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martes, 23 de agosto de 2016

Sistema de AFP, mercado laboral flexible y modernidad líquida

La flexibilidad del mercado del trabajo es uno de los pilares fundamentales de la tensión estructural que caracteriza el funcionamiento del sistema de capitalización individual, el cual fue pensado como un  mecanismo de ahorro basado en la responsabilidad de cada trabajador para acumular recursos pensando en la futura pensión. Pero ello supone un acceso estable de ingresos en el tiempo, además de niveles de salarios que se empinen por sobre el costo de la vida que registra la inflación.
El problema fue que el sistema instaurado en Chile en 1981 se impuso a la población mediante una propaganda unilateral, en un contexto de dictadura militar, que prometía eficiencia a partir del mecanismo de acumulación de capital para los trabajadores, siendo un impuesto al trabajo de carácter obligatorio. Todo esto en un mercado laboral que también se impuso con el Plan Laboral de José Piñera, que cambió la correlación de fuerzas en las relaciones laborales y que sembró la bases para la flexibilidad del Código del Trabajo.
El orden discursivo del sistema previsional de las AFP prometía una pensión digna: "El sistema de capitalización individual es el único que relaciona los beneficios que el sistema proporciona con los esfuerzos que realicen los trabajadores durante su vida laboral activa. Serán mejores las pensiones de quienes trabajaron más tiempo", señalaba José Piñera, el padre del engendro en su libro propagandístico "El Cascabel al Gato".
Sin embargo la relación entre los frutos del ahorro con la vida laboral activa se enmarcaron en un mercado laboral caracterizado por una mayor inestabilidad en el tiempo, producto de la flexibilización en los contratos laborales. Este es uno de los fundamentos de la licuefacción en el mundo del trabajo que plantea el concepto de "modernidad líquida", acuñado por el filósofo y sociólogo polaco, Zygmunt Bauman.
A su juicio, la modernidad se ha exacerbado en un proceso de licuefacción de su razón creadora, pasando de tener rasgos sólidos, con una forma estable, a un modernidad líquida que cambia de forma y espacio; es liviana para moverse fácilmente en el tiempo, de un modo más instantáneo. La producción avanzó desde esta solidez en la materialidad y durabilidad de los bienes producidos, pasando a ser más livianos y con una vida útil más acotada en el tiempo. Esta lógica de producción se relaciona estrechamente con el paradigma de un mundo laboral menos sólido.
El trabajo es una de las relaciones sociales que pasa por este análisis de la modernidad líquida y que se manifiesta con la flexibilidad laboral, la cual supone una poca durabilidad en el tiempo, algo que se puede desmontar fácilmente. Las relaciones laborales se vuelven modulables, para el ahorro de costos en el capital y eso supone la parcelización de salarios, por lo que el poder adquisitivo también pasa a licuefaccionarse mediante la reconfiguración de los contratos: Desaparecen los estables en el tiempo para dar espacio a contratos por proyecto, por horas determinadas, lo que cae en la categoría del subempleo y que se ha constituido en el escenario en que se desenvuelve el modelo del "Mercedes Benz" que señala José Piñera, quien omite el hecho de que este automóvil no tiene bencina suficiente para hacerlo funcionar de la forma ideal con que se ha venido vendiendo desde su instauración. Siguiendo esta analogía, si no hay dinero para ponerle bencina al "Mercedes Benz" el automóvil no se usa y surge la opción de venderlo.
"La flexibilidad es el slogan de la época, que cuando es aplicado al mercado de trabajo presagia el fin del "empleo tal y como lo conocemos", y anuncia en cambio al advenimiento del trabajo regido por contratos breves, renovables o directamente sin contratos, cargos que no ofrecen ninguna seguridad por sí mismos sino que se rigen por la cláusula de "hasta nuevo aviso", indica Bauman.
Bauman sostiene que la modernidad líquida el mercado laboral es más inestable, precario. Al trabajador no se le permite configurar la certeza laboral, se le arroja a la categoría de trabajador "por cuenta propia", donde caben pequeños emprendimientos y el comercio informal, por sobre el trabajo asalariado.
"De universo de la construcción del orden y del control de futuro, el trabajo se ha desplazado al ámbito del juego; el acto de trabajar se parece más a la estrategia de un jugador que se plantea modestos objetivos a corto plazo sin un alcance que vaya más allá de las próximas dos o tres jugadas. Lo que cuenta son los efectos inmediatos de cada jugada y los efectos deben ser aptos para su consumo también inmediato", precisa Bauman, en una descripción de la tendencia actual que tiene el mercado laboral.
Según Bauman, la modernidad líquida supone un presente volátil, que fluye y cambia con las circunstancias, en que las personas dependen de sí mismas. "Cuando menos control tenemos de presente, menos abarcadora será la planificación del futuro. La franja de tiempo llamada "futuro" se acorta, y el lapso total de una vida se fragmenta en episodios que son manejados "de a uno por vez". La continuidad ya no es más un indicador de perfeccionamiento. La naturaleza del progreso, que supo ser acumulativa y de largo plazo, está dando lugar a requerimientos que se dirigen a cada uno de episodios sucesivos por separado: las virtudes de cada episodio deben quedar demostradas y ser consumidas totalmente antes de que éste finalice y el próximo comience. En una vida regida por el principio de flexibilidad, las estrategias y los planes de vida sólo pueden ser de corto plazo".
La gran cantidad de lagunas en el sistema de capitalización tiene una relación directa con la mala calidad del trabajo persistente en el mercado laboral chileno, producto de un empresariado que insiste en concentrarse en un modelo extractivista que se ha rehusado a avanzar a la famosa "segunda fase", incorporando mayor valor agregado, con capital tecnológico, altos niveles de investigación y desarrollo y e innovación tecnológica, lo que supone la calificación del trabajo, cosa que en Chile llega a bajos niveles dentro de la fuerza laboral.
La falta de cotizaciones plantea abiertamente una situación de incerteza en el presente y, por ende, hacia el futuro. Si el sueldo fatigosamente no alcanza en el presente para fin de mes en la gran mayoría de la fuerza de trabajo efectivamente la planificación del futuro pasa a un segundo, tercer, cuarto y quinto plazo. Con un presente de ingresos precarios e inestables no alcanzan a configurarse estrategias de largo plazo, lo que se suma a la brecha de información que tienen las AFP.
Esta es una de las omisiones discursivas de los apologistas del sistema de capitalización, pues el mismo creador del mecanismo de ahorro paralelamente sentó las bases de un Código Laboral, lo que significó un cambio en la correlación de fuerzas a la hora de acordar contratos. El contrato de trabajo es parte de un contrato civil a gran escala en el cuerpo social. Si se hace asimétricamente una de las partes pierde más que la otra. Para el caso chileno esto se activó con las disposiciones legales del Plan Laboral de José Piñera, que terminó restando más libertad al factor trabajo, a favor del factor capital. Este fue el terreno en que se sembró el sistema previsional, siendo la precariedad uno de sus frutos, el que posteriormente se fue profundizando en los años noventa del año pasado, proceso en que se manifestó con mayor fuerza la idea de la modernidad líquida.
"La precariedad es el signo de la condición que precede a todo lo demás: los medios de subsistencia, en particular la forma más básica de éstos, o sea, los que dependen del trabajo y el empleo. Esos medios de subsistencia ya se han vuelto extremadamente frágiles, pero continúan haciéndose más quebradizos y menos confiables año tras año. Mucha gente, al escuchar las opiniones evidentemente contradictorias de algunos notables expertos y buscar una respuesta acerca del futuro de sus seres queridos, sospecha no sin razón que, a pesar de las caras decididas de los políticos o de la convicción de sus discursos, el desempleo en los países ricos se ha vuelto "estructural": por cada nueva vacante laboral hay varios empleos que se han desvanecido y, simplemente, no hay suficiente trabajo para todos", sentencia Bauman.
De esta forma, la pregunta queda abierta: ¿De qué forma se conjuga un mecanismo de ahorro en un mercado flexibilizado que tiende a precarizar el trabajo y el ingreso?

martes, 16 de agosto de 2016

El manipulado principio ético del utilitarismo que tiene el sistema chileno de las AFP

