo transversal, se da en todo el arco ideológico político porque hablamos del ejercicio del poder a partir de la captura del Estado. Pero en los regímenes “socialistas” en donde se ha enquistado esta tecnología de dominio. El heroísmo del líder también viene de la mano del militarismo en el campo político, algo que no deja de llamar la atención si se considera a los feligreses de estos regímenes que, en su intento de identificarse como “antisistémicos”, refuerzan se esfuerzan su identidad, oponiéndose a todo lo que sea castrense. Pero para hablar de las contradicciones ontológicas necesitamos miles de otras columnas.
El carisma heroico se construye para establecer una cohesión para intentar crear una comunidad política que reemplace a la anterior. De ahí se comprende la fuerte necesidad de establecer una clara diferencia entre los adeptos al líder y quienes no apoyan sus ideas y programas. Así sucede en el caso venezolano, donde los opositores nacionales y extranjeros son sujetos a un encasillamiento específico de carácter negativo que se ejerce para reforzar el dominio carismático frente a sus feligreses. El populista, según Umberto Eco, siempre toma el rol de víctima. Algo similar ocurre con el otro líder “socialista”, Muhammad Gadaffi, quien no ha dudado en someter los cuerpos físicamente en estos momentos de sublevación, radicalizando la dicotomía entre los adeptos y opositores a su dominio.
El desprecio del poder personalizado trata a los oponentes como “incumplidores del deber”, plantea el análisis weberiano. Y la historia lo confirma en frases como “vende patria” pinochetista; “enemigos de la revolución, fascistas y vendidos” chavistas.
Weber afirma que lo que activa la valoración objetiva del líder es el modo en que es apreciado por los dominados. La reverencia y confianza que entrega el héroe, aquél militar o guerrillero que tomó el poder del Estado para reemplazar las formas de dominio, proviene del reconocimiento que apunta al “deber de los llamados, en méritos de la vocación y de la corroboración, a reconocer esa cualidad. Este “reconocimiento” es, psicológicamente, una entrega plenamente personal y llena de fe surgida del entusiasmo o de la indigencia y la esperanza.”, señala el sociólogo alemán.
Desde esta perspectiva en parte se explican las obras que hablan de gobierno de las masas, como el libro verde de Gadaffi, o las constituciones bolivarianas que disfrazan su forma específica de poder bajo la idea de haber terminado con las “apariencias” de la democracia liberal, cuando en el fondo se construye otro tipo de apariencia desde el Estado. El reconocimiento de las ideas, propuestas y doctrinas contenidas en los libros escritos por el líder carismático crean un deber.
La necesidad de ponerse a toda costa en la vereda contraria al orden antiguo o hegemónico es otra característica del dominio carismático. “Subvierte el pasado (dentro de su esfera) y es en este sentido específicamente revolucionaria”, afirma Weber. Aquí no debemos aplicar el reduccionismo de catalogar a los regímenes de izquierda, pues el dominio carismático se identifica más bien con la instauración de un capitalismo de Estado que se especifica en las cualidades personales del líder.
La personalización del poder junto con la administración racional del Estado desembocan son uno de los elementos de la rutinización del carisma, el cual desemboca posteriormente en el burocratismo, según el análisis weberiano, lo que verificó en el Estado soviético.

En el modo de dominio carismático y su relación con el capitalismo de Estado la legitimidad del discurso "socialista" forma parte de la estrategia de control sobre la población, basado en la confianza hacia la personalidad del líder y su capacidad de extender su carisma hacia las tareas de la administración pública pues sólo así se cumple la misión que mueve al poder carismático antes y después de la captura del Estado.

lunes, 28 de febrero de 2011

El aporte de la obra de Walter Benjamín para entender la espectacularización de la política

Los puntos de vista para analizar el fenómeno de la “espectacularización de la política”, en el contexto del desarrollo mediático de la post modernidad, siguen su marcha. Pero actualmente no existe una tendencia a explicar el desarrollo de la publicidad política en los espacios representativos de la comunicación, desde la perspectiva de la dialéctica en Walter Benjamín.
Sus ideas las podemos abordar para entender el preponderante rol que se le asigna a la exhibición de la esfera política, algo que se viene estudiando sistemáticamente desde la filosofía clásica griega, pero que en Benjamín anticipa la perspectiva de la teoría crítica en torno a la industria cultural desarrollada más tarde por Max Hokheimer y Theodor Adorno.
Actualmente, la evolución de la relación de la actividad política estatal con el ejercicio de los Medios de Comunicación ha generado una serie de nuevas teorías y hermenéuticas que han enriquecido y clarificado las complejidades de las dinámicas entre comunicación, representación pública y sociedad, saliendo a la luz conceptos como populismo mediático, espectacularización de la política, sociedad mediatizada, sociedad post informativa, etc.
Y es por ello que el rescate del ejercicio del Benjamín acerca del examen de la producción artística en el período de la industrialización recobra importancia para contribuir a reordenar los cuerpos teóricos de estos tiempos. ¿Por qué? Simplemente para tratar de vincular uno de los puntos genealógicos de la actual influencia de la comunicación política en los espacios públicos.
La creación artística, según Benjamín, en la sociedad moderna industrializada ha derivado hacia la reproductibilidad técnica de la obra de arte. Uno de los efectos de este fenómeno es la transición de lo cultual a exhibición; aquello que anteriormente era identificado exclusivamente en un espacio de culto colectivo, como lo era el arte pre-moderno, se masifica ante los demás, comienza a desbordar su anterior frontera de carácter iniciático destinado a unos pocos, para instalarse en un pedestal de reconocimiento masivo.
La obra benjaminiana considera distintas expresiones en el régimen del culto a lo largo de la historia: (I) mágico no exhibitivo, donde se desarrollan castas sacerdotales y elites gobernantes; (II) religioso, en que se muestran ante la población a través de ritos; (III) exhibitivo o estético aureático burgués; (IV) exhibitivo industrial, y (V) regímenes de producción de obras, que utiliza la reproductibilidad técnica.
Cuando el carácter exhibitivo expropia o destierra al carácter cultual de la dimensión política es que podemos reconocer el germen moderno de la comunicación política. En el primer carácter podemos reconocer todos los rituales que realizaba la autoridad política estatal ante la población, como el discurso de la cuenta nacional ante el Congreso, un jefe de Estado que asume posando su mano derecha en la Biblia y otros procedimientos particulares de acuerdo a las construcciones de cada país. Cuando la dimensión política del Estado pasa a instituirse en los marcos de la imagen técnica a mediados del siglo XX, se genera otro nivel de exhibición, que tiene la capacidad de cambiar valores y provocar confusiones entre los espectadores de estos rituales.
Así podemos entender –resumidamente- cómo el valor cultual de la política cambió a una espectacularización apoyada en la reproducción técnica de imágenes que terminaron devastándolas, produciendo más confusión y, por tanto, nuevas condiciones de dominio sobre la sociedad.
La pérdida del aurea, ese momento de originalidad de la obra artística, entendida como la creación del hombre, se traslada y pierde en el valor cultual de la imagen técnica. Este último proceso es lo que realmente importa para la lógica del poder; el valor ritual que representaba el rito soberano del Estado sobre la población pierde su importancia real. El fin de la política, en la obra de Benjamín, se produce por la circulación masiva que más tarde será completamente absorbida por la tecnología de los Mass Media.
La exteriorización de la imagen, como materia prima auto justificadora en sí, no permite el desarrollo de los espacios políticos auténticos, originales y con portadores del aurea. Lo auténtico se desplaza con la reproducibilidad, de acuerdo a los postulados de Benjamín. El potencia revolucionario de la creación subjetiva original se rompe en mil pedazos al hacer contacto con la visibilidad de la reproductibilidad técnica. Estamos en presencia del shock, una interrupción, extrapolando los conceptos de Benjamín.
Bajo esta hermenéutica se puede comprender el por qué la política, entendida como lugar de discusión en común (la polis), se pierde en las llamadas sociedades mediáticas, su aurea original se ha diluido con el tejido de confusiones que ha generado el cambio de valores en los espacios políticos para comunicarse en la esfera pública.
Sin embargo, esto no necesariamente deja cerrada las vías de escape, pues la determinación de propuestas y contenidos alternativos no entra en una abierta contradicción con la reproductibilidad técnica, como lo demuestra con fuerza el desarrollo de las redes sociales 2.0. En la obra de Benjamín podemos extrapolar algunos de sus conceptos con el fin de aplicar un punto de vista nuevo acerca de esta obsesión por visibilizar la política como un espectáculo de la imagen por encima de la autenticidad.

lunes, 7 de febrero de 2011

El problema de concentrar el crecimiento económico en bienes no transables sin una estrategia definida