Partiremos con esta afirmación: El principio utilitarista, que es un tipo de principio moral, con el que fue diseñado el sistema de capitalización individual que controlan las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Los argumentos para demostrarlo están contenidos en los planteamientos de los principales sostenedores de esta teoría ética, los cuales fueron adoptados en el creador del sistema, José Piñera y son reproducidos por el discurso tecnócrata y apologista del actual régimen previsional.
La idea del utilitarismo es que las acciones moralmente adecuadas son aquellas que generen la mayor felicidad y, por ende, a la aceptación que brinda esa idea de felicidad entre la mayor cantidad de personas. Existe la convicción de que la maximización cuantitativa absorbe a lo cualitativo, por lo que no importa que los diseños sean parciales o prouzcan impactos sociales no deseados, siempre y cuando sean beneficien a la mayor cantidad de personas posible. Bajo esta lógica también opera la economía política del chorreo, la cual se considera útil sobre la base del número de personas que las aceptan como un beneficio, como un objeto positivo que no les produce más felicidad que dolor.
Jeremy Bentham, padre de esta doctrina, lo explica así: "Tome en consideración al número de personas cuyos intereses aparecen ser concernidos; y repita el proceso más arriba para cada uno [de ellos]. Añada número que exprime(expresa) un grado de buena influencia (tendency) que produce el acto sobre cada individuo, con relación al que la influencia (tendency) [del acto] es buena sobre el conjunto y empiece de nuevo esto con cada individuo para el que la influencia del acto es mala sobre el conjunto. Tome la media, que, si se inclina del apreciado del placer, dará la buena influencia (tendency) general del acto, con relación al número total o con relación a la comunidad de individuos concernidos. Si está del lado Del dolor, del mal general, con relación a la misma comunidad".
De este modo, la suma de las felicidades de los individuos debe ser superor a la suma del dolor de los individuos, con lo que se demuestra la idealidad de una determinada legislación. El problema es que si la suma del dolor o malestar de los individuos es menor a la suma de la felicidad de otros, el primer grupo de personas queda rezagado, en el olvido, a quienes se les aplica el axioma "si te he visto no me acuerdo".
Con este razonamiento Bentham pone los intereses de una comunidad en la balanza: "Añada, de una parte, todos los valores de todos los placeres, y por otra parte, las de todos los dolores. Si el equilibrio se inclina del lado del placer, mostrará, con relación a los intereses esta persona individual, la buena influencia (tendency) del acto sobre el conjunto [de la sociedad]; si se inclina del lado del dolor, mostrará la mala influencia (tendency) [del acto] sobre el conjunto [de la sociedad]". 
Posteriormente, analizando a Bentham vendría John Stuart Mill, con su obra "El utilitarismo", quien señala que este principio de la mayor felicidad, entendida como el placer y la ausencia de dolor son deseables como fines de la acción humana, asociando el placer con la virtud, como lo positivo, lo deseable.
Puestas así las cosas en el diseño utilitarista la virtud se entiende como un sistema virtuoso, como aquel que es capaz de dr felicidad a la mayor cantidad de individuos, pero para que esto se manifieste se requiere un sistem contrincante, algo donde se encarne lo opuesto a la virtud y, por ende, a la felicidad para la mayoría de la población, lo que en el caso del sistema de AFP creado por José Piñera, era el antiguo sistema de reparto. En palabras de Piñera el anterior régimen estaba pervertido: tenía características parcelizadas y sectoriales, asignándoles los juicios de valor opuestos a la virtud de la felicidad que propugna el utilitarismo: corrupción, grupos de intereses, populismo, demagogia, ineficiencia, caos, etc. 
La pobreza, bajo la óptica del utilitarismo, cae en la categoría de la no virtud, de la no felicidad, como un bien éticamente no deseado. En su libro Piñera trata al antiguo sistema de reparto como el "reino de la demagogia", con lo que lo identifica como una máquina productora de infelicidad.
"Se hablaba de justicia social y, no obstante, las condiciones de vida de uno de cada cinco chilenos sólo podían ser explicadas en términos de extrema pobreza. Se festejaba nuestro sistema democrático y, a pesar de ello, los caudillismos políticos y el control de los partidos sobre el estado, sobre la gente, sobre las organizaciones sociales, sindicales y gremiales, sobre la educación y la vida productiva, era cada vez más férreo y asfixiante. Con la previsión ocurría lo mismo. Ninguno de sus resultados respondía a los principios en que el sistema parecía fundarse. Nada de lo que proclamaban sus principios de equidad, solidaridad y universalidad resultaba compatible con sus ineficiencias, sus discriminaciones, sus privilegios", señala Piñera, con lo que asocia la idea de la infelicidad y el vicio a la acción del Estado sobre el individuo, oponiéndolo a fin buscado por el utilitarismo.
Entonces, el sustrato utilitarista de Piñera sostiene que para la consecución de la  felicidad se genera por la responsabilidad individual, la que debe generar por fuerza virtud. De ahí se manifiesta el pilar del sistema de capitaliación individual, en lo que Piñera llama la correlación entre el aporte y el beneficio.
En esta línea Piñera afirma que la redistribución se opone a la búsqueda de la felicidad para la mayoría de las personas, graficándolo en cómo funcionaba el anterior sistema de reparto: "Cuando un sistema está abierto a la redistribución, la puerta queda abierta para que la corriente redistributiva opere no en dirección a quienes son más pobres sino en dirección a los grupos con mayor poder de presión. Eso fue lo que ocurrió. Las grandes víctimas del antiguo sistema previsional fueron los más pobres, que en principio se suponía que iban a ser los más favorecidos por el sistema de reparto". 
A esta situación descrita Piñera la opone con las virtudes que advierte en el sistema de capitalización indiviual: "En fin, una previsión libre, pero a la vez solidaria; una previsión justa, pero a la vez eficiente;una previsión para todos; esa era la meta de este proyecto trascendental". Como se aprecia en esta sentencia el padre de las AFP muestra rasgos utilitaristas, tales como el carácter universal ("para todos") del nuevo sistema previsional, accesible para la mayoría con características que se relacionan directamente con la felicidad ("libre", "solidaria", "justa" y "eficiente").
Finalmente Piñera destaca la masiva adhesión, el 1 de mayo de 1981, al sistema privado, señalando en su opúsculo propagandístico que el 80% de los trabajadores se adhirió "libremente" (en una dictadura sangrienta) al modelo creado por él. La cifra le sirve para apoyar el principio utilitarista de buscar el beneficio, la felicidad de la mayoría de los individuos, lo que también buscar equiparar con el monto total de dinero que acumulan las AFP, relacionando la idea de que mientras más dinero haya, más trabajadores son beneficiados y están felices.
Si bien el antiguo sistema de pensiones fue diseñado para beneficiar a un grupo de trabajadores, dejando a gran parte de la población sin una pensión, el sistema de AFP tiene el mismo problema: es universal en el papel, porque actuamente tiene a cerca de 9 millones de afiliados, pero de los cuales la menos de la mitad cotiza efectivamente, con lo que en la práctica gran parte de la población tampoco tiene acceso a una jubilación. Aquí se aprecia la manipulación utilitarista de Piñera, quien insiste en que el sistema de capitalización individual es el mejor estado de las cosas debido a que muestra una sumatoria lo más alta posible, aunque no menciona que la gran mayoría obtendrá pensione menores a $180.000, mientras que otros obtendrán cifras de $10.000, pero bajo la óptica utilitarista esto no se considera, pues lo que importa es que la mayoría de los trabajadores está dentro del sistema y eso le basta a Piñera para justificar su existencia como un paraíso de la virtudes para todo el país, suponiendo también que es lo más cercano a la felicidad.

domingo, 31 de julio de 2016

Capitalismo de organización: Un marco para entender el sistema de AFP y su relación con el Estado

Las Administradores de Fondo de Pensiones (AFP) en Chile se deben entender como un mecanismo clave en el proceso de acumulación de capital en la economía nacional desde los años ochenta del siglo pasado, con el objetivo de formar un mercado de capitales interno para el financiamiento de empresas y de grupos económicos, además de haber contribuido a asentar las tasas de ahorro interno en la economía doméstica.
Eso desde el punto de vista macroeconómico, porque desde la perspectiva sociológica el régimen de capitalización individual como base de un sistema de pensiones también cae en el blanco del análisis del trabajo del filósofo y sociólogo alemán Jurgen Habermas, en su trabajo sobre los problemas de legitimación en el capitalismo tardío, donde identifica el fenómeno del "capitalismo de organización", relacionado con un proceso de acumulación en que se genera una concentración de empresas.
Esta concentración abre camino al surgimiento de corporaciones locales que vienen de la mano con una reorganización del mercado de bienes, del mercado laboral y del propio mercado de capitales, para el cual se requiere de este mecanismo de ahorro forzoso en que los dineros de los trabajadores se destinan a los circuitos financieros para la capitalización de empresas. Un ejemplo de esta dinámica se manifiesta en el hecho de que más del 60% de las inversiones de las AFP se dirigen al sistema bancario.
El otro pilar de este capitalismo de organización que según Habermas surge después de la etapa del "capitalismo liberal", es el "hecho de que el Estado interviene en las crecientes fallas de fiancionamiento del mercado", lo que ha sido demostrado en los últimos años con el sistema de AFP, puesto que el aparato público debió sostener al sistema privado con la transferencia monetaria para asegurar una pensión mínima universal y otra de carácter solidario para los segmentos socioeconómicos de menores ingresos. El que el actual sistema tenga un fuerte componente mixto refleja que el objetivo primordial del sistema de AFP es mantener el mercado de capitales y, a partir de eso, entregar pensiones a sus afiliados, por lo que el Estado es el encargado de amortiguar el costo social que deja este mecanismo de reproducción de capital para las empresas.
De acuerdo a Habermas, "el aparato del Estado satisface numerosos imperativos del sistema económico. Cabe ordenarlos según dos puntos de vista: regula el ciclo de la economía con los instrumentos de la planificación global, y se crea y mejora las condiciones de valorización del capital acumulado en exceso".
Esta función de subsidiariedad social del Estado al sector privado Habermas la explica como uno de los rasgos del capitalismo de organización y su sistema administrativo: "el Estado reemplaza el mecanismo del mercado dondequiera que crea y mejora las condiciones de valorización del capital acumulado en exceso", especialmente en la "orientación del capital, por razones político-estructurales, hacia sectores que han sido descuidados por la economía autónoma de mercado". El capitalismo de organización también tiene un sistema de legitimación mediante un estallidos de reforma. "Con el propósito de defenderse de la crisis sistémica, las sociedades del capitalismo tardío concentran sus fuerzas de integración social en los sitios donde es más probable que estallen conflictos estructurales, como medio más eficaz para mantenerlo en estado latente; al mismo tiempo satisfacen así las demandas de los partidos obreros reformistas". La cita de Habermas es aplicable a lo ocurrido con la reforma previsional de 2008, consistente en inyectar recursos fiscales a pago de pensiones para contener la crisis sistémica que generan a nivel social los bajos montos de jubilación que otorga el sistema de capitalización individual, pues tiene un considerable potencial conflictivo que se ve en el descontento de un sector de la población en torno a las AFP en un proceso de movilización que seguirá profundizándose con loa años, a medida que surgan más jubilados gozando de bajos montos de pensiones.Otra característica del capitalismo de organización es que el Estado tiene un déficit de legitimación pues con "medios administrativos no pueden producirse, o conservarse en la medida requerida, estructuras normativas pertinentes para la legitimación". Esto último se demuestra con la reforma de 2008, que no ha sido suficiente para legitimar a las AFP frente a la mayoría de los afiliados que la consideran como una medida insuficiente para contar con montos de pensiones que les permitan tener suficientes recursos. De ahí que el planteamiento de un cambio estructural al sistema previsional de capitalización individual no es aceptado por el Estado, desde donde se inclinan a provocar cambios administrativos en la misma lógica del actual sistema de pensiones. Sin embargo los medios administrativos no producen una legitimación de las normativas que rigen para las AFP.
La propuesta de crear una AFP estatal también apunta en esta dirección de pretender legitimar, a través de medios administrativo-legales, el sistema de pensiones actual para compensar el déficit de legitimación que tiene el sistema, pero que finalmente no logrará terminar con el descrédito que tiene ante la población, pues no se apunta a solucionar el bajo monto de las pensiones.

viernes, 22 de julio de 2016

El laberinto sin salida de la ilustración en el liberalismo y socialismo extremo

El deseo principal del liberalismo más ortodoxo es terminar con el Estado, al que equiparan como la fuente de todos los males que afectan al hombre. Su raciocinio es que la opresión nace de los gobiernos, en cuyo interior se desarrollan grupos de intereses y un complejo burocrático que restringe la libertad individual.
Si bien en lo medular el principio de libertad es compartido como un elemento de sentido común, lo cierto es que la pretensión de un liberalismo puro, aséptico, libre de toda infección proveniente de otras doctrinas, choca contra el muro de las necesarias aperturas que requieren las ideas para el desarrollo de una sociedad. El liberalismo extremo es un hijo de la ilustración, por lo que tiene una serie de coincidencias con las versiones más extremas del socialismo, sobretodo el "científico" elaborado por Marx. Tanto para el liberalismo como para el socialismo ortodoxo no existen medidas que tiendan al equilibrio entre posiciones contrarias. No existe la síntesis dialéctica hegeliana: es el todo o nada. Unos por la desaparición completa del Estado y otros por su entronización.
Estas posturas dogmáticas son las que identifican al Estado y al capital, como la fuente de todo mal, atribuyéndoles un carácter casi sobrenatural. Por ende, el liberalismo extremo tiende a creer que la desaparición del Estado significará la liberalización de todas las fuerzas ahogadas del hombre, algo equivalente a la instauración del reino de la felicidad que profetizaba Marx con el fin del capitalismo.
La idea de que el fin del Estado significará una "plena" libertad, permitiendo que se abra la fuente del círculo virtuoso. Sin embargo, el liberalismo no considera la existencia de otras organizaciones de poder que también se basan en la coacción, como lo son las grandes corporaciones privadas que también tienen estructuras burocráticas, tan molestas como las del Estado. Para el liberalismo extremo, la existencia de organizaciones de poder privadas no son más que la consecuencia de la existencia del Estado, con lo que supone su desaparición cuando se termine el aparato público. En otras palabras el liberalismo sostiene que el fin de Estado significaría la desaparición del la coacción y el abuso de un individuo a otro.
Esta es la idea rousseauniana de la eterna bondad del hombre, que fue sacudida y contaminada por la opresión de los gobernantes, no considerando las relaciones productivas que establecen los hombres entre sí a partir de la fuerza. Sería difícil oponerse a la idea de que la libertad efectivamente acerca al hombre a la perfección,  porque este axioma está en lo cierto, pero la pretensión extremista del liberalismo de promulgar el automatismo de que terminado el Estado se acceda a una fase de desarrollo perfecto del individuo tiende a la distorsión . Esta eyaculación libertaria del individuo por tautología (porque sí o sí) no considera el carácter utópico, ni tampoco el papel de la mediación social, la de la intersubjetividad entre los individuos. El liberalismo radical no toma en cuenta la capacidad de los hombres acordar o imponer a otros el surgimiento de una organización de poder para establecer un mínimo orden social, al estilo que plantea Robert Nozick en su obra "Anarquía, Estado y Utopia" a través de las "asociaciones de protección mutua", las que no se pueden desarrollar por la acción del Estado y de las grandes organizaciones económicas privadas que defiende el propio liberalismo.
¿Acaso el fin del Estado que propugna el liberalismo ortodoxo no se asemeja a la idea del materialismo dialéctico, de que la muerte de las relaciones sociales, que impone en este caso el poder estatal , dará espacio a una nueva clase de conciencia, de basada en la libertad individual? Ambas posturas llegan a una conclusión parecida, aunque con armados teóricos distintos, por lo que detrás de ellas se aprecia el aferramiento a matrices demasiado abstractas, pese a que en este sentido el liberalismo está mejor parado que el socialismo de Marx, pues este último forzó una propuesta teórica más reduccionista para desmarcarse del iusnaturalismo liberal.
El pensamiento tributario a la ilustración del liberalismo puro también considera que toda crítica a estas ideas significa estar automáticamente en el lado opuesto y, por lo tanto, ser un "enemigo" de la libertad, al igual que hacen los autodenominados seguidores del "socialismo científico" con sus detractores, quienes son catalogados de "vendidos al capital". Esto también explica la tendencia al propagandismo de ambas doctrinas para sobrevivir en el cuerpo social, por lo que cabe preguntarse si el afán de la libertad, planteado en un modo tan abstracto, no escondería el germen un totalitarismo, como actualmente lo hacen algunas organizaciones de poder privadas que operan coactivamente en el nombre de la "libertad".
Los liberales acérrimos podrían responder a esta afirmacion, apelando al alcance que tiene la justicia iusnaturalista para los derechos de propiedad, el principio de no agresión, la capacidad volitiva del hombre y otros valores que dicen defender, pero que su materialización no ha estado a la orden del día en la historia. En el principio de no agresión también se impone la violencia de organizaciones de poder que ahora se escudan en el liberalismo y que en un momento histórico se apoderaron de los derechos de propiedad de otros grupos que no tuvieron la fuerza necesaria para defenderlos, Ahí estuvo el Estado a merced de los privados para detonar este constructo histórico que el liberalismo tampoco considera, pero que en definitiva interfiere en las propias decisiones individuales en un orden mercantilizado hegemonizado por organizaciones de poder privadas que utilizan al Estado.
La ética del liberalismo extremista es difusa, por más que tenga una declaración de principios, pues no tiene un correlato con el construccionismo vigente hasta ahora. Ha sido tan mal aplicada que ha abierto la puerta para la negación del principio de no agresión, siendo este uno de sus puntos ciegos, por más que se diga que los privados que ejecutan una coacción sobre otros no son liberales. En este sentido el liberalismo, al igual que el autoproclamado socialismo científico, se identifica con las características del fenómeno religioso: cada desviación de sus principios declarados es considerada como una apostasía que se reniega, pero en la práctica no surge una alternativa que efectivamente revierta la situación que provoca la coacción, el abuso y la opresión que se aplica desde otras instancias diferentes al Estado.
La falta de flexibilidad de ambas doctrinas responde a su negativa de encontrar espacios de equilibrio, de eventuales encuentros entre los pliegues de cada campo de saber entre sí. Abrirse a la dialéctica hegeliana es una tarea desechada por el extremismo liberal y del cientificismo socialista, derivado en la afirmación del Estado como una panacea, siendo esta una de las causas para no encontrar la salida del laberinto de la ilustración.

miércoles, 20 de julio de 2016

Capitalismo y el deseo en Deleuze y Guattari para entender el conflicto social

El llamado capitalismo del deseo tiene en el pensamiento de Gilles Deleuze a uno de los principales exponentes, aunque retroactivamente podemos encontrar sólidas coordinadas en el trabajo de Herbet Marcuse, en su unión entre la obras de Marx con el psicoanálisis freudiano. Deleuze ubica al deseo debajo de los intereses que accionan los individuos en búsqueda de sus intereses, en un proceso que cataloga como racional, por lo que podemos afirmar que bajo la superficie de la racionalidad está subyacente el deseo.
(...)"bajo los intereses están los deseos, las posiciones de deseo, que no se confunden con las posiciones de interés pero de las cuales dependen estas últimas, tanto en su determinación como en su distribución: un inmenso fluido, todos los flujos libidinales-inconscientes que constituyen el delirio de una sociedad. La verdadera historia es la historia del deseo", sostiene el filósofo francés.
El surgimiento de este deseo se materializa en un cuerpo social, identificado como el capital-dinero por Deleuze y Félix Guattari cuando se refieren a la organización capitalista, donde existe una producción social del deseo. 
"Sin duda, el capitalismo siempre ha sido una formidable máquina deseante. Los flujos de moneda, de medios de producción, de mano de obra, de nuevos mercados, todo esto es el deseo que circula. Basta considerar la suma de contingencias que se hallan en el origen del capitalismo para comprender hasta qué punto ha surgido de un cruce de deseos y que su infraestructura, su propia economía es inseparable de fenómenos de deseo", plantea Deleuze.
Para Deleuze el capitalismo "estuvo ligado desde su nacimiento a una represión salvaje, tuvo enseguida su organización de poder y su aparato de Estado. Es cierto que el capitalismo implicaba la disolución de los códigos y de los poderes anteriores, pero ya había establecido, en los huecos de los regímenes precedentes, los engranajes de su poder, incluyendo su poder estatal. Siempre es así: las cosas no son en absoluto progresivas; antes incluso de que se establezca una formación social, sus instrumentos de explotación y de represión ya están dispuestos, girando aún en el vacío, pero listos para trabajar cuando sean llenados. Los primeros capitalistas son como aves carroñeras que están esperando. Esperan su encuentro con el trabajador, que tiene lugar gracias a las fugas del sistema anterior. Éste es, incluso, el sentido de lo que se llama acumulación primitiva".
Un elemento clave que explica Deleuze en este cuadro general es la organización del poder que supone la unión entre el deseo y la estructura económica y que va más allá del simple acto de desear algo a toda costa, pues el análisis deleuziano se enfoca en el campo social en el que actúa la organización del poder, como la fuente del conflicto social, siendo un aspecto superior a la cuestión ideológica para entender la conflictividad de intereses -y deseos- entre diferentes miembros de una comunidad y de la sociedad. 
En este sentido la ideología sólo es la forma en que se desarrollan ciertas organizaciones de poder en determinados campos sociales, como la educación, la salud, la previsión, el mercado del trabajo, las relaciones socio-culturales, etc, por lo que identificar que el origen de los problemas que se viven al interiores de estos campos está radicado en la ideología es un error, si no se considera a la organización del poder que los sostiene y los hegemoniza y que es capaz de codificar el deseo, de representarlo a través de la ideología.
Félix Guattari lo explica este tipo de dinámica con otro campo social: "Ocurre lo mismo en las estructuras políticas tradicionales. Siempre reaparece la misma estratagema: el gran debate ideológico en la asamblea general y las cuestiones de organización en comisiones especializadas. Éstas se presentan como secundarias, como determinadas por las opciones políticas. Pero es al revés: los problemas reales son los de organización, que nunca se explicitan ni se racionalizan, y que enseguida se proyectan en términos ideológicos. Ahí es donde surgen las verdaderas divisiones: un tratamiento del deseo y del poder, de las posiciones libidinales, de los Edipos de grupo, de los «superyoes» de grupo, de los fenómenos de perversión… A continuación, se construyen las oposiciones políticas: un individuo adopta tal opción frente a otro porque, en el orden de la organización y del poder, ya ha escogido y aborrecido a su adversario".
De este modo, el deseo dentro del capitalismo se debe comprender desde la correlación de fuerzas de poder que están en disputa, es ahí donde el deseo toma una forma más clara, un motor que impulsa al discurso, a la acción y que toma un carácter colectivo, que se manifiesta en la sociedad política como en la sociedad civil. Para que se active el deseo debe existir un poder, el que opera en diferentes niveles, siempre dinámicos como sostiene Michel Foucault, moviéndose a partir de una microfísica, a nivel cotidiano. En un campo social se esconde siempre un conflictos entre los deseos codificados y los no codificados, los cuales son los que se encuentran en un estado puro, aquellos que en un menor lapso de tiempo pasan de la espontaneidad a un grado mínimo de organización para obtener visibilidad. Este tipo de deseo busca su posibilidad de manifestarse en  las diferentes esferas del campo social (política, educación, la salud, la previsión, el mercado del trabajo, las relaciones socio-culturales, etc,). Esta diferenciación es la fuente de conflicto que busca controlar permanentemente la gobernanza del capital y su cuerpo social, entendido como una extensión orgánica del individuo, sobre la base del marco del capital-dinero, lo que también se puede llamar la mercantilización de las relaciones sociales.