Transportes, construcción y comercio han sido los tractores que han tirado hacia adelante el crecimiento económico del año pasado a un 5,2%, con lo que se puede decir que nuestro ciclo productivo y de servicios se concentró fuertemente en los sectores no transables: Aquellos bienes que solamente pueden consumirse dentro de la economía que los produce, los cuales no pueden importarse ni exportarse (también se incluye el turismo y el marketing).
Efectivamente, la demanda interna registrada en nuestro país el año pasado batió todos los récords, siendo el motor después de la desaceleración, con aumento superiores al 10% en construcción y al 17% en comercio. Este incremento permitió amortiguar el baja en el precios de las exportaciones, especialmente en commodities como el cobre, molibdeno, celulosa y productos agroindustriales.
El problema es que la estrategia enfocada a la exportación de productos de bajo valor agregado recarga de consumo interno a una estructura de mercado aún caracterizada por fallas distorsionadoras como la alta tasa de informalidad; bajos salarios por el déficit en la calificación laboral –especialmente técnica-, y la tendencia a la concentración en ciertos sectores (supermercados, farmacias y retail, entre otros). Inevitablemente, una fuerte inclinación a los bienes no transables como parte del crecimiento conlleva un sobrecalentamiento en el consumo que, tarde o temprano, se expresa en un aumento de la inflación y, por ende, en el costo de la vida.
El escenario internacional de interminable demanda por parte de economías emergentes como China, India, Rusia y Brasil promete no cambiar la balanza hacia los sectores transables, debido a que el nivel de requerimiento de materias primas por parte de los dos primeros mercados produce una presión al alza en el precio de los commodities que, a su vez, mantendrán bajo el nivel del dólar.
¿No sería, entonces, una oportunidad para importar bienes de capital de alta tecnología para destinarlos a la producción de mayor valor agregado hacia los mercados externos? La pregunta es compleja viendo que uno de los principales frenos a esta eventual situación la pone el propio Estado, a través de su política fiscal, pues las autoridades económicas no dudan en elevar las tasas de interés a fin de ponerle freno al consumo y así evitar que el sobrecalentamiento se transforme en una inflación incontrolable.
Asistimos, por lo tanto, a dos problemas: una situación de dinamismo congelador que impide a la industria local pasar a la eterna aspiración de la segunda etapa de exportaciones de mayor valor agregado que genera los consiguientes efectos sociales: baja calificación del capital humano y un aumento en el costo de la vida, en un contexto de bajos salarios y de amortizadores fiscales insuficientes para l funcionamiento pleno de un sistema de seguridad social.
No son pocos los economistas que advierten que la actual apreciación del peso, que inclina la balanza hacia los bienes no transables, deba ser acompañada de reformas estructurales que aumenten la productividad a través de la elaboración de productos con mayor tecnología, además de intervenir en otras áreas como la industria de la propiedad intelectual, promover la calificación dentro del mercado laboral y enfocarse a la inversión energéticas, diversificando las matriz existente.
Como vemos, del sombrero del mago, representado en la inclinación de la economía local en los sectores no transables, se puede sacar más de un conejo. El Estado es el principal encargado de orientar esta estrategia, sin dejar que el sector privado sea un mero receptor de sus subsidios, sino todo lo contrario: debe desarrollar sus propias estrategias en sintonía con la política pública

jueves, 27 de enero de 2011

Promesas políticas incumplidas, problemas de legitimación en el capitalismo tardío

“Nadie deja de comprender cuán digno de alabanza es el príncipe que cumple la palabra dada, que obra con rectitud y no con doblez; pero la experiencia nos demuestra, por lo que sucede en nuestros tiempos, que son precisamente los príncipes que han hecho menos caso de la fe jurada, envuelto a los demás con su astucia y reído de los que han confiado en su lealtad, los únicos que han realizado grandes empresas”.
Las palabras de Nicolás Maquiavelo en el capítulo XVIII, “De qué modo los príncipes deben cumplir sus promesas”, de su obra “El Príncipe”, son un fiel reflejo de la práctica política de prometer y no cumplir. Una situación que resurge con fuerza en el actual debate por las actuaciones del actual gobierno, cuyos últimos problemas encuentran sus raíces en esta costumbre secular.
Lo cierto es que los últimos conflictos que se han dado entre el Estado y la ciudadanía giran en torno a los anuncios hechos por el Presidente Sebastián Piñera durante la campaña electoral, los cuales no se han materializado del modo en que fueron planteados en su momento o han sido distorsionadas en su forma y fondo.
Casos como el proyecto termoeléctrico en Barracones fue enfrentado improvisadamente frente a la presión de la sociedad civil, al igual que el aumento en el precio del gas para en Magallanes o el proyecto de Ley que flexibiliza el post natal de las mujeres. Hasta el momento, la tónica ha sido la improvisación para salir de estas crisis, pero la pregunta es si el gobierno podrá continuar con esta estrategia cada vez que se produzca una disonancia entre lo prometido en campaña y lo que se hace en la realidad.
De todos modos, podemos apreciar un tema de fondo en el arte político de hacer promesas a la población y su cumplimiento o no. Maquiavelo, en este sentido, trata de mostrar el esencialismo del actuar en política: Los grandes objetivos del gobernar son más eficientes si se conducen a través del engaño. “Un príncipe prudente no debe observar la fe jurada cuando semejante observancia vaya en contra de sus intereses y cuando haya desaparecido las razones que le hicieron prometer”.
El binomio entre intereses y las promesas es un punto clave para entender esta dinámica que no solamente afecta al actual gobierno, pues también se verificó en los veinte años concertacionista, especialmente si se compara la plataforma programática levantada para superar la gestión pinochetista a la cual se le ha llamado “el programa abandonado”.
Y es que la famosa “letra chica” debe entenderse como un juicio de hecho transversal al actuar político, es el ADN de su sentido común. Sin embargo, en estos tiempos, resulta inaceptable para la contraparte civil. Por tal motivo, no es de extrañar el déficit sistémico de credibilidad con que se identifica al modelo de gobernabilidad universal de esta época. El clima cultural de este período, el “zeitgeist hegeliano”, no acepta a ojos cerrados la premisa maquiavélica; ahora el incumplimiento de los príncipes se traduce en pérdida de credibilidad, demostrando lo que Jurgen Habermas denomina como uno de los “problemas de legitimación en el capitalismo tardío” (1986).
En esta obra el pensador alemán intenta explicar la crisis de la racionalidad política actual a partir de la dualidad que existe entre la política económica y social del Estado con los efectos que presentan estas medidas para los intereses universales o particulares. Así, en los últimos años, podemos observar cómo la mayoría de las promesas hechas en campañas electorales se basan en la pretensión de las élites políticas de desarrollar acciones sustentadas en el interés general de la sociedad o el bien común (por ejemplo, impedir la instalación de centrales en reservas naturales, mantener precios bajos al consumo residencial en zonas extremas o establecer un post natal adecuado para las mujeres).
En esta fase la racionalidad política es aceptada por una parte considerable de las poblaciones, pero el ejercicio se revierte a la hora de gobernar: Gran parte de los conflictos se producen por la transformación de los anuncios de interés general a iniciativas que benefician a determinados intereses particulares, con lo cual se manifiesta la racionalidad es cuestionada, perdiendo su legitimidad en la sociedad. Bajo este punto de vista, el principio de las promesas electorales no es más que una forma de legitimación falsa, aparente, en el contexto de los problemas de racionalidad que se configuran en el complejo capitalismo de organización que observa Habermas, a partir de las concepciones weberianas.
La complejización en las estructuras y funciones capitalistas, según Habermas, encuentra múltiples exigencias de legitimación, que se responden mediante una “ética comunicativa”, un discurso de formación de las voluntades hecho a partir de compromisos (promesas) que –posteriormente- tienen la posibilidad de convertirse en normas formales de acción (realidad) válidas, siempre y cuando haya acuerdo entre todos los interesados por los efectos normativos. Si esto no se produce, estamos en presencia de una crisis de legitimidad y de motivación para quienes no fueron incluidos en la toma de decisiones inherente a los compromisos anunciados.
La lógica del Estado está sujeta a esta problemática, la cual afecta también al mercado, especialmente en su dualidad discurso-realidad, a la hora de pregonar un modelo de libre competencia que, en la práctica, es subyugado por los intereses corporativos. En consecuencia, la problemática de los incumplimientos de nuestros gobernantes no debería ser tomada como un lapsus temporal, sino que debe ser analizada desde una perspectiva más estructural, de carácter transversal que tiene pretensiones universalizantes en el modo en que se ejerce el poder organizado.