domingo, 10 de julio de 2016

El sistema de capitalización individual de pensiones en la mirada de la sociedad del riesgo

El sistema previsional chileno tiene una estructura simbólica inagotable de debate, entre críticos y apologistas. Estos últimos lo presentan como un sistema perfecto, a través de una sistemática propaganda para conseguir adeptos que apoyen este mecanismo, mientras que sus detractores lo consideran una máquina generadora de miserias debido al bajo monto de las pensiones que otorga a la mayoría de los afiliados al régimen, catalogándolo de una "estafa", "fraude" o "engaño".
Un punto de vista para abordar el sistema de capitalización individual es el trabajo de Ulrich Beck sobre "la sociología del riesgo", en que la posibilidad de que se produzcan daños y perjuicios está siempre presente, de modo latente o manifiesto.
Beck plantea la tesis de que la lógica de la producción de riesgos es superior a la lógica de la producción de riqueza. ¿Cómo podemos identificar esta relación con el actual sistema de previsión social? En primer lugar podemos plantear que la flexibilidad del mercado del trabajo, que genera una alta rotación e inestabilidad laboral, es una de las principales fuentes de riesgo que impactan al diseño de sistema de pensiones.
Su creador José Piñera, en el libro propagandístico "El cascabel al gato", sostiene que "el sistema de capitalización individual es el único que relaciona los beneficios que el sistema proporciona con los esfuerzos que realicen los trabajadores durante su vida laboral activa. Serán mejores las pensiones de quienes trabajaron más tiempo". Sin embargo esta afirmación no se condice con la realidad del empleo en Chile, especialmente en los últimos 20 años, en que el prolongado período de flexibilidad a favor de los empleadores ha dado como resultado la parcelización del trabajo en las formas contractuales de empleos por horas, empleos por proyectos y a tiempo determinado, lo que afecta directamente al mecanismo de ahorro que plantea el sistema de AFP. 
La categoría laboral de los subempleados, en que se insertan aquellos que quieren trabajar más, pero no pueden hacerlo en sus puestos laborales, es una de estas manifestaciones de precarización en la cual los apologistas del sistema de capitalización individual no hacen mayores reparos, particularmente el mismo José Piñera, quien además de crear el actual Código Laboral es uno de los propulsores de la constante flexibilidad del mercado del trabajo.
Entonces, de este modo, como dice Ulrich Beck, la producción social de riqueza (el trabajo) va acompañada sistemáticamente por el riesgo (la flexibilidad del mercado laboral), además de otros potenciales de riesgo asociados a la rentabilidad de las inversiones que realizan las AFP, donde una caída en los mercados antes determinadas coyunturas produce pérdidas de ahorros, las cuales superan a las garantías de ganancias pregonadas por el sistema.
Esto permite identificar en el sistema previsional chileno el surgimiento de una comunidad de riesgo, como lo denomina Beck, debido a que se circulan más amenazas que ventajas en torno a los resultados del régimen de capitalización individual. "Los riesgos crean más tarde o más temprano amenazas que a su vez relativizan las ventajas vinculadas a ellos, y precisamente el crecimiento de los peligros a través de toda la pluralidad de intereses hace que sea real la comunidad del riesgo", señala Beck.
Estas comunidades que son perjudicadas por el riesgo del sistema de AFP ya se observan en agrupaciones como "No + AFP", formadas por varias organizaciones civiles y ciudadanos comunes y corrientes, demostrando que "la sociedad del riesgo produce nuevos contrastes de intereses y una novedosa comunidad de amenaza, cuya solidez política aún está por ver". Estimamos que a medida que el sistema comience a entregar los bajos montos promedios que registra en la actualidad, el nivel de crítica social y política irá en aumento por razones prácticas que afectan la calidad de vida de las personas en su vida cotidiana. En la sociedad del riesgo también emerge la comunidad del miedo, el que se identifica hacia el futuro; el miedo a no tener sufientes ingresos de la jubilación frente al costo de la vida, el que es otro factor que se convierte en otro factor de la sociedad del riesgo.
En conclusión, el riesgo se ha constituido en uno de los principales elementos de percepción en torno al sistema previsional, el que se asocia directamente a la precarización del empleo que genera la flexibilidad, sumado al creciente costo de la vida. El riesgo entraña la incertidumbre, haciendo que el sistema de seguridad social, cuyo componente es el régimen de pensiones, sea considerado como un modelo de inseguridades a futuro y que sobrepasa la conciencia de la responsabilidad individual.

viernes, 24 de junio de 2016

Interpretación para Chile de la teoría de la élites de la escuela italiana

La existencia de las élites es un objeto de estudio a la hora de ver las crisis de la sociedad política o la llamada clase política o dirigente, especialmente cuando al interior de estas se incrustan las prácticas de nepotismo, corporativismo y auto referencialidad, como uno de tantos elementos sujetos al análisis.
Desde Maquiavelo la teoría de las élites se identifica con la escuela italiana de politólogos y sociólogos,tomando forma con la figura del príncipe que es asistido por los nobles: “El principado pueden implantarlo tanto el pueblo como los nobles, según que la ocasión se presente a uno o a otros. Los nobles, cuando comprueban que no pueden resistir al pueblo, concentran toda la autoridad en uno de ellos y lo hacen príncipe, para poder, a su sombra, dar rienda suscita a sus apetitos”.
La instalación de las élites para generar, reproducir y mantener el dominio en Maquiavelo contempla el principio dual que debe tener el príncipe en sus roles de león y zorro para asegurar su dominio: “Digamos primero que hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la fuerza. La primera es distintiva del hombre; la segunda, de la bestia. Pero como a menudo la primera no basta, es forzoso recurrir a la segunda. Un príncipe debe saber entonces comportarse como bestia y como hombre”.
En otras palabras, el plan de acción de los encargados de administrar el dominio se bifurca en el uso de la fuerza física y en la entrega de un orden de leyes que establezca ciertos derechos para obtener consensos. Traducido en las teorías del Estado moderno esto se traduce en la necesidad de contar con aparatos destinados a generar coerción, con el uso de la represión, y otros aparatos destinados a generar cohesión, con el uso ideológico.
Pero es en la fase de la modernidad del siglo XIX e inicios del siglo XX cuando surge un concepto más elaborado de élites, que incorpora los principios del darwinismo social, identificando a las élites como las más fuertes, bajo la óptica del realismo a la que dice seguir Vilfredo Pareto, quien tiene una línea de pensamiento parecida a la de Nietzsche en la asociación entre la fortaleza y la aristocracia como un bien cualitativo de superioridad. “La sociedad tiene una estructura elitista, en que las masas son incapaces de gobernarse, que la élite (dada la ley de la competencia y de la consecuente selección de los más fuertes) está destinada a ascender y a decaer (teoría de la circulación de las élites)”, afirma.
Pareto plantea que las élites no tienen un carácter permanente en el tiempo, sino que están sujetas a ser removidas del poder al cual han accedido, además de que tienen la capacidad de establecer el dominio en diferentes esferas de actividad humana, por lo que guardan un alcance más allá de la concepción de clase social. Reconoce un rasgo de heterogeneidad en torno al concepto de élite: la gobernante, que se divide entre los que dominan por la fuerza y utilizan la astucia, influenciado por la metáfora de Maquiavelo sobre el león y el zorro; la élite política, que se divide en materialistas e idealistas; la élite económica, bifurcada entre especuladores y rentistas; la élite intelectual, que se ramifica entre escépticos y dogmáticos.
La concepción pareteana de la élite se basa en la selección de las mejores capacidades, tiene una acepción desmarcada de la noción de estructura de clase, lo que no es compartido por Gaetano Mosca, quien se inclina por dejar el alcance de la élite dentro de un grupo que funciona en base al dominio social. Ambos autores comparten eso sí la idea de la minoría sobre la mayoría.
Así, con esta distinción, en Chile es posible identificar cambios de forma en la élite política, como en 1970 con el ascenso del gobierno de la Unidad Popular, en que una élite o grupo de individuos escogidos se propuso sacar de la administración del Estado a otro grupo, bajo el componente ideológico de la clase social. El golpe de Estado de 1973 trajo una nueva forma de Gobierno, la dictadura cívico-militar en que otra élite reemplaza por la fuerza a la anterior, estableciendo un programa refundacional del sistema-país. Posteriormente la circulación de la élite se volvió a detonar en 1990, cuando asume un nuevo contingente de “escogidos” que reemplazaron a la élite militar y civil que gobernó en dictadura.
Mientras Pareto aporta el modelo de circulación continua de élite, de ascenso y caída, Gaetano Mosca asocia a la élite con el concepto clase política, señalando que su carácter hereditario, por lo que les asigna un rasgo más permanente respecto a la circulación que les atribuye Pareto. “Todas las fuerzas políticas poseen como cualidad, lo que en física se llama la fuerza de inercia, la tendencia a permanecer en un punto y en el estado en el cual se encuentran.  El  valor  militar  y  la  riqueza  fácilmente,  por  tradición  moral  y  material,  se mantienen en ciertas familias; la práctica de los grandes cargos, los hábitos y la aptitud al tratar los asuntos  de  importancia  se  adquieren  más  fácilmente cuando  desde  pequeño  se  tiene  con  ello familiaridad”.
En su análisis Mosca menciona que en ciertos países, como el caso chileno, “encontramos castas hereditarias; la clase gobernante está definitivamente restringida a un cierto número de familias y el nacimiento es el único criterio que determina la entrada a la clase o la exclusión de la misma”. Entonces, el principio de fuerza de inercia de las élites le otorga un carácter más estructural a las élites en determinadas sociedades, lo que se relaciona con el concepto de clase dominante, desde la perspectiva de una estructura de clases definida.
Estas condiciones se aprecian desde la consolidación del Estado Nación chileno, en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente con el incipiente proceso de acumulación primitiva de capital alrededor de la agricultura y la minería, donde surgen conspicuas familias que adquieren un poder económico y social que estuvo representada por el Partido Conservador y el Partido Liberal, el que se profundizó con la emergencia de la oligarquía salitrera, que amplificó los circuitos del poder económico-comercial y político de determinados clanes familiares.
“Cuando vemos en un país establecerse una casta hereditaria que monopoliza el poder político, se puede estar seguro que un status de jure (estado de derecho) fue precedido por un status de facto (estado de hecho). Antes de proclamar su derecho exclusivo y hereditario al poder, las familias o castas poderosas debieron tener bien sólido en sus manos el bastón del mando, debiendo, monopolizar absolutamente todas las fuerzas políticas de la época y del pueblo en el cual se afirmaron; de otra forma una pretensión de éste género hubiera suscitado protestas y luchas sangrientas”, explica Mosca.
El paso de un estado de facto, de fuerza se aprecia en Chile desde los albores de la República, cuando un grupo de individuos toma el control del Estado y de la sociedad por la fuerza, a través de la vía militar, cuyo primer germen moderno fue el orden autoritario portaliano, formado por el movimiento dieguista de los pelucones conservadores financiados por Diego Portales. Este momento marca la posterior configuración de Estados de derecho en el país, aunque siempre avanzando a punta de golpes de Estado por parte de los descendientes de las familias peluconas, que también irían incorporando a otras familias a lo largo del siglo XIX.
Durante el siglo XX el actuar de las élites en Chile sobre el sistema político y de partidos fue tomando las características advertidas por Robert Michels, en el sentido de que toda organización conduce a la oligarquía: “En toda organización, ya sea un partido político, de gremio profesional u otra asociación de ese tipo, se manifiesta la tendencia aristocrática con toda claridad”.
Esto es lo que se denomina como la “Ley de hierro de la oligarquía”, por cuanto “la organización es la que da origen al dominio de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegadores. Quien dice organización, dice oligarquía”.
Así, podemos concluir que tanto la élite política en Chile, representada en el sistema político-partidista, como la élite económico-empresarial, representada en las asociaciones gremiales, tienen el elemento en común los lazos familiares, como plantea Gaetano Mosca, formando una clase dirigente conducida por la Ley de Hierro de la Oligarquía, con una autoreferencialidad y mecanismos de defensa que se reconocen en la proclamación de derechos exclusivos y hereditarios para la administración del poder, la cual se ramifica en otras esferas de la sociedad.