jueves, 30 de diciembre de 2010

La conjura de Catilina en nuestra parcelita chilena

La conjura es uno de los elementos centrales que constituyen la esfera política y uno de los más invisibles. Su principal significado se ata indisolublemente a la conspiración, sea para terminar con una lógica de poder establecida o para lanzarse contra alguna persona, grupo, organización o institución. Ella nos muestra episodios que inundan las bibliotecas: Desde los griegos, pasando por la Roma imperial y papal, hasta la política moderna, representa una práctica que promete no se expulsada de los pasillos del poder organizado.
Ya no se ocupan dagas ni espadas o venenos para deshacerse de adversarios o enemigos políticos, sino que basta un par de llamadas telefónicas para poner la conjura en marcha, de modo soterrado, subversivo, en el sentido que supone un cuestionamiento al orden establecido. Ello no significa que se adscriba al molde revolucionario definido en el siglo XIX, sino que es transversal y funcional al ejercicio del poder.
Uno de los episodios más conocidos de este "arte" dentro de la práctica política es la obra “La Conjura de Catilina”, escrita por el historiador romano Cayo Salustio Crispo, la cual se ha convertido en uno de los principales referentes para hablar de conspiraciones en la histórica relación entre el poder y el Estado.
Lucio Sergio Catilina fue un patricio romano que en su juventud se dedicó a vivir licenciosamente, aprovechando su posición económica y social, por lo que el correr de los años le pasó la cuenta: una gran deuda material que no pudo solventar debido a que había perdido el favor de Julio César (cuando éste luchaba por ser cónsul). Así, decidió salir adelante por cuenta suya, formando un grupo con sus amigos y creando un referente político en la Roma republicana. Con el espaldarazo partidista, se relata que comenzó a dividir al Senado, comprar a los comisarios (questores) y corromper a los cónsules, aprovechando de autoproclamarse el único defensor de las libertades romanas, prometió trabajos y más juegos en los coliseos, además de utilizar una estrategia destinada a dejar a los magistrados como el blanco de los desprecios de los plebeyos y comprometerse a pagar las deudas del Estado.
Como era de esperar, esta figura histórica pasa al imaginario del devenir político, asociando el relato de Catilina al perfil del político individualista que emprende una carrera por cuenta propia, sobre la base de influencias subterráneas en los pasillos del poder, que desafía a los poderes establecidos. ¿Podría ser incluido bajo estas características el caso de Sebastián Piñera?.
Lo cierto es que el actual Presidente tuvo una dura lucha contra los llamados poderes fácticos en la década de los noventa que, en más de una oportunidad, boicotearon sus candidaturas senatoriales y presidenciales. Catilina intentó -más de una vez- alcanzar la máxima autoridad de la república romana: El consulado (después de su conjura y muerte en batalla, se pasa a la etapa del Imperio). Si hablamos de prácticas conspiradoras tampoco debemos olvidar a la radio Kyoto que encendió el enemigo de Piñera, Ricardo Claro, en lo que se conoce como el piñeragate, donde el entonces político descargaba sus dagas simbólicas contra las otras candidaturas de su partido.
Piñera llegó a La Moneda con el discurso de la libertad de emprendimiento individual frente a la ineficiencia del Estado; la creación de 200 mil empleos, y el aumento de la seguridad ciudadana, en la cual la estrategia utilizada por el sector político que lo apoya es acusar a los jueces por no poner el candado a la puerta "giratoria" sobre los delincuentes. Esto último pone en entredicho la tarea de los saturados tribunales ante la opinión pública.
En lo que respecta a las acciones de Catalina de comprar a cuanta autoridad de la república se le pusiere por delante para ganar terreno político, tal fenómeno puede ser reconocido como tráfico de influencias y conflicto de intereses. La reciente estocada del gobierno estadounidense, dada por las filtraciones de Wikileaks, en las cuales se califica a Piñera como un hombre “que maneja tanto los negocios como la política hasta los límites de la ley y la ética”, tampoco lo dejan en buen pie para poder escapar de la sombra catiliniana.
Apoyado por un consenso popular debido a la inconformidad de algunos romanos con el modo de gobernar hasta ese entonces, Catilina promete cambiar Roma, regalando las tierras -que pertenecían al Estado- a quienes lo ayudasen. Algo similar se aprecia en los constantes ofrecimientos de privatización que esperan los grandes agentes del mercado, luego de otorgar su apoyo financiero en tiempos de elecciones. Las prácticas de lobby, reuniones y presiones a puertas cerradas también forman parte de las conjuras. Cayo Salustio cuenta cómo Catilina llamaba a sus designados en las altas esferas de poder: “les retiró a una pieza secreta de la casa y, allí, sin testigo alguno de afuera, les habló de esta suerte.(…)Entonces les ofreció Catilina nuevos contratos públicos en que se cancelarían sus deudas, proscripción de ciudadanos ricos, magistraturas, sacerdocios, robos, y lo demás que lleva consigo la guerra y el antojo de los vencedores”.
En el caso chileno, la conjura que dio nacimiento a la guerra desde el Estado hacia un sector de la sociedad civil se inició en 1973, lo que después dio espacio al “antojo de los vencedores” durante la década de los ochenta, en la cual se registra un notable aumento de prácticas reñidas con las virtudes cívicas, materializadas en la suspensión de derechos; privatizaciones a cuatro puertas, desarrollo de capitalismo entre amigos en común, contratación de parientes en el sector público y otras irregularidades que continuaron reproduciéndose durante los gobiernos de la Concertación.
Catilina -que termina muerto en batalla a la cabeza del ejército que había reunido para tomar por la fuerza el Estado romano- obtiene un inesperado apoyo de la población. Algo común en estos tiempos, especialmente en Chile donde muchas personas aún se preguntan el por qué este gobierno tiene un grado de adhesión no desdeñable. Según el análisis de Cayo Salustio, las personas son llevadas por el pragmático deseo del cambio de situación, lo que también se vio en nuestra sociedad después de veinte años de gobiernos concertacionistas. “Porque siempre en las ciudades, los que no tienen que perder (…)ensalzan a los que no son buenos, aborrecen lo antiguo, aman la novedad, y, descontentos con sus cosas y estado, desean que se mude todo”.
Para el autor de la “Conjura”, este hecho está asociado a los niveles de prosperidad económica que alcanzan las sociedades, lo que –inevitablemente- produce un fetichismo por lo material, en vez de cultivar las llamadas virtudes cívicas, en algo que también es compartido por el pensamiento crítico actual de nuestra convivencia nacional a la hora de analizar fenómenos como el exacerbado consumismo, egoísmo civil, déficit de confianza social, lagunas culturales y la falta de solidaridad en la estructura social. Es decir, hablamos de una banalización de la sociedad.
En varios pasajes de su obra, Salustio explica que el surgimiento de una personalidad política como Catilina es el resultado de los vicios que genera la ambición desmedida y la avaricia frente a la mayor circulación del dinero. “En la prosperidad, aún los cuerdos difícilmente se moderan”; “Desde que empezaron a honrarse las riquezas(…)decayó el lustre de la virtud, túvose la pobreza por afrenta, y la inocencia de costumbres, por odio y mala voluntad. Así que las riquezas pasó la juventud al lujo, a la avaricia y la soberbia”.
En cierto modo, el consumismo producido por la prosperidad material que dejaban las conquistas de la república romana generó subjetividades que moldearon otros valores sociales, lo que permitió a Catilina abrirse paso, debido a que gran parte de sus sostenedores en la conjura querían obtener más riquezas, pagar las deudas contraídas, obtener nuevas posiciones. De ahí que sea tan fácil dirigir un orden discursivo que promete riqueza, empleo y crecimiento económico sin regulaciones, tal como se ve por estos días en nuestra pequeña polis.

La conjuras funcionan transversalmente, ahora vivimos una de otro tipo: aquella que promete prosperidad a costa del Estado y sobre la base del mercado como único generador de riquezas, olvidando las virtudes cívicas de la convivencia en común para el mediano y largo plazo, tal como le sucedió a Roma antes de convertirse en Imperio. El caldo de cultivo para nuevos Catilina es fecundo, pero siempre se le puede enfrentar con la pregunta que le formularon al patricio romano en el Senado: "Catilina... ¿hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia?".

martes, 21 de diciembre de 2010

Un poco de periodismo vivencial: El irresuelto caso de los choros chilenos en la costa romana

Ostia es la más famosa ciudad balneario a media hora de Roma. Las arenas de sus playas fueron el mudo testigo del asesinato del gran poeta, escritor y cineasta del mundo popular, Pier Paolo Pasolini, en los años setenta. Y no sólo eso: lugar estratégico para la entrada y salida de barcos que navegaban sobre las aguas del tíber para llegar a la capital del Imperio, en estos tiempos el balneario vuelve a recibir el ambiente cosmopolita y multiétnico de hace unos 1.450 años. Entre ellos dos chilenos comunes y corrientes que debía cumplir con la entrega de material para la empresa de transporte público de la región del Lazio.
Una vez descendidos del tren que nos traía desde la capital, con mi ex colega Juan Carlitos, decidimos iniciar la jornada con el ritual mañanero italiano por excelencia: una buena tacita de café expreso para despertar. Veníamos conversando de un tema sabido, pero poco mencionado: la particularidad de Ostia de atraer a la “mala vita”, como dicen los italianos. “Romano de Ostia” se dicen de modo despectivo. Y es que este es el lugar de operaciones de la camorra napoletana, peleas de territorios entre europeos del este y africanos por el control de la prostitución, además de algunos extraños robos a tiendas perpetrados por la “banda del hoyo”, como lo bautizó la prensa local por el modus operantis de ingresar -por un túnel- a los negocios por la noche, en un método que toma varios días, si no es que semanas. “Algo de la picardía latinoamericana hay en esto”, pensaba cada vez que leía este tipo de noticias.
“Capaz que veamos a un choro chileno hoy día”, nos dijimos con Juan Carlitos. Ya la semana pasada nos habíamos encontrado con un lanza internacional paisano en el mall Leonardo da Vinci, cercano a Ostia. Flaquito y con la cara de gato (a lo Gary Medel), típica del mestizaje sudamericano, venía subiendo y bajando las escaleras mecánicas, con ojos inquietos que lo delataban, además de esa inconfundible cara del tipico chileno: prominentes pómulos en una cara enjuta, mechas de clavo en su rojiza cabeza (que lo hacia pasar un poco inadvertido entre los italianos) y con sus buenas patas de gallo en las sienes. “Socio, ¿usted es chileno?. “Si, por qué, ¡qué passaaaa!”, le respondió el desgarbado a Juan Carlitos, levantando su mentón de forma corta y rápida. “Na’ po socio, nosotros también”, le respondimos, adaptándonos inmediatamente a su habla.
Una vez relajado, nos dijo que “andaba trabajando”, en su lucrativa actividad de “mechero”. No le iba mal: una parka Dolce & Gabbana de 700 euros encima de su vetusto cuerpo y jeans Gucci, de 340 euros, al igual que sus zapatos. Preguntó, sin esperar respuesta, de qué parte de Santiago eramos, para inmediatamente decirnos que debía ir a buscar a su compañero que estaba en el piso de arriba. Sólo alcanzamos a decirle “vaya no más” antes de que los peldaños metálicos de la escalera automática se lo llevasen.
Con este recuerdo en mente, entramos al Bar-Café para caer en los brazos de la cafeína. La típica mirada del foráneo en tierra ajena me llevó al punctum del ambiente: un tipo que nos miraba fijamente. Un gorro de fina lana Armani, que dejaba entrever unos cabellos rucio cenizas que colgaban a la altura de sus orejas; ojos azules oscuros puestos en unas órbitas oculares caídas, que lo hacían parecerse a Silvester Stallone, luego de una noche de juerga, y una barbilla a delicadamente cortada con la forma de una U al revés, lo delataba como un ostiano más a la hora del desayuno.
Pero su aguda mirada me incomodó a tal punto de hablar en buen chileno en medio del tráfico vocal italiano: “Y este huevón que mira tanto”. No pasaron tres segundos para tener la respuesta de sus labios: “Iguaaaaal po hermano”. Para sacarme la incomodidad de haber sido pillado en mi propia lengua, mecánicamente me salío un chorro de risa y alcé la mano con vuelo a fin de saludarlo como correspondía. Él, fríamente, nos estiró la suya para preguntarnos si “estábamos trabajando”. “Si pos”, le respondimos. Ahí, por arte de magia, en su mano derecha, apareció el vaso ancho de coñac que estaba bebiendo, mientras los italianos desayunaban sus capuchinos y medias lunas, sin darse cuenta de la burbuja lingüística que se había formado. “De qué parte viene compadre”, le preguntó Juan Carlitos. “De ahí no más po, de ahí”. En un italiano tarzanesco, pidió dos cafés para sus paisanos. El hálito que salió también nos señaló que venía lanzado de la noche.
Pero a él no le importaba. Paso a paso nos contó acerca de los joint ventures que se forman entre chilenos, napolitanos y colombianos en el submundo de la criminalidad lugareña: Los primeros roban, ya sea con el clásico cartereo en la calle, en hoteles y en tiendas, para reducirlas con los napoletanos quienes, a su vez, negocian con la droga importada por los colombianos que operan en el litoral romano. “Aquí hay pocos chilenos, eso sí, hay que ir a Milán pa’ ver más, ahí se hacen pichangas de cincuenta y cincuenta”, nos afirmó sin tapujos. No sabíamos si era el efecto hiperbólico del coñac el que lo llevaba a asegurar esto, o era el típico “color” que se utiliza en los códigos populares de la periferia santiaguina.
De todos modos, seguíamos escuchándolo: “Los peruchos (peruanos) también son choros, pero son veinte, y un maricón. Nosotros la llevamos”. La búsqueda de la mirada risueña rápida con Juan Carlitos ya nos decía que agradeciéramos el café y nos despidiéramos, antes de seguir asintiendo con la cabeza el monólogo prontuario de nuestro chorizo.
“Si yo los miraba a ustedes porque hay mucho sapos acá y no se sabe quién es paco (policía) o no”. Fue la última frase que nos otorgó antes de terminar su vaso para pedir otro rápidamente, al mismo tiempo que no quitaba la vista a una despanpanante rubia que pedía su taza en la barra. "Chao compadre, gracias por los cafés, nosotros vamos a trabajar, tenemos que ir a un hotel”, le dije yo con la cómplice anuencia de Juan Carlitos. Nunca supimos si este personaje era parte de la banda del hoyo, pero suponerlo y comentarlo nos dejó satisfechos en nuestra chilena morbosidad de inmigrante.
Mi socio Juan Carlitos es hijo de un veterano choro chileno que hace el itinerario Concepción-Buenos Aires-Roma desde hace 29 años. Apodado “el lobo”, su especialidad son los hoteles. Los tiempos cambian y el hombre no pierde su estilo: las mejores pintas Lacoste y pantalones de fino lino, son parte de su puesta en escena cuando entra a los lujosos lobbies de la hoteleria romana y de Venezia. Ahí, saca de su billetera su tarjeta magnética para entrar y arrasar con todo lo que encuentra adentro: joyas, relojes, billeteras, cámaras, notebooks. Según él, su casa en Concepción la compró con un “trabajo” hecho en Roma, en 1989: “un maletín con cien mil dólares que le sacamos con mi hermano a un sultán”. La idea del sultán era interesante, hasta que un día por el centro de Roma vimos a un árabe con su tradicional vestimenta blanca y su singular pañuelo en la cabeza. "Ese es un sultán", me dice Juan Carlitos. Ok, pienso. Ahí me quedó claro la televisión tiene mucho que decir a la hora de formar y encasillar los imaginarios de nosotros.
Fue una vez, viendo la final de la Eurocopa entre España y Alemania, entre medio de las botellas de cerveza, que el lobo me dice que escriba un libro sobre los choros. Bueno, el cierre de esta breve anécdota acerca de los chilenos de Ostia, como se conocen en Roma, termina con una mención a este veterano.

martes, 14 de diciembre de 2010

El camino al Estado penitenciario, sentido común punitivo y marginalizaciones urbanas

El camino al Estado penitenciario, sentido común punitivo y marginalizaciones urbanas
El fuego que consumió la vida de 82 hombres en la cárcel de San Miguel en 2010 es uno de los tantos hitos que todavía no se consumen por completo en el pensamiento crítico respecto al funcionamiento que hemos construido en nuestra sociedad. Hechos como este pueden ser ubicados bajo el modelo explicativo de la disolución del Estado providencia a costa del Estado penitenciario, planteada por el sociólogo francés Loic Wacquant, uno de los exponentes más llamativos en el estudio de la sociología urbana y el Estado penal.
Una de sus principales obras es “La gestión policial de la miseria”, donde identifica la genealogía que da inicio al discurso conservador de la tolerancia cero en Estados Unidos contra el potencial peligro que advierte este pensamiento contra los grupos marginalizados en los suburbios urbanos que son asociados como el producto de las malas políticas asistenciales del Estado benefactor de los años sesenta y setenta.
La ideología se propaga en la Gran Bretaña de John Mayor a mediados de los noventa y en algunas grandes ciudades estadounidenses a fines de la misma década. Como olvidar en este sentido lo que hizo el denominado sheriff de Nueva York en eso años, el alcalde Rudolph Giuliani, quien fue visitado por líderes de nuestra derecha, como Joaquín Lavín.
Básicamente el objetivo de estas iniciativas programadas consiste en tratar con igualdad penal a los menores de edad con los adultos; aumento de penas por delitos e infracciones menores; mayor presencia de cámaras de vigilancia en los espacios públicos, e integrar al sector privado en la provisión de soluciones de seguridad, entre otras medidas.
Los principales efectos de estas acciones será el abatimiento de la identidad individual del sujeto a favor de la emergencia de un sujeto colectivo que será encasillado como delincuente y otras formas lingüísticas que nacen de acuerdo a la realidad de cada ghetto urbano. En Chile, la masificación del término "flaite" se asocia al orden discursivo informal del pato malo y al formal del delincuente, naciendo de este modo, el concepto del paria urbano.
Un factor agravante a las marcadas divisiones en la estructura social local emerge con estos nuevos engranajes de la economía de la segregación que se implanta con el discurso de la derecha desde 1990 hasta ahora en torno a la delincuencia y la seguridad ciudadana.
La aparición de un “sentido común punitivo” es otro elemento constitutivo en el armado conceptual de Wacquant y que se refleja en los variados comentarios de algunos ciudadanos en las redes sociales 2.0, donde apologizaban la muerte de “delincuentes y lacras”. Como se aprecia, desde la perspectiva sociológica encontramos otra distorsión inducida en las relaciones sociales, producto de programaciones racionalizadas y con una clara intencionalidad de control social de la entropía. “El paso del Estado providencia al Estado penitenciario anuncia la aparición de una nueva forma de gobernar la miseria, que aúna la mano invisible del mercado del trabajo descalificado y desregulado con el brazo largo de un aparato penal omnipresente”, es la tesis principal de Wacquant.
Ahora, es necesario reconocer que esta clase de gestión se dirige preminentemente a los segmentos urbanos marginalizados, que día a día deben enfrentar situaciones de abuso, provenientes de la profundización de la vigilancia en sus territorios. De estos entornos salen los chivos expiatorios que después son expuestos delante de las cámaras para dar cuenta del relato de combate a la delincuencia, muchas veces sin haber cometido el delito que se le imputa. Dinámicas de este tipo también se observan en los videos filtrados desde Carabineros, donde se puede ver a una persona detenida ocho veces en el arcos de dos meses, sin dejarse clara la razón de su detención, pues queda en un segundo plano frente a los sádicos abusos y torturas psicológicas que realizan sobre él un grupo de policías.
Por un lado, entonces, tenemos que reconocer fenómenos como la miseria, la delincuencia y la marginalización como un producto social, cuya respuesta se materializa en el Estado penal que criminaliza la miseria y la marginación, concentrándose en la política de contención que vemos en el exceso de población en los recintos penales.