martes, 21 de junio de 2016

El fenómeno de la cooptación en dos momentos históricos del sistema político chileno

La cooptación es un recurrente fenómeno que se desenvuelve en los sistemas políticos y de poder, generado desde la clase dominante en la sociedad en un período histórico determinado. Responde a una estrategia de negociación política para disminuir el conflicto al interior de la clase dirigente, además de ser una herramienta de control político que es funcional a la oligarquización.
Esteban Valenzuela en el trabajo "Aproximación al concepto de cooptación política: la maquinaria presicrática y sus formas" plantea que la cooptación, "desde su concepción politológica, tiene que ver con control y la repartición de rentas menores, evitando la autonomía y el poder de otro distinto al poder central omnipotente".
Por su parte, Philip Selznick define a la cooptación como “el proceso de absorber nuevos elementos en la cúpula directiva o estructura dirigente de una organización como medio para evitar las amenazas a su estabilidad o existencia”.
Dos son los momentos históricos del sistema político chileno en que es posible identificar la práctica de una estrategia de cooptación y que se aplicó desde la derecha política, representadas por el bipolarismo del Partido Conservador y del Partido Liberal, hacia las fuerzas políticas de centro izquierda que administraban el Estado. La primera se registró durante los gobiernos del Frente Popular, representado por el Partido Radical, el Partido Socialista y el Partido Comunista.
Sofía Correa Sutil es uno de los primeros historiadores que trabajan el concepto de la cooptación para explicar las relaciones de poder en el Estado y el sistema político en el Chile del siglo XX.  En su obra “Con las riendas del poder: La derecha chilena en el siglo XX” la académica sostiene que “la negociación y la cooptación comenzaron a prevalecer en las estrategias políticas de la derecha desde 1941”, enfocándose a negociaciones con el radicalismo que influyeron en la elección de Juan Antonio Ríos y Gabriel Gonzáles Videla con los votos de los radicales, siendo una antesala a un proceso de transferencia ideológica, que está siempre presente detrás del fenómeno de la cooptación política.
“La flexibilidad que mostró la derecha y sus “cantos de sirena”, lograron penetrar la alianza de centro izquierda para convertirla en una combinación que a los pocos años integraba a los liberales y que, además, terminaba deshaciéndose de quien la derecha percibía como su más feroz y tenaz enemigo, el Partido Comunista”, indica Correa Sutil
La facilitación o allanamiento de esta estrategia también se vio impulsada por concordancias ideológico-sociales. “La atracción que la derecha ejerció al interior de la combinación de centro izquierda fue facilitada por el carácter del Partido Radical que se identificaba con los sectores medios. (…) junto a la capacidad de cooptación que desplegó la derecha para atraer a los políticos reformistas, su cuantioso poder parlamentario le permitió negociar las iniciativas de centro-izquierda, pudiendo así neutralizar las políticas que le eran adversas. De este modo, las propuestas más reformistas no llegaron a amenazar a las fuentes del poder de la derecha, ni en la agricultura, ni en la banca, el comercio o la industria. En suma, la fuente principal del poder político de la derecha estaba radicado en el Congreso Nacional”, agrega Correa Sutil.
Ingrediente fundamental en las dinámicas de cooptación es la presencia de un empresariado extremadamente ideologizado con las formas de vida históricas que desarrolla históricamente en determinadas sociedades. En el caso chileno en la década de los 40 del siglo pasado los integrantes de los directorios de las asociaciones gremiales del empresariado influyeron en las empresas controladas por el Estado para no producir desequilibrios en las relaciones sociales de producción.
Este fenómeno es identificado por Genaro Arriagada como la emergencia de la “oligarquía patronal chilena” formada por los miembros y descendientes de la oligarquía del siglo XX, los cuales una vez debilitado el poder estatal que acumularon en la fase del parlamentarismo pasaron a replegarse en las organizaciones gremiales productivas más tradicionales como la Sociedad Nacional de Agricultura; la Sociedad Nacional de Minería; Sociedad de Fomento Fabril; Cámara Nacional de Comercio, Cámara Chilena de la Construcción y la Asociación de Bancos e Instituciones Financieras”, instancias desde las cuales sistematizaron la defensa de sus intereses sectoriales en la institucionalidad vigente de la época.
Como si fuera la manifestación de la doctrina del eterno retorno de Nietzsche un proceso similar de cooptación se produjo cuarenta años después en el sistema político chileno, en la transición de la dictadura militar a los gobiernos de centro izquierda que se instalaron en 1990. En este caso, una forma que tomó la cooptación se concentró con fuerza en el campo económico, especialmente con la llegada de ex ministro de Estado o directivos de organismos públicos pertenecientes a los partidos de la Concertación al sector privado, ya sean empresas y nuevas organizaciones gremiales. Este hecho es clave si se comprende que los puestos que tuvieron en el Estado les permitieron llegar con informaciones estratégicas para el sector privado. Los reguladores pasaron al bando de los regulados reduciéndose las brechas de información en temas atingentes a la regulación de ciertos sectores económicos. En otras palabras este tipo de control detrás de la cooptación de los años noventa reforzó la relación del rol de subsidiariedad del Estado con la economía de mercado y, por ende, del poder hegemónico establecido en Chile.
Por su lado, las negociaciones políticas que se instauraron bajo la “democracia de los acuerdos” también fue una expresión de cooptación que aprobó ciertas aperturas regulatorias de carácter reformista, pero sin tocar estructuralmente al armado institucional realizado por la derecha en los años 80, bajo la tutela de las Fuerzas Armadas. Al mismo tiempo, se sentaron las bases de lo que sería la relación entre el sistema de partidos y al empresariado, debido a la presencia de militantes de los partidos de centro-izquierda en los territorios del empresariado, los cuales estaban reservados a los miembros de derecha política y económica hasta antes de 1990.
Es posible identificar también el concepto de “transformismo” –acuñado por Tomás Moulian en 1997-, entendido como la mantención de la institucionalidad económica, política y social de los noventa bajo la administración “democrática”. De este modo, el gatopardismo que identifica Moulian en esa época como el que todo cambia para seguir igual, tiene una relación estrecha con la cooptación.
En esta línea Esteban Valenzuela señala que la cooptación es la antesala de un “poder abusivo-controlador”, en que se “busca efectuar cambios en la forma de implementar políticas, en el desempeño del liderazgo o básicamente en su estructura política, insertando en una elite dirigente, elementos que permitan mantener la legitimidad de un régimen”.
Justamente este proceso es el que afecta a la coalición hegemónica de la centro izquierda desde 1990 hasta la actualidad, debido a la infiltración del medio institucional del empresariado en el Estado para generar cambios en sus políticas.

viernes, 27 de mayo de 2016

Los mecanismos iterativos de la economía política desde el análisis de Umberto Eco