Wacquant menciona el régimen discursivo del Estado que declara el combate a la delincuencia para recuperar el espacio público. Pero, bajo esa superficie, se identifican consecuencias visibles en Chile, puesto que esta problemática se ha internacionalizado con el proceso de la globalización, tales como un aumento notable de encarcelamientos, justo en momentos en que la criminalidad se estanca; crecimiento del sector penitenciario en la administración pública, que supone un alza en el gasto fiscal a costa de las reducciones en otras áreas sociales; privatización del encierro, generando fases desconocidas de prosperidad en la industria privada de la prisión (en esto invitamos a ver los ingresos de empresas como Sodexo, encargada de la alimentación y mantención en los nuevos recintos licitados), además del surgimiento de una política de acción afirmativa carcelaria, en la cual la práctica punitiva privilegia ciertos sectores urbanos que incluyen a ciertas familias que habitan en estos territorios. Ello crea el tipo de dinámicas que se desarrollan desde 1990, a partir del núcleo conceptual de la “tolerancia cero” o “la mano dura”, adaptada lingüísticamente por la derecha, que no sería más que una intolerancia selectiva, de acuerdo al sociólogo francés.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Aproximaciones a una idea precisa de las prácticas del poder carcelario

La foto de Bastián Arriagada, un muchacho de 22 años, que terminó perdiendo su vida en un recinto penitenciario atiborrado, es el símbolo de las arbitrariedades del poder que nos rodea desde la cuna hasta el ataúd. Su fotografía de prontuario denota tristeza, la resignación de ser parte de una realidad punitiva por traficar mercadería en el circuito informal de la economía. Decisiones cotidianas en Chile, donde la informalidad se transforma en una vía de escape frente a los bajos salarios del mercado laboral para los no cualificados. Su expresión es la de sentir que no debía estar ahí, frente a una cámara que los clasificaba como reo por 61 días en la cárcel de San Miguel, donde moriría junto a otros 81 internos.
En este caso hablamos de una víctima de los avatares del no hacer con los cuales opera el poder público en nuestro país a la hora de implementar políticas públicas. Que quede claro que no hablamos de la visión simplista y superficial que define al poder como algo que proviene de una fuente estática e institucional, sino que hablaremos del poder como lo qué es realmente: una omnipresencia que se mueve en todos los niveles.
Los resultados de estas prácticas, eso sí, mayoritariamente perjudican a quienes caen en el juego estratégico de exclusiones que viene realizando metódicamente el poder desde hace unos 240 años. La vida truncada de Bastián recae en las deficiencias de una política carcelaria incapaz de diferenciar los espacios entre primerizos y reincidentes, incapaz de clasificar a las personas por el delito que han realizado de acuerdo a los ambientes y dinámicas criminógenas que se desarrollan al interior de estos recintos. En el fondo, el objetivo de punición del Estado no se genera a causa del formalismo jurídico de encarcelar a quienes delinquen, para disminuir los riesgos de la seguridad ciudadana hacia quienes no delinquen, sino que responde a una lógica de contención que termina profundizando la reproducción de ambientes disfuncionales entre la población afectada.
Como es la fuerza de la costumbre, en las discusiones públicas en el país, la tragedia de la cárcel de San Miguel vive su semana de pulsión informativa: las primeras 24 horas está en boca de todos; cada uno de nosotros busca su parcelita de poder, en el 2.0, con sus comentarios para decir su franca percepción de los hechos o para intentar influir en los demás. Pasadas las 48 horas, el embudo de la inmediatez cercena el número de individuos. Aquí entran en juego los saberes narrativos de las columnas y notas que pretenden adentrarse en la reflexión, tomando el suceso desde múltiples aristas.
Esto es algo normal en estos tiempos de fragmentación de subjetividades y de relatos. La heterogeneidad, sin embargo, algunas veces, se diluye bajo la empecinada forma conservadora de analizar los hechos: De una parte, la derecha que apunta a la visión cortoplacista y cuantitativa de aumentar el número de cárceles como la gran respuesta para evitar que se repita este tipo de tragedia, sin considerar –para variar- que más recintos es sinónimo de más reclusos y, por ende, de más hacinamiento. Es la misma clase de racionalidad que publicita cuando se refiere al empleo: lo importante es que los números y las cuantificaciones den la sensación de un problema resuelto, sin importar cómo se mueve el magma por debajo.
Al otro extremo, se encuentran las posturas superficiales y delirantes-hilarantes que afirman que todo preso es político en el sentido de que todas las personas que se encuentran recluidas en estos espacios son víctimas de la sociedad, sin considerar otras complejidades psicopatológicas existentes -y que no necesariamente encuentran la respuesta en el discurso de la contra psicología-, especialmente para los casos más graves de individuos con psicopatías permanentes, los cuales deben esbozar una leve sonrisa de satisfacción si leen a otros que les llaman víctimas por haber violado, asesinado o infringido un daño físico o psicológico grave a otra(s) persona(s), tan portadora de derechos y deberes como él mismo en una sociedad. El problema es que, si se acepta la tesis básica de que los victimarios son las reales víctimas del sistema de organización socioeconómica que vivimos, entonces excluimos o dejamos en un segundo plano a las víctimas reales de los delitos como sujetos de derecho que también buscan justicia. La imaginación da para mucho en el momento de pensar cuál sería la respuesta de una persona común y corriente que ha sido robada, o violada o que le han asesinado a un cercano, se la respuesta es que el capitalismo es el gran culpable de lo que ha experimentado.
La hoguera de las confusiones que pregonan ciertas posturas en los extremos de la discusión social no hace más que perder el foco preciso de las eventuales respuestas para prevenir y evitar tragedias como éstas. Claro que hay algo certero en todo esto: la responsabilidad y la culpa de estos hechos recae en el poder organizado, en la clase política en general, por no tener una estrategia de prevención real en todo lo que se refiere a la rehabilitación y reinserción de los individuos que son parte de la población penal.
Si. Los conceptos de población, delincuentes, detenidos, antisociales, aislados, etc. hacen referencia al tipo de racionalidad política (en su sentido amplio) que se instala en occidente a fines del siglo XVIII y que la obra de Foucault identifica como la transición desde las sociedades de disciplinamiento a las sociedades de control social, a través de la continua intervención de ciertos tipos de poder en los procesos vitales de los individuos, formando una economía política de los cuerpos, los cuales son clasificados, segmentados y calificados por una instancia que los dispone en espacios segregados para facilitar el control social.
El término de biopolítica que se le ha otorgado a este enfoque permite entender de mejor modo cómo funciona el poder dentro de la práctica punitiva de la cárcel. Cuando Foucault habla de las sociedades del disciplinamiento pensaba justamente en una puesta en escena arquitectónica de la cárcel que es el producto de una tecnología de saber y de poder racionalizado donde nada se dejaba al azar. El poder no debe entenderse como algo estático que opera exclusivamente desde una institución determinada. Esto significa simplificar las complejidades de la realidad. Si queremos comprender cómo funciona el poder en estos recintos carcelarios en Chile debemos partir de la base de sus elementos característicos identificados por Foucault:
-Relaciones estratégicas dinámicas entre los mismos reclusos que se manifiestan en códigos que regulan el grado de violencia aplicada (la pelea que da origen al incendio, según la versión oficial); estas mismas relaciones precisas se dan entre los reclusos y los gendarmes, quienes están tan encerrados como ellos, compartiendo estos espacios de control social.
-La lógica del más fuerte, por los recursos a disposición, juega a favor de los representantes del Estado en estos lugares que abusan de sus contraparte o que realizan relaciones de poder recíprocas (en la compra venta de bienes y el tráfico que se genera en todo los recintos del mundo entre los vigilantes y los vigilados). El carácter de estas relaciones asimétricas también es un factor que explica la tragedia, especialmente por la desidia del personal presente por no haber reaccionado y controlado el juego. Lo más probable es que hayan dejado correr la situación, sin intervenir, debido a la lógica de premios y castigos que establecen con los vigilados, sobre todo la segunda.
-El poder, al tener una materialización siempre móvil y flexible en las relaciones entre los hombres, juega con el hacer y no hacer. En este caso, la ineficiencia y la inercia de las políticas penitenciarias (este último concepto proviene del disciplinamiento del poder pastoral católico pos tridentino, el cual es asociado directamente a la idea de castigo) muestran la prioridad de observar la realidad presidaria desde el exclusivo punto de vista de la contención.
-El tipo de poder que opera en los espacios carcelarios opta por la indiferencia en todo sentido: desde la preocupación de los vigilados, pasando por la omisión de separar a los reclusos en distintos ambientes, hasta la inoperancia para otorgar mejores condiciones de vida a los reclusos, quienes continúan siendo sujetos de derecho, por más que sea limitado por los espacios punitivos.
Lamentablemente, bajo la mirada de la racionalidad política, el poder carcelario no se preocupa, por lo general, de crear otras condiciones. Desde los recintos de los tiempos soviéticos ubicados en Siberia hasta las precarias cárceles latinoamericanas, se delimitan los espacios físicos solamente para recordarles a quienes caen en ellos del carácter punitivo que conllevan ciertas acciones de no inclusión a los espacios delimitados por quienes hegemonizan y manipulan el poder. Esto es un punto cardinal en el estudio que Foucault realiza y que también fue abordado por Marx y Engels en su ensayo histórico acerca de “La acumulación originaria del capital”. En que revisaron las leyes europeas del siglo XVII que castigaban físicamente a los vagabundos por no trabajar, enviándolos a cárceles y, posteriormente, a trasquilar ovejas para la producción textil.
Así era entendido el reciclaje funcional en aquellos tiempos, al igual que en la Inglaterra de Oliver Twist. Sin embargo, actualmente, existen pocas experiencias reales de “reciclaje” que hayan dado frutos en el mundo, los casos triunfantes de personas que salen adelante desde dentro hacia la “normalidad” de afuera es por el esfuerzo individual. Porque, de lo contrario, no existirían individuos que cambian sus vidas desde dentro hacia afuera, una vez que salen, por mucho que les pese a quienes de seguro confunden esto con una “visión individualista del capitalismo”. Y aquí es donde entran a operar otras clases de poderes más subjetivos y difíciles de clasificar.
La gran industria manufacturera de la criminalidad se encuentra dentro de estos espacios, de aquí nacen los códigos que dan vida a las prácticas de legitimación de la delincuencia. Y esto va derribando nuevas piezas de dominó en el campo del poder. Es cierto el análisis que enfoca la permanencia de la lógica de contención existente en las prisiones, con una cierta economía política que rinde frutos al control social. A medida que aumenta la tasa de delincuencia, lo mismo sucede con los crímenes y la sensación de miedo que ello genera en las personas que no optaron por robar, asesinar o violentar a otro semejante. Tal como vemos en nuestro país, este dispositivo ha generado una mayor aceptación del sentido común hacia el control policial, en un orden discursivo creado por la derecha y reproducido por los gobiernos desde 1990 hasta ahora.
La dinámica de las exclusiones e inclusiones gestionadas por grupos que funcionan en torno a sus prácticas de poder también forman parte de este enfoque biopolítico, bajo el análisis de la filosofía italiana. Si. El caso del joven que se encontraba recluido por practicar la informalidad económica de la piratería comercial es el ejemplo más idóneo de la lógica de poder que define quién debe formar parte de la inmunidad dentro de la comunidad y quién no. La tipificación del delito por infracción a la propiedad intelectual que deja a las personas en estos espacios de inercia y condena social para el propio individuo recae mil veces en este rasgo del poder.