La relación entre el discurso de la economía política y lo iterativo sigue marcando la pauta en la conformación de audiencias de la opinión pública basado en la característica que Umberto Eco identifica en un esquema iterativo: la reanudación de una serie de acontecimientos que se reiteran bajo distintas formas, siendo una de las características de la narrativa popular. También es definido como un mensaje de alta redundancia.
La iteración supone una programación repetitiva hasta cumplir un objetivo, lo que se utiliza en matemáticas y en programación informática. En la ciencia y práctica comunicativa de la economía política el esquema fijo de la iteración se materializa en ciertos objetos discursivos como crecimiento económico, libertad de elegir, eficiencia y desregulación, entre otros. Todos estos elementos apuntan a no modificar una situación: la existencia de una economía política abierta y sin intervencionismos.
Estos ejes comunicacionales son utilizados en el esquema repetitivo de la iteración como mecanismos de evasión ante otros discursos, especialmente los de carácter crítico o que cuestionen el accionar institucional que tiene la economía política dominante en una sociedad.
Es así como se relatan situaciones o historias que aparentemente son distintas, pero que en el fondo mantienen la misma estructura de relato, cumpliendo la función reiterativa del esquema iterativo, como lo es el tema del emprendimiento como una solución de acceso universalista para todos los miembros de la sociedad, no importante las diferentes condiciones en que se encuentren. Las historias de éxito económico son redundantes, giran permanentemente a nivel de la comunicación cotidiana en su diversidad, producto de una programación discursiva que se reproduce para cumplir la finalidad de entronizar la idea de que el crecimiento económico es la única causa del desarrollo social.
La receptividad a este tipo de discursos es aceptada en la población; hay una gran cantidad de individuos que aceptan el esquema repetitivo del éxito económico que supone un mercado libre. No importa el personaje o la situación: lo esencial es estar en frente a un esquema que nos hable de la superación de la actual condición material, el hacer lo que se quiera con el dinero como un catapulta a una futurización anhelada.
“Si examinamos el esquema iterativo desde el punto de vista estructural, nos encontramos en presencia de un típico mensaje de alta redundancia”, señala Umberto Eco, quien en "Apocalípticos e Integrados" defiende este esquema desde el punto de vista de las funciones narrativas que involucra.
En el campo de la comunicación de la economía política la narración iterativa, entre otros aspectos, se ha concentrado en la estigmatización del Estado como la fuente de todos los males, incluidos aquellos que generan las llamadas leyes de mercado.
Eco identifica que estos mensajes de redundancia se generaron en las clásicas sociedades industriales de la modernidad, a partir de "un sistema de comunicaciones previsible que se emite a la sociedad con el fin de que la vida transcurra “sin altibajos imprevistos, sin convulsiones en las escalas de valores”, los cuales en este caso tienen el carácter económico.
De este modo, el esquema iterativo en el discurso de la economía política busca establecer un tipo de estabilidad, aquella que no tiene el concurso del Estado. La redundancia está en relacionar al Estado con el fracaso económico y vital, mientras que el mercado es equiparado con un éxito antropológico.
El que el éxito económico y su capacidad para llevar una vida sin dificultades es un objeto discursivo que se caracteriza por tener un "hambre de redundancia" dentro de la sociedad. Es algo deseable, anhelado. Como dice Eco, "la mayor parte de la narrativa de masas es una narrativa de la redundancia".
Umberto Eco menciona el caso histórico de la novela de folletín como el "alimento preferido por una sociedad que vivía entre mensajes cargados de redundancia: el sentido de la tradición, las normas de un vivir asociado, los principios morales, las reglas de comportamiento", como las que se planteaban durante el período de las burguesías europeas del siglo XIX. Actualmente en países en las sociedad contemporáneas de buscan las historias de éxito en televisión, los libros de enriquecimiento rápido y la idea del triunfo a toda costa.
En este sentido, la publicidad es una punta de lanza para el esquema iterativo que requiere la economía política. En las sociedades post modernas Umberto Eco sostiene que la narrativa de la redundancia se centra en "una indulgente invitación al descanso, como una ocasión única de real distensión ofrecida al consumidor".
La idea reiterativa del reposo se asocia a la adquisición de tiempo "para sí mismo, la familia y los amigos", por lo que el esquema redundante también se ancla en la industria del ocio, del entretenimiento,  en mecanismo de la evasión como otro sinónimo de libertad que sólo entrega el crecimiento económico. 
Eco se preguntaba en su obra si los mecanismos iterativos responden "a alguna exigencia profunda del hombre contemporáneo", la cual puede ser respondida con las necesidades que plantea una sociedad abierta basada en las necesidades de existencia del capital.

miércoles, 25 de mayo de 2016

La preocupación social por los pacientes psiquiátricos en Franco Basaglia

Un hombre de 20 años se mete inadvertidamente en la jaula de los leones en el Zoológico de Santiago convencido de un delirio mesiánico que monopolizó su mente de que era inmune al ataque de las fieras, como lo dejó anotado en un papel escrito donde señalaba ser Jesucristo en la figura representativa del león de Judea. El resultado de su accionar fueron dos leones muertos a tiros por funcionarios del recinto cumpliendo el protocolo de proteger la vida del hombre que peligraba en ese momento.
La reaccion de la opinión pública no se hizo esperar. Lamentos por los animales muertos y molestia hacia la persona que provocó la situación, a quien estigmatizaron agresivamente su condición de "locura" o de "enfermedad mental", dejando de manifiesto la nula consideración a la persona que sufre patologías mentales severas, especialmente en las redes sociales, donde presuntas personas que se autodefinen como "progresistas" y "críticos de la sociedad" condenaron al hombre desde su condición psiquiátrica, sin importar la realidad que vive esta persona. Incluso varios comentarios por internet lamentaban el hecho de que el paciente no hubiese muerto. Con ella la puerta para la muerte civil de la persona ya estaba abierta.
Esta estigmatización negativa demostró la nula preocupación social, de forma consciente e incosnciente, hacia la persona que padece de trastornos mentales. No sólo la institución del manicomio deshumaniza al enfermo mental, sino que el espacio abierto y público también deshumaniza a la persona afectada por estos trastornos, estigmatizándolo en una condición de inútil para la organización social, tal como lo plantea el psiquiatra italiano Franco Basaglia.
En su obra "La institución negada" el psiquiatra señala que "el enfermo mental es «enfermo» sobre todo porque es un excluido, y está abandonado por todos. Porque es una persona sin derechos, en contra de la cual todo es posible".
En la recopilación de sus conferencias realizadas en Brasil, aglutinadas en la obra "La condena de ser loco y pobre", el especialista denuncia la dinámica represiva que afecta a los internados en los manicomios, lo que también se reproduce afuera de estos recintos: "una  persona que entra en un  manicomio porque fue rechazada por la organización social, la sociedad, cuando es dada de alta,  encuentra una sociedad que no ha cambiado en absoluto".
En este sentido, Basaglia sostiene la necesidad de la toma de conciencia, por parte del paciente psiquiátrico, su familia y la comunidad en que este desarrolla su via cotidiana: "Cuando  un  interno  sale y vuelve  a la vida  social  se crea una  nueva  contradicción  que  tiende  a mandarlo  nuevamente  al manicomio.  En  ese  momento  es importante  que  pueda  nacer  en  la comunidad  una  toma  de  conciencia  y también  es fundamental  que  yo como  técnico  nuevo no  esté del lado de la clase dirigente sino que  esté directamente  ligado  a  la  clase  que  sufre  estas contradicciones".
Basaglia afirma que esta concientización nace de los especialistas hacia el tejido social, de modo de "para  crear  los  presupuestos  de  un  consenso  que  lleve  no  tanto  a una  mayor  tolerancia,  sino  a una  toma  de  responsabilidades,  a un  hacerse  cargo  por  parte  de  la comunidad  de  los  problemas  que  le  pertenecen".   
El caso de las reacciones de rechazo por lo ocurrido en el Zoológico hizo pasar a un segundo plano el drama de la persona afectada por el trastorno mental, pero nuevamente develó el fenómeno de la compleja relación entre las instituciones psiquiátricas, la sociedad y los pacientes, la cual está mediada por una lógica represiva, como también lo comprueba Michel Foucault en su obras La historia de la locura.
Avanzar en que los pacientes muestren su propia subjetividad en la sociedad es un elemento que también trastorna a la comunidad pues no tiene internalizado la aceptación del "loco" desde el manicomio "extra muros", lo que efectivamente se reflejó por parte de la opinión pública respecto la persona que ingresó a la jaula de los animales, dejándolos muertos por su decisión, y que gatilló una agresividad ante el paciente sin considerar su condición humana.
Sobre la base de su experiencia en las instituciones mentales de Italia, Basaglia destaca la necesidad de revertir este tipo de relación deshumanizadora entre la sociedad y el paciente psiquiátrico a través de la práctica técnica de los terapeutas y de los integrantes de una comunidad: "Cuando iniciamos  nuestro trabajo de transformación, en realidad violentamos a la sociedad,  la obligamos a aceptar al loco, y esto creó grandes problemas que antes no existían. Pero lo más importante es que en el momento en el que violentábamos a la sociedad, estábamos allí presentes para hacernos cargo, como  técnicos nuevos, de la responsabilidad de nuestras acciones, para ayudar a la comunidad a comprender qué quería decir la presencia de una persona loca en la sociedad". 
"Puedo darles miles de ejemplos. Uno tiene que ver con el modo en el que hemos tratado de cambiar  la cultura sobre el loco. Pienso en  el ejemplo de uno de los centros de salud  mental, un centro que  se encuentra en la zona industrial de la ciudad, donde está ubicada también una fábrica  importante.  En ese centro desde el comienzo se incluyeron tanto los habitantes del barrio como los trabajadores  de la fábrica. En el momento en el cual los habitantes de este suburbio y los obreros comenzaban a participar, conjuntamente con nosotros, de la vida del centro, comprendían lo que estaba sucediendo  y el preconcepto contra el loco desaparecía o se atenuaba. Son importantes estas cosas para una toma de conciencia", agrega el psiquiatra.
El acto trapéutico como acto político, según Basaglia, constituye un medio para revertir una crisis en curso, la cual es la relación entre los pacientes psquiátricos y la sociedad, sobre todo si consideramos que la condición psiquiátrica es ante todo una aceptación de la situación humana.

domingo, 22 de mayo de 2016

La figura del encapuchado o la práctica del encapuchamiento bajo la óptica del dispositivo foucaultiano

La figura del encapuchado que actúa destruyendo la vía pública con el objetivo de enfrentarse directamente con las fuerzas policiales es parte de actual espíritu del tiempo en las sociedades modernas, en que el control es uno de los principales dispositivos de poder operantes.
De acuerdo a Michel Foucault el dispositivo es una red que establece relaciones de "discurso", "institucionales", "proposiciones filosóficas", "morales", etc. las cuales son formas de expresión heterogéneas y dinámicas que interaccionan entre sí, mediadas por la circulación del poder, en el sentido amplio en que lo ubica el filósofo francés.
"Lo  que  querría  situar  en  el  dispositivo  es  precisamente  la naturaleza  del  vínculo  que  puede  existir  entre  estos  elementos  heterogéneos.  Así pues, ese discurso puede aparecer bien como programa de una institución, bien por el contrario como un elemento que permite justificar y ocultar una práctica, darle acceso a un campo nuevo de racionalidad. Resumiendo, entre esos elementos, discursivos o no,  existe  como  un  juego  de  los  cambios  de  posición,  de  las  modificaciones  de funciones que pueden, estas también, ser muy diferentes".
Y aquí llegamos a la relación entre la figura pública del encapuchado y la representación del poder hegemónico que se manifiesta en los objetos que se buscan destruir en las manifestaciones públicas: locales comerciales de poderes comerciales monopólicos, instituciones estatales y eclesiásticas, las cuales son idenficadas como un blanco de destrucción en el discurso detrás de la praxis encapuchada.
¿Cómo se vincula esta dinámica con el dispositivo? detrás del encapuchamiento existe un discurso que permite justificar el ejercicio de la violencia contra "el sistema", "lo establecido", "el orden hegemónico", "el poder hegemónico" y las prácticas de control que entrañan a todos estos términos.
Aquí se produce lo que Foucault llama como el "acceso a un nuevo campo de racionalidad", cuyos discursos se confrontan dinámicamente entre los que propugnan la práctica del encapuchamiento, sus apologistas o defensores, confrontados con el discurso establecido desde las instituciones del Estado (gobierno, policía, tribunales) y de la opinión pública (medios de comunicación).
Estos elementos cambian se establecen en el campo de juegos, tomando claras posición en el marco de las manifestaciones públicas de la sociedad civil, aunque es posible advertir que en este "juego de los cambios de posición" y de "modificaciones de funciones" el poder hegemónico privado y público manipulen a su favor las consecuencias de la violencia que caracteriza el actuar del encapuchamiento.
En otras palabras, la figura del encapuchado como reflejo de una estrategia de resistencia es susceptible de ser tomada por una contraestrategia proveniente del poder hegemónico (que contrariamente a lo que se piensa no es fijo ni estático), con lo cual -desde la perspectiva del poder que tanto dice odiar el discurso del encapuchamiento- el encapuchado se convierte en un dispositivo de terror que se manipula desde el poder, dejarlo actuar surte el efecto deseado de distorsionar la verdadera manifestación.
De esta forma el encapuchado se transforma en un tonto útil que en la práctica también es controlado por el objeto que tanto dice odiar y luchar: el Estado y la clase dominante. El slogan de "la capucha no iguala en la lucha" se convierte en un elemento que utiliza el poderoso para reproducir temor en la población y rechazo a la manifestación ciudadana que se expresa de otras formas.
El encapuchado también es un esporádico sujeto social que logra ser manejado desde el poder, nunca se manifestará en los barrios de la clase dominante, por más que enarbole que su accionar responde a los efectos de la violencia simbólica de la cual dice ser víctima.
Puestas así las cosas coinciden con este tipo de relacionamiento a partir de la figura del encapuchado o de la práctica del encapuchamiento coincide con lo que plantea Foucault al describir los rasgos de un dispositivo:  "El dispositivo tiene pues una función estratégica dominante(…)el dispositivo está siempre inscripto en un juego de poder".
Cabe señalar, para no cerra la discusión en estos límites, que en la práctica del encapuchado también se pueden identificar dispositivos ideológicos y de otro tipo.

lunes, 9 de mayo de 2016

Elementos constitutivos del capitalismo jerárquico en América Latina

Dentro de las variedades de capitalismo existentes, que e retroalimenten con de las formas culturales en que se desarrolla el capital, está el acuñado término de "capitalismo de jerarquía"para América Latina, por parte de Ben Ross Schneider, quien desde el MIT estadounidense ha elaborado los alcances de esta tipología en las modalidades de organización económica bajo las leyes del capital.
El aspecto jerárquico del capital en América Latina tiene que ver más con las formaciones sociales históricas que se desarrollaron a partir de las relaciones de fuerza en la región, marcada por el autoritarismo, la segmentación racial y socioeconómica y un integrismo moral convervador que influenció la dinámica cotidiana de las sociedades latinoamericanas.
Según Ross Schneider las bases institucionales distintivas del capitalismo en la región son economía de mercado jerárquicos, que se identifican con cuatro características en la relación entre estructura de negocios y el ingreso de capital, mano de obra y tecnología: grupos económicos, corporaciones multinacionales, mano de obra poco calificada y relaciones laborales atomizadas.
"Las relaciones jerárquicas en los grupos empresariales y las multinacionales son centrales en la organización del capital y la tecnología en América Latina y también son omnipresente en la regulación del mercado del trabajo, en la representación sindical y en las relaciones laborales", indica Ross Schneider.
Específicamente el capitalismo jerárquico latinoamericano también se ientifica por tener como forma corporativa dominante la propiedad familiar dentro del grupo económico. Este aspecto del capital patrimonial gestionado por familias se relacionan con otros puntos como un control jerárquico desde la matriz a las filiales del grupo económico que no tienen un desarrollo tecnológico.
La jerarquización interna se exterioriza en las relaciones de fuerza dentro del mercado interno donde se tiende a la concentración, subordinando y restando participación en las redes comerciales a los actores medianos y pequeños. "Las economías de mercado jerárquicas y variedades de capitalismo en América Latina en ciertos sectores, significa que las relaciones con los competidores, proveedores y Los clientes son a menudo desigual e impregnada de un toque de jerarquía coercitiva", señala el análisis de Ross Schneider.
La opción de no intensificar el capital tecnológico, en su variante de inversiones en investigación y desarrollo (I+D), dentro de la gestión de los grupos económicos genera una baja calificación laboral que configura al mercado laboral latinoamericano, que tiende a la segmentación, donde una parte de los trabajadores goza de una mayor protección legal, con mayores grados de sindicalización y beneficios laborales, respecto a un considerable sector de la fuerza laboral que tiene una alta rotación, falta de calificación y desprotección legal en seguridad social.
Una de las particularidades en la falta de coordinación entre empleadores y trabajadores, además de la configuración histórica de la jerarquización de las relaciones sociales, es el intervencionismo político y del Estado, nacido también en su momento para enfrentar el déficit coordinador que fijó el déficit de coordinación en el mundo del trabajo, como lo avierte el análisis de la investigación de Ross Schneider: "En comparación con los sindicatos en gran parte del mundo desarrollado, el trabajo organizado en América Latina ha tendido a ser más politizado y controlado, y menos eficaz en la negociación colectiva o de intermediación".
"En Chile, por ejemplo, las leyes laborales impuestas por la dictadura de Pinochet prohibieron las confederaciones multisindicales de la negociación colectiva y por lo tanto las animaron a participar en actividades políticas más amplias, en lugar de la resolución de problemas más concretos y diálogo permanente con los empresarios", se agrega en el paper "
La persistencia histórico estructural de malas relaciones laborales inciden en la baja productivida del capitalismo jerárquico, sumado a la falta de inversión intensiva en tecnología. "Tanto las empresas multinacionales y grupos empresariales tenían relativamente baja demanda de expertos laborales y débiles incentivos para presionar por la inversión generalizada en la educación y entrenamiento. Con las multinacionales que dominan la fabricación de mayor tecnología, los grupos empresariales nacionales concentrados en la parte baja de los productos básicos en la tecnología, los sectores y servicios tuvieron menos incentivos para invertir en I + D, contratar a los científicos e ingenieros, o tren trabajadores altamente cualificados", explica el académico del MIT.
Este círculo vicioso dentro de los rasgos del capitalismo jerárquico se reproduce a través de la alta rotación laboral, producida por la volatilidad de materias primeras en los mercados internacionales que comercializan los grupos económicos, y a la debilidad sindical desincentivan la inversión por el bajo tiempo de permanencia, con lo que también se genera una productividad contenida a causa de la limitación de las habilidad específicas. Empresas que no tienen trabajadores caificados tienden a invertir menos en nuevas tecnologías.
Esta situación se mantiene en los períodos de auge en el precio de las materias primas que producen y exportan las economías latinoamericanas, conocidos también como los súperciclos, reduciendo las presiones para encontrar más trabajadores calificados.
Una de las sentencias de Ross Schneider es que el proceso de globalización acentuó la conformación el capitalismo jerárquico en la región. "Especialmente los trabajadores, lo palpable frente a la globalización es que las multinacionales organizan jerárquicamente, tanto el empleo, la inversión y la transferencia de tecnología. Una de los olvidadas ironías de la liberalización en la década de 1990 es que las reformas orientadas al mercado en el comercio, la privatización y la desregulación a menudo trajo como resultado, al final, en más jerarquía de mercado".

domingo, 24 de abril de 2016

Estado, burocracia y el habitus en las estructuras sociales de la economía, según Pierre Bourdieu