Así como el poder opera en todos los niveles, su contraparte entrópica e institucionalizada también lo hace (la economía política de la criminalidad), sólo que aquella que se hace desde y en las cúpulas de control queda eximida del régimen de veracidad y normativo que el mismo control produce (inmunitas, como dice Antony Negri). Lamentablemente, el control social que ejerce poder, en sus relaciones estratégicas, el que segmenta la delincuencia en una lógica de incluidos (se crean hasta imperios de criminalidad) y excluidos que terminan hacinados en las cárceles.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Izquierda- Derecha: Cómo avanzar más allá de sus racionalidades clásicas

El constante reflujo a 1973 es la principal fuente de la serie de traumas no superados en la cultura político-ideológica de Chile. Una muestra de ello es que aún no se pueden superar las clásicas categorías de análisis que componen las categorías referenciales de la derecha e izquierda, observándose la tendencia a centrar los contenidos de las actuales discusiones en la misma lógica que se realizaba en los años setenta. El problema persiste fundamentalmente en las antípodas del espectro ideológico, tanto en la derecha, que se apega a un liberalismo simplista y cercenado, como a la izquierda que apela a un socialismo utópico, alejado de los fundamentos de la filosofía materialista propugnadas por el marxismo clásico del siglo XIX.
No deja de llamar la atención, en este marco, que una no despreciable cantidad de personas reducen su racionalidad política a una oposición inmediatista que se expresa en la categoría de "fascista"; "capitalista"; "comunista” y/o "resentido", u otras calificaciones, asociando definiciones tan diversas, como el liberalismo, con el primer calificativo, o a la socialdemocracia con los segundos apelativos.
Esta tendencia absolutista y conservadora en las prácticas discursivas surge como una parte de las tantas estrategias de resistencia frente al proceso de fragmentación de las ideas e identidades que trajo consigo la globalización de mercados y de la cultura. Pero ello, hasta el momento, genera más confusión entre sus adherentes, debido a que rehúyen la multiplicidad de escuelas de pensamiento, aparecidas en los últimos cuarenta años, para explicar los actuales procesos y fenómenos en nuestra sociedad. Se cae, por ende, en lo que se llama una epistemología del desconocimiento.
El desechar otras corrientes en la historia de las ideas, como son el post estructuralismo, el descontruccionismo u otras teorías críticas que hablan de la inclusión de terceros en un sistema político (Bobbio y Giddens), tiende a la entronización del concepto se impone por sobre las particularidades de la realidad concreta.
El mayor problema de esta visión de mundo es la conformación de una racionalidad que tiende a operar con el juicio a priori respecto a otros pensamientos, además de un reduccionismo dualista (fascismo/comunismo, reaccionarios-revolucionarios, capitalismo-socialismo, etc.) a la hora de revisar los problemas que aquejan a la sociedad.
Tanto el neoliberalismo como el marxismo de corte idealista coinciden en la idea de extirpar la presencia del poder en el actual modelo de dominio sobre las poblaciones, pues ambos sistemas de pensamiento aseguran que sólo así se libera la naturaleza reprimida de las personas, dando espacio a una fuerza creadora. Pero estas dos formas de saber omiten el hecho de que el poder no solamente presenta una sola fuente de emanación, sino que opera en todos los niveles de actividad humana. Es decir, no aceptan al poder como algo omnipresente que circula entre los seres humanos.
En este sentido, no se entiende el alcance que presenta la coexistencia identitaria derecha/izquierda, en el sentido que dichas categorías simplemente operan como un receptáculo de ideas, creencias y valores (una ideología en términos amplios) que tienen un carácter más amplio y dinámico. Algo normal, desde que se acuñaron estas categorías en el siglo XIX, inherentes a la lógica sintetizadora del sistema político de identidades. Ello no debe generar una ruptura en el modo de pensar la política, al menos en su forma.
Al respecto, Norberto Bobbio (uno que ha sido acusado por la izquierda conservadora de ser funcional a la “burguesía oligárquica”) sostiene la necesidad de definir a la derecha e izquierda como términos con un contenido relativo, limitado en el tiempo.
La distorsión, sin embargo, se produce cuando en ambos espacios no se recambian sus contenidos, ni se agregan otras propuestas explicativas, sobre todo en los contextos de ideas más fragmentarios y complejos que se viven ahora. Ante ello, lamentablemente, la ortodoxia de ambos extremos opta por caer en una ignorancia por conveniencia, desechando otros modos de análisis o, propugnando una actitud contra la producción académica a costa de defender una filosofía de la praxis que, no obstante, no logra presentar una adecuada organización programática de mediano y largo plazo.
El aspecto filosófico complica más al pensamiento chileno que se dice tributario del marxismo. Ello, porque han pasado -quizás sin darse cuenta- a un idealismo que se relaciona más con las categorías de los imperativos morales que tanto criticaba el materialismo de Marx en Kant y Hegel. Un ejemplo lo demuestra la tendencia de instalarse como un juez moral dentro del espacio de la izquierda frente a los nuevos aportes de ideas que se han hecho en los sectores que antes adherían al marxismo. Así, las afirmaciones de por autoidentificarse como “la verdadera izquierda” asemeja más este comportamiento al pensamiento platónico de tipo militante que también absorbió el catolicismo.
Bajo esta óptica, todo lo que huela a renovación o a la ampliación de otras ideas en el referente de la izquierda es asociado con el objeto moralista de la “traición” o una falta de coherencia axiológica, concentrándose en el análisis de la llamada “superestructura” ideológica, en vez de apegarse a la matriz del comportamiento social economicista que dicen seguir de Marx. Paradojalmente, el adversario del filósofo alemán, el francés Proudhon se tomó la revancha, pues la postura de reformismo hegemoniza la corriente al interior del espacio de la izquierda.
En la derecha, la tendencia a simplificar los alcances de los actuales procesos vitales de la sociedad se enfocan más en la defensa del liberalismo propuesto por Hayek y Friedman, cuyo concepto de libertad viene tampoco se acopla a los requerimientos concretos de las multiplicidades sociales. Su apologética ideológica no encuentra consonancia con las particularidades de la realidad social, especialmente a la hora de analizar las distorsiones en las relaciones de mercado.
Si bien Bobbio afirma que el concepto de igualdad es clave para discernir las diferencia entre ambos polos políticos, en la derecha se hace más difícil adecuar su propuesta a la realidad, debido a que también considera que las categorías conceptuales de su ideología liberal “naturalmente” se deben imponer sobre la experiencia de las personas, así como en un sector de la izquierda son las “leyes inevitables de la dialécticas” las que se entronizan.
Peor aún es el hecho del atavismo histórico y sociocultural de la derecha para abrirse a los parámetros que exige el desarrollo. Este es el factor que ha despertado el núcleo del conflicto político en el país, no desde de un supuesto esquema dialéctico, sino que desde el punto de vista incentivar al inmovilismo relativo que se ha generado en los contenidos prácticos del espacio derecha/ izquierda.
La solución como se plantea a partir del análisis de Bobbio apunta a entender el enfrentamiento de ambos polos no a partir de las cargas ideológicas-axiológicas que incorporan cada una de ellas, sino en la practicidad de sus políticas públicas hacia la población que –precisamente- es uno de los factores menos considerados a la hora de los debates eleccionarios.

Esta praxis de lo político, en un sentido amplio, pasa por el reconocimiento de la atomización y constante circulación del poder en todos los niveles de la sociedad, a partir del cual sólo debería operar sin las típicas pretensiones de encasillamiento institucional paternalista que históricamente utiliza el Estado en Chile.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Algunas reflexiones acerca del retorno de la economía civil en territorios comunitarios