Las distorsiones de la ciencia económica han tomado un carácter universalista con la política económica hegemónica que se ha impuesto. De acuerdo a Pierre Bourdieu, en su trabajo sobre "Las estructuras sociales de la economía", el conocimiento económico organizado se ha transformado en una ciencia de Estado, "constantemente habitada por las preocupaciones normativas de una ciencia aplicada", enfocada a respondes demandas políticas.
Bourdieu desliza la crítica la recurrencia al pensamiento matemático a la cual recurren algunas posiciones de la disciplina económica, como la escuela monetarista para evitar las implicaciones políticas de la esfera económica, especialmente en las demandas por mayor gasto social.
El pensador francés descifra cómo en la práctica el Estado es uno de los principales actores en la construcción social del mercado, desemascarando el discurso del liberalismo extremo que pretende negar esta participación, la cual la ha reducido convenientemente bajo el concepto del "rol de subsidiariedad".
A través del análisis del mercado de la vivienda Bourdieu plantea elementos para un marco analítico que sirve para reconocer la incidencia del aparato estatal en otros mercados, como la educación, salud y agricultura, en que se advierte la formación de una demanda para la provisión privada, a través de una estructura burocrática que facilita las condiciones para la venta privada sobre la base de preferencias individuales, algo contradictorio con la doctrina del libertarianismo.
"(...) el Estado está en condiciones de ejercer una influencia determinante sobre el funcionamiento del campo económico (...) porque la unificación del mercado de bienes económicos (y también de bienes simbólicos, de los que el mercado de intercambios matrimoniales es una dimensión) acompañó la construcción del Estado y la concentración de los diferentes tipos de capital que éste llevó a cabo. Esto equivale a decir que el campo económico está habitado más que cualquier otro por el Estado, que contribuye en todo momento a sus existencia y persistencia, pero también a estructura de relaciones de fuerza que lo caracteriza", indica el pensador.
Bourdieu sostiene una idea que para un liberal extremo es un sacrilegio: el campo burocrático es un gran estimulador macroeconómico que asegura estabilidad y previsibilidad al campo económico.
La estructura social de la economía pasa por condiciones jurídicas que deben ser funcionales al desarrollo de la oferta y demanda que busca el mercado. En este sentido, cuando el poder establecido en torno al mercado advierte que lógicas distintas en las condiciones jurídicas del Estado, que reorientan al campo burocrático, se producen los quiebres bajo la lucha discursiva sintetizada en la frase: “el cambio de las reglas del juego”.
Un aspecto relevante para entender la relación entre el espacio social y la estructura burocrática Bourdieu lo expresa en el fenómeno de la comisión, aquel procedimiento del Estado en que interactúa con el sector privado para encontrar respuesta a determinadas situaciones, siendo todo lo contrario al antagonismo que ve la doctrina liberal extremista.
Bourdieu construye una definición de la razón económica en que se encuentran estructuras y disposiciones socialmente construidas en los individuos. Sobre esa base elabora los principios de una antropología económica, en que las empresas conforman una estructura de campo que se definen por el volumen de capital para conformar una relación de fuerzas, en la cual operan especificaciones del capital (financiero, comercial, simbólico, social, informativo y/o humano).
La relación de fuerzas es la que determina las condiciones en que se definen precios de compra-venta, en vez de la abstracta noción de automatismos o fuerzas invisibles que hacen actuar a los mercados. Las decisiones de los actores del campo económico “no son más que opciones entre posibilidades definidas, en sus límites, por la estructura del campo, y que las acciones deben su orientación y eficacia a la estructura de las relaciones objetivas entre quienes las introducen y quienes las padecen”.
De Bourdieu se desprende que el llamado análisis estratégico de empresa es una herramienta primordial en el campo de luchas que supone la estructura de campo de la economía, con lo que la idea de una liberta abierta –paradojalmente- queda restringida a los límites de estos mismos esquemas estratégicos. “Las estrategias dependen ante todo de la configuración particular de los poderes que confiere al campo su estructura y que, definida por el grado de concentración –vale decir, la distribución de las cuotas del mercado entre una cantidad más o menos grande de empresas-, varía entre esos dos límites que son la competencia perfecta y el monopolio”.
El mercado, bajo esta óptica, desnuda la idealista definición de la escuela clásica que señala la mano invisible como el motor de la actividad que los hombres “libremente” intercambian de acuerdo a su propia voluntad y sin coacciones de terceros. Pero son las grandes empresas que forman la estructura de campo las que ejercen coacción sobre los otros actores que coexisten en el conjunto de relaciones de intercambio que constituyen al mercado. Según Bourdieu, el mercado depende de una “estructura socialmente construida de las relaciones de fuerza”, en las cuales el Estado interviene a favor de unos en desmedro de otros.
El aspecto estratégico de las empresas en la estructura de campo tiene al concepto de “habitus económico” como uno de los ingredientes principales para entender la visión reduccionista que contiene la estrategia empresarial en la conformación del mercado. Bourdieu señala que esta práctica guarda una similitud con la llamada proyección psicológica: “el erudito pone en la cabeza de los agentes que estudia: amas de casa u hogares, empresas o empresarios, etc., las consideraciones y construcciones teóricas que él tuvo que elaborar para explicar sus prácticas”.
Es así como la ortodoxia económica de la escuela clásica y su soporte ideológico del libertarianismo y del liberalismo monetarista reduce las esferas de la actividad humana a la idea del agente maximizador, a partir del direccionamiento del “habitus”, para generar una condicionamiento al actuar, también dicha una espontaneidad condicionada para que los individuos aprendan las reglas del juego, para que tengan un margen de maniobra dentro del mercado a través de la participación en la estructura de campo en que opera el mercado.
El “habitus” pretende definir la acción racional a fines determinados como un elemento universal y homogeneizante en la estructura de campo del mercado. De lo contrario, “en el campo económico casi no hay lugar para las “locuras”, y quienes se abandonan a ellas pagan más o menos a largo plazo con su desaparición o su fracaso el precio de su desafío a las reglas y regularidades inmanentes del orden económico”.

lunes, 11 de abril de 2016

El llamado "facho pobre" desde la óptica de Nicos Poutlantzas y Pierre Bourdieu

El concepto de “facho pobre” esconde varios elementos constituyentes que son desconocidas a quienes hacen circular el término. Lo cierto es que esta categoría político-antropológica es el producto de las relaciones de dominio y de la subordinación ideológica, según las definiciones conceptuales de Nikolas Poutlantzas en su obra “Las clases sociales en el capitalismo actual”. En esta línea, si queremos adentrarnos en conocer lo que está detrás de la designación del “facho pobre”, debemos comenzar por definir el concepto de determinación estructural de las clases sociales que trabaja Poutlantzas. La persona que es definida como “facho pobre” ocupa un lugar en la división del trabajo, que es una existencia marcada por “relaciones de producción y lugares de dominación- política e ideológica”. Esta práctica, según Poutlantzas, es la posición coyuntural de clase, a la cual las personas son arrojadas involuntariamente, donde se concentra la “individualidad histórica siempre singular de una formación social”.
El “facho pobre” no es un dueño del capital en el sentido que analiza Marx, sino que tiene una posición de subordinación como asalariado, pero mantiene y reproduce una visión de mundo igual o aproximativa a la del dueño del capital (la burguesía), lo que en otras palabras se conoce como alienación, la separación del hombre consigo mismo frente a la realidad concreta que producen las relaciones prácticas. “Una clase social, o una fracción o capa de clase, puede no tener una posición de clase correspondiente a sus intereses circunscritos ellos mismos por su determinación de clase como horizonte de lucha. El ejemplo típico es aquí el de la aristocracia obrera, que tiene precisamente, en las coyunturas, posiciones de clase burguesas”, dice Poutlantzas, aclarando que esto no significa que se vuelvan parte de la burguesía estas posiciones, lo que se conoce vulgarmente como un desclasamiento, pues se opone la posición coyuntural de clase con la determinación estructural de clase.
En la posición de clase se encuentran los elementos políticos e ideológicos que conforman el discurso del “facho pobre”, el cual está estructurado no en base a un sistema de ideas, sino que a prácticas materiales, como bien explica Poutlantzas. El conjunto de prácticas materiales del “facho pobre” es su nivel de pragmatismo que construye en torno a su existencia inmediata (personal, familiar, grupal y laboral) y a su visión que tiene respecto a la sociedad (orden público, opción político-partidista, identificación cultural), el que también está determinado por el aparato económico (la división social del trabajo), como reproductor ideológico.
Al “facho pobre” se le achaca tomar la posición de los dueños del capital en circunstancia de que no es un propietario del recurso generado, siendo esta una de las características de la alienación generada por la lógica del trabajo del capital, descrita por Marx en los Manuscritos Económicos-Filosóficos de 1844.
En este sentido se puede plantear que la figura del “facho pobre” es un mecanismo de defensa frente a la inestabilidad que genera el propio dinamismo del capital, el que también se ve reforzado a nivel simbólico por las relaciones de dominio que, en Chile, tienen la constante histórica del binomio latifundio-peonaje, con este último actor subordinado al primero sin mayores cuestionamientos, debido a que el latifundista constituye la referencia que permite la existencia o más bien la subsistencia del peón. El terrateniente, por construcción de la realidad, constituye una parte clave en la naturaleza en que se desenvuelve el subordinado.
Por su lado, Pierre Bourdieu, en su trabajo “Condición de clase y posición de clase” ofrece un análisis más amplio y flexible respecto a los límites del esquema marxiano de Poutlantzas, señalando que el componente ideológico de las clases sociales no se determina exclusivamente por la determinación en la división social del trabajo, lo que facilita la comprensión de la relación entre “desclasamiento” y la figura del “facho pobre”: “Una clase social nunca se define únicamente por su situación y por su posición en una estructura social, es decir por las relaciones que objetivamente mantiene con las demás clases sociales; también debe muchas de sus propiedades al hecho de que los individuos que la componen entran deliberada u objetivamente en relaciones simbólicas que, al expresar las diferencias de situación y de posición según una lógica sistemática, tienden a transmutarlas en distinciones significantes”.
De acuerdo a Bourdieu, “las acciones simbólicas siempre expresan la posición social según una lógica que es la misma de la estructura social”. Y aquí entra la figura de lo que se piensa es el desclasamiento, como un símbolo que no sólo se significa a sí mismo, sino como que expresan un rango en sistema de posiciones u oposiciones. El ser del “facho pobre” es ser identificado como una distinción; no formar parte del grupo de los asalariados o, simplificando, de los explotados por la división social del trabajo, hay un afán de desmarcamiento a la situación de clase. Posición social y acción simbólica, en el análisis de Bourdieu, abre paso a lo que se conoce como “arribismo”.

De todos modos, los análisis de Poutlantzas y de Buordieu no son aplicables al término del “facho pobre”, pues simplemente porque este es juego de palabras más bien retórico, en vez de ser un concepto que abra espacio a un análisis sistematizado. En rigor el fascismo nunca se ha identificado con el capitalismo, sino que todo lo contrario: es una ideología totalitaria que rechaza el orden del liberalismo político-económico. El fascismo nace como una forma de socialismo. El que se asocie con la derecha política es producto del propagandismo soviético en el contexto de la segunda guerra mundial, que después fue trasladado con mayor fuerza por el discurso del Partido Comunista en el exilio, en el contexto de la dictadura pinochetista. Más bien, el término facho pobre dice relación con el pinochetismo y por los factores que explican Poutlantzas y Bourdieu: la distinción entre determinación estructural de clase y la posición coyuntural de clase, además de la comprensión del rol que juegan las acciones simbólicas en un sistema estratificado.