Hasta el cansancio se habla sobre la necesidad de considerar a la economía como una ciencia social, ampliando el alcance de la disciplina para superar el reduccionismo a la cual ha sido sometida por parte del paradigma de la moderna economía política. Intentos en esta época de crisis internacionales producidas por el afán mecanicista del monetarismo sin regulaciones de Milton Friedman, con pretensiones de asépticas en cuanto a las subjetividades de la población.
La autodenominada visión “técnica y racional” se ha extendido tautológicamente a la sociedad, pero no ha sido capaz de explicar sus limitaciones al marginar a un segmento considerable de la población de los circuitos comerciales, consumo y de la propia distribución de la riqueza. Desde el punto de vista social, las últimas crisis han demostrado su carácter entrópico por cuanto, a nivel generalizado, se ha perdido el sentido de sociedad y de comunidad.
Sin embargo, en los últimos diez años se viene afirmando con fuerza una recuperación de la perspectiva de estudios de la economía civil. Esta teoría económica encontró sus raíces en la tradición del pensamiento filosófico que se remite a Aristóteles y Cicerone que, posteriormente, sería reflotado en la modernidad por una de las principales corrientes económicas de la época: la escuela napolitana. Paralelamente, en Escocia, se desarrollaban los principios de economía política Adam Smith y Hume.
De hecho, antes de que “La riqueza de las naciones” viera la luz pública, en la Universidad de Nápoles, en 1753, se publicó la obra “Lecciones de comercio, o sea de economía civil” de Antonio Genovesi, catedrático de comercio y mecánica en la misma casa de estudio. El libro marca un punto de inflexión en la historia de la economía, según lo declaró siglos después Schumpeter, más allá de que sufriera un pequeño y decisivo detalle: El paradigma de la economía civil del siglo XVIII fue progresivamente sustituido por el paradigma de la economía política británica.
Después de más de dos siglos de dominio este modelo aún continua en expansión, dejando en el camino a los demás que han intentado ocupar su hegemonía. Sin embargo, actualmente se aprecia un renacimiento italiano al interior de sus círculos académicos para reflotar el paradigma de la economía civil. Tanto es así que, sobre esta base, en Italia se prepara el lanzamiento de una bolsa social, cuyo objetivo es crear un mercado de capitales para financiar las obras de las empresas sociales. Esta última categoría fue creada y aprobada por el Parlamento Europeo en febrero de 2009.
El concepto de empresa social se enfoca a responder las necesidades sociales de las personas, creando un valor social en vez de maximizar el lucro. En otras palabras, los beneficios generados por la empresa se deben reinvertir en ella misma con la finalidad volver a dedicar estos recursos a favor del objeto social o del interés general bajo el cual ha sido creada la empresa.
Dicho tipo de empresa se ajusta al paradigma de la economía civil que considera el aspecto dejado de lado por el modelo de economía política de Smith: el principio de reciprocidad. Ello, bajo la óptica de la economía civil, se asocia con la idea de apreciar al mercado como un espacio de desarrollo civil y humano, construido de relaciones horizontales. En ese sentido, estas nociones eran compartidas por Adam Smith, contrariamente a lo que se piensa.
Y es que el tipo de liberalismo económico que se ha desarrollado en los últimos 30 años ha cristalizado subjetividades tan duras que son difíciles de rebalsar, pero el mismo Smith era consciente de la importancia del Estado para incentivar el principio de redistribución de la riqueza y así compensar la ausencia del principio de reciprocidad de su modelo económico.
La diferencia esencial entre ambas concepciones económicas para por el principio de reciprocidad. Según el punto de vista de la economía civil, éste debe ser considerado como una relación entre personas distintas y no un nexo entre preferencia individuales, como plantean los seguidores de Smith. La idea de relación contenida aquí apunta priorizarse por sobre las opciones individuales para no ser transformada en una razón instrumental que tiende a jugar a favor de sólo una de las partes.
A partir de ello, la propuesta de economía civil escarba en las ideas aristotélicas acerca de la reciprocidad en el sentido de ser un vínculo social que tiende a mantener unida a la comunidad inserta en la polis. La reciprocidad, de este modo, tiene un significado amplio, dinámico y abierto que circula en el cuerpo social, superando con creces al reduccionismo del paradigma de economía política que define a la reciprocidad como un intercambio de dones y nada más.
Extender este principio práctico, por el cual también abogaba Smith, para que la economía produzca inclusión social. La preminencia de los bienes relacionales, o una mayor cuota de presencia de estas prácticas en los sectores rezagados por el actual modelo económico, particularmente a través de bienes de acceso y uso público como el deporte, salud, arte, cultura, educación, tal como lo hacían las ciudades Estado del siglo XIV en Italia, donde los capitales acumulados en las bolsas sociales financiaron la construcción de escuelas, colegios de artesanos, hospitales.
Debido a que no faltarán las voces que plantean la inviabilidad de este tipo de iniciativa en el complejo actual de la economía, la verdad es que la bolsa social se justifica plenamente en el nivel microeconómico, en territorios determinados y en organizaciones de tipo comunitario destinadas al comercio justo y el cooperativismo sustentable.
El financiamiento de la bolsa social en la Unión Europea provendrá de los propios ciudadanos como inversionistas, transfiriendo ahorros de comunidades para financiar empresas sociales, las cuales no tienen un carácter especulativo, sino que se centran en la distribución de dividendos sujetos a un porcentaje determinado. Su actividad se basa en las nuevas métricas de indicadores sociales, en vez de la tradicional estructura de precios.
Ante las insuficiencias distributivas y participativa de la producción capitalista industrial, la filosofía que anima al paradigma de la economía civil entrega coordenadas reales como alternativa a la crisis relacional que no puede ser solucionada con la lógica del mercado ni con la burocracia excesiva que basan sus reglas de convivencia en el riesgo permanente.
En el caso chileno, iniciativas de esta clase son más difíciles debido al déficit relacional a nivel del capital social, especialmente en aquellos sectores periféricos dejados por las dinámicas del paradigma de la economía política implantada en los ochenta, la cual contiene elementos de anarcoliberalismo más altos que Estados Unidos. A ello le debemos agregar la estructura social cerrada históricamente existentes.

Sin embargo, el desarrollo en los últimos años de las organizaciones de la sociedad civil las encuentra en un estado apropiado para iniciar diversos proyectos, con ayudas económicas de la UE, a fin de impulsar este paradigma alternativo en ciertos territorios, aprovechando las sinergias y la reconstrucción de lazos sociales que se llevan a cabo en las experiencias de la producción éticamente responsable y del comercio justo.

jueves, 7 de octubre de 2010

La relación entre martirología, teología política y el gremialismo de la UDI

El discípulo, con su muerte, cumple con los planteamientos escritos por su mentor. Así se puede concluir la relación ideológica del senador Jaime Guzmán, fundador de la UDI, con uno de sus principales formadores intelectuales, el jurista alemán Carl Schmitt, uno de los exponentes conservadores más conocidos del período de entre guerras, miembro del partido nacionalsocialista de Hitler y uno de los artífices del concepto moderno de la teología política.
Su legado fue seguido por Guzmán a la hora de diseñar los pilares de la actual institucionalidad del país, la cual sufrió un punto de inflexión o una discontinuidad en 1991, cuando el artífice criollo fue asesinado por el FPMR, dando inicio a la construcción de un nuevo mito al interior de la derecha local, a partir de la figura del mártir que es sacrificado a favor de un cierto ordenamiento en la sociedad, algo que también fue abordado por Schmitt en sus obras, como veremos más adelante.
Pocos -o quizás ninguno- en el FPMR, había pensado en la posibilidad de que la muerte del senador terminaría levantando su figura por parte de los grupos dominantes para acelerar la legitimación de la institucionalidad pensada por él, en un contexto de democracia formal. De cierto modo, se produjo el llamado efecto mariposa que plantea la teoría del caos, pues las balas que terminaron con la vida de Guzmán marcan el suceso fundacional que requiere todo mito para su operatividad, a la cual -más encima- se le agregan los clásicos elementos de la escatología católica presentes en la obra de Schmitt.
Aunque la figura de Pinochet es la base mítica de la derecha para justificar el golpe de Estado, a partir de la idea del mito refundacional, la verdad es que la muerte de Guzmán profundizó la institucionalización de su pensamiento, a través de Fundaciones y otros Think Tank, además del mismo trabajo hormiga que había iniciado en las poblaciones el gremialismo en años ochenta. A partir de 1991 la UDI aumentaría esta presencia en los sectores populares, sobre la base del martirio de “un servidor público”, cuya mistificación ya se había construido en torno a la figura del asesinado dirigente poblacional Simón Yévenes, quien también cuenta con una Fundación destinada a formar “líderes populares”.
“Porque los mártires no mueren, sino que su sangre fecunda la tierra para hacer brotar frutos que acaso ellos mismo nunca soñaron. Simón: legado de un mártir. El fruto del martirio es fortalecer los espíritus”, escribía Guzmán en sus columnas a propósito de la muerte de Yévenes en 1987. El mismo discurso daría más tarde la cúpula de la UDI respecto a su fundador.
Esta idea del sacrificio, que ya existía en la visión de mundo del senador, era sostenida por Schmitt cuando señalaba que es sólo en un Estado autoritario donde el poder de decisión justifica el sacrificio de la vida para obtener la unidad política. Así lo hicieron los militares con sus adherentes civiles entre 1973 y 1990, tal como planteaba el jurista alemán: el mito nace con la guerra, con el conflicto.
Ello permite parir al mito que, según Schmitt, comprometería a los individuos a seguir los designios de la autoridad, materializados en un conjunto de instituciones. Una lógica que la sociedad política-democrática de la época siguió al pie de la letra luego del asesinato de Guzmán.
El relato que construyó el gremialismo a lo largo de los noventa demostró la aplicabilidad de la teoría moderna de los mitos políticos al cumplir la premisa de sustentar un sistema de creencias, acercándose más a la emotividad por sobre la racionalidad.
De este modo, en este sector, la figura del fundador institucional es intocable, alcanza un carácter divinizado, tal como lo hacían los griegos con sus héroes. Pero, en el fondo, esto no es más que la consecuente interpretación de Schmitt de instalar los cimientos de una teología política en torno a un hombre, un Mesías que dio su vida, cuya memoria insta constantemente a sus discípulos a luchar contra un anticristo, el cual se pretende identificar en todas aquellas expresiones que buscan modificar el diseño institucional dejado por el líder.
Esta es la base de la teología política que abre los espacios al mito contemporáneo, el cual apela más a la memoria que a la historia y eso explica en parte el por qué la apología al senador se manifiesta en monumentos memoriales que, sin embargo, pretende pasar a la historia a partir de las continuas polémicas coyunturales que, de vez en cuando, surgen para ajusticiar a los responsables de su muerte.
El mito cívico moderno supone un ejercicio político que adquiere las reglas y presupuestos del modelo católico de dominio, específicamente en recursos rituales, inspirados en la religiosidad, para direccionar el espacio de convicciones presentes en el apostolado de las figuras míticas. Sólo así también podemos comprender las externalizaciones hechas en el año 2003 por Pablo Longueira que decía escuchar a Guzmán en los momentos de una fuerte crisis institucional del gremialismo por los cuestionamientos morales a sus miembros, por parte de la sociedad en el marco del caso Spiniak.
Con ello, vemos cómo se acoplan los supuestos de la teología política con la influencia de Guzmán entre sus seguidores, cuyo apelo a la escatología católica del éxtasis y del culto a los muertos pasa, del espacio íntimo de la familia, al espacio público de la política, con el principal objetivo de instalar un cierto modo de pensar y actuar bajo los esquemas del moralismo conservador-católico.
Más que haber sido un paréntesis, las declaraciones metafísicas y paranormales de Longueira representan las enseñanzas de Guzmán y, por ende, de Schmitt en cuanto a utilizar e instrumentalizar los conceptos de la teología para desarrollar el pensamiento político. El teórico alemán, en una de sus principales obras (“El concepto de lo político”), afirma la idea de que la actividad política proviene de flujos de energía, cuyas emanaciones justifican la existencia del mito político.
Esta es una de las pautas seguidas por los dirigentes de la UDI en sus discursos o declaraciones públicas, a través de la constante memoria a la obra de Guzmán y de sus inspiraciones políticas en la “virgen santísima” o en la “divina providencia”. La politización de la fe, de la vida nuda al espacio público (como dice el filósofo italiano Giogio Agamben) es un pilar fundamental que sostiene el ethos del gremialismo.
Y es aquí donde emerge la permanente tensión que genera la legimitación de la obra guzmaniana en un segmento de la clase política: La pretensión de extender a la sociedad civil una síntesis entre la sujeción al Estado hobbesiana y la contrareforma católica, como se desprende de los trabajos de Schmitt. La martirización de Guzmán amplificó la legitimación sociocultural del pensamiento del jurista alemán, sumado a la fuerte influencia del corporativismo en todos los niveles de la sociedad.
Ello, debido a que gran parte de la población y su organización espontánea tiende a desmarcarse de la influencia de los partidos políticos en su cotidianeidad, algo que Guzmán siempre sostuvo (como uno de los objetivos de la Institucionalidad) en sus entrevistas de los años ochenta. Habría que ver si esta realidad responde más a los efectos de la institucionalidad que él contribuyó a crear o si las mismas colectividades políticas han acelerado este proceso de despolitización gracias a su negligencia, corrupción, hermetismo, auto referencialidad y corporativismo, entre otros factores explicativos del fenómeno.
Sin embargo, el reflote del caso Guzmán en el contexto de un gobierno de derecha, nos lleva a preguntarnos acerca de la vigencia de su pensamiento en el Estado y en la Institucionalidad pública. Y aquí surgen nuevas preocupaciones. Porque si efectivamente aún perdura esta idea fuerza del gremialismo de politizar la fe o teologizar la política, ¿qué debemos esperar de las políticas públicas y sociales?

Lo cierto es que la mistificación que se realizó, mediante el concepto de mártir, en la figura de Guzmán ha dado frutos que eran inimaginables en 1991, con lo cual la variante teológica-política propuesta por Schmitt promete no disiparse al momento de discutir las infaltables temáticas valóricas y morales en nuestras políticas públicas.

martes, 14 de septiembre de 2010

La mirada de la Biopolítica para explicar el conflicto del Estado con el pueblo mapuche

La problemática mapuche está en boca de todos y es bueno que así sea. Debido a la fuerza que adquiere el espacio 2.0 como lugar de presión de la ciudadanía, la huelga de hambre que realizan 34 mapuches prisioneros en el sur ha sido abordada por el gobierno de Sebastián Piñera entre 2010-2014, quien ha propuesto el envío de un proyecto de Ley destinado a modificar las figuras penales de la Ley Antiterrorista, además de restringir la competencia de la Justicia Militar en el marco del conflicto.
Pero la decisión del Ejecutivo ha abierto otro debate que, de no solucionarse con la debida prontitud, podría tener un escabroso final, considerando las frágiles condiciones de salud de los comuneros después de más de 66 días sin ingerir alimentos.
¿Cómo podemos entender este último capítulo de la traumática relación entre el pueblo mapuche y el Estado? Un enfoque que nos permitiría reconocer los elementos en juego de estos momentos nos lo puede otorgar el concepto de Biopolítica propuesto en los años setenta por el filósofo francés Michel Foucault.
Y es que la inconclusa huelga de hambre de los 34 comuneros, a la cual se han sumado cuatro diputados de oposición, plantea una serie de hechos que pueden ser analizados a partir del enfoque biopolítico, que nos puede otorgar algunas conclusiones hacia el futuro en este tema y que aún no son tomadas en cuenta por la clase política, especialmente en los últimos veinte años.
De acuerdo a Foucault, el modelo biopolítico supone una constante preocupación del Estado moderno por la mantención de la vida en la población, mediante la intervención de una serie de tecnologías, saberes y poderes destinados a operar dentro de la sociedad con la finalidad de producir el control social. Dentro de este cuadro emerge el llamado “biopoder”, el cual consiste en la "explosión de técnicas diversas y numerosas para obtener el sometimiento de los cuerpos y el control de las poblaciones", como dice Foucault.
Bajo esta óptica, es comprensible la decisión del gobierno de escuchar la presión ciudadana para que se ocupara del drama de los 34 comuneros, a partir del cual ha surgido la idea de cambiar la Ley Antiterrorista de 1991. El que el Estado tome las riendas para tratar de evitar la muerte de los huelguistas constituye otro de los ejes de la Biopolítica: la soberanía. A partir de ella, el poder se caracteriza por el derecho de hacer morir y/ dejar vivir a las personas, con lo cual se transforma en un “biopoder”.
Lo importante es que el Estado debe partir del principio de neutralidad en lo que se refiere a la protección de la vida humana, por lo que, de no haber escuchado las demandas de la sociedad civil, el gobierno de derecha se habría quedado entrampado en la otra cara de la biopolítica: la tanatopolítica, donde el mismo Estado también puede ser el responsable de la muerte indirecta de las personas, si es que no toma decisiones para zanjar un problema tan delicado como éste.
Ello es lo que todavía no comprenden a cabalidad algunos congresistas del oficialismo que están condicionando la aprobación de los cambios legales a otros temas, sin darse cuenta de la oportunidad de cambiar un poco el actual cuadro de relaciones conflictivas entre el Estado y el pueblo mapuche, a partir de este hecho puntual como lo es la huelga de hambre.
La intervención del biopoder por parte del Estado chileno hacia el pueblo mapuche, a la vista de Foucault, históricamente se ha conformado sobre la base de una “genealogía del racismo”. Esta la podemos situar desde la pacificación de la Araucanía entre 1880 y 1884, donde el poder estatal intervinó directamente con una política de exterminio sobre los cuerpos de los mapuches y de su sistema de saberes (cultura). A partir de este hecho se entiende mejor el elemento disciplinador de la biopolítica del Estado hacia los mapuches: se ha privilegiado una visión de soberanía más coercitiva hacia algunas comunidades, las que son aplicadas junto con prácticas discursivas –como el pensador francés- que actualmente identifican al mapuche como un “subversivo”, “terrorista”, “indio violento y borracho” y/o “delincuente”. La disciplina estatal, sumada a este conjunto de saberes negativos en torno al pueblo mapuche, es lo que ha coadyuvado al actual tipo de situaciones, de la cual somos testigos.
Lamentablemente, el enfoque biopolítico realizado desde el poder del Estado se ha administrado de modo equivocado para enfrentar la mayor autonomía administrativa y cultural que exigen las comunidades. Estamos en presencia de lo que Foucault llama “las discontinuidades o rupturas” que se generan en toda sociedad, donde a menudo coexisten -y llegan a chocar- estrategias de control social y, por ende, estrategias de resistencia, como las que están realizando en estos momentos los 34 mapuches en prisión.
La acción de los huelguistas también ha provocado otra estrategia de resistencia, como aquélla de los congresistas oficialistas que condicionan la aprobación del proyecto de Ley anunciado por el gobierno a la inclusión de otros “prisioneros políticos”, como algunos militares involucrados en la violación de derechos humanos. La lógica de las compensaciones es atingente en este momento y no se condice con la urgente salida que se debe encontrar al problema de los comuneros en huelga, sobre todo por las implicancias que tendrá el final de esta situación para la comunidad mapuche y para el Estado chileno.
Otros exponentes de la filosofía política que sigue la obra foucaultiana, es el italiano Giorgio Agamben, quien enriquece el enfoque biopolítico a partir de la histórica división que advierte entre la vida privada de las personas y la exclusión de ésta por parte del espacio público-político. La historia nacional nos habla de la discriminación y marginalización del pueblo mapuche en la sociedad nacional; el mapuche no vive dentro de la comunidad nacional, sólo se le considera cuando viola lo establecido por la ley.
Detrás de esta lógica de exclusión, Agamben observa otro problema, que siempre ha estado presente en nuestro histórico conflicto con los pueblos originarios: la defensa de una forma de vida. Si algunas comunidades sostienen la lucha contra el Estado, las autoridades no deberían concentrarse en ver amenazada la soberanía de las leyes, sino que deben apuntar hacia la demanda más profunda que realizan los afectados: mantener una forma y un estilo de vida que es relativamente reconocido por el Estado.
“Una vida que no puede separarse de su forma es una vida que, en su modo de vivir, se juega el vivir mismo y a la que, en su vivir, le va sobre todo su modo de vivir”, afirma Agamben. El juego de palabras más que confundirnos, debería hacernos llegar a otro nivel de reflexión acerca del llamado conflicto mapuche, el cual es más un conflicto que proviene de las entrañas del Estado mismo y su antiguo enfoque biopolítico.

Precisamente, la Biopolítica se caracteriza por su dinamismo, es un constante campo de relaciones de poder cotidianos, de estrategias y choque en el sentido amplio de la palabra, que no incluye los clásicos ideologismos del siglo XX para estudiar un problema social